RECORTES DE PRENSA
Un buen escritor
Manuel Hidalgo
Diario El Mundo.

 




         Para ser considerado un buen escritor no se puede ser una mujer guapa como Djuna Barnes, Susan Sontag o Anne Sexton, no se puede frecuentar la alta sociedad como Marcel Proust, ni ser un dandi como Oscar Wilde o Tom Wolfe, ni acudir a fiestas como Truman Capote, ni ser mundano como D'Annunzio, Maupassant, Musset o Jerzy Kosinski, ni ser rico como Heinrich Heine, Sófocles, Percy B. Shelley, Luigi Pirandello, Stendhal, Washington Irving o Voltaire, ni ser de origen aristocrático como Tolstoi, Garcilaso de la Vega, Vladimir Nabokov, Rabindranath Tagore, Henry Fielding o Lampedusa, ni ser diplomático como Lawrence Durrell, Joao Guimaraes, Carlos Fuentes o Pablo Neruda, ni, mucho menos, ser aristócrata y diplomático a la vez, y encima de derechas, como Agustín de Foxá.
          Para ser considerado un buen escritor no se puede estar casado con un político, pero, mucho menos, en buena lógica, ser político como Rómulo Gallegos, José Echegaray o Winston Churchill, condición que no puede quedar desmentida aunque se reciba el Nobel de Literatura.
         Para ser considerado un buen escritor es muy malo, baja puntos, trabajar para el cine, ser guionista, no digamos si se trabaja para Hollywood como Francis Scott Fitzgerald, Ben Hecht, Raymond Chandler, William Faulkner o Dashiell Hammett. Para ser considerado un buen escritor, sobre todo y por encima de todo, no se puede ser periodista. Esta es la condición más importante hoy en día. Se puede ser cualquier cosa o no ser nada, pero lo que no se puede es dedicarse al periodismo como Pedro Antonio de Alarcón, Wenceslao Fernández Flórez, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Juan Gelman, Emile Zola, Honoré de Balzac, Charles Dickens, Rubén Darío, Dino Buzzati, Pío Baroja, Joseph Kessel, George Bernard Shaw y 15.000 más.
          No está muy claro, gracias a Dios, pero para ser considerado buen escritor también parece sugerirse, a ratos, que hay que cultivar exclusivamente una literatura radical de la subjetividad, que arroje una personal visión del mundo a través de anécdotas pequeñas y que cuente, sobre todo, con un febril trabajo de joyería lingüística, sea para forjar textos de orfebrería verbal, sea para construir deletéreas atmósferas sutiles rayanas en la metaliteratura, que habrán de difundirse, para confirmar su valía, exclusivamente entre minorías exiguas de lectores, descartándose toda relación entre el éxito y la calidad literaria.
          Bien que a rachas, y por filones intermitentes del pensamiento crítico, se sugiere, por tanto, que ciertos temas deben ser evitados por quien pretenda alcanzar la condición de escritor mayor. Así, por ejemplo, no sería aconsejable narrar historias de millonarios como El gran Gatsby (Scott Fitzgerald), historias de espías como El agente secreto (Conrad), historias extraídas de la prensa como A sangre fría (Capote), historias de jóvenes del momento como El guardián entre el centeno (Salinger), historias de aventuras como La isla del tesoro (Stevenson), historias romántico-folletinescas como La Marquesa de O (Von Kleist), historias fantásticas como La metamorfosis (Kafka), historias de ciencia ficción como La guerra de los mundos (Wells) y muchas otras.
          Cuando se comprueba, eso sí, que estas normas del pensamiento literario correcto, reiteradas con gran frecuencia, son, además de absurdas, una mierda, sólo queda dictaminar las excepciones y otorgar la correspondiente bula, misión a cargo, como es natural, de la autoridad correspondiente. O del primero que pase con un día inspirado y en estado de gracia santificante.

 


©     EL LITERONAUTA      2009