RECORTES DE PRENSA
Luis Landero, hojas sueltas
Jesús Marchamalo
ABC CULTURAL, 29 DICIEMBRE 2007

 

     Frente a la puerta de entrada hay una estantería a la que un amigo llama «el corredor de la muerte». Ahí están los libros desparejados, esos que se almacenan provisionalmente, a veces durante años y años, para ver cómo y, sobre todo, dónde acaban encajando. Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) fantasea a veces con que puedan cuchichear entre ellos, de noche, a escondidas, sobre la suerte que les espera.
    Hay dos posibilidades: el trastero, en el sótano, donde los libros, unos ochocientos, se guardan protegidos en cajas de plástico, con un índice minucioso en el que se especifica el contenido de cada una; o la Plaza de Olavide, en pleno barrio de Chamberí, en Madrid.
     Hasta allí baja una o dos veces al año un par de enormes bolsas con cincuenta o sesenta libros, a veces más, que abandona a hurtadillas sobre un banco. Y siempre vuelve al rato, para ver cómo viandantes anónimos, convecinos, estudiantes, repartidores y jubilados ociosos se interesan por ellos, los hojean con curiosidad, y se los acaban llevando.

SECRETA ENVIDIA.
      Del sótano, ese agujero negro, pocas veces ha regresado alguno -ocurrió, no hace mucho, con una edición de Washington Irving -. De la plaza, nunca. Pero aún así es fácil pensar que el destino de los libros del parque es secretamente envidiado por los del sótano, allí en su purgatorio.
      Todas las bibliotecas guardan secretos. Tienen recodos, pasadizos y vecindarios, a veces inesperados, que es necesario transitar con guía.
     El primer puesto fronterizo en la de Landero, detrás de un bote lleno de señaladores, es un libro de Aguilar, comprado en La Habana a principios del año 2000, que se titula La novela de la Revolución Mexicana. Todo lo que queda a la izquierda de esos dos tomos en papel biblia es poesía, mientras que a la derecha, en sucesivas estanterías que cubren buena parte de las paredes del salón, está la novela del siglo XX. Hay otra zona dedicada a la novela decimonónica, los clásicos, y a Shakespeare (balda y media), donde guarda uno de los primeros libros que recuerda haber comprado, a los diecinueve años, con el dinero que ganó como guitarrista: un Quijote, con grabados de Doré, que vio en el escaparate de una mercería, y por el que pagó cuatrocientas pesetas de las de entonces.

ORDEN ALFABÉTICO.
      De poesía, lo esencial, dice: Darío, Gerardo Diego, Guillén, Alberti, Juan Ramón y Machado. También mucho Leopardi, Petrarca, Virgilio y Gil de Biedma, naturalmente, en la G. Porque los libros, para pasmo y envidia sana del visitante, están colocados por riguroso orden alfabético de autores.
     Conviene, eso sí, aclarar que el mérito no le corresponde a él, ya que a Landero le gusta tener los libros cerca, sacarlos de las baldas y amontonarlos por las mesas, en el suelo, sobre la mesilla, hasta que se juntan veinte o treinta, o sesenta, que su mujer, Coté, se encarga de devolver a su sitio.
    De modo que en la C, saltando la frontera de la prosa, está, por ejemplo, Carpentier: un sobado ejemplar de papel amarillento, con las páginas sueltas y sin tapas, de Los pasos perdidos, entre otros. Cerca, Cortázar: Rayuela, también desencolado como una baraja, y casi al lado, Conrad: El agente secreto, manoseado y doblado en las esquinas, que ha leído completo cinco o seis veces, y a trozos, casi todos los años. «Estropeo mucho los libros - confiesa sosteniendo un cuadernillo desprendido de Tiempo de silencio, de Martín Santos -. Doblo las páginas, subrayo, anoto, escribo, incluyo comentarios en las hojas blancas del final, que después arranco para guardarlas... Ahora estoy releyendo Muerte en Venecia, de Mann, y me cuesta abrirme paso entre los subrayados.»
     No ayuda que sus libros salgan con él a la calle, y de viaje, y que se los lleve para trabajar con ellos en clase. Hay siempre, en su coche, una pequeña biblioteca portátil, de emergencia, volandera, de diez o quince libros, que comparten el asiento trasero con periódicos atrasados, cartas del banco y trabajos de alumnos.
     Así que es fácil localizar a sus autores favoritos; basta buscar los lomos fatigados, deshojados, mal-trechos, un universo de papel celo y pegamento. Casi todo Faulkner: Luz de agosto, Absalón, Absalón, completamente desencuadernados; casi todo García Márquez - aparece un trozo de El otoño del patriarca de una vieja edición de Plaza & Janés; varios Ulises, de Joyce, y Retrato del artista adolescente, recompuesto por una alumna industriosa a quien se lo prestó y que, apiadada, se lo devolvió restaurado. También hay mucho Kafka, mucho Proust y mucho Onetti: La vida breve, una edición nueva que sustituyó a otra, ilegible, que tuvo que tirar. Manuel Puig, Vargas Liosa, y en la S, Sampedro, Octubre, octubre, con una dedicatoria: «Para Luis Landero, amigo en el acto, con un abrazo de su doblemente compañero». Cerca, también dedicado, La soledad del manager, de Vázquez Montalbán, que compró y le llevó para que se lo firmara.

EL MONTÓN.
«Hay libros que llevan conmigo muchísimo tiempo. Los más antiguos deben de ser del año 68, cuando dejé la guitarra y retomé los estudios de PREU -afirma -. De esa época recuerdo La metamorfosis, de Kafka; El extranjero, de Camus; El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que deben de andar por ahí, y mucho Sartre, ¡los tiempos de Sartre! Y recuerdo dos libros que mangué en la librería de la Facultad - entonces se hacía mucho, disimulándolos en las carpetas o debajo del abrigo, seguro que ha prescrito -: Orlando, de Virginia Woolf, y Las olas. Ambos los conservo todavía. Orlando, de hecho, lo tengo ahora mismo en el montón.».
    Sobre la mesa de su cuarto, el montón. Porque cuenta que le gusta leer a la carta, un poco por capricho, según lo que le apetece, o lo que necesita cada día. De modo que tiene siempre una decena de libros que coge y abandona, de los que picotea, un día sí y otro no, hasta que los termina.

PALABRAS DEL DICCIONARIO.
      En el montón, entre muchos otros, el último Marías, Veneno, sombra y adiós; Pla, El cuaderno gris; La cinta de Moebius, de Manuel Talens; Don DeLillo, y Conrad, Lord Jim, y una vieja edición de Ulises, publicada en Buenos Aires por Santiago Rueda, que le regalaron en el año 70 y que le gusta tener siempre cerca. «Otra cosa que hago mucho es leer diccionarios: el Moliner, el Corominas, lo leo y lo subrayo; el de Seco, y Redes, de Ignacio Bosque, que es muy interesante. Me gusta ese mundo de las palabras, las redes léxicas, las familias, las similitudes, todo eso.»
     Al final, una referencia a Shakespeare: tan inspirador, tan sutil, tan listo - dice -, de una imaginación tan prodigiosa... Busca Otelo en las baldas, pero acaba cayendo en que lo tiene en el coche. Colocado en la s claro.


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