El tren destroza el ritmo de mi vida
y me lleva ante tu presencia.
Muchas cosas amadas quedan
atrás por ti.
Pero eres mi padre y estás
viudo, depresivo y viejo.
Desde el centro voy a tu periferia
para oírte, a tu oscuridad
para echarte las gotas en los ojos.
Voy porque hay un inexplicable
deseo encabritado que me empuja.
Me enseñaron a quererte,
no es culpa mía; lo siento.
El tren me lleva... y yo te dejo
que hables, que abras el desagüe
del silencio. Pero no es suficiente;
tú tienes que acuchillar
siempre el centro de mi corazón.
El tren y el centro de mi vida
se detienen. Me bajo y tu estación
está derruida. El viento envía
arena hasta mi cara,
me ciega. Oigo que caen algunos
cristales rotos. Siento
un dolor en la mano,
una presencia misteriosa.
Luego la humedad de la sangre.
Abro la puerta y entro.
Hay unas tinieblas acuosas
que huelen a enfermedad y sudor.
Suena tu voz y no es la voz
que recuerdo; perdón,
no es la voz que quisiera recordar:
aquella ensoñación, todo ternura...
Tu voz es un tren de cercanías
que va descarrilando, unos vagones
que esparcen granizo sobre la hoja
del trigo primaveral. Miro por la ventana
y veo. Las mil sacerdotisas
de Afrodita orinan amor
sobre los raíles oxidados...
Como si fueran vírgenes
como si los días antiguos
fueran posibles. Suena
tu voz para ofrecerme
una manzana ácida que quema...
Pero entonces mi tren
arranca bruscamente,
arranca porque el tiempo
jamás se detiene. Arranca
y el centro de mi corazón
salta y comienza a regresar.
Es aquí donde me duermo.
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