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UN DÍA EN LA COCINA
por Santiago Solano
   

 

     Eran otros tiempos, amigo. La corneta empezaba a tocar a las siete en punto de la mañana: “Atención… Quinto levanta, tira de la manta; quinto levanta, tira del mantón… Que viene el sargento, que viene el sargento; que viene el sargento, con el cinturón… Quinto levanta, tira de la manta; quinto levanta, tira del mantón”, pensábamos, algunos incluso cantábamos mientras corríamos. Treinta y seis segundos para entrar en formación, para levantarte de la cama, ponerte las botas, sin abrochar, por supuesto, aquellas botas de tres hebillas; y la gorra. Eso era suficiente. Lo demás – el pantalón, la camisa, la chupita, las trinchas, etc. – no importaba, ya habría tiempo después para ponerte todas las demás prendas, antes de las ocho, antes de ir a desayunar. “No hay frío, no hay calor”, decían los mandos. Y era verdad. Nada más había en el mundo, nada más que aquel deseo de llegar cuanto antes a formación. Sólo importaba eso. Llegar, llegar, llegar a formación de los primeros.
     La formación era esto. El primero se situaba junto al bordillo de la acera, a la altura de la farola, según salías de la compañía a la derecha, mirando hacia los comedores. El segundo ponía el brazo izquierdo sobre el hombro derecho del primero, para tomar distancia y situarse a la misma altura; luego lo bajaba. Y a sí uno tras otro, hasta completar una fila de nueve. El décimo se ponía detrás del que había llegado el primero, levantaba el brazo izquierdo hasta el hombro izquierdo del que estaba delante, para tomar distancia y alinearse; luego lo bajaba. Y el decimoprimero hacía lo mismo que el segundo, hasta completar una fila de nueve. Así uno tras otro. Todos a la carrera, todos corriendo. Y para los diez últimos, como decíamos, premio.
     Por eso corríamos, para no recibir el premio. Nadie lo quería. Todos preferíamos la instrucción, el monótono, “un, os, tres; un, os tres; izquierda, izquierda; izquierda, derecha, izquierda”. Porque el premio, amigo, era un día en la cocina.
     A mí me pillaron para esto sólo una vez. En el atasco de carne humana que se producía a la salida del barracón dormitorio, siempre salí bien parado. Yo, como todos, empujaba con codos, brazos, hombros, con todo mi cuerpo y todas mis fuerzas. Entré de los diez últimos un único día; porque tropecé, o me pusieron la zancadilla. No sé, algo así fue. Total que me estampé la cara contra la pared, me abrí una ceja y la sangre me nubló el ojo izquierdo. Cuando me di cuenta, cuando pude orientarme, ya era tarde, muy tarde. Y para colmo no éramos ciento ocho, doce filas de nueve hombres. El cabo primero de cuartel se enfureció.
     — Cuadra esta chusma bien de una puta vez, cabo – dijo mientras iba a por la lista.
     El cabo empezó a dar las órdenes oportunas.
     — A cubrirse… Ar. Firmes… Ar. Derecha… Ar. A la orden de usted, mi cabo primero. Ciento siete en formación.
     — Me cago en la madre que lo parió. Manda descanso.
     Y allí mismo empezó a pasar lista. Él decía el nombre y nosotros contestábamos con el apellido, así dictaba la ordenanza.
     Manuel, el minero asturianos que se había echado una novia en la misma estación del tren de Cáceres, nada más llegar, antes incluso de entrar en el cuartel, no gritó su apellido. Y nadie lo hizo por él, claro. Yo seguía sangrando, en la fila doce. Pero eso carecía de importancia. Lo relevante era la falta de Manuel, el asturiano.

……………..……………..

     Cuando el cabo primero de servicio terminó de pasar lista eran ya las siete y veinte. Le dijo al cabo que tomara el nombre de los diez últimos, los mandara a cocina y rompiera filas:
     — Y la compañía me la tienes formada a las siete y cuarenta y cinco minutos en la puerta de entrada a comedores, en uniforme de instrucción, con trinchas. ¿Te enteras?
     La sangre vertida por mi ceja había corrido ya camiseta abajo y había llegado hasta el calzoncillo. El cabo de cuartel, Segadors, un catalán pelirrojo de muy malas pulgas, me miró de arriba a bajo. No pudo escapársele mi estado; pero ni se inmutó. Dijo:
     — Tú, nombre.
     — Guerrero, Andrés – contesté.
     — Lo que tú digas – mequetrefe, me voceó.
     Tras tomarnos el nombre empezó el día de cocina. Nos dieron apenas cinco minutos para lavarnos. Corre que te corre hasta la taquilla. Corre que te corre hasta los lavabos. Corre que te corre hasta la ventanilla del furriel, a por el mono de trabajo. Corre que te corre hasta la puerta trasera de los comedores. Corre que te corre hasta la mesa del desayuno, hasta aquella mesa de más de tres metros, metálica, con asientos también metálicos, a ambos lados, bajo aquella luz blanca, en aquel cuarto de olores fuertes: a agua sucia, a desinfectante, al humo del aceite caliente, a patatas podridas, a fritangas. Los salientes de servicio, en el banco cercano a la puerta. Los entrantes, en el banco interior, delante de la pared pringosa.
     La sangre no paraba. Caía lenta pero constante. Yo me había puesto en la herida un trozo de la servilleta de papel del desayuno, para frenar la hemorragia; pero nada, aquello no dejaba de sangrar. Fue el sargento de cocina quien se fijó en mí estado, a medio desayuno, cuando entró a echar un vistazo a la mano de obra con la que le tocaba bregar aquel día.
     — ¿Y tú que haces aquí, así?
     Me puse en pie, firme como una vela, mirando al techo, como manda la ordenanza.
     — Estoy de servicio de cocina, mi sargento.
     — Ya, ya veo. Cuando desayunes, le dices al cabo de cocina que te lleve al botiquín, que te cierren esa herida, no vaya a ser que se te infecte.
     — A la orden, mi sargento.
     — ¿En qué compañía estás?
     — En la séptima, mi sargento.
     — ¿Y quién está de cabo de cuartel?
     — El cabo Segadors, mi sargento.
     — Ya, no podía ser otro. Sienta, siéntate y come, anda.
     Peláez, Jorge Peláez era el cabo de cocina, un sevillano alto, delgado, con un bigotito ralo. Fue él quien me llevó al botiquín. Me dieron dos puntos, me atiborraron de pastillas y me devolvieron a la cocina. Fue él precisamente, el cabo Peláez quien me puso sobre aviso.
     A media mañana, después del descanso para comernos el bocadillo, después de limpiar las mesas del comedor, de barrer y fregar el suelo, me asignaron al cuarto de fregado de útiles de comedor y cocina. Mi trabajo consistía en verificar que las bandejas del rancho estaban limpias. Salían de la máquina por mi izquierda, sobre una cinta transportadora. Si estaban bien, las retiraba de la cinta; si no, dejaba que siguieran su camino, de nuevo a la máquina. Cuando contaba cincuenta, las cogía y las llevaba a la ventana que daba al comedor. Fue ahí, en uno de esos viajes a la ventana, cuando Peláez me previno.
     — Al loro Guerrero. Al loro con el cabo Segadors. Va a ir a por ti.
     — Pero, pero…
     — Sí, hombre. Le ha llamado el sargento de cocina y le ha “pegao” un chorreo que, la hostia; por traerte así, con la cabeza abierta, al servicio. Y ya sabes como se las gasta el muy hijo de puta.

……………..……………..

     El día de cocina era esto, amigo, un sin descanso, una guerra sin tregua. Cuando terminé con las bandejas me llevaron a un cuarto contiguo al de los fuegos, las ollas, las sartenes. Un cuarto de unos doce metros de largo por unos seis de ancho, con paredes sin pintar, todo cemento, igual que el suelo, con una única bombilla sin lámpara colgando de un viejo cable podrido. Había en el centro de aquella cueva la paellera más grande nunca vista. Si no tenía dos metros y medio de diámetro no tenía nada. Y de profundidad también, puede que unos veinte o treinta centímetros. En torno a ella estaban sentados otros cinco reclutas. Todos con el cuchillo en la mano y con un saco de patatas a su izquierda. Iban pelando los tubérculos y tirándolos a la paellera. El resto de aquel antro estaba lleno de sacos. Olía a eso, a tierra fecunda, a humedad y moho, a patatas; y hacía un calor sofocante. El cabo de cocina nos permitió desabrocharnos el mono, e incluso que nos quedáramos en camiseta, del sofoco. Y eso, sentados, moviéndonos sólo lo necesario, el mínimo para cumplir nuestro cometido. No había ventilación alguna. Ése era el problema.
     Pese a ello, al rato de entrar yo, tras irse el cabo de cocina, Andujar, un recluta de la cuarta compañía con fama de guitarrista y jaranero, empezó a cantar. Entonaba bien el condenado. Empezó muy bajito, por Antonio Molina, la canción del presidiario: “Soy un pobre presidiario, soy un pobre pajarillo que muy pronto ha de volar. Soy un hombre que se muere porque ya nadie me quiere y nadie me va a esperar...”. La canción le iba a la circunstancia, desde luego. Nos sentíamos un poco así, unos presos con ansia de libertad. Yo me acordaba mucho de Elba, mi novia, sola, tan sola, tan lejos. Empezó muy bajito, como con miedo, pero luego se fue envalentonando y terminó cantando a todo pulmón. Nosotros le seguíamos con palmas. Y claro, nos oyeron.
     — Andujar, ¿otra vez con esa puta canción? — preguntó a grito pelado el cabo Peláez desde la puerta.
     — Joder, mi cabo, si es que… — contestó Andujar.
     Pero el cabo no le dejó terminar. Entró en el cuarto, le cogió por el cuello, le puso en pie, lo empujó hasta la puerta, y luego hasta más allá, hasta la oficina del sargento. Oímos las voces lejanas, el intento de justificarse de recluta, de nuestro compañero de fatigas, de quien había logrado unirnos en un único sentimiento; y luego las bofetadas, nítidas, cercanas. Después el silencio.
     — Hijos de puta – dijo Fuentes.
     El almuerzo lo hicimos en el comedor, con el resto de reclutas, en la mesa de servicio. Mi cabo de cuartel, el cabo Segadors, vino a saludarme. Yo me puse tenso. Las palabras del cabo Peláez previniéndome contra él y los rumores no eran cosas para olvidar. Se decía que estaba procesado por la muerte de un recluta, en el reemplazo anterior al nuestro: “Lo mató a sangre fría, una noche, en el tiro nocturno; y los mandos intentan exculparle, nadie sabe muy bien por qué”, contaban.
     Al verle venir, me puse en pie, firme como una vela. Pero sonreía; me puso una mano en el hombro, me hizo sentar. Y con la mayor naturalidad de mundo me preguntó:
     — ¿Qué tal Guerrero, qué tal va esa herida en la ceja?
     — Bien mi cabo.
     — ¿Y qué tal el servicio de cocina?
     — Bien mi cabo.
     — Así me gusta recluta, que todo esté bien; porque todo está bien, ¿verdad?
     — Sí, mi cabo, sin problema.
     — ¿Y sin rencores, verdad?
     — Sí, mi cabo, sin rencores; nunca los hubo.
     Luego se alejó, preguntando en otras mesas si la comida estaba buena, si había algún problema, cumpliendo con su obligación. Pero yo estaba intranquilo. Demasiada amabilidad, de pronto, en alguien con tan mala fama.

…………….. ……………..

     Después de comer recogimos las más de setecientas bandejas de encima de las mesas. Luego las limpiamos, las dejamos inmaculadas: “como la patena”, decía el cabo Peláez. Llenamos los contenedores de basura con los restos del almuerzo, los sacamos a la zona de recogida. Volvimos al comedor y lo barrimos y fregamos; enterito, de esquina a esquina. De Andujar, el recluta cantante, no supimos nada más en todo el día, se lo habían llevado nadie sabía a dónde. En su lugar vino otro recluta, de su misma compañía, un tío malencarado, medio bizco al que llamaban de mote “Nometoques”; ya te puedes imaginar, amigo, por qué. Luego, en la cena nos enteramos: el cantaor estaba en los calabozos. Era la comidilla del cuartel. Nadie se esperaba eso: por cantar, al trullo. Y menos por cantar una canción de Antonio Molina.
     Pero antes de eso, de la cena, me tocó fregar los suelos de la cocina, una sala cuadrangular con dos ollas industriales. En una de ellas, la utilizada para guisar las patatas con carne que nos habíamos comido, metieron a un recluta con unas botas de goma, con un cepillo de raíces, unos guantes, y una botella de detergente, para que levantara del suelo de la olla los trozos de comida pegados en la cocción. De pie se le veía la cabeza, pero en cuando se encor-vaba un poco, desparecía. Había también tres freidoras industriales gigantescas. Y muchos utensilios propios de una cocina.
     Sobre las cinco de la tarde, cuando me llevaron de nuevo al cuarto de pelar patatas, me empezó a doler la cabeza. Comenzó con una pequeña punzada en la herida de la ceja, como un latido; luego fue subiendo, subiendo, hasta producir un martilleo en la zona occipital. Se lo dije al cabo en una de las inspecciones rutinarias. Hasta las siete y media no me trajeron la pastilla de aspirina. Me la tuve que tomar tal cual, sin agua, a palo seco, habiendo un grifo allí mismo, en el cuarto contiguo. Íbamos muy retrasados y el cabo se estaba poniendo nervioso. No paraba de meternos prisa.
     El dolor fue disminuyendo. Cuando nos sacaron del cuarto para empezar a poner las bandejas sobre las mesas, para la cena, era ya de noche. Al otro lado de la cristalera sólo había oscuridad. Se veían, eso sí, las luces de la cantina y de la puerta de acceso al cuartel, a lo lejos, como una pintura diluida por la distancia. Entonces me di cuenta, era la primera vez que no escribía a Elba – lo hacía siempre entre las seis y las siete de la tarde, en mi litera –, la primera vez en más de un mes que no estaba presente en todo mi quehacer; porque en la instrucción no hay problema, estás haciendo cualquier movimiento, o incluso desfilando, y la imaginación va por un lado y el cuerpo por otro: los seres queridos siempre están presentes. Pero allí, en la cocina, todo era distinto, todo era nuevo; todo requería una dedicación en exclusiva. Además era jueves, el día precisamente, de la llamaba por teléfono.
     Pues eso, una amargura más.
     Tras la cena, otra vez la limpieza del comedor; enterito. A las once de la noche, cuando ya hacía tiempo que se había impuesto el toque de silencio, nos dieron permiso para retirarnos. Estaba agotado, y muy enfadado; por lo de Elba, por el servicio, por todo.
     Al llegar a la compañía, el imaginaria me dio una carta que había llegado para mí, que había recogido él en el reparto de la tarde. La carta era de Elba y estaba abierta. Le pregunté que quién la había abierto.
     — No sé, yo cuando la recogí, ya estaba así. Pero no te preocupes, a más de uno le ha pasado eso. Las abren. Las leen. Quieren saber.
     — Ya, pero esto es privado.
     — ¿Hay algo privado aquí, amigo? – me preguntó el imaginaria.
     No contesté. No contesté porque alguien, desde la nave, pidió silencio. Allí mismo, a la luz blanca del fluorescente, de pie, arrimado a la pared, leí la carta. Elba contaba lo del accidente en la mina. Un accidente en el que su hermano había muerto. No pude reprimir las lágrimas.

 

©     EL LITERONAUTA      2009