
1
Adela Humanes, la hija del zapatero del pueblo, se casó con Marcelino
Vital; un hombre bueno como el pan, pero rudo como las tierras del erío.
Durante todo su corto matrimonio, fue la esposa suave y servil; luego,
en la viudedad, la madre sufrida y callada que todo lo acepta con tal de
ver a sus hijos en la abundancia, y, con el tiempo, el Ama de Llaves de
Don Agapito, la máscara dura y seca, faz inexpresiva que mandaba
con poderío.
— Tuvo un día sólo de felicidad
completa en la vida
— dice la chusma.
No fue otro que aquel en que su hija Esperanza fue aceptada como religiosa
en el convento de las dominicas tras una espera de dos años. No
es que antes y después de ese día señalado no hubiera
habido tiempos alegres, ni que jamás hubiera reído ni llorado
de felicidad; sólo que ese día ella lo recordó siempre
como la cúspide de su existencia.
— El momento en que todos mis sinsabores fueron recompensados,
mis más íntimos deseos cumplidos, mis premoniciones y supersticiones
completadas.
Repetía una y otra vez, y para sí, que su hija era ya monja.
Sí, las palabras de arrobo se escucharon nítidas en el silencio
de sus labios sellados por el gozo, cuando el atardecer de aquel día
luminoso descendía sobre los campos.
— Mi hija es monja y rezará por todos nosotros, conseguirá
del Divino Creador, seguro, con certeza absoluta, la salvación de
la mayoría de los descarriados; y después de rendir su alma
al Todopoderoso, subirá al cielo y será nombrada santa.
2
Adela rememoró el acontecer de su vida cuando la noche iluminaba
el mundo, en aquel lecho que se le volvió nuevamente de viuda, mientras
descansaba sobre aquella cama quejumbrosa de colchón de lana, abrazada
por la estrecha habitación en que había vivido apretada con
sus dos hijos, degustando la soledad, la dulce reflexión que traía
la ausencia exigida a Don Agapito, antes de la llegada del alba y la noticia
de la desaparición de "Fule".
Se le infló el corazón de añoranzas y la vigilia pudo
con la pesadez de los párpados que la invitaban al sueño,
viajó en el recuerdo hasta el taller de su padre y le vio trabajar,
cortar el cuero, pegar y clavar las suelas, los gruesos tacones de goma
y caucho.
Husmeó también todos aquellos olores de artesano paciente,
vio aquel sudor continuo en la frente de su progenitor, supo que de vez
en cuando la miraba y sonreía.
— La escena — proclama el abogado.
Ella misma sentada en la banqueta de madera, las largas trenzas acariciándole
el lazo azul que circundaba su cintura sobre aquel vestido blanco de lino
que fue el lujo imposible de la noche de Reyes Magos; se relamió
de gusto con la evocación gustativa de aquellas sopas de cuscurros
que su madre hacía, aquellas simples viandas.
— Y aquella mañana niña en que Marcelino se tropezó
con ella en el arroyo seco.
Él venía de buscar lombrices para la pesca; ella mojaba la
tierra reseca del estío, las braguitas bajadas, en cuclillas, en
aquella vaguada que acariciaba el chozo donde había nacido y vivido.
El se descubrió con un silbido de asombro y lujuria; ella sintió
de pronto espanto y vergüenza, corrió desaforadamente y a medio
vestir.
— Y la mañana de su boda — concluye el fiscal.
Vestido blanco como su alma y su cuerpo, la escalinata de la entrada románica
de la iglesia esperándola, el altar barroco ante el que dijo que
sí aceptaba, la promesa de amor ilimitado de él prendida
en lo más hondo del alma, el consentimiento de esposa en susurros,
la crecida salvaje del deseo inundándole ya la imaginación,
su padre tenso y ridículo, con una lágrima feliz que a duras
penas contenían aquellos sus ojos hinchados de insomnio, los invitados
con los pañuelos en la manos y éstas en la narices: una gripe
contagiosa de alegría e incertidumbre les había tocado el
alma.
— Y aquellos almuerzos, cenas y desayunos en la "casacueva" de al lado
del convento — relatan los testigos.
Sus interminables charlas de los primeros tiempos, sus disputas verbales
y la transmutación de sus más íntimos sueños
en nada, aquel dejar de ser ella misma para intentar materializar la imagen
que él se había fabricado de su persona; todo servía
como alimento de aquella ilusión primera, la que el tiempo se encargó
de convertir en espina de amor: He aquí los frutos de la monotonía
y la escasez.
— Momentos difíciles seguidos de tiempos de éxtasis, sin
pausa entre ellos, cual si fueran la misma cosa — susurra la noche.
— Vaivén del deseo carnal que se agota en la felicidad del nacimiento
de José y Esperanza, apetencia que va lentamente agonizando en el
esfuerzo por sacarlos adelante, la angosta y extraña alianza con
que se vieron unidos.
— Ese otro tipo de amor del que nadie desea hablar, el que nace del esfuerzo
de una causa común y duele, el inmaterial que se ensancha sin límites
y por el que la existencia se transforma y cobra un sentido nuevo.
— Y aquella tarde en que trajeron al esposo bañado en su tinta roja
— cuchichean los sirvientes.
Y el dolor, la indefensión, y la soledad frente al mundo que se
hizo insoportable.
— Y aquella noche en que Don Agapito la chantajeara y ella llorara — gime
el viento.
Aquella rabia contenida, aquella quemazón en el pecho que sólo
el deseo de la supervivencia supo acallar. Y luego, el ir tomando las riendas;
primero en cosas pequeñas, mandando en la cocina, en las sirvientas,
en los mozos de cuadra, haciéndose con las llaves de la hacienda,
cobrándose sus favores.
— La venganza encubierta tras la imprescindible Ama de Llaves — comprende
el jurado.
3
Un mes después de aquella otra noche aciaga de la toma del pueblo,
el incendio y la masacre del convento, Adela contó:
— El alba niña de aquella noche de insomnio, el 4 de Septiembre
de 1927, acercándome al meridiano del año cuarenta y siete
de mi vivir, lo evoco siempre como el de un segundo nacimiento; sentí
como que la sangre me corría por las venas con más fuerza,
cual si un ciclo amargo del camino terrenal que he de pisar hubiera terminado
y las cruces de mis hijos no pesaran. Con la entrada de Esperanza en el
convento y la designación de José, mi "Jose", como capataz
de La Farola, todos mis deseos se habían consumado.
— "Lamen" escucha.
Ocurrió esta charla un mes después del enfrentamiento con
aquel "Fuleespectro sobrecaballo blanco" y aquellas preguntas sin respuestas
en las que ella le interrogaba sobre lo que había
conseguido con derramar toda aquella violencia.
— Ambas están sentadas en los poyetes que
la bruja ha puesto a la puerta de su casa, la de acceso circular, la estancia
encantada, la que nadie ve — silba la hoja
del cerezo que cae.
— Ni los que se esconden de la ingratitud de la guerra,
ni los soldados que buscan. Nadie la encuentra, aun siendo un contrasentido
una edificación sobre la ínfima meseta que se abre entre
los dos riscos a modo de rellano de una escalera —
corrobora el viento.
4
— Digo, Olvido, que fue como si me hubiera tomado
un vacío, como si hubiera muerto y viera el mundo seguir su curso,
y nada me importara ya; creo que aquello no era otra cosa que la resaca
de tanta felicitad, como el que se jubila, pienso yo, y se le ensanchan
los minutos y no ve otra cosa que quietud y monotonía.
"Lamen" no dijo nada. Se mantuvo inmóvil, apoyada contra la pared
cubierta de moho, escuchando.
— Pero eso fue en la mañana niña de
aquel día de Septiembre del veintisiete, que pronto supo Don Agapito
volverme al mundo de los vivos con aquel mandado de buscar a su único
hijo, aquel mozalbete de apenas veinte años al que todos habían
aprendido
a temer, "Fule";
aquel joven al que medio pueblo consideraba consecuencia directa de la
pasión inconcebible de su madre, Doña Fernanda, por mi suegro
Marcelo, veinte años mayor que ella.
— Tú ya sabes esto, las maledicencias de los
primeros años de la vida del niño, aquellos corrillos fundamentados
en las noches de adulterio, aquellas suposiciones que luego el tiempo desmintió
con un parecido asombroso entre la criatura y su padre, entre el cacique
y el tiranuelo.
— Lo busqué, tú lo sabes bien, que
vine a preguntarte aquí, a la sierra; que estuvimos mirando en la
bola de cristal y estaba blanca, como si hubiera muerto. Y en la caída
del aceite en el vaso de agua y nada; no vimos nada, como si se hubiera
evaporado en el aire.
— "Lamen" sigue inmóvil, cual una roca ahora,
ni que respirara parece — dice el relincho
lejano del potrillo.
Su cabeza aparenta haberse agrandado; algo así como un estómago
tras una ingestión desmesurada. Presenta, sí, en la frente
una especie de chichón morado que palpita con cada palabra de Adela.
— ¿Te encuentras bien?
— Sí. Sigue con esa visión tuya de
las cosas, aumenta el espacio vacío de lo "nodicho", llena un poco
más mi cabeza de recuerdos; complétame, que tiempo habrá
para la acción y el movimiento, la tensión y la lucha diaria.
Ahora, detengámonos un poco a vivir nuestra lenta muerte, parémonos
a morir nuestra corta vida, llenemos nuestras cabezas con algo que no sean
imágenes; reflexionemos. Pero háblame de esas otras cosas
que se omiten, de ese espacio muerto del que los historiadores no dirán
nada, de ese mundo de sensaciones que es el motor de la vida, la causa
del cambio de los hábitos del hombre.
5
— El viento; el viento que sigue soplando en los
riscos, que vuelve a golpear una y otra vez el perfil de la sierra y se
lleva las palabras dulces de las bocas para depositarlas en el polvo de
los caminos.
— Y el sonido de las palabras cae en las ramas de
las encinas, sobre las retamas que se cimbrean, se esconde entre los recodos
de las encrucijadas; lejos de los hombres se van, lejos del mundo de ficción
del que han salido, uniéndose a la quietud permanente de lo inanimado
como una lluvia estéril.
6
— Habla un poco más fuerte, que no te oigo.
— Digo que a Don Agapito se le hundió el mundo
cuando "Fule" se fue, que siguió viniendo a verme a la cama; pero
también que no era el mismo, que el deseo, aquel deseo brutal de
posesión de años atrás, había desaparecido.
Me hablaba, a veces entre sollozos, de la crueldad de la vida, de como
cuando las cosas se tuercen no hay quien las enderece, del vacío
de una existencia casi vegetal, sin ilusión ni esperanza, con un
horizonte siempre encapotado de nubes.
— Yo le acariciaba la nuca, como había hecho
veinte años atrás con Marcelino, mi esposo, el padre de mis
hijos, cuando llegaba a casa cansado por el yugo de la esclavitud y le
decía que lo amaba. Sentía igualmente aquella angustia de
la impotencia, aquella amargura de la imposibilidad; y era cierto que terminé
queriéndole. De otra manera, eso sí, que no le perdoné
nunca su talante autoritario.
— Él me quiso también como lo que era,
como a una esposa comprensiva; ya sabes que me subió a su dormitorio
matrimonial y que relegó a Doña Fernanda a simple mueble
de tocador, a lo que en realidad se había convertido tras la muerte
de mi suegro, en un trozo de carne sin alma.
Fue entonces cuando empezó a dejar en sus manos las ventas de las
cosechas y el ganado, la administración total de la hacienda; cuando
le ponía la calesa y la enviaba a los pueblos a tratar con los otros
amos.
— Fue entonces, en uno de los viajes que me llevé
a mi "Jose", cuando descubrí su odio hacia el amo, Don Agapito,
mi violador y benefactor; cuando comprendí que parece que el fin
último de esta vida terrenal sea terminar huecos, despojados de
todo sentimiento, como una piedra, acaso como un toro bravo, con una furia
inútil en las entrañas.
y
7
Sor esperanza llamó desde dentro de la casa, Adela dejó de
hablar; entró en la habitación.
— "Lamen" lo hace tras ella como una sombra. Sació
Adela la sed de la voz.
— Se abrazan madre e hija — canta
la sangre que se derrama.
— Lloró Adela por la felicidad del reencuentro,
sonrió la religiosa por la misma causa y hablaron.
— "Lamen" sigue inmóvil — gritan
las ramas de las encinas.
— Se ha sentado junto a la pared — balan
las ovejas.
— El bulto de la frente palpita, se ensancha, y hay
un momento en que parece desaparecer; todo lo que queda de ella es una
mancha pardusca sobre el muro de la casa — comenta
el abogado.
— Olvido, ¿dónde estás?
— Aquí estoy, donde siempre he estado, en
este espacio inmóvil que vosotros llamáis recuerdos; inflándome,
recogiendo vuestras historias y cargando con ellas, como he hecho siempre.
— Es que como no se te veía.
— ¿Acaso se ven los recuerdos?
— No, pero tú no eres un recuerdo. Tú
eres de carne y hueso.
— Eso es cierto; pero por poco tiempo ya. Toda yo
soy apenas nada; la sangre empieza a secárseme, las células
de mi cuerpo se ahogan. Llega el momento de la despedida final, del retorno
al polvo.
— El viento; el viento que sopla entre los riscos
y se lleva las palabras — recita el abogado.
— Olvido ha dejado de oír y de respirar —
dice la chusma.
— Ahora el mundo se ha paralizado, el silencio de
los campos es lo que se escucha; sólo el silencio. Madre e hija
se sienten solas en las alturas de la sierra, desamparadas. Varadas en
un tiempo muerto están, en un tiempo sin antecedentes — concluye
el poeta. |