AQUELLO ERA EL DESTINO
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Tas el empañado cristal blindado
del escaparate te pusieron, rodeada
de coronas y de ramos, separada
del mundo desolado de los vivos, encajado 
tu cuerpo entre finas maderas brillantes. 
La estética mortuoria ya
te había convertido en objeto.

La blusa, de lilas y dalias sobre un fondo gris. 
Todos desconocen que bajo el metal del féretro 
estabas semidesnuda — no pudimos
ponerte la ropa, no te cabía:
tal la desfiguración—, con un pañal enorme 
que evitaba el derramamiento de los líquidos 
que te segaron. La cabeza, sobre el hombro.

Los ojos, cayendo hacia las profundidades
de tu interior. Los dientes, cual
si hubiera habido una lucha desesperada,
apretados, como si mordieran algo,
alguna extremidad de algún demonio invisible. 
Tenía ganas de gritar a los que lloraban
que aquello era el destino, la única certeza evidente.
 

También, que te habías ido sin descubrirte,
que ya nunca podré asomarme a la ventana y aprehender 
la esencia verdadera de tu alma.
Tu rostro reflejaba incluso el último sentimiento: 
el desamparo. Y también, la expresión de una niña, 
la de aquella "Ciprianilla" juguetona
de los años treinta.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
SEGUNDA PARTE
Los poemas de después de la historia de los versos