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COMO SI NADA
Por Santiago Solano
Nicolás, el perro de la foto, ha muerto.  

 

Al principio sólo me dolía que las siete filas de cabezas de mis compañeros me separaran del profesor. Hablaba el erudito desde el fondo del paraninfo, sin utilizar el atril ni el micrófono que tenía a la derecha, sin leer lo que decía, sorbiéndose los entusiasmados ojos de sus estudiantes.

         Luego el aula se convirtió en un cuarto cuadrangular de paredes frías y los oyentes se dividieron en dos grupos. Los hombres nos sentábamos en unos bancos sin respaldo. Las mujeres, entre las que se encontraba la mulata, en unas sillas empolvadas, frente a la lechosa luz de la ventana.

Mientras el mundo se reducía, subió a la tarima un señor vestido con un chaleco amarillo, puso los papeles sobre el atril, probó el funcionamiento de la megafonía y empezó a leer. Las caras de aburrimiento crecieron a medida que el texto escrito, autocomplaciente, rimbombante e insulso, se hacía sonido.

Cuando el militar interrumpió su decir para ponerse una camiseta roja sin mangas sobre el chaleco amarillo, nosotros, los hombres, ya estábamos sentados en el suelo. Fue entonces cuando ella empezó a hablar. Se levantó de su silla con esa aura de matrona brasileña que lucen las echadoras de cartas.

Se levantó, subió al estrado, tomó el micrófono y me lanzó una mirada apasionada. “¡Qué mirar tan extraordinario, todo lleno de… ¿sensatez? ”, dijo.

- No - respondí yo -, es equilibrio. La vida enseña mucho. Lo que ves es una alma que sopesa los extremos y busca lo justo”.

En ese exacto latido del sueño se abrió ante mí la sombra de una calle antigua. Vi el arco de los soportales recibiendo plácidamente la reverberación de la luz sobre las losas del suelo. Mi mano derecha estaba cuajada de pequeñas heridas, como si la hubiera metido en un rosal.

El dedo meñique presentaba un corte limpio que sangraba. Entré pues en la farmacia. Le dije al dependiente, un hombre alto y calvo de mirar amable, lo que me pasaba. Él me miró la mano, sonrió.

- ¿Has estado con ella, eh?

- Sí - dije.

- Tranquilo, no es nada.

Él se limitó a lavarme la mano extendida con una gota de agua bendita que olía a primaveras. Mientras lo hacía, canturreaba una canción de iglesia. Luego me sonrió con una ternura beatífica, me dijo “ves, esto es sólo humo”. Y al instante, como si nada hubiera ocurrido, estuve sano.

 

 

 

©     EL LITERONAUTA      2008