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Hasta
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que Hunosa te dio la casa en alquiler,
que por ley te correspondía
y por el invento burocrático
de puntuaciones no,
viviste en la provisionalidad: de ahí
aquellos nervios
y aquellas angustias.
Saltaste de una vivienda mala a otra
únicamente un poco mejor,
siempre con nosotros a la espalda, cual
si no hubiera mérito
alguno en ello. Compraste los muebles
imprescindibles,
sólo los que cada nueva residencia
necesitaba.
Las paredes traseras de la primera morada
eran la misma roca de la montaña.
En ella te nació tu segundo hijo.
Allí vimos caer el agua que no
filtraba la tierra
sobre la cocina de carbón, un
chorrito minúsculo y cantarín,
como el nacimiento de un río.
Luego, aquel primer piso con suelos de
madera carcomida,
más caliente, menos húmedo,
con retrete compartido,
sin ducha. Allí me dejabas abandonado,
al cuidado de mi hermano,
mientras tú te ibas a la compra
y andabas los dos kilómetros
que nos separaban del economato minero,
mientras sentías
que te apuñalaba la certeza de
saber que un niño
no puede ser nunca una buena niñera:
¡Con qué dolor recordabas
el llanto de tus hijos!
El tercer hogar, aquella casa de dos
pisos tras un edificio alto,
siempre en la sombra, huyendo de la
infiltración de los gitanos:
mucho frío; visitado por la fatiga
de un hijo que crece
y no se adapta, que se encierra a leer
noche y día,
que va y viene de la escuela sin amigos,
que es insultado, abofeteado, expulsado
del círculo
cerrado de los nativos:
—"¡Esti güaje ye tuntu, nun
sabe falar!"— decían
con la sonrisa hiriente en los labios:
un puñal para tu corazón
de madre que saltaba, arañaba,
escupía, mataba
con miradas de fiera sanguinaria. |