Por
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lo que hacías, veo ahora que me amabas
con un amor casi divino, con un apego idiótico, 
más allá del límite de lo cualitativamente razonable: 
algo inestimable y único a lo que nunca ya podré responder.

El desayuno en la mesa,
incluso cuando madrugaba mucho para estudiar.

Esperabas mi regreso, te asomabas a la ventana, 
te ensimismabas, veías que el tiempo ardía en el crepúsculo,
impasible, tenaz... y lo hacías cuando sabías
que iba a llegar pronto, en aquellos domingos de mocedad
en los que yo buscaba desesperadamente el beso, 
o el abrazo, o el verbo amable y escondido de las mujeres.

Lo hiciste también luego, según cuenta padre,
ya de casado, cuando yo estaba lejos y la distancia cortaba 
como una navaja barbera, cuando la evidencia
de la imposibilidad del retomo era irrefutable, 
aferrada a los recuerdos del amor que te devolví en la infancia,
maniatada por aquel tiempo en el que tú representabas 
para mí el hechizo de los universos plagados de estrellas, 
el saco de las historias verdaderas e interminables.

El abrazo fuerte siempre,
como una ventana abierta por la que se ve el interior del hogar.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
TERCERA PARTE
Las estrofas del mundo que ya no es tuyo