TU MISIÓN DE MADRE
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Lo primero de todo del cortejo,
cual la punta de una lanza humana,
los ramos, marchitándose entre
los brazos
de las vecinas, antes incluso
que el automóvil que transportaba
tu cuerpo, que no a ti, que tú
ya
te habías fraccionado en cientos
de cristales refulgentes e ibas
incrustrándote en nosotros, a
modo
de recuerdos agridulces.
A las siete de la tarde, el sol
sobre el azul intenso del cielo
y el verde brillante de los montes:
¡Qué nítida la silueta
de la iglesia
y el lento tañido de las campanas!
En la puerta, dos gitanillos sucios,
con la mano infantil extendida.
Dentro, el fresco húmedo y la
quietud,
enturbiada únicamente por el
murmullo
quedo de los pasos de la gente.
Al final, cuando el albañil selló
el nicho
y Don Manuel, el cura, hizo la oración,
al empezar a bajar, camino de casa,
me di cuenta, el contraste con lo bello
del paisaje hubo de ser:
ibas a faltar tú en nuestro hogar,
no ibas a estar esperándome,
ni tampoco
el vaso de agua fresca que necesitaba.
Y recordé que siempre había
sido así,
que habías cumplido bien tu misión
de madre. |