|
Por
.
.
lo que hacías, veo ahora que me amabas
con un amor casi divino, con un apego
idiótico,
más allá del límite
de lo cualitativamente razonable:
algo inestimable y único a lo
que nunca ya podré responder.
El desayuno en la mesa,
incluso cuando madrugaba mucho para
estudiar.
Esperabas mi regreso, te asomabas a la
ventana,
te ensimismabas, veías que el
tiempo ardía en el crepúsculo,
impasible, tenaz... y lo hacías
cuando sabías
que iba a llegar pronto, en aquellos
domingos de mocedad
en los que yo buscaba desesperadamente
el beso,
o el abrazo, o el verbo amable y escondido
de las mujeres.
Lo hiciste también luego, según
cuenta padre,
ya de casado, cuando yo estaba lejos
y la distancia cortaba
como una navaja barbera, cuando la evidencia
de la imposibilidad del retomo era irrefutable,
aferrada a los recuerdos del amor que
te devolví en la infancia,
maniatada por aquel tiempo en el que
tú representabas
para mí el hechizo de los universos
plagados de estrellas,
el saco de las historias verdaderas
e interminables.
El abrazo fuerte siempre,
como una ventana abierta por la que
se ve el interior del hogar. |