Ante
. 
. 
la belleza cambiante del paisaje, 
que había ido sustituyendo el amarillo
pobre de los campos por la fresca 
y rica yerba joven, ella mostraba 
unas lágrimas verdaderas. 
—¿Acaso comprendía? 

Luego, los caballos de vapor se detuvieron: 
treinta y seis interminables horas habían aterrizado 
sobre el largo camino. Bajamos los escalones metálicos 
y dejamos atrás los duros asientos de madera. 
Silbó la locomotora, escupió su último suspiro 
de humo blanco; 
y el suelo era negro. 

La lluvia empapaba la maleta de cartón que se oscurecía. 
La niebla robaba el brillo a las miles, 
quizás millones de hojas que vestían las montañas 
de un resplandor sobrenatural. 
Allí estaba mi padre, empapado, tan joven, 
tan nervioso como siempre, 
sonriendo y fumando, con las manos frías. 

La última gota no de lluvia del viaje 
cayó en el raíl bruñido, mientras la mirada buscaba 
en el vagón de cola un resquicio, alguna minúscula reminiscencia 
del calor de los recuerdos, en tanto que cruzábamos las vías, 
mientras aparcábamos nuestros cuerpos frente a la barra 
de la cantina —era la estación de Soto del Rey—, al tiempo 
que tomábamos un caldo caliente de gallina. 

Esto pudo ser así, mas no sé. 
Únicamente recuerdo el tren y la humedad 
del ambiente apuñalándome los huesos.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
TERCERA PARTE
Las estrofas del mundo que ya no es tuyo