
1
— Son las diez de la mañana y aún persiste la niebla blanca
y espesa; humo de leña verde parece. Se agarra a la meseta entre
los riscos grande y chico de la sierra, al lagrimal que no soporta el frío
y se derrama, a todo lo caliente — gime el viento.
— Llora Adela por Olvido que descansa para siempre junto a "La silla del
Moro", bajo una capa fina de tierra húmeda; mientras, el mundo gira
solo.
— Cuelgan lienzos inmóviles del pasado por doquier.
— Sólo la ilusión desganada reproduce en la conciencia del
presente otra existencia distinta, pero vacía del ayer nítido
que muere avergonzado en un rincón indefinido del mundo — declara
el guijarro bajo la corriente.
— Prometedora situación por tanto; como un cuenco que espera recibir
la leche caliente de la mañana, el pan de la tarde, el vino ácido
de la noche — canta el gallo en la alborada.
— Todas las páginas de la vida llevan el sello aparente del azar
— recita el poeta.
— A Adela le gusta esta niebla, la siente necesaria. Cual una bendición
del cielo es, una red mimética que la preserva de las visitas de
los intrusos. El hechizo de invisibilidad que "Lamen" había hecho
a la casa ha desaparecido. La morada se encuentra pues a merced de la furia
y la ira de los hombres — concluye el fiscal.
— La existencia parece imposible tras su preñez de inquietud, la
manutención es el gran problema. Aquellos jamones y chorizos que
Sor Esperanza creyera ver en el sueño de la fiebre han desaparecido
— susurra la noche.
Hay que dejar sola a la religiosa y andar entre los canchos abruptos; nada
fácil es buscar entre las ingles de las rocas los cardillos, los
espárragos silvestres, las ortigas.
— Las yerbas del campo no son comestibles todas — balan las ovejas.
— La niebla es fiel aliada — repite el subconsciente.
Adela se siente más segura; la sensación de un universo perdido
de acceso imposible se dibuja en la lejanía. Ahora persiste en el
vivir vegetal que la posee desde hace dos días, desde que terminara
la buena tumba; mas una figura considerable se empieza a vislumbrar, una
mancha negra que se expande, que crece y crece, que va llenando todo su
cuerpo inmóvil de interrogantes.
2
— ¿Quién va?
— Soy yo, Torcuato, que traigo a tu hijo herido.
— ¿Quién?
— ¡Torcuato, leches...!, que estás ya más sorda que
una tapia. Y tu hijo herido, con el vientre abierto.
Viene andando, sigue tan alto como siempre, tan ancho de hombros como en
la niñez; su cabeza de frente chica y pómulos prominentes,
su nariz chata, apenas un grano de arroz, el pelo revuelto, la sonrisa
en los labios cual una mueca de sarcasmo, y un pantalón de pana
mil veces remendado que sujeta con dos cuerdas de pita a modo de tirantes.
Las sandalias, una camiseta de algodón; y sobre el pecho dos ristras
de cartuchos cruzadas.
— Es la mugre personificada.
En la mano derecha trae una escopeta de dos cañones recortados;
en la izquierda las riendas de un borrico que arrastra una litera metálica
sin patas.
— Los largueros abren un surco inútil en la tierra — comenta el
ciempiés.
José Vital Humanes viene en ella, cubierto con una manta llena de
polvo, los ojos cerrados, una barba negra de días; los labios resecos
y la faz pálida.
— La misma imagen de la muerte — brama el toro bravo.
Adela corre cual la ilusión por sus venas, tropieza y cae; se abre
una brecha como una estrella entre las cejas.
— La herida comienza a sangrar abundantemente — silba la hoja del cerezo
que cae.
Se
levanta, siente el líquido rojo y templado sobre el ojo sano a modo
de cascada que trueca el aire de un rojo violento; camina a tientas hacia
el bulto que se aproxima, desprecia el dolor y la oscuridad que la catarata
de un ojo y el baño rojo sobre el otro le producen.
— Ciega y presa de esperanza va.
— El cabello revuelto y sucio, los andrajos, la miseria; aquel día
irreal — cuchichean los sirvientes.
Torcuato se queda inmóvil. La cara tensa, la expresión de
incredulidad, la sonrisa en contradicción. José, en cambio,
sonríe también en la postración de su lecho provisional;
cree soñar desde el oscuro paisaje del delirio el reencuentro con
su madre.
— Son las primeras escenas del nuevo mundo — comprende el jurado.
La realidad indescriptible y dura de una existencia de dolor y desgarro
se abre paso.
— ¡Madre, madre!
— ¡Hijo, hijo!
— El silencio recoge las lágrimas, el sudor y la sangre — relatan
los testigos.
Adela se arrodilla y limpia el rostro de su hijo.
— No llores, madre; Olvido me curará, dará una nueva dimensión
a este desastre, sus palabras limpiarán el martirio que nos corroe.
— Eso es imposible ya, "Jose". Ella no está. Olvido ha muerto hace
ya dos días. Se le reventó la cabeza como si algo desde dentro
empezara a empujar hacia afuera; en mil pedazos, como si hubiera tenido
una bomba con una hora marcada dentro del cerebro y hubiera llegado el
momento cero, las esquirlas de la explosión horadándole el
cráneo por mil puntos diminutos.
— El recuerdo olvidado degusta el grito largo y desgarrado de José
Vital en la impotencia.
— Ese espacio inmaterial del que era dueña y señora La Bruja
Men se ensancha inútilmente — concluye el fiscal.
Torcuato mira, oye y calla; cual la sierra.
— La inamovilidad de Dios — canta la sangre que se derrama.
— Ya nada va a ser igual. Sin ella, todos volveremos al apartado rincón
del vivir sin la ilusión de lo concreto de las cosas pasadas, entre
la bruma del ayer oscurecido, el presente aciago, y el futuro inescrutable.
El orbe volverá a mostrarnos sus tintes de irrealidad, la claridad
del día se verá manchada con las tinieblas del interior desdibujándose,
las noches se poblarán de los fantasmas de las gentes y se oirán
los gritos aterradores de los dragones del miedo. Volverá la tristeza
endémica a poseernos y la risa y el canto de los pájaros
a perderse en los oídos lejanos del otro lado del mundo — se oye
que gritan los cadáveres a lo lejos.
— El silencio se ve apuñalado por los sollozos de madre e hijo.
— La tierra recibe la ofrenda calladamente — susurra la noche.
3
Torcuato y Adela se turnaron de centinelas al otro lado de la puerta circular,
en la luz del día o en el relente de la noche, entre unas matas
espesas de zarzas que ocultan la entrada.
— Él con su aguda vista y su escopeta — proclama la trompeta.
Ella, con el sexto sentido de la premonición que le he crecido de
una forma inusitada.
— Basta un cambio de dirección del aire para que sepa decir si alguien
se acerca con malas intenciones o es que simplemente coincide su caminar
con la dirección de su puesto de centinela; basta con que bale una
oveja en el umbral del sacrificio para que ella tenga noticias de la búsqueda
del fugado por parte de los soldados — dice el relincho del potrillo.
Se relevaron también en la recolección de lo comestible,
el agua, la leña seca.
— Las astillas sin humo sólo se enciende de noche — comenta la multitud.
Sor Esperanza limpió y aseó las heridas de José, y
las suyas propias.
— Renquea todavía, fuerza su organismo aún quebradizo, aún
dolorido, prepara las yerbas que comen, dispone la mesa; reza al alba,
a media mañana, tras el almuerzo cuando se celebra, a media tarde,
en la noche niña, antes de acostarse, en el insomnio de la mayoría
de las madrugadas.
José permaneció quieto, boca arriba, con los ojos muy abiertos,
casi sin parpadeo, mirando un punto indeterminado del techo.
— No entiendo a este Dios que abrasa los campos y las almas.
— Él no hace eso, Él es todo Amor. Somos nosotros con nuestra
maldad quienes rompemos el equilibrio de las cosas; nosotros quienes, en
la incomprensión de sus designios, incrustamos la cacofonía
en su palabra melódica. Nosotros quienes, inmersos en la distorsión
de la semejanza que genera el pecado, pintamos notas musicales fuera del
pentagrama.
— Te estás volviendo como Él, insensible al dolor humano,
sorda. Hablas como su Hijo, en parábolas enigmáticas, en
susurros; como aquel hombre que al final se sintió abandonado, desposeído
y solo ante el mundo, sobre aquella cruz que lo mataba.
— Yo no entiendo.
— Y Olvido tampoco.
— Los pobres desgraciados que duermen helándose para siempre en
los campos, con las tripas fuera, a lo mejor sí. No comprendo a
este Yahvé Dios, como gustaba ella, Olvido, de llamarle a Él,
que nos busca cual perro hambriento y acaba devorándonos con su
fuego de la duda; Éste a quien poco importa que seamos ateos. De
la misma manera que en los creyentes se acurrucará en nuestro corazón
y saltará como un zorro feroz, en medio de nuestra vida feliz, rompiéndonos
la dicha; este Yahvé Dios que parece alimentarse de nuestro dolor
y sufrimiento.
y
4
— Hombre de poca fe eres, poco le respondes; pero tocado por Él.
— Tú lo has dicho — gime el viento.
— Dios no cesa de atraer al hombre; tú lo has dicho — clama la niebla.
— Él está siempre a nuestro lado, y si no nos conforta es
porque nosotros nos negamos a ello, cegados por las luces brillantes de
nuestra propia soberbia, de nuestro propio egoísmo; pero estás
confuso.
— Lo está, lo está — parece que repite la cháchara
de las ramas de los árboles incitadas por el pregón del silbo
del viento.
— Y lo estás porque vives en las tinieblas, esa oscuridad en la
que insistes y en la que El Maligno te ha susurrado que la vida ha de ser
cómoda, esa falta de lectura de los textos sagrados que te hace
ver las cosas del revés, esa ausencia de reflexión racional
que desemboca en la esperanza de lo incomprensible, esa escasez del rezo
del rosario continuo, la vida verdadera, lo que ha de ser.
— Eso está bien para ti que eres monja, hermana, para ti que quieres
ser santa; pero nosotros, la mayoría de los mortales, sólo
queremos vivir en paz en una tierra que sea nuestra y de nuestros hijos.
— Eso que dices, hermano, es la primera equivocación. Tú
no tienes nada ni nunca tendrás nada si Yahvé Dios, como
dices que gustaba Olvido de llamarle, no lo quiere. ¿Eres tú
acaso digno de exigirle algo al que le debes incluso la existencia; acaso
pretendes decirle al Divino qué ha de hacer con su obra creadora?
Algo, hermano, quizás la macha del pecado original, no acaba de
asentarse en nuestras tercas cabezas. Por eso nos anclamos en la pereza
y no le buscamos, en la queja y le hacemos responsable del dolor y el sufrimiento;
y Él quiere que esto sea así.
— Que nosotros no podamos captar de Él lo que Él es, sino
solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan en
relación con Él — grita el profeta.
— Que la dignidad humana consista en la vocación del hombre a la
comunicación con Él — susurra el santo.
— Que nos ha hecho religiosos y por ello, mediante la luz natural de la
razón humana y a partir de las cosas creadas, podemos llegar a tener
certezas de Dios — los textos antiguos.
— Pero hay veces, muchas veces, como ahora te pasa a ti, que esto no basta;
y Él lo sabe. Por eso el hombre necesita ser confortado por la revelación
de Dios, no solamente acerca de lo que supera su conocimiento, sino también
sobre las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles
a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género
humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin
mezcla de error — escriben los nuevos próceres.
— Eso te hace falta a ti ahora; las escrituras, La Palabra de Dios, la
Paz del Señor, ese estado de docilidad y humildad que todo lo acepta,
ese grito desesperado, preñado de anhelo. ¡Ven, Señor
Jesús!
— Palabras, hermana, palabras. El mundo es otra cosa distinta a tu cárcel,
ese encierro que no sólo es corporal, sino espiritual, un encierro
voluntario; la ceguera del dogma le dicen.
— Perdona que te corrija, hermano. El mundo visto desde el prisma del pecado
sí que es otra cosa distinta a la libertad, no el mundo creado por
Dios. Esto que voluntariamente he aceptado no es una prisión, no;
sino la verdadera libertad, la osadía de que se haga la Voluntad
de Dios y el deseo de que sea siempre la mía. Y todo porque no me
poseo a mí misma, sino que soy de Él y por ende no quiero
apartarme en nada de lo suyo.
José Vital no dijo nada más.
— Está ya muy cansado — concluye el fiscal.
Volvió los ojos al mismo punto indeterminado del techo.
— Los cierra, suspira..., se duerme — concluye el fiscal.
— Y en el sueño ve que se le acerca un hombre enseñándole
las manos y los pies traspasados — silba la hoja del cerezo que cae.
El costado sigue sangrando, lleva su corona de espinas.
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