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LA HABITACIÓN 203
por Santiago Solano
   

 

     La habitación, la doscientos tres, tiene una cama con ruedas. Está a la izquierda, más allá del armario empotrado de puertas correderas que hay justo en la entrada, a la derecha, frente al cuarto de aseo: más allá del lavamanos, las dos cuñas – una para hombre, otra para mujer -, la papelera metálica, la ducha sin mampara. El lecho para el enfermo tiene también diversos artilugios que permiten graduar la altura y el ángulo de inclinación para el yaciente. Al fondo hay un gran ventanal cubierto por unas cortinas de raso que amarillean. Al otro lado, en el exterior, un patio y una calle secundaria, vacía, gris plomo. Debajo de las tristes cortinas hay un sofá cama biplaza en verde oscuro, muy gastado por el uso. Una televisión apagada. El color crema de las paredes se oscurece bajo el cielo encapotado que cubre Madrid.
     La bolsa con la resonancia magnética y los análisis preo-peratorios queda sobre la cama, al lado de la semitransparente bata negra sin mangas. Los dos hermanos, él y ella, se sientan en el sofá verde. El otro hombre, el que de vez en cuando se toca la rodilla y hace un gesto de dolor, en el sofá monoplaza, con ruedas, que hay junto al lecho. No han hecho más que entrar, y reciben la primera visita. Una mujer de unos cuarenta años, vestida de blanco.
     - ¿Quién es el enfermo? – pegunta.
     El que está solo, en el sofá, junto a la cama se levanta.
     - Yo – dice.
     La mujer saca un portafolio. Lo abre.
     - ¿Alergia a algún medicamento? – pregunta.
     - No, que yo sepa.
     - ¿Está tomando algo?
     - Sí, Diazepan y Prisdal, para estar tranquilo.
     - ¿Diabetes?
     - No, aunque los análisis dan doscientos veintisiete. Un poco alto, pero no tomo nada. Sólo andar; y ahora con la pierna así, pues.
     - Bueno, a las tres, se desnuda y se pone la bata.
     - ¿Sólo la bata?
     - Sí, nada más.
     El silencio lo cubre todo, un silencio irreal, mortecino.

…………………

     Pero es sólo un momento, tres o cuatro minutos, lo que tarda la puerta de la habitación en abrirse. Entra un hombre alto, con chaqueta roja, pantalón y zapatos negros, rolex en la muñeca, sonrisa de cine en ristre.
     - Hola, muy buenas. Soy el director de servicios de planta. En la mesilla de noche tienen el folleto con todos los detalles del régimen interior de la clínica. Horarios de comidas, de cafetería, cena, desayunos. Si necesitan algo, toquen el timbre y estoy aquí en un periquete; o marquen el cero, como prefieran. La tele es gratis hasta las tres de la tarde. A partir de ahí vendrá el encargado y podrán, o no, según lo prefieran, contratar el servicio. Saludos. Si necesitan algo, ya saben, llamen, no lo duden.
     El hombre de rojo sale de la habitación, como dando saltitos de placer, con un giro a derechas un tanto cómico, casi afeminado. Manuel coge el mando de la televisión y pulsa una tecla, al azar. Manuel es el cuñado del enfermo, ese sesentón de barba canosa que tiene hambre, el hambre de las ocho horas de ayuno previas a cualquier intervención quirúrgica, el que está solo y piensa en su madre muerta, así, como si fuera a ocurrir algo, el que está sentado en el sofá junto a la cama que se estremece: no en vano los hechos de dolor se aferran a la línea del horizonte.
     Las voces del programa rosa saltan y se hunde en la cabeza de todos. Desaparece la soledad en un instante, tras la cortina de audio de la vida televisada. Entonces entra otro hombre vestido por entero de blanco. Parece un enfermero. Lleva en la mano izquierda una bandeja blanca con una toalla y unas maquinillas de afeitar.
     - Hola, soy el barbero, vengo a rasurarle.
     - ¿Ahora que había conseguido tener una señora barba? – pro-testa el enfermo.
     - No, la barba no, la pierna derecha. Le operan la derecha, ¿verdad?
     - Sí, la derecha. ¡Qué susto! Pensé que me iban a dejar desnudo del todo.
     - No se preocupe, le dejaré la barba como está. Eso sí, le con-vertiremos en todo un hombre moderno, en un “metrosexual” de pierna depilada de por medio.
     - ¡Quién me lo iba a decir, a mi años!
     - Cosas de la vida, amigo. Levántese el pantalón, por favor.
     Mientras el enfermo va haciendo lo que le dicen, el hombre de blanco extiende la toalla en el suelo. Seguidamente pone la pierna derecha desnuda sobre ella y empieza a pasar la cuchilla de afeitar, de arriba abajo. En un periquete medio muslo, la rodilla y media pantorrilla, se ven blancas, blancas con la leche, como el culito de un niño. “Pierna dos veces desnuda”, piensa el rasurado.
     Los hermanos, Manuel y la esposa del paciente, miran el quehacer del hombre de blanco, en silencio.
     - Bueno pues esto es todo. Suerte, amigo.
     Se incorpora, sonríe y sale de la habitación, hacia otro destino, hacia otro cliente. Las cuchillas van en la bandeja, al lado de la toalla, con toda normalidad.
     De nuevo el tiempo se ralentiza, se queda quieto, esperando algo que no llega.

…………………

     A las tres menos diez, el hombre rasurado se levanta del sofá.
     - Bueno, va siendo la hora, me voy a poner la bata.
     Su esposa y Manuel, su cuñado, siguen sentados en el sofá verde. Sacan los ojos de la televisión, en cuanto él hace ademanes de moverse.
     - Es pronto – dice ella -, a lo mejor viene el cirujano antes de la operación, a charlar un rato contigo, no sé, a darte ánimos.
     - La enfermera dijo que a las tres me desnudara y me pusiera la bata. Y ya casi lo son. Yo no les haré esperar.
     Coge la semitransparente bata negra sin mangas que hay en la cama. Va al armario, lo abre, coge una percha de madera y metal y se me mete en el cuarto de baño. Gira la llave y siente que el mundo se queda afuera, y que su vida se queda con él, atascada en un recodo del tiempo, como esperando la llegada de algún autobús. Se mira en el espejo y se reconoce, pero sólo eso. El pelo muy corto, la barba, las gafas, la camisa azul. Pero los ojos del hombre del espejo no son sus ojos. Hay en ellos un fuego que él ha visto en otros hombres y mujeres, hace ya tiempo, cuando los uniformes grises de la policía entraban en las aulas universitarias y las porras llovían sobre las costillas de los estudiantes.
     - Tú eres tonto – dice – esto es nada.
     El hombre de la barba cana da la espalda al espejo. Se quita la camisa, luego la camiseta, luego las botas y los calcetines. Se baja el pantalón y el calzoncillo. Se siente desnudo, se siente indefenso. Está en un cuarto de baño, sí. Pero éste no es el de su casa. Allí se mete en la ducha y no pasa nada. Todo es natural. Aquí está por encina de todo la sensación de desnudez. Es como una moneda llamada desamparo que se le hubiera colado en los bolsillos. Y no tiene bolsillos. Por eso la moneda rueda por el suelo y se va a parar en una esquina para quedarse quieta, expectante, a la defensiva.
     El hombre desnudo se mira en el espejo, quiere ver sólo la imagen de su cuerpo. Y más que su cuerpo ve las cuchilladas del tiempo sobre él, la flacidez del cinturón de grasa bajo el estómago, el encogimiento y agrietamiento de todos sus miembros. Hay un botón de carne minúscula bajo el bello del pubis, algo que ni cuelga. Nada, no hay nada allí en donde antes estuvo todo. Siente vergüenza.
     - Mierda. Tendrás que ir desnudo por todo el hospital, hazte a la idea, memo – le dice el hombre a la imagen del espejo.
     Se da la vuelta. Se pone la bata sin mangas que apenas le cubre las rodillas. Se hace un lío con el cinturón que anuda a un costado. Se mira de nuevo en el espejo.
     - Un saco chico, un saco de carne envuelto en una mortaja.
     Luego pone toda la ropa en la percha, mete los calcetines en una bota y sale a la habitación. Tiene que ponerse de puntillas para colocar la percha en el armario. Todo está al aire, en el aire. Cuando se gira para volver al sofá, Manuel, su cuñado, le mira con una sonrisa jocosa en los labios:
     - Estás graciosísimo con minifalda. Pero ponte la camisa que vas a coger frío.
     El hombre desnudo, el hombre enfundado en una semi-transparente bata sin mangas que no cubre nada, se vuelve hacia el armario, se pone la camisa azul, su camisa azul, sobre la bata insuficiente. Luego se sienta en el sofá de una plaza que hay junto a la cama. Se queda inmóvil. Ahí llega otra vez el silencio, ese silencio que sale de adentro y que se le queda a uno en la boca como una sequedad insoportable.

…………………

     Las tres y cuarto y nada. Las tres y media, y nada.
     - Os van a cerrar la cafetería – dice el paciente -. Podíais bajar y tomar algo.
     - No, hasta que no vengan por ti, no – dice la mujer.
     - Eso es una tontería. Que yo no coma, bien; el momento. Pero vosotros.
     - Ya pero es que cuando vengan quiero estar aquí.
     - Bueno como queráis.
     Las tres y cuarenta y cinco minutos, y nada.
     - Oye, bajaros, a comer, que la tarde se puede hacer muy larga. Que esto nunca se sabe. Dijeron que a las tres, sí. Pero seguro que no soy el primero, si no ya hubieran venido a por mí. Si soy el segundo, como tardan sobre una hora, pues hasta y cuarto seguro que no vienen. Anda iros a comer.
     - No, yo no me voy – dice ella -, yo me quedo.
     - Bueno, pues bajo yo – dice Manuel – y me traigo unos bocadillos.
     - Vale, eso sí, dice ella.
     Manuel sale. Luego ella, detrás de él, para decirle de qué quiere el bocadillo. En esos dos minutos que ella está fuera, llega el encargado de la televisión.
     - Buenas tardes.
     - Hola – dice el hombre de la barba.
     - Soy el de la televisión. ¿Va a querer el servicio?
     - No, gracias – contesta el enfermo.
     El operario apaga la máquina, introduce una llave en la parte de atrás del televisor, la gira. El paciente sabe que ha cerrado el grifo, el grifo de imágenes, el mundo de imágenes que vibra al otro lado. Se siente solo, en medio del silencio.
     Entra ella.
     - ¿Has apagado la tele?
     - No. Ha venido el operario de la compañía que contrata el servicio y le he dicho que no lo quería.
     - ¡Hombre, si hay que quedarse esta noche, acompaña mucho!
     - Sí – dice él -, pero yo no tengo ganas de nada.
     Ella no dice palabra, se mantiene callada. Se le acerca, le da un beso en la frente, como a un niño asustado. Luego se sienta en el sofá verde, sin hablar, hasta que llega Manuel, con los bocadillos y un par de botellas de agua.
     La habitación se llena con el olor a carne frita y a calamares. Pero el paciente ya no tiene hambre. El estómago ha dejado de pedir nada desde hace ya algún tiempo, parece que se hubiera dado cuenta de lo que pasa. Está quieto, contraído sobre sí mismo, arrebujado en el lugar más oscuro del interior del cuerpo.
     A las cuatro y veinte llega el camillero. La camilla es alta.
     - No sé si podré subir – dice el hombre.
     Pero da un salto imposible, se encarama sobre la montaña, se tumba, dócil, como un cachorro al lado de su madre. El camillero le cubre con una manta, le dice que ponga los brazos sobre el pecho, que se relaje.
     Mientras es arrastrado, el hombre empieza a cantar, muy bajito, apenas un murmullo: “Me llamarán, nos llamarán a todos. Escrito está. Tu nombre está ya listo, temblando en un papel”.

…………………

     El techo del pasillo de la planta del hospital por la que es conducido el hombre desnudo son planchas de poliestireno expandido de un metro cuadrado, unas al lado de otras, sobre las barras metálicas pintadas de blanco que las sostienen. Las paredes del pasillo de la planta del hospital por las que el hombre de la barba es transportado son de un amarillo oscuro, un color empañado por el paso del tiempo. La luz baja hasta los ojos del hombre asustado desde los fluorescentes, blanca y fría. El pasillo termina. La puerta está abierta. El rellano del primer piso de este hospital, visto así, desde la camilla en la que transportan al hombre que piensa en el poema del Blas, es sólo un techo distinto, sin rugosidades, más sólido, más de casa convencional, pintado de blanco. El techo del ascensor es metálico, una simple rejilla que brilla bajo la luz de un fluorescente. Hay en el ascensor una chica de color con una bata blanca. El camillero, también con bata del mismo color, pulsa un número y ella protesta.
     - Perdona – dice él -, ¿a qué piso?
     - Ya nada. Iba abajo. Ahora subo; ya bajaré – contesta ella.
     - Perdón – dice él.
     - Nada. No tiene importancia.
     El hombre de la barba, desnudo bajo la manta, dentro de la semitransparente bata negra sin mangas, mira la puerta cerrada del ascensor. Hay como una mancha en medio de ella, como un guiño de oscuridad aceitosa. Él mira, la mira; se sorprende. Ni parpadea siquiera cuando ve el rostro de Sancho Panza. Los ojos divertidos, bajo el sombrero, con una mota de tristeza o de preocupación. “No es nada. No será nada”, dice. Da una chupada a la pipa de largo cuello de la que fuma, le echa el humo a la cara y desaparece. El paciente tose, se atraganta con el humo.
     - ¿Está bien? – pregunta el camillero.
     - Sí, sólo ha sido un ataque de tos.
     - ¿No estará constipado?
     - No, no, estoy bien.
     Salen del ascensor, entran en el pasillo que hay a la izquierda. Las paredes van cubiertas por entero de azulejos blancos, el techo es pastel, rosado, también con fluorescentes blancos sobre rejilla. Hay un ir y venir de mucha gente vestida de blanco, tras la puerta, en todo el rellano en el que están ahora. El camillero se va y le deja allí en medio, a solas con la marea de gente. El hombre de barba mira el ir y venir de los de blanco, profesionales de quirófano que van a la suyo, centrados en su trabajo. Por su derecha aparece una camilla. En ella va una mujer de unos cuarenta años, pelo teñido de rubio, cejas negras, labios sin pintar, ojos azules, con una brizna de ahogo o de angustia en forma de lunar, sobre el párpado. Según pasa, le sonríe. Él le devuelve la sonrisa. La ponen a su lado, a la izquierda, casi camilla con camilla; pero él no se atreve a mirar, ni a decir nada. Tiene los ojos esparcidos por el techo. “No es nada. No será nada”, dice ahora la voz de Don Quijote, esa voz amiga, todo tranquilidad, que viene de su izquierda, quizás de la boca de la mujer.
     Pero él no se mueve. Está quieto, clavado en su sitio de espera. Llega una mujer y deja sobre sus pies la bolsa con lo que se supone son los informes, sus informes previos a la intervención quirúrgica. Va bien peinada, maquillada incluso, sonríe.
     - ¿Señor de barba, qué pierna es? – pregunta.
     - La derecha.
     - ¿Le han pinchado ya?
     - No.
     - Bueno pues eso lo arreglamos enseguida.
     Se va, da media vuelta; se va. Y él se siente otra vez así, solo, inmóvil. Mira al techo, mira a la derecha. El suelo también es de azulejo, blanco, con un desagüe muy grande en el centro del rellano. Le duelen los ojos de tanto blanco. Los cierra. Hasta esa oscuridad llegan sus hijos: Carlos Marzal, Igaú, Fermín de Pas, Teresa Dual, María. “No es nada. No será nada; padre”, dicen todos, a coro. Pero él no aguanta, no le gustan esas palabras. Abre otra vez los ojos.
     - Bueno, Señor de la barba, ahora le vamos a hacer un poquito de daño. ¿Está preparado?
     El paciente ve la aguja, el tuvo de plástico, la llave. Comprende.
     - Sí – dice -, adelante.
     La mujer de blanco le toma la izquierda, busca la vena en el dorso de la mano. Introduce la aguja. El hombre de barba sigue quieto, ni una mueca de dolor. Pero ella sabe que él está tenso. Luego fija la vía con un esparadrapo.
     - Bueno, pues esto ya está. Y ahora – dice con una voz jovial -: ¡a comer! ¿A que tiene hambre?
     - No – dice el paciente - ya no.
     - Bueno, pues hay que comer, un chuletón; pero de estos claro.
     Y le muestra una bolsa de suero. La primera bolsa de suero que le van a gotear en su vida.

…………………

     La enfermera cuelga la bolsa en lo alto de la vara metálica adosada a la camilla, luego manipula del vía, conecta la bolsa. El hombre de la barba siente la entrada del líquido en su cuerpo, algo frío, suave, algo que va secando su sed.
     - Bueno, esto ya está – dice la enfermera.
     Y se va. Y el hombre desnudo se queda solo, otra vez, en medio del ir y venir de los médicos, enfermeros, camilleros, etc. Al lado sigue aquella mujer teñida de rubio, oye su respiración, pero él no quiere mirar, tiene miedo de mirar. Por su derecha entra una camilla más. Va en ella otra mujer: la cara blanca, como los azulejos de la pared, los labios calizos, como los de los muertos. El hombre sigue el movimiento de esa camilla. La ponen también a su izquierda, pegada a la pared, corren una cortina verde, para que no vea. Oye las voces del médico y de la enfermera, al otro lado.
     - Despiértala – dice la voz del hombre.
     - María, María, venga, no te hagas la remolona, abre los ojos.
     Nace la voz cansada de una enferma. Luego sube hasta el techo, como un eco, algo ininteligible que rebota y llega a los oídos del hombre de la barba, del hombre solo.
     - No se quiere despertar, no quiere abrir los ojos – dice la voz de la mujer.
     - Es lógico, el sueño anestésico es dulce. Déjame.
     Se oyen una serie de cachetes mientras la voz del hombre habla:
     - María, venga, despiértese ya. Ya es hora de volver.
     - No me pegue – dice la enferma.
     - Es hora de despertar, abra los ojos.
     En esto llega el cirujano que va a operar a nuestro hombre. Va vestido con una bata verde sobre una camisa blanca, a cuadros grandes, con chanclos envueltos en bolsas de plástico transparente, a juego con la bata. En la cabeza también lleva un gorro de plástico transparente, en verde. El médico sonríe bajo las gafas y el bigotito. Los ojos son pequeños, brillantes, con una viveza que llama la atención.
     - Hola, ¿nervioso?
     - No – dice del hombre -; bueno algo sí.
     - Venga, tranquilo, que esto es nada; ya verás como toda va a ir muy bien. ¿Cuántas veces te han preguntado qué pierna es?
     - No sé, unas cuantas, desde luego.
     - Y las que te quedan. Tómatelo con calma. Te falta el anes-tesista, las enfermeras de quirófano, etc. Es que nos queremos asegurar bien, para que no nos equivoquemos, y cortemos por lo sano.
     - Vale – dice el paciente.
     - Enseguida vendrán por ti. En unos minutos empezamos.
     - Bien.
    Y se va. El cirujano, ese hombre que apenas ocupa nada, delgado, de poco pelo y poca altura, ese médico con el que ha realizado todas las pruebas médica previas, que es casi como un amigo, o un padre, se va; y le deja solo, allí en medio del frío de la nada.
     Al rato llega el camillero, le arrastra, le empuja por ese pasillo de azulejos blancos y techo rosado, camino del quirófano. La segunda puerta a la derecha. Entra. El hombre de barba siente la asepsia flotando en el aire, como una bofetada. Hay tres o cuatro mujeres vestidas de blanco, y muchas máquinas. En el centro, la mesa de operaciones, sobre un desagüe. De pronto siente frío; de pronto recuerda que está desnudo, bajo la manta, dentro de la bata negra semitransparente. “No será nada, todo el mundo dice que no será nada”, piensa.
     - Así sea – dice.

©     EL LITERONAUTA      2009