No hay figura más representativa de la bohemia española que la de Alejandro Sawa (Sevilla, 1862-Madrid, 1909), ni acaso arquetipo trágico que ilustre mejor la naturaleza saturnal de la literatura. Sin embargo, con la - relativa - excepción de su dietario póstumo Iluminaciones en la sombra, ninguna de sus obras ha logrado taladrar la espesa mugre del olvido. Sawa publicó en vida un puñado de novelas de estirpe naturalista y tono tremebundo en las que denuncia las calamidades de una época asfixiada por el atraso moral, la lenidad de los políticos, el abandono inhumano de las clases populares y el clericalismo más obtuso y atrabiliario. Y, como tantos otros escritores de su generación dilapidada, se desangró en cientos de artículos en los que increpó a la sociedad filistea de su tiempo, en los que evocó las figuras mitológicas de sus maestros franceses, en los que arremetió - para descornarse siempre - contra la cerrazón ambiental. Una buena parte de esos artículos - algunos de los cuales Sawa incorporó con leves variantes en su citado Iluminaciones en la sombra - son ahora exhumados en este volumen, soberbiamente presentado por Iris M. Zavala, gracias a la benemérita y no menos soberbia labor de Emilio Chavarría.
EXTREMA PENURIA.
Sobre Sawa circularon leyendas de tono más bien socarrón en vida (a la pluma acre de Bonafoux se debe la más divulgada de todas ellas, que mezcla la devoción a Víctor Hugo con la desidia higiénica); y su muerte, sobrevenida en circunstancias de extrema penuria, acabaría convirtiéndolo a él mismo en leyenda, gracias sobre todo a Valle-Inclán, que lo hizo protagonista de Luces de bohemia, emboscado tras el nombre de Max Estrella. Pero, como suele ocurrir con los escritores que hacen de su vida una obra literaria extremosa y desgarrada, la posteridad ni siquiera se ha molestado en leerlo. A tanta desidia ponen fin estas Crónicas de la bohemia.
Leyéndolas, uno tiene la impresión característica que ya lo ha asaltado zambulléndose en la obra desperdigada de otros bohemios coetáneos o inmediatamente posteriores: fue tanto el empeño que estos escritores pusieron en enfrentarse a su época, tanta la adversidad que hubieron de vencer, tantos los padecimientos que arrostraron, que a la postre el brío de su escritura se calcinó antes de brindar su mejor llama.
FRÍO EN LAS ENTRAÑAS.
Pero también de esa combustión sin gloria quedan pavesas que se resisten a ser ceniza. Quizá las mejores crónicas de este volumen sean aquéllas en las que Sawa rememora el magisterio de los «liróforos celestes» que perfumaron su estancia en París: Verlaine, Víctor Hugo, Gautier, Musset, Mendes... A algunos ni siquiera alcanzó a conocerlos en vida; de otros nos transmite, con temblor y legítimo orgullo, un retazo de memoria lacerada. «¡Qué hermosos días, qué espléndida primavera anticipada, y qué frío hace aquí, en mis entrañas!», escribe Sawa en una de estas crónicas evocativas, resumiendo el drama de una existencia que, allá en el pasado, se asomó al ideal y hoy ha de conformarse con lamerse las llagas. Los medallones y perfiles que Sawa traza de aquellos fantasmas benéficos del mausoleo de las letras tienen fuerza galvanizadora, brío pascual: leyéndolos, uno siente que resucitan en su escritura.
Otras crónicas tienen el tono de la diatriba, la retórica doliente del escritor expuesto a las lacras de la patria, a la angostura del medio ambiental. Sobre ellas ha caído el peso polvoriento de los años, pero Sawa escribe siempre desde un fondo de lastimada verdad que nos depara pasajes soberbios, a pesar de sus enardecimientos, o quizá precisamente gracias a ellos. Crónicas de la bohemia, que se abre con artículos escritos por un Sawa adolescente (y lastrados, por tanto, por un ingenuismo atroz), avanza hacia pasadizos biográficos hostigados por la derrota; y es precisamente en la derrota donde la escritura de Sawa se hace más lúcida y despojada de artificios hueros, como si la ceguera que lo aquejó en los últimos años de su vida le hubiese infundido una suerte de clarividencia amarga. Alejandro Sawa, que acabaría como negro de los artículos que Rubén Darío publicaba en La Nación de Buenos Aires, había nacido para el placer, pero fue derecho al dolor, como las polillas van derechas a la luz que las calcina: tal vez porque el dolor es la única tinta en la que podía mojar su pluma; tal vez porque el dolor le recordaba, cuando el frío le corroía las entrañas en su sórdido chiscón madrileño, que hubo una primavera anticipada y nunca cumplida, allá en el Barrio Latino de París, cuando el mundo era joven.