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ella vino la confusión el mismo día del viaje. 
El marido la reclamaba; también, la angostura 
de los valles verdes y los cielos grises. 
La inocencia no supo indicarle que dejaba la amplitud
de su tierra para siempre, aquel pedregal de la sierra, 
la cueva materna, aquel agua clara de la laguna, su cielo azul, 
aquella torre de la iglesia que amenazaba 
con dejarse caer cualquier día sobre cualquiera. 

—¡Cuanta esperanza, cuántas promesas, entonces, 
cuando este final no se vislumbra siquiera! 

Siempre creí que en las minas de carbón las monedas brotaban 
del suelo, cual las lechugas o las zanahorias: 
mis ojos de chiquillo. 
Mientras tanto, los terratenientes miraban el alma 
de los hombres y la herida del miedo, 
señalaban como pretexto la sangre derramada 
que en las cunetas enfangadas hacían el hedor. 
Yo la veía como una columna sólida, 
y era sólo una pobre mujer candorosa que se perdía 
en  la esquina primera del pueblo, de su pueblo, de su casa.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
TERCERA PARTE
Las estrofas del mundo que ya no es tuyo