LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Noveno
 
 

1 


          — Son las diez de la mañana y aún persiste la niebla blanca y espesa; humo de leña verde parece. Se agarra a la meseta entre los riscos grande y chico de la sierra, al lagrimal que no soporta el frío y se derrama, a todo lo caliente — gime el viento. 
          — Llora Adela por Olvido que descansa para siempre junto a "La silla del Moro", bajo una capa fina de tierra húmeda; mientras, el mundo gira solo. 
          — Cuelgan lienzos inmóviles del pasado por doquier. 
          — Sólo la ilusión desganada reproduce en la conciencia del presente otra existencia distinta, pero vacía del ayer nítido que muere avergonzado en un rincón indefinido del mundo — declara el guijarro bajo la corriente. 
          — Prometedora situación por tanto; como un cuenco que espera recibir la leche caliente de la mañana, el pan de la tarde, el vino ácido de la noche — canta el gallo en la alborada. 
          — Todas las páginas de la vida llevan el sello aparente del azar — recita el poeta. 
          — A Adela le gusta esta niebla, la siente necesaria. Cual una bendición del cielo es, una red mimética que la preserva de las visitas de los intrusos. El hechizo de invisibilidad que "Lamen" había hecho a la casa ha desaparecido. La morada se encuentra pues a merced de la furia y la ira de los hombres — concluye el fiscal.
          — La existencia parece imposible tras su preñez de inquietud, la manutención es el gran problema. Aquellos jamones y chorizos que Sor Esperanza creyera ver en el sueño de la fiebre han desaparecido — susurra la noche.
          Hay que dejar sola a la religiosa y andar entre los canchos abruptos; nada fácil es buscar entre las ingles de las rocas los cardillos, los espárragos silvestres, las ortigas.
          — Las yerbas del campo no son comestibles todas — balan las ovejas.
          — La niebla es fiel aliada — repite el subconsciente.
          Adela se siente más segura; la sensación de un universo perdido de acceso imposible se dibuja en la lejanía. Ahora persiste en el vivir vegetal que la posee desde hace dos días, desde que terminara la buena tumba; mas una figura considerable se empieza a vislumbrar, una mancha negra que se expande, que crece y crece, que va llenando todo su cuerpo inmóvil de interrogantes.



2


          — ¿Quién va?
          — Soy yo, Torcuato, que traigo a tu hijo herido. 
          — ¿Quién?
          — ¡Torcuato, leches...!, que estás ya más sorda que una tapia. Y tu hijo herido, con el vientre abierto.
          Viene andando, sigue tan alto como siempre, tan ancho de hombros como en la niñez; su cabeza de frente chica y pómulos prominentes, su nariz chata, apenas un grano de arroz, el pelo revuelto, la sonrisa en los labios cual una mueca de sarcasmo, y un pantalón de pana mil veces remendado que sujeta con dos cuerdas de pita a modo de tirantes. Las sandalias, una camiseta de algodón; y sobre el pecho dos ristras de cartuchos cruzadas.
          — Es la mugre personificada.
          En la mano derecha trae una escopeta de dos cañones recortados; en la izquierda las riendas de un borrico que arrastra una litera metálica sin patas.
          — Los largueros abren un surco inútil en la tierra — comenta el ciempiés.
          José Vital Humanes viene en ella, cubierto con una manta llena de polvo, los ojos cerrados, una barba negra de días; los labios resecos y la faz pálida.
          — La misma imagen de la muerte — brama el toro bravo.
          Adela corre cual la ilusión por sus venas, tropieza y cae; se abre una brecha como una estrella entre las cejas.
          — La herida comienza a sangrar abundantemente — silba la hoja del cerezo que cae.
          Se levanta, siente el líquido rojo y templado sobre el ojo sano a modo de cascada que trueca el aire de un rojo violento; camina a tientas hacia el bulto que se aproxima, desprecia el dolor y la oscuridad que la catarata de un ojo y el baño rojo sobre el otro le producen.
          — Ciega y presa de esperanza va.
          — El cabello revuelto y sucio, los andrajos, la miseria; aquel día irreal — cuchichean los sirvientes.
          Torcuato se queda inmóvil. La cara tensa, la expresión de incredulidad, la sonrisa en contradicción. José, en cambio, sonríe también en la postración de su lecho provisional; cree soñar desde el oscuro paisaje del delirio el reencuentro con su madre.
          — Son las primeras escenas del nuevo mundo — comprende el jurado.
          La realidad indescriptible y dura de una existencia de dolor y desgarro se abre paso.
          — ¡Madre, madre! 
          — ¡Hijo, hijo!
          — El silencio recoge las lágrimas, el sudor y la sangre — relatan los testigos.
          Adela se arrodilla y limpia el rostro de su hijo.
          — No llores, madre; Olvido me curará, dará una nueva dimensión a este desastre, sus palabras limpiarán el martirio que nos corroe.
          — Eso es imposible ya, "Jose". Ella no está. Olvido ha muerto hace ya dos días. Se le reventó la cabeza como si algo desde dentro empezara a empujar hacia afuera; en mil pedazos, como si hubiera tenido una bomba con una hora marcada dentro del cerebro y hubiera llegado el momento cero, las esquirlas de la explosión horadándole el cráneo por mil puntos diminutos.
          — El recuerdo olvidado degusta el grito largo y desgarrado de José Vital en la impotencia.
          — Ese espacio inmaterial del que era dueña y señora La Bruja Men se ensancha inútilmente — concluye el fiscal.
          Torcuato mira, oye y calla; cual la sierra.
          — La inamovilidad de Dios — canta la sangre que se derrama.
          — Ya nada va a ser igual. Sin ella, todos volveremos al apartado rincón del vivir sin la ilusión de lo concreto de las cosas pasadas, entre la bruma del ayer oscurecido, el presente aciago, y el futuro inescrutable. El orbe volverá a mostrarnos sus tintes de irrealidad, la claridad del día se verá manchada con las tinieblas del interior desdibujándose, las noches se poblarán de los fantasmas de las gentes y se oirán los gritos aterradores de los dragones del miedo. Volverá la tristeza endémica a poseernos y la risa y el canto de los pájaros a perderse en los oídos lejanos del otro lado del mundo — se oye que gritan los cadáveres a lo lejos.
          — El silencio se ve apuñalado por los sollozos de madre e hijo.
          — La tierra recibe la ofrenda calladamente — susurra la noche.


3


          Torcuato y Adela se turnaron de centinelas al otro lado de la puerta circular, en la luz del día o en el relente de la noche, entre unas matas espesas de zarzas que ocultan la entrada.
          — Él con su aguda vista y su escopeta — proclama la trompeta.
          Ella, con el sexto sentido de la premonición que le he crecido de una forma inusitada.
          — Basta un cambio de dirección del aire para que sepa decir si alguien se acerca con malas intenciones o es que simplemente coincide su caminar con la dirección de su puesto de centinela; basta con que bale una oveja en el umbral del sacrificio para que ella tenga noticias de la búsqueda del fugado por parte de los soldados — dice el relincho del potrillo.
          Se relevaron también en la recolección de lo comestible, el agua, la leña seca.
          — Las astillas sin humo sólo se enciende de noche — comenta la multitud.
          Sor Esperanza limpió y aseó las heridas de José, y las suyas propias.
          — Renquea todavía, fuerza su organismo aún quebradizo, aún dolorido, prepara las yerbas que comen, dispone la mesa; reza al alba, a media mañana, tras el almuerzo cuando se celebra, a media tarde, en la noche niña, antes de acostarse, en el insomnio de la mayoría de las madrugadas.
           José permaneció quieto, boca arriba, con los ojos muy abiertos, casi sin parpadeo, mirando un punto indeterminado del techo.
          — No entiendo a este Dios que abrasa los campos y las almas.
          — Él no hace eso, Él es todo Amor. Somos nosotros con nuestra maldad quienes rompemos el equilibrio de las cosas; nosotros quienes, en la incomprensión de sus designios, incrustamos la cacofonía en su palabra melódica. Nosotros quienes, inmersos en la distorsión de la semejanza que genera el pecado, pintamos notas musicales fuera del pentagrama.
          — Te estás volviendo como Él, insensible al dolor humano, sorda. Hablas como su Hijo, en parábolas enigmáticas, en susurros; como aquel hombre que al final se sintió abandonado, desposeído y solo ante el mundo, sobre aquella cruz que lo mataba.
          — Yo no entiendo. 
          — Y Olvido tampoco.
          — Los pobres desgraciados que duermen helándose para siempre en los campos, con las tripas fuera, a lo mejor sí. No comprendo a este Yahvé Dios, como gustaba ella, Olvido, de llamarle a Él, que nos busca cual perro hambriento y acaba devorándonos con su fuego de la duda; Éste a quien poco importa que seamos ateos. De la misma manera que en los creyentes se acurrucará en nuestro corazón y saltará como un zorro feroz, en medio de nuestra vida feliz, rompiéndonos la dicha; este Yahvé Dios que parece alimentarse de nuestro dolor y sufrimiento.



y 4


          — Hombre de poca fe eres, poco le respondes; pero tocado por Él.
          — Tú lo has dicho — gime el viento.
          — Dios no cesa de atraer al hombre; tú lo has dicho — clama la niebla.
          — Él está siempre a nuestro lado, y si no nos conforta es porque nosotros nos negamos a ello, cegados por las luces brillantes de nuestra propia soberbia, de nuestro propio egoísmo; pero estás confuso.
          — Lo está, lo está — parece que repite la cháchara de las ramas de los árboles incitadas por el pregón del silbo del viento.
          — Y lo estás porque vives en las tinieblas, esa oscuridad en la que insistes y en la que El Maligno te ha susurrado que la vida ha de ser cómoda, esa falta de lectura de los textos sagrados que te hace ver las cosas del revés, esa ausencia de reflexión racional que desemboca en la esperanza de lo incomprensible, esa escasez del rezo del rosario continuo, la vida verdadera, lo que ha de ser.
          — Eso está bien para ti que eres monja, hermana, para ti que quieres ser santa; pero nosotros, la mayoría de los mortales, sólo queremos vivir en paz en una tierra que sea nuestra y de nuestros hijos.
          — Eso que dices, hermano, es la primera equivocación. Tú no tienes nada ni nunca tendrás nada si Yahvé Dios, como dices que gustaba Olvido de llamarle, no lo quiere. ¿Eres tú acaso digno de exigirle algo al que le debes incluso la existencia; acaso pretendes decirle al Divino qué ha de hacer con su obra creadora? Algo, hermano, quizás la macha del pecado original, no acaba de asentarse en nuestras tercas cabezas. Por eso nos anclamos en la pereza y no le buscamos, en la queja y le hacemos responsable del dolor y el sufrimiento; y Él quiere que esto sea así.
          — Que nosotros no podamos captar de Él lo que Él es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan en relación con Él — grita el profeta.
          — Que la dignidad humana consista en la vocación del hombre a la comunicación con Él — susurra el santo.
          — Que nos ha hecho religiosos y por ello, mediante la luz natural de la razón humana y a partir de las cosas creadas, podemos llegar a tener certezas de Dios — los textos antiguos.
          — Pero hay veces, muchas veces, como ahora te pasa a ti, que esto no basta; y Él lo sabe. Por eso el hombre necesita ser confortado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su conocimiento, sino también sobre las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error — escriben los nuevos próceres.
          — Eso te hace falta a ti ahora; las escrituras, La Palabra de Dios, la Paz del Señor, ese estado de docilidad y humildad que todo lo acepta, ese grito desesperado, preñado de anhelo. ¡Ven, Señor Jesús!
          — Palabras, hermana, palabras. El mundo es otra cosa distinta a tu cárcel, ese encierro que no sólo es corporal, sino espiritual, un encierro voluntario; la ceguera del dogma le dicen.
          — Perdona que te corrija, hermano. El mundo visto desde el prisma del pecado sí que es otra cosa distinta a la libertad, no el mundo creado por Dios. Esto que voluntariamente he aceptado no es una prisión, no; sino la verdadera libertad, la osadía de que se haga la Voluntad de Dios y el deseo de que sea siempre la mía. Y todo porque no me poseo a mí misma, sino que soy de Él y por ende no quiero apartarme en nada de lo suyo.
          José Vital no dijo nada más.
          — Está ya muy cansado — concluye el fiscal.
          Volvió los ojos al mismo punto indeterminado del techo.
          — Los cierra, suspira..., se duerme — concluye el fiscal.
          — Y en el sueño ve que se le acerca un hombre enseñándole las manos y los pies traspasados — silba la hoja del cerezo que cae.
          El costado sigue sangrando, lleva su corona de espinas.