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las calles de Santa Cruz, en aquellas mismas
calles
que te vieron crecer y olieron tus perfumes, hay ahora un desierto; quizás únicamente sea el frío de Diciembre bajo este sol indolente que no cumple, que olvida el sagrado deber, que deja de calentar la sangre de los pocos viejos que se marchitan en el claustro de sus casas destartaladas, que asoman las narices y el miedo por la rendija de la puerta, que regresan al brasero, y callan, y acaso derraman una lágrima verdadera de ausencias, o de tristeza, o de nostalgia. .
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Santa Cruz de la Sierra duerme, como tú;
espera los meses del verano y las risas que la vuelta de los emigrados trae, aguarda emboscada en la sombra de la sierra. Atrás quedan los cantos de los monjes; encerradas en algún libro destruido están las historias y los mitos de la vieja laguna, la tumba de Viriato. Y la ilusión del nuevo renacimiento es un sueño que se pierde en el horizonte lejano, verde oliva, blanco, negro. Corno tú, que vienes y te escondes en estas palabras y nos haces creer que es posible volver. .
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En Santa Cruz de la Sierra, las raíces
de las gentes
que pueblan las ciudades, que llenan las fábricas, están esparcidas por las veredas, a la intemperie, pudriéndose, secándose, impregnando el aire de otros aires, contando historias de otro tiempo. Es fácil ver un carro cargado de trigo que arrastra un viejo asno cansado. Es fácil sentir el cantar pausado del que ara, del que siembra, del que suda, del que sueña con vivir. Es fácil, finalmente, acceder al corazón del ayer e imaginar lo que no se fue, lo que pudo ser. |
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OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD |