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Para
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que nuestro porvenir fuera mejor que el
tuyo,
dejaste las mínimas comodidades
que te ofrecía la vida
y estiraste cada peseta al máximo,
como si la felicidad
estuviera en tener muchas cosas y un
poco solamente en ser
lo que uno sueña con ser, sin
comprender que la vida
es ya en sí misma una trampa
devastadora,
un oficio ni siquiera solicitado que
se nos impone
y que habremos de desarrollar en la
peor de las condiciones:
no existe la rectificación, nadie
puede matizar los colores
del cuadro que pintan los días
de su existencia,
todo ha de ser a la primera,
no hay más probabilidades que
una.
Con mano de hierro sujetabas el timón
de la familia,
siempre vigilante, siempre alerta, como
si la acumulación de errores
y mentiras, que van trazando nuestras
angustias
o nuestras felicidades, fuera únicamente
un desafortunado evento
minúsculo. Nos educabas en el
perdón de Dios,
en el mundo irrealizable de la Edad
Media,
en la magia de volver a empezar,
en la ilusoria posibilidad de dar marcha
atrás,
en el espejismo de desandar el camino:
nunca comprendiste que el tiempo no
perdona, que el despropósito
va siempre con nosotros, que nos obliga
a aferrarnos a las verdades
que sabemos que no lo son.
Así, cuando parecía que
no se podían mantener mis estudios universitarios
—¿qué pensaste el día
que llegué a casa tras una semana en la capital de El Principado
y dije que llevaba dos días sin comer?—,
tú abriste la faltriquera y aparecieron
las monedas salvadoras.
Así, así, así;
así siempre: velando, dándote,
quemándote por nosotros, enseñándonos
que la única manera de vivir
es esa, fuera de ti, en los otros,
irse despojando; dar, dar todo, quedarse
vacío, en la quietud,
como los árboles, como las noches
sin luna. |