De
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frente, derechos a los colores apagados
de las flores.
Cayeron de repente.
Y aquellos minúsculos segundos
de eternidad,
los que se habían asentado en
las honduras de las cunetas,
los que se habían revolcado en
las harinas que los carros levantan
de los caminos, sonrieron ; también,
sobre el botijo rojo y circular,
chato, casi cantimplora, sellado con
aquel tapón de corcho
que los labios secos degustaron: la
sencillez de lo limpio.
Luego, un anuncio prematuro de la derrota
fue,
en el canto del agua que el andar pausado
de los asnos producía.
Fija estuvo la flecha en el fuego que
pintaba de colorados y de amarillos
las paredes ennegrecidas, en las trébedes
y en el cocer perezoso
de los garbanzos —nadie sabía
entonces del fulgor de los días—,
en aquel olor rancio de la tierra madre
que ya no volverá nunca más;
también, en los doblados destartalados
que conocían la canción antigua
de las viejas vigas de madera y del
olor a campo...
y en los jamones que chorreaban y que
te transportaban a las matanzas
que no hiciste nunca, y que soñaste
siempre.
Tus ojos jamás miraron de lado
en el pueblo,
y la mirada era serena, cual la calmosa
quietud de la superficie
de las aguas de la laguna rizada únicamente
por el viento de solano,
eterna ... mas hasta que yo me muera.
Luego, vendrá la verdad, podremos
sentarnos en la piedra
que había al lado de la carretera
y recordar el beso
robado al destino, aspiraremos el aire
perfumado bajo un
atardecer alargado al infinito, podremos
volver a la tierra minúscula,
a la esencia misma del mundo. |