RECORTES DE PRENSA
Fin de fiesta
José Luís García-Martín
EL CULTURAL, DIARIO ABC, 26 ENERO 2008


     Quiere el tópico, repetido hasta la saciedad, que la vida de Ángel González fuera una continua noche de fiesta, un cotidiano rumor de copas hasta el alba. Como todos los tópicos, tiene mucho de verdad y algo de mentira. Hubo otras noches muy distintas, con el desánimo y la desesperanza por única compañía, y también arduas horas sobre los textos propios y ajenos: el poeta ocurrente fue además un aplicado, estudioso artesano.
     Pero no miente la leyenda cuando lo considera coleccionista de amigos, maestro en el arte de hacerse querer. Nadie que hablara con él una vez, aunque fuera pocos minutos, podía ya dejar de considerarse como uno de los suyos.
     El sol ha querido sumarse a la última fiesta y este sábado en que vuelve a Oviedo para no marcharse nunca parece un día de la más luminosa y acariciadora primavera. Va a estar en buena compañía. Muy cerca aguarda Leopoldo Alas, algo más allá Víctor Botas, desaparecidos ambos a la misma edad, casi a mitad del camino de la vida. Con quien más tendrá de qué hablar será con Emilio Alarcos. «¿Así que también eras poeta? ¡Qué callado te lo tenías!».
     A Ángel González, al contrario que a sus tres amigos, la muerte le impuso su ley, no su accidente, y por eso la tristeza transparente de este día no está teñida de desolación. Las muchas vidas que hubo en su vida lograron cumplimiento. Ya se sentía como una casa a la que los inquilinos han ido abandonando llevándose todo lo útil, dejando solo algunos trastos viejos. Pero apático, ausente, puesto ya el pie en el estribo, seguía siendo un hombre enamorado. En una vida, por corta que sea, caben varios amores eternos, y aún sobra vida. A Ángel González no le sobró. Si se atrevió a mirar cara a cara a la muerte y ofrecerle el pecho descarnado -«embiste, justa fatalidad»- fue porque no quería ser una carga, un peso muerto en vida, para quien más quería.
     Con la urna entre los brazos, hermosamente desvalida, Susana Rivera escucha, ante la sepultura familiar, una vez más los versos del poeta, su voz «ardiente, airada, entera y verdadera» en la voz de algunos de sus amigos. Quien tanto la quiso es ya sólo ceniza, pero ceniza enamorada, como en el mágico soneto de Quevedo. «Este amor, ya sin mí, te amará siempre», dice el epitafio que quiso grabar sobre su lápida.
     Nos amará siempre también a nosotros, sus lectores. La muerte, que todo lo puede, mientras tengamos vida, contra su voz no puede.


©     EL LITERONAUTA      2008