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el decir de Teresa
Cascorvo,
la vecina sureña de los últimos tiempos, la malageña analfabeta y dramática, la del porte quijotesco — menos de cincuenta kilos en la báscula —, tú eras digna de admiración y de lástima; y por algo la mujercita diría lo que dijo. Acaso, se me antoja, porque tú mantenías tu casa más aseada que la viuda pese a la pérdida de visión que te trajo la operación de cataratas: simple envidia, creo; a lo mejor, puede, pudo ser, porque a ella le quedaba y le queda aún una hija soltera y un hijo casado en quien encender la hoguera de la ilusión, y a ti, desde muy pronto, a nadie, todos tus retoños lejos, en otro mundo que no era el tuyo, perdidos en la distancia, acompañada únicamente por la proximidad de padre que caminaba y camina por el sendero de la derrota, ese sendero sin salida y sin retorno que lleva al enfrentamiento, otro hombre bien distinto del que te enamoraste, apagado, vencido. . Luisa Fingano, la asturiana de la carretera de Tiraña — rechoncha como Sancho —, la que te siguió los pasos cuando tú eras aún joven y te enfrentabas abiertamente con el mundo, aquella niña tomada por las fobias, te tuvo siempre aprecio; y es que tú fuiste para la muchacha del norte el ejemplo de sus anhelos, la materialización de sus deseos, la fuerza que nunca tuvo: los ojos de las mujeres dicen siempre muchas cosas cuando enarbolan la bandera de la admiración. Se le notaba el dolor de tu partida cuando me dio el pésame; se veía claramente que comprendía, que supo de pronto, cual quien se despierta en la noche y comprueba boquiabierto que ve con nitidez en la oscuridad absoluta —estas certezas llegan siempre así, sin aviso previo—, que a ella también le llegará el día nefasto en el que habrá de beber el agua turbia que tú ya has bebido; y que, sin desearlo, empujada por la sombra inapreciable del discurrir del tiempo, sus labios rozaban ya la fría teja de la fuente. |
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OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD |