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Hoy es cinco de abril, mil ochocientos diez. Pronto se cumplirán dos años de esta guerra de patriotismo bárbaro. Estoy en Burujón, en casa de la amabilísima condesa de Cifuentes, Doña María Luisa de Silva, valedora hasta lo inenarrable de mi cuñado Francisco Bayeu, a quien tanto debo. Ha sido él y mi esposa Pepa quienes me han convencido para que venga a descansar unos días a este pueblo apartado. Estoy junto a la ventana, en este cuarto que mira al saliente, tras las cortinas de raso que me desvanecen la plaza. Llueve abruptamente."Nunca me acostumbraré al silencio", pienso.
Los regidores Juan Nombela y Valentín Pérez vinieron anoche, a dar el parte de guerra a la condesa. Estábamos en la planta baja, junto al fuego, tomándonos una infusión de tila. El mayordomo, tras el anuncio obligado, les hizo pasar. Doña María Luisa tiene fama de mujer fría; pero yo creo que no hay tal, que es sólo la distancia sagaz de su cara huesuda y blanca la que te desarma. Lo digo porque, a medida que ellos hablaban yo vi cómo el pavor le crecía en los ojos."La misma mirada de la persona de << tristes premoniciones...>>", pienso.
"Tristes premoniciones de lo que ha de acontecer" es un esbozo que me define como artista y como persona. Estoy satisfecho con la atmósfera. Para mí el mundo es eso, un espacio en blanco colisionando con una zona en negro. Hay un equilibrio mínimo en la vida, como si el horror y la esperanza fueran los argumentos únicos que bailan en la báscula de mi alma. Los ojos de la condesa se perdieron en lo alto, la boca se torció en un rictus de agonía. Si hubiera estado de rodillas, bien hubiera pasado por ser la persona de mi estampa.
Estoy en Burujón, veo la plaza y el árbol en el centro matemático de la plaza. Veo también caer la lluvia salvaje. Por eso mi desconsuelo es mayor. La petición de Palafox tuvo su tiempo, lo mismo que la música en mis oídos tuvo el suyo. Toda la euforia y todas las tinieblas tienen cabida en la vida de un hombre. Lo de Zaragoza fue una borrachera de animalidad que encharcó las calles. No de agua, como ahora, sino de sangre. Sangre española, sangre francesa, sangre afrancesada, toda roja, todo un río de muerte que iba emponzoñando los mismos albañales.
Juan Nombela contó lo mismo. Había unos soldados de uniforme en el suelo, derrotados, con las caras embadurnadas de exasperación. Los nuestros eran gente de pueblo, hombres que habían sufrido la pérdida de todo; hombres salidos del fango, seres sin alma. Hombres con camisa de esparto remangada, chalecos abotonados, pantalón de pana sujeto a la cintura con una cuerda mugrienta. El hacha que busca el cuello del vencido... en lo alto; como una justicia que baja a la tierra irremediablemente. El cuchillo, en la mano de un hombre; acuclillado sobre otro hombre caído que llora y espera el golpe final.
Llueve sobre Burujón. Oigo el trueno amordazado que cabalga hacia mí desde la linde del campo. Todo el aire está contaminado. El gris plomizo del cielo se me instala en los huesos como una navaja de desazón. Tras el relámpago, que deja en el aire un suspiro de calor, la sombra del árbol se hace negra cuerda. Entonces recuerdo que aquí tampoco descansa la muerte. Las palabras de Valentín Pérez fueron exactas: "El capitán francés estaba sentado en una silla, bebiendo, luciendo su uniforme nuevo. Apoyaba la mano izquierda en la barbilla mientras observa la línea perpendicular de los ahorcados".
... continuará. |