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Para que el amor no nos incendiara, quemamos las naves y los papiros.
Las estanterías se hicieron brasas, y después cenizas.
Los soportes magnéticos perdieron norte y señalaron el reloj parado del ayuntamiento.
Mientras hubo calor, dijimos, somos el silencio, y descubrimos la inmensidad de las eternidades minúsculas, apenas un aliento, acaso un suspiro, efímeros protoplasmas.
Luego vinieron los residuos del fuego y nos expulsaron de la rama de aquel pensamiento:
en él nos habíamos asentado,
desde él y su altura mirábamos la vida pasar como algo ajeno y distante.
¿Recuerdas que lo llamamos Abril?
Y caímos mezclados con la lluvia sobre el capó de un coche polvoriento, e hicimos el barro.
Apenas nos dio tiempo a escribir el verso:
          Renunciamos.

MULETA Y VIENTO 
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Epílogo