Bajo
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la luz del sol y las estrellas de aquel tiempo ido, 
tu hablar castúo, como una ofensa al bable.
Pero tú eras infantil como los bolindres y los peones; 
eran ellos los que imaginaban la invasión y contestaban 
con aquellas otras voces oscuras que te confundían: 
—¿Cuantas veces dijiste muchacho?, y no te entendieron. 
—¿Cuantas altramuces, o cazuela, o...?, y se mofaron.

Te fuiste haciendo como la tierra bajo la nieve: 
callada, absorbente. Los insultos fueron cubriéndote,
y era como si la lluvia de esputos quisiera amalgamarse contigo, 
cual el dolor del sexto dedo en la mano de un niño-poeta;
molesto, pero tuyo. Por ello, en aquel hogar provisional de El Retortorio, 
tú expulsabas el vaho de las injurias injustas,
lo hacías subir hasta el perezoso escribano celeste.
 

En el Libro de lo Alto han de figurar las indulgencias; 
imagino que una por cada lágrima, o una por cada afrenta, no sé. 
Aquí, en El Libro de Abajo, yo he puesto tu
ofrecimiento a María
en una cerámica acosada por el mármol,
por el mismo mármol negro que cubre a los otros, 
como un sol distante y amigo,
con un Corazón de Jesús lleno de color, de luces, de vida.

Ella también deseó lo que yo deseo esta noche, 
besar a los clásicos y gritar, escupir la pócima y descansar: 
la bella, la bella; la bella entre las bestias.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
TERCERA PARTE
Las estrofas del mundo que ya no es tuyo