Bajo
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la luz del sol y las estrellas de aquel
tiempo ido,
tu hablar castúo, como una ofensa
al bable.
Pero tú eras infantil como los
bolindres y los peones;
eran ellos los que imaginaban la invasión
y contestaban
con aquellas otras voces oscuras que
te confundían:
—¿Cuantas veces dijiste muchacho?,
y no te entendieron.
—¿Cuantas altramuces, o cazuela,
o...?, y se mofaron.
Te fuiste haciendo como la tierra bajo
la nieve:
callada, absorbente. Los insultos fueron
cubriéndote,
y era como si la lluvia de esputos quisiera
amalgamarse contigo,
cual el dolor del sexto dedo en la mano
de un niño-poeta;
molesto, pero tuyo. Por ello, en aquel
hogar provisional de El Retortorio,
tú expulsabas el vaho de las
injurias injustas,
lo hacías subir hasta el perezoso
escribano celeste.
En el Libro de lo Alto han de figurar
las indulgencias;
imagino que una por cada lágrima,
o una por cada afrenta, no sé.
Aquí, en El Libro de Abajo, yo
he puesto tu
ofrecimiento a María
en una cerámica acosada por el
mármol,
por el mismo mármol negro que
cubre a los otros,
como un sol distante y amigo,
con un Corazón de Jesús
lleno de color, de luces, de vida.
Ella también deseó lo que
yo deseo esta noche,
besar a los clásicos y gritar,
escupir la pócima y descansar:
la bella, la bella; la bella entre las
bestias. |