Desde
.
.
el cielo despejado decías que
bajaba
la luz sosegada de la luna,
y que el titilar silencioso de las estrellas
era como la réplica danzarina
de Lo Alto
a la emoción contenida de tu
esposo que hablaba,
que hablaba, que narraba, que inventaba:
resucitaban los enamorados versos cadenciosos
del viejo vaso de vino.
Pero tú todo lo veías arropado
por esa claridad
devastadora de las noches de estío;
tú, que todo estaba tomado por
esa irrealidad imprecisa,
ese duermevela en el que el ogro indefenso
llora
y espanta el sueño... Que en
esa capa únicamente negra
de la noche, todo escondido, allí
en donde el roce
tenue de los escarabajos, bajo las mantas
traperas,
sobre las pajas de las eras, se muta.
Desde aquella noche al raso,
bajo el viento caliente que cimbrea
tus cabellos,
cuando yo era solamente un proyecto,
acaso un peculiar deseo incontenible,
vienes al momento de estos días
ajenos a ti en los que escribo.
Y adviertes que también nosotros
bebemos
del dulce néctar del espejismo;
en tanto que ella,
la vieja puta inmóvil, sonríe,
sonríe ... candela. |