Este nuevo libro de Santiago Solano tiene una estructura que pudiéramos llamar neovanguardista o, para decirlo con un oxímoron, vanguardista tradicional. Y propongo este término porque a esta altura de los tiempos, ya podemos hablar de una tradición de la vanguardia. Solano ha construido con este conjunto de textos una de sus obras más originales. Porque el Tratado de la belleza moribunda no es una mera serie de poemas o textos narrativos puestos unos detrás de otros, sino que la disposición de los mismos en la estructura general es significativa. Sobre todo en la segunda parte de la obra, hay relatos que parecen haber concluido porque les siguen otros diferentes, pero luego el lector se encuentra con que reaparecen formando lo que pudiéramos llamar un Guadiana narrativo. A veces aparece primero la segunda parte del cuento y, leídas otras historias, nos encontramos con el principio, lo que permite al lector atento comprender lo que en una primera lectura le había parecido enigmático. Aunque muy diferente por los temas y el lenguaje, este juego con el orden textual nos hace pensar en Rayuela, donde Cortázar, como es sabido, propone varios órdenes posibles de lectura salteada.
Otro motivo de meditación teórica que nos brinda la obra de Solano, es la tan ya manida discusión sobre los géneros literarios. El Tratado de la belleza moribunda es una mezcla de lírica y narrativa que se da en casi todos los textos, si bien con predominio de una de las dos, según el caso. Dentro de la narrativa, no faltan páginas realistas, pero en general, la literatura fantástica es la nota dominante. Ya en los primeros capítulos, nos encontramos con panoramas oníricos, en que aparecen "mujeres que cantan rompiendo los odres" o "monstruos que no sangran y que se hunden diciendo mentiras". Este tipo de textos alucinantes sin referente preciso, se repite con frecuencia a lo largo del poemario. No es surrealismo puro, ya que Solano nunca utiliza la escritura automática, pero esos relatos o, a veces, poemas en prosa, se construyen a base de imágenes irracionalistas, lo que de todas formas produce el mismo efecto de lenguaje surgido del inconsciente sin el freno de la lógica.
Esta preocupación del autor por la estética literaria nos lleva a decir unas palabras sobre el concepto que tiene del artista creador, cuyos problemas psíquicos ejemplifica en Manuel, un escultor de muñecos de barro. Sin embargo, también documenta las satisfacciones que produce tan singular oficio en un microrrelato que nos presenta al poeta caminando con un misterioso compañero que resulta ser su portafolio lleno de poemas y ensueños. Ese compañero le basta para vivir lo mejor de su vida.
Para Solano el arte es algo más que un mero juego, como afirmaba Ortega en su célebre ensayo sobre La deshumanización del arte. Nuestro autor se encuentra más cerca de la concepción del artista como ser conectado con las altas esferas metafísicas. Al menos eso parece desprenderse de su identificación con MartIn Silenus, el anciano poeta de la novela Hiperión de Dan Simmons. Como Silenus, Solano piensa que desde su infancia tuvo la impresión de que debía ser necesariamente un poeta, es decir un creador de palabras en la frontera del misterio. Hegel decía que él era un hombre condenado por Dios a ser un filósofo. Creo que todo auténtico poeta (son muy escasos) podría decir lo mismo.
En lo referente a los temas, aunque lo social no es lo más importante en el libro, Solano lo trata varias veces; sobre todo al evocar su infancia de hijo de minero. Así sucede cuando el narrador-niño percibe el contraste entre la historia de glorias y hazañas imperiales que el maestro cuenta a la clase y la dura realidad de su familia y su pueblo. Pues fuera de la escuela hay huelgas y niños enterrados bajo montones de carbón.
Breves alusiones a la injusticia de la sociedad capitalista no son raras en el libro. Un buen ejemplo es una escena en que Solano juega con la disemia de la palabra banco, que por un lado es asiento del parque en que un pobre hombre alcoholizado pasa sus noches, y por otra, el Banco con mayúscula que alberga en sus tripas montones de dinero sucio real o virtual. Otro ejemplo se encuentra en el pequeño relato Luisa Fernanda, donde Solano presenta a una bella muchacha pueblerina que camina sola a la hora de la calurosa siesta imprimiendo la huella de sus pies descalzos sobre la arena de la playa. Nadie sabe por qué ella abandona su cabaña a esa hora en que todo el mundo en la aldea duerme. El narrador nos dice al final que su salida tiene por objeto conseguir unas monedas para sacar de la clínica a su hermana de trece años. El lector sospecha que posiblemente se prostituye. Y también dentro de la veta social del libro, el narrador culpa de esa actividad a un misterioso director (con minúscula) de esta sociedad nuestra que sólo adora el dinero.
En las primeras páginas, Solano evoca nostálgicamente un amor infantil. Un amor ya sensual que el narrador define con una metáfora impactante: "Los ojos de ella descerrajándome la cremallera del pantalón". En la segunda parte del libro, en un texto titulado Apocalipsis, la emoción de la primera amada transfigura la clase y todo es maravilloso. Hasta los caracteres griegos escritos en la pizarra "planean, caen al suelo, mutan en mariposas, vuelan hasta la mano de la amada" y aparecen hadas, ninfas y duendes que "se desvanecen en la niebla de un niño hombre, muerto de amor".
Como era de esperar en un poeta literonáutico, los textos de ciencia ficción no podían faltar en este libro. Los encontramos sobre todo en Los cantos del coronel Cassad, una sección del poemario inspirada en la compleja trama de la ya mencionada novela Hiperion. Solano toma de Simmons algunos de sus personajes más notables, como el terrible Alcaudón, o lugares como las Tumbas del Tiempo. Con ello construye una serie de textos misteriosos escritos en un lenguaje sibilino que funde el estilo narrativo con el poema en prosa. De este modo nos presenta una extraña y cósmica aventura un tanto críptica, pero que con un poco de paciencia y relectura el lector puede descifrar. Solano narra poéticamente una especie de combate a nivel galáctico entre unas fuerzas terribles representadas por los llamados seres del vacío y sus oponentes que luchan contra la oscuridad y la nada. Éstos, que son los narradores de la tremenda batalla cósmica, acaban recobrando la vida. Y "después de cruzar al otro lado de las estrellas frías, pueblan el caos, se quedan quietos, descubren la esperanza y también una inconsútil casa alegórica sin paredes ni ventanas ni tejados, una casa toda de amor que les ofrece su paz".
En la cuarta y última parte de la obra, que se titula Apéndice literonáutico 2007, predominan los textos narrativos. Aunque siguiendo el tono del libro, lo fantástico es el acorde fundamental, Solano incorpora una historia del Oeste a su conjunto misceláneo. La inserción de este breve western, por cierto en un estilo muy adecuado al género, es ya de por sí una sorpresa, pero ésta se hace mayor aún cuando el lector que cree haber concluido con esta historia, se encuentra su continuación después de leer otras cuantas narraciones que nada tienen que ver con ese relato.
Muy interesante y filosófico es el Retrato de Doriam Greys (Solano deforma adrede el nombre Dorian Gray para indicar que su personaje difiere del creado por Oscar Wilde). El relato se divide en dos partes: la imagen y el reflejo; pero lo curioso es que el lector se encuentra con que el título de la Imagen va precedido de un 2, aunque figura en primer lugar. En cambio, el reflejo, que se lee después, aparece bajo el 1. Claro que aquí el autor ha querido dar la idea de espejo valiéndose de la estructura narrativa. Ahora bien, ¿qué figura como imagen? Bueno pues un panorama desolado por el que avanzan cien mil hombres que no saben adónde van. Cada uno de los peregrinos lleva incrustada en el pecho su propia quimera, una especie de monstruo con cara de máscara africana, al que inexplicablemente, siguen sin vacilar. Evidentemente esa imagen se refleja en el solitario que contempla a los misteriosos caminantes hacia nada. Él quisiera saber cuál es el secreto de esos hombres, ya que es también un caminante que tampoco sabe adónde va. Pero al menos, es consciente de ese absurdo y vive el destino lúcido del contemplador. En medio de su perplejidad, le consuela a veces la lectura, pero en general, aunque, igual que los otros, no se desespera, sí le duele el no saber qué significa el misterioso éxodo. Esa condición de único consciente del misterio y por lo tanto dolorido y angustiado, justifica la cita de Baudelaire que encabeza el relato: "Pero entre el goce universal he visto un ser afligido".
La sopa de mentira es, en principio, la evocación de un grupo atemporal de pintores y escritores murcianos en una barbería de Bullas. Entre los pintores están José Luis Castillo Puche y Sanchez Rosillo. Entre los pintores, Luis Garay, que los está retratando a todos, y Pedro Flores, que formula asertivamente su teoría de que la pintura es el arte del robo e incluso del asesinato de los pintores anteriores por los que les siguen. La teoría puede extenderse también a la literatura y de hecho uno de los presentes, el escritor Sanchez Rosillo, hace ver a sus contertulios que un poemario tan surrealista y por lo tanto creador de una realidad inventada como La destrucción o el amor, está basado en los paisajes de Miraflores de la Sierra. Es decir, que hasta un poeta como Vicente Aleixandre, copia de la realidad, aunque luego la transforme. Todo esto recuerda la célebre frase de Eugenio d’Ors: En arte lo que no es tradición es plagio.
El grupo de artistas sale de la barbería y se mete en la taberna de enfrente mientras la tierra se abre a sus espaldas y se traga la barbería. El lector se tranquiliza cuando se entera de que todo esto ha sido un sueño del barbero.
El viaje a Monteparnaso es el último y, sin duda, junto con El camino, que lo complementa, el mejor del libro. Al comenzar la lectura, encontramos ciertas incongruencias. Según nos dice la narradora, ella está con la cabeza apoyada en la pared frente a la ventana que se abre a una altura de 1,80m. , y su pie se hunde en el aserrín que cubre el cemento del piso. Eso nos lleva a pensar que se trata de una mujer muy alta. Pero de pronto, se abre la puerta del almacén y aparece una muchacha de 1,50 m. de estatura, acompañada de un tipo barrigudo de mofletes rosados. Y aquí ya se aclara un poco el misterio. Empezamos a pensar que se trata de una muñeca gigantesca fabricada por este Gepeto rollizo y cuarentón llamado Juan el carpintero. Pero nos seguimos equivocando, porque la narradora nos informa de que ella es una cruz fabricada por Juan, una cruz que piensa. Y no digo más para no destruir el suspense. Pero sí debo añadir que lo que dice la muchacha que va a comprarse una cruz y que quiere llevarse a la narradora, me produce un verdadero escalofrío. Y lo curioso es que la cruz, ya en manos de la compradora, dice que siente vergüenza ajena y dolor propio; de lo que deducimos que el sacrificio que piensa hacer la muchacha, le parece vergonzoso y que el servir de instrumento para ello le produce dolor.
El texto que acabamos de reseñar, nos permite descifrar el enigma de El Camino, un relato que hemos leído previamente sin comprenderlo. Volvemos a leerlo y todo se nos aclara. Ahora sabemos ya quién es Juan el carpintero, y tenemos ya indicios suficientes para descubrir que la misteriosa narradora imposible de identificar en una primera lectura, es la cruz de 1.80 m. que también es la narradora en el último relato. Podemos ya poner el sujeto a todas las oraciones y saber que la cruz es la que siente el hombro de la muchacha que la transporta, la que logra meterse en su memoria para verla como niña de pocos años que escucha un cuento de su padre sobre una familia pobre como la de ellos, una familia cuya madre se llama María y el padre José. Todo esto lo descubre el lector atento después de haber leído el último relato logrando así la satisfacción que se siente cuando se descifra un enigma. En la disposición de estos dos relatos Solano utiliza también la misma técnica que en el cuento de los cien mil hombres que caminan. Es decir, primero pone el final de la historia y después nos cuenta el principio. Desde el punto de vista de la estructura general del libro, también aquí Solano sigue el mismo procedimiento que con su western. Es decir, que entre El camino y el Viaje a Monteparnaso, coloca la historia de Doriam Greys.
Después de este somero análisis, llegamos a la conclusión de que si bien Santiago Solano se toma muy en serio su papel de poeta comprometido con los temas trascendentales, como buen artista situado en la tradición de la vanguardia, hace compatible ese compromiso jugando con sus textos en la línea lúdica señalada por Ortega en su mencionado ensayo sobre La deshumanización del arte.
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