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     El infarto. La habitación. Su cuerpo tendido en el cuarto de baño. El rostro morado. Los ojos abiertos en demasía. Los pantalones y los calzoncillos sobre las corvas. No de otra manera : la muerte ...
                                     y él sentado en la taza del váter.
     La puerta de acceso a la biblioteca, madera. Lo mismo que las estanterías. Los libros, también vegetales muertos. Naturaleza tratada.
     La página veinte y no. Sus dedos, la delgada lámina en la que se sujetan las palabras
                                     y más allá de la formica de la mesa.
     El suelo de baldosas rojizas; y como que si quisiera podría igualmente escurrirse por entre los poros de la materia inerte.
     A esas otras dimensiones, no. Terminar su trabajo. Ahora el grito de su esposa. Las carreras de sus cuñados desde el piso de abajo.
     Un libro pequeño, en el aire.
Andrés
                                     y que de mil ochocientos treinta y cinco. Un libro raro. Un manuscrito. Didáctico. Fórmulas de cortesía para cartas personales y consejos prácticos para la confección de oficios burocráticos.
     Sus apolilladas entrañas y un ruido como de aplauso. Ya, al suelo. Ya, sólo una mancha de color de fresa con bordes blancos y un olor a menta y sándalo. Eso sí. Las metamorfosis, no en vano.
     La enciclopedia sin su traje de oro y vino. Sus tomos desnudos, blancos. El sol, nunca. En la estrechez las letras negras
                                       y un griterío rojo.
     Todo nuevamente un montón de carne humeante. Recuerdos de una guerra humana porque de ellos ha salido. Asado sacrílego que purifica.
     Y un humo fétido en las narices. Finalmente, una absorción y la nada sobre el suelo. Sólo un correr de aguas subterráneas. Cual si alguien de la cadena. El techo de la biblioteca, súbitamente hacia arriba. No, nada.
     En el verde esmeralda con el que la techumbre del planeta se viste. De noche y las estrellas. Tampoco la luna. Sólo esa bóveda de la que brota esta luz extraña. El silencio. Ni oídos, ni sonido. Nadie: Una respuesta a este fenómeno fantástico.
     Los libros mudos un instante. Fuerte sus pastas: diarrea. El calor de un fuego que no llega pero que viene.
     Un dedo gigantesco sobre el cielo que ahora resbala como una gota de agua sobre el cristal. Una mancha oscura en lo que simula ser el aire. Una nueva capa de ese fruto abyecto.
     El lagrimal
                                           y una gota de agua destilada. Dolor líquido sobre la mejilla húmeda.
     Y ya no, las manos.
     Su mismo cuerpo por el desagüe que lo engulle todo. Un agujero oscuro. Sus ojos ciegos. Sus oído sordos. La mesa sola. En el mismo centro de ella un libro. En el libro la palabra : aquellas palabras.
     Su cuerpo, el color de la tabla recién cepillada. La rigidez de las estatuas en todas sus células. La polilla devorando sus entrañas. Vestido. Cómicamente peinado y afeitado. Dentro de una caja con encajes blancos de seda. Como un palmo de mar en el desierto.
     De pronto alguien, uno de sus libros y lee. Un gesto involuntario. Una de esas cosas para matar el aburrimiento en los velatorios.
     Andrés, en la sangre del otro por los ojos. Los fantasmas, así de extravagantes. Su funeral y que vive. Mas tras una reja de tinta.
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     No había ya tiempo para el verbo.


MULETA Y VIENTO 
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Amigo silente