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Tras
el doblar de las
campanas: allá;
como una nube
de verano,
sobre el pueblo
y el silencio de tu aurora.
Tras el hueco abierto
por las escolares en la primavera:
con las amigas
y en los juegos,
en la mañana
recóndita de cuando mozas; allí,
la tormenta, los
rayos, los árboles partidos,
y finalmente,
el vendaval y el aguacero.
Pero no, nitidez
de la honda sonora.
Cogidas de la
mano ella y el aire, primera y última vez;
yéndose
ambas hasta el otro lado de la puerta:
¡Qué
próximo el confín del infinito!
Los enemigos,
bajo un día soleado de estío, allá.
Los personajes
de mis libros,
los que desde
la carne o la invención,
¡qué
plaza toda de cantos rodados y mármoles!, allí.
Tú, no;
tú jamás en la profundidad
del olvido. Cual
un personaje de espíritu, allá,
el Ángel
de la Guarda, Agustín...: los fantasmas de Dios.
Que todo esto es
cierto y duradero,
que estás
y seguirás estando allí,
en el único
lugar mágico en el que se lee con el corazón,
en el multidimensional
libro cerrado del alma.
Quiero;
aunque sé
que casi nadie pisa ya aquellos lares. |