Según
.
el decir de Teresa Cascorvo,
la vecina sureña de los últimos tiempos,
la malageña analfabeta y dramática, la del porte quijotesco
— menos de cincuenta kilos en la báscula —,
tú eras digna de admiración y de lástima;
y por algo la mujercita diría lo que dijo.
Acaso, se me antoja, porque tú mantenías tu casa más aseada 
que la viuda pese a la pérdida de visión que te trajo la operación 
de cataratas: simple envidia, creo;
a lo mejor, puede, pudo ser, porque a ella le quedaba 
y le queda aún una hija soltera y un hijo casado 
en quien encender la hoguera de la ilusión, y a ti, 
desde muy pronto, a nadie, todos tus retoños lejos, 
en otro mundo que no era el tuyo, perdidos en la distancia,
acompañada únicamente por la proximidad de padre 
que caminaba y camina por el sendero de la derrota,
ese sendero sin salida y sin retorno que lleva al enfrentamiento, 
otro hombre bien distinto del que te enamoraste, apagado, vencido.
.
Luisa Fingano, la asturiana de la carretera de Tiraña 
— rechoncha como Sancho —, la que te siguió los pasos 
cuando tú eras aún joven y te enfrentabas abiertamente con el mundo, 
aquella niña tomada por las fobias,
te tuvo siempre aprecio;
y es que tú fuiste para la muchacha del norte el ejemplo 
de sus anhelos, la materialización de sus deseos, la fuerza 
que nunca tuvo: los ojos de las mujeres dicen
siempre muchas cosas cuando enarbolan la bandera de la admiración. 
Se le notaba el dolor de tu partida cuando me dio el pésame;
se veía claramente que comprendía, que supo de pronto, 
cual quien se despierta en la noche y comprueba boquiabierto
que ve con nitidez en la oscuridad absoluta
—estas certezas llegan siempre así, sin aviso previo—, 
que a ella también le llegará el día nefasto
en el que habrá de beber el agua turbia que tú ya has bebido;
y que, sin desearlo, empujada por la sombra inapreciable 
del discurrir del tiempo, sus labios rozaban
ya la fría teja de la fuente.

OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
TERCERA PARTE
Las estrofas del mundo que ya no es tuyo