Para
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que nuestro porvenir fuera mejor que el tuyo,
dejaste las mínimas comodidades que te ofrecía la vida 
y estiraste cada peseta al máximo, como si la felicidad 
estuviera en tener muchas cosas y un poco solamente en ser
lo que uno sueña con ser, sin comprender que la vida 
es ya en sí misma una trampa devastadora,
un oficio ni siquiera solicitado que se nos impone 
y que habremos de desarrollar en la peor de las condiciones:
no existe la rectificación, nadie puede matizar los colores 
del cuadro que pintan los días de su existencia, 
todo ha de ser a la primera,
no hay más probabilidades que una.

Con mano de hierro sujetabas el timón de la familia, 
siempre vigilante, siempre alerta, como si la acumulación de errores 
y mentiras, que van trazando nuestras angustias
o nuestras felicidades, fuera únicamente un desafortunado evento
minúsculo. Nos educabas en el perdón de Dios, 
en el mundo irrealizable de la Edad Media,
en la magia de volver a empezar,
en la ilusoria posibilidad de dar marcha atrás, 
en el espejismo de desandar el camino:
nunca comprendiste que el tiempo no perdona, que el despropósito 
va siempre con nosotros, que nos obliga a aferrarnos a las verdades 
que sabemos que no lo son.

Así, cuando parecía que no se podían mantener mis estudios universitarios 
—¿qué pensaste el día que llegué a casa tras una semana en la capital de El Principado y dije que llevaba dos días sin comer?—,
tú abriste la faltriquera y aparecieron las monedas salvadoras.
Así, así, así; así siempre: velando, dándote, 
quemándote por nosotros, enseñándonos
que la única manera de vivir es esa, fuera de ti, en los otros, 
irse despojando; dar, dar todo, quedarse vacío, en la quietud, 
como los árboles, como las noches sin luna.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
TERCERA PARTE
Las estrofas del mundo que ya no es tuyo