RECORTES DE PRENSA |
Raros
por J.J. Armas Marcelo
EL CULTURAL, DIARIO ABC, ABRIL 2008 |
Escribir de escritores raros es un compromiso y una redundancia. Bastante bicho raro es el escritor por el mero hecho de serlo, de escribir todo el tiempo, aunque haya escritores todavía más raros: están todo el tiempo tratando de escribir y no terminan de aprender. La excusa: a escribir no se termina nunca de aprender. Y, sin embargo, algunos de esos escritores que sostienen que no se termina nunca de aprender a escribir dan clases de escribir a los demás, como si ellos mismos fueran profesores de la escritura que no terminan de aprender. Hay quienes dicen que escritores como Ricardo Piglia y César Aira son raros, cada uno a su manera. A mí, perdónenme ustedes, me parecen los dos de lo más normal del mundo. Sólo son un poco raros porque padecen el «síndrome de Salinger»: no quieren ser vistos e, incluso, hacen a veces desdén de sus hipotéticos lectores. Es un concepto como otro cualquiera.
Un escritor como Vila-Matas, con el que acabo de compartir palabras, risas y cervezas en Praga, ha encontrado su propia estrategia de contradicción triunfante en su supuesta rareza: afirma no querer ir a congresos de escritores, pero está en todos; dice no querer escribir más («preferiría no hacerlo») y no cesa de escribir y publicar. Su maestro Sergio Pitol, un kafkiano de México lleno de humor y talento, llegó por una supuesta rareza a ser Premio Cervantes, un galardón que en su caso nadie discutió. La cosa de los raros es a veces tan ridícula que hace unos años un poeta tan corriente y previsible como Luis Antonio de Villena era tenido por raro cuando ya desde entonces no era más que una máscara menor de cierta tradición, mimada por los siglos de los siglos en la literatura universal.
Para raro, un escritor -del que guardo el nombre en esta ocasión - que no podía ni probar el alcohol. Para no quedar mal entre los bebedores sociales y los borrachos, se pedía un ron seco y se lo echaba de golpe al gaznate. Craso error. Al instante, sus huesos se desclavaban de su cuerpo y caía al suelo como una marioneta desmadejada y sin vida. Había que darle agua y un par de tazas de café para que el raro volviera a la vida. Sus versos eran palabras sueltas sobre la página, como el que tira migas de pan entre las palomas, y decía y repetía que sus dos escritores esenciales, además de Lautréamont y Baudelaire, eran Lezama Lima y Octavio Paz. Yo le contestaba a veces, para divertirme, que lo que más me interesaba de Lezama eran sus poemas ilegibles, el festín interminable de la imposible traducción a tu mente de las palabras de una mente verdaderamente rara e inabarcable. ¿Y de Paz?, me preguntaba el pobre abstemio. De Paz, contestaba yo siguiendo mi estrategia frente al raro, lo que más me gusta es Piedra de sol. Años después, pienso que el abstemio raro tenía una
, enfermedad raramente curable: la insuficiencia alcohólica, que hace leer de otra manera y entender el mundo con pocas euforias.
A Tito Monterroso, el del cuento del dinosaurio (que, como el mundo lector sabe, se puede leer en un fin de semana), lo tuvieron en un tiempo como escritor raro. A mí Monterroso no me atrae mucho como escritor de ovejas negras y perros blancos, pero convengo en que es un escritor al que su inmensa simpatía le ha ganado la fama de gran escritor.
Aunque no lo crean, estas rarezas suceden con tal frecuencia que dejan
de serlo por su repetición excesiva. En mi caso personal, los escritores más raros que he leído en mi vida son
Lewis Carroll y Kafka. El matemático
de Alicia inventó un mundo de horrores en su época que sin embargo preludiaba el futuro en el que ya estamos inmersos y borrachos: el espejo es -¿por qué no?- la pantalla del ordenador, entramos y salimos del mundo como si tal cosa, sin movernos de la silla de trabajo. Vivimos virtualmente, lo que no evita las enfermedades, los sufrimientos y la muerte. En cuanto a Gregorio Samsa y su metamorfosis, no es un cuento. Hagan la prueba y vean la cantidad de escarabajos con ropa de humanos que caminan por la calle. ¿A que muchos lo miran a usted asombrados, como si vieran en su aspecto físico un escarabajo, un bicho exactamente raro?