EL DIFUSO DOLOR DE LOS OTOÑOS
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Una blusa de claridad y golondrinas
que extienden las alas, cual si buscaran 
el calor del cielo que las sostiene: tú.
La foto, deteriorada por el tiempo, amarillea, 
y los tonos de gris van tomando el difuso 
dolor de los otoños: sin ruido las hojas 
aventadas visten el suelo.

La cortina del fondo está ligeramente oscurecida:
—¡Qué bello el negro azabache de los cabellos! 
Se pierden, ¿lo ves?, más allá de los hombros. 
Se acercan, ¿no sientes el lento caminar?;
hasta el otro lado de los ojos del que recuerda 
también la piel arrugada de tus manos,
los rizos caoba de los últimos días sobre tus sienes.

Los pendientes cuelgan de las orejas
cual las bolsas de almendras garrapiñadas 
en los árboles de Navidad, insinuando 
un beso o una palabra de amor.
Las cejas bajo una frente amplia y tersa, 
sobre unos ojos que se obstinan en olvidar 
el parpadeo; y sólo para mostrar su valor.

La boca esboza una sonrisa cómplice,
de pose, y deja entrever los dientes verdaderos. 
Nada anuncia la sutil belleza que yo veo,
acaso sólo el aparente ensimismamiento
nos induzca a imaginar un alma cualquiera
que duerme; nada, nada ni nadie descubre el origen 
de la luz que llega a tu rostro, mi consuelo.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
SEGUNDA PARTE
Los poemas de después de la historia de los versos