LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Décimo
 
 

1 
 

          Adela Humanes, la hija del zapatero del pueblo, se casó con Marcelino Vital; un hombre bueno como el pan, pero rudo como las tierras del erío. 
        Durante todo su corto matrimonio, fue la esposa suave y servil; luego, en la viudedad, la madre sufrida y callada que todo lo acepta con tal de ver a sus hijos en la abundancia, y, con el tiempo, el Ama de Llaves de Don Agapito, la máscara dura y seca, faz inexpresiva que mandaba con poderío. 
          Tuvo un día sólo de felicidad completa en la vida dice la chusma. 
          No fue otro que aquel en que su hija Esperanza fue aceptada como religiosa en el convento de las dominicas tras una espera de dos años. No es que antes y después de ese día señalado no hubiera habido tiempos alegres, ni que jamás hubiera reído ni llorado de felicidad; sólo que ese día ella lo recordó siempre como la cúspide de su existencia. 
          — El momento en que todos mis sinsabores fueron recompensados, mis más íntimos deseos cumplidos, mis premoniciones y supersticiones completadas. 
          Repetía una y otra vez, y para sí, que su hija era ya monja. Sí, las palabras de arrobo se escucharon nítidas en el silencio de sus labios sellados por el gozo, cuando el atardecer de aquel día luminoso descendía sobre los campos. 
          — Mi hija es monja y rezará por todos nosotros, conseguirá del Divino Creador, seguro, con certeza absoluta, la salvación de la mayoría de los descarriados; y después de rendir su alma al Todopoderoso, subirá al cielo y será nombrada santa. 
 


2 
 

          Adela rememoró el acontecer de su vida cuando la noche iluminaba el mundo, en aquel lecho que se le volvió nuevamente de viuda, mientras descansaba sobre aquella cama quejumbrosa de colchón de lana, abrazada por la estrecha habitación en que había vivido apretada con sus dos hijos, degustando la soledad, la dulce reflexión que traía la ausencia exigida a Don Agapito, antes de la llegada del alba y la noticia de la desaparición de "Fule". 
          Se le infló el corazón de añoranzas y la vigilia pudo con la pesadez de los párpados que la invitaban al sueño, viajó en el recuerdo hasta el taller de su padre y le vio trabajar, cortar el cuero, pegar y clavar las suelas, los gruesos tacones de goma y caucho. 
          Husmeó también todos aquellos olores de artesano paciente, vio aquel sudor continuo en la frente de su progenitor, supo que de vez en cuando la miraba y sonreía. 
          — La escena — proclama el abogado. 
          Ella misma sentada en la banqueta de madera, las largas trenzas acariciándole el lazo azul que circundaba su cintura sobre aquel vestido blanco de lino que fue el lujo imposible de la noche de Reyes Magos; se relamió de gusto con la evocación gustativa de aquellas sopas de cuscurros que su madre hacía, aquellas simples viandas. 
          — Y aquella mañana niña en que Marcelino se tropezó con ella en el arroyo seco. 
          Él venía de buscar lombrices para la pesca; ella mojaba la tierra reseca del estío, las braguitas bajadas, en cuclillas, en aquella vaguada que acariciaba el chozo donde había nacido y vivido. El se descubrió con un silbido de asombro y lujuria; ella sintió de pronto espanto y vergüenza, corrió desaforadamente y a medio vestir. 
          — Y la mañana de su boda — concluye el fiscal. 
          Vestido blanco como su alma y su cuerpo, la escalinata de la entrada románica de la iglesia esperándola, el altar barroco ante el que dijo que sí aceptaba, la promesa de amor ilimitado de él prendida en lo más hondo del alma, el consentimiento de esposa en susurros, la crecida salvaje del deseo inundándole ya la imaginación, su padre tenso y ridículo, con una lágrima feliz que a duras penas contenían aquellos sus ojos hinchados de insomnio, los invitados con los pañuelos en la manos y éstas en la narices: una gripe contagiosa de alegría e incertidumbre les había tocado el alma. 
          — Y aquellos almuerzos, cenas y desayunos en la "casacueva" de al lado del convento — relatan los testigos. 
          Sus interminables charlas de los primeros tiempos, sus disputas verbales y la transmutación de sus más íntimos sueños en nada, aquel dejar de ser ella misma para intentar materializar la imagen que él se había fabricado de su persona; todo servía como alimento de aquella ilusión primera, la que el tiempo se encargó de convertir en espina de amor: He aquí los frutos de la monotonía y la escasez. 
          — Momentos difíciles seguidos de tiempos de éxtasis, sin pausa entre ellos, cual si fueran la misma cosa — susurra la noche. 
          — Vaivén del deseo carnal que se agota en la felicidad del nacimiento de José y Esperanza, apetencia que va lentamente agonizando en el esfuerzo por sacarlos adelante, la angosta y extraña alianza con que se vieron unidos. 
          — Ese otro tipo de amor del que nadie desea hablar, el que nace del esfuerzo de una causa común y duele, el inmaterial que se ensancha sin límites y por el que la existencia se transforma y cobra un sentido nuevo. 
          — Y aquella tarde en que trajeron al esposo bañado en su tinta roja — cuchichean los sirvientes. 
          Y el dolor, la indefensión, y la soledad frente al mundo que se hizo insoportable. 
          — Y aquella noche en que Don Agapito la chantajeara y ella llorara — gime el viento. 
          Aquella rabia contenida, aquella quemazón en el pecho que sólo el deseo de la supervivencia supo acallar. Y luego, el ir tomando las riendas; primero en cosas pequeñas, mandando en la cocina, en las sirvientas, en los mozos de cuadra, haciéndose con las llaves de la hacienda, cobrándose sus favores. 
          — La venganza encubierta tras la imprescindible Ama de Llaves — comprende el jurado. 


3 
 

          Un mes después de aquella otra noche aciaga de la toma del pueblo, el incendio y la masacre del convento, Adela contó: 
          — El alba niña de aquella noche de insomnio, el 4 de Septiembre de 1927, acercándome al meridiano del año cuarenta y siete de mi vivir, lo evoco siempre como el de un segundo nacimiento; sentí como que la sangre me corría por las venas con más fuerza, cual si un ciclo amargo del camino terrenal que he de pisar hubiera terminado y las cruces de mis hijos no pesaran. Con la entrada de Esperanza en el convento y la designación de José, mi "Jose", como capataz de La Farola, todos mis deseos se habían consumado. 
           — "Lamen" escucha. 
          Ocurrió esta charla un mes después del enfrentamiento con aquel "Fuleespectro sobrecaballo blanco" y aquellas preguntas sin respuestas en las que ella le interrogaba sobre lo que había conseguido con derramar toda aquella violencia. 
          — Ambas están sentadas en los poyetes que la bruja ha puesto a la puerta de su casa, la de acceso circular, la estancia encantada, la que nadie ve silba la hoja del cerezo que cae. 
          — Ni los que se esconden de la ingratitud de la guerra, ni los soldados que buscan. Nadie la encuentra, aun siendo un contrasentido una edificación sobre la ínfima meseta que se abre entre los dos riscos a modo de rellano de una escalera corrobora el viento. 
 


4 
 

          — Digo, Olvido, que fue como si me hubiera tomado un vacío, como si hubiera muerto y viera el mundo seguir su curso, y nada me importara ya; creo que aquello no era otra cosa que la resaca de tanta felicitad, como el que se jubila, pienso yo, y se le ensanchan los minutos y no ve otra cosa que quietud y monotonía. 
          "Lamen" no dijo nada. Se mantuvo inmóvil, apoyada contra la pared cubierta de moho, escuchando. 
          — Pero eso fue en la mañana niña de aquel día de Septiembre del veintisiete, que pronto supo Don Agapito volverme al mundo de los vivos con aquel mandado de buscar a su único hijo, aquel mozalbete de apenas veinte años al que todos habían aprendido 
a temer, "Fule"; aquel joven al que medio pueblo consideraba consecuencia directa de la pasión inconcebible de su madre, Doña Fernanda, por mi suegro Marcelo, veinte años mayor que ella. 
          — Tú ya sabes esto, las maledicencias de los primeros años de la vida del niño, aquellos corrillos fundamentados en las noches de adulterio, aquellas suposiciones que luego el tiempo desmintió con un parecido asombroso entre la criatura y su padre, entre el cacique y el tiranuelo. 
          — Lo busqué, tú lo sabes bien, que vine a preguntarte aquí, a la sierra; que estuvimos mirando en la bola de cristal y estaba blanca, como si hubiera muerto. Y en la caída del aceite en el vaso de agua y nada; no vimos nada, como si se hubiera evaporado en el aire. 
          — "Lamen" sigue inmóvil, cual una roca ahora, ni que respirara parece dice el relincho lejano del potrillo. 
          Su cabeza aparenta haberse agrandado; algo así como un estómago tras una ingestión desmesurada. Presenta, sí, en la frente una especie de chichón morado que palpita con cada palabra de Adela. 
          — ¿Te encuentras bien? 
          — Sí. Sigue con esa visión tuya de las cosas, aumenta el espacio vacío de lo "nodicho", llena un poco más mi cabeza de recuerdos; complétame, que tiempo habrá para la acción y el movimiento, la tensión y la lucha diaria. Ahora, detengámonos un poco a vivir nuestra lenta muerte, parémonos a morir nuestra corta vida, llenemos nuestras cabezas con algo que no sean imágenes; reflexionemos. Pero háblame de esas otras cosas que se omiten, de ese espacio muerto del que los historiadores no dirán nada, de ese mundo de sensaciones que es el motor de la vida, la causa del cambio de los hábitos del hombre. 
 


5 
 

          — El viento; el viento que sigue soplando en los riscos, que vuelve a golpear una y otra vez el perfil de la sierra y se lleva las palabras dulces de las bocas para depositarlas en el polvo de los caminos. 
          — Y el sonido de las palabras cae en las ramas de las encinas, sobre las retamas que se cimbrean, se esconde entre los recodos de las encrucijadas; lejos de los hombres se van, lejos del mundo de ficción del que han salido, uniéndose a la quietud permanente de lo inanimado como una lluvia estéril. 
 


6 
 

          — Habla un poco más fuerte, que no te oigo. 
          — Digo que a Don Agapito se le hundió el mundo cuando "Fule" se fue, que siguió viniendo a verme a la cama; pero también que no era el mismo, que el deseo, aquel deseo brutal de posesión de años atrás, había desaparecido. Me hablaba, a veces entre sollozos, de la crueldad de la vida, de como cuando las cosas se tuercen no hay quien las enderece, del vacío de una existencia casi vegetal, sin ilusión ni esperanza, con un horizonte siempre encapotado de nubes. 
          — Yo le acariciaba la nuca, como había hecho veinte años atrás con Marcelino, mi esposo, el padre de mis hijos, cuando llegaba a casa cansado por el yugo de la esclavitud y le decía que lo amaba. Sentía igualmente aquella angustia de la impotencia, aquella amargura de la imposibilidad; y era cierto que terminé queriéndole. De otra manera, eso sí, que no le perdoné nunca su talante autoritario. 
          — Él me quiso también como lo que era, como a una esposa comprensiva; ya sabes que me subió a su dormitorio matrimonial y que relegó a Doña Fernanda a simple mueble de tocador, a lo que en realidad se había convertido tras la muerte de mi suegro, en un trozo de carne sin alma. 
          Fue entonces cuando empezó a dejar en sus manos las ventas de las cosechas y el ganado, la administración total de la hacienda; cuando le ponía la calesa y la enviaba a los pueblos a tratar con los otros amos. 
           — Fue entonces, en uno de los viajes que me llevé a mi "Jose", cuando descubrí su odio hacia el amo, Don Agapito, mi violador y benefactor; cuando comprendí que parece que el fin último de esta vida terrenal sea terminar huecos, despojados de todo sentimiento, como una piedra, acaso como un toro bravo, con una furia inútil en las entrañas.


y 7 
 

          Sor esperanza llamó desde dentro de la casa, Adela dejó de hablar; entró en la habitación. 
          — "Lamen" lo hace tras ella como una sombra. Sació Adela la sed de la voz. 
          — Se abrazan madre e hija canta la sangre que se derrama. 
          — Lloró Adela por la felicidad del reencuentro, sonrió la religiosa por la misma causa y hablaron.  
          — "Lamen" sigue inmóvil gritan las ramas de las encinas. 
          — Se ha sentado junto a la pared balan las ovejas. 
          — El bulto de la frente palpita, se ensancha, y hay un momento en que parece desaparecer; todo lo que queda de ella es una mancha pardusca sobre el muro de la casa comenta el abogado. 
          — Olvido, ¿dónde estás? 
          — Aquí estoy, donde siempre he estado, en este espacio inmóvil que vosotros llamáis recuerdos; inflándome, recogiendo vuestras historias y cargando con ellas, como he hecho siempre. 
          — Es que como no se te veía. 
          — ¿Acaso se ven los recuerdos? 
          — No, pero tú no eres un recuerdo. Tú eres de carne y hueso. 
          — Eso es cierto; pero por poco tiempo ya. Toda yo soy apenas nada; la sangre empieza a secárseme, las células de mi cuerpo se ahogan. Llega el momento de la despedida final, del retorno al polvo. 
          — El viento; el viento que sopla entre los riscos y se lleva las palabras recita el abogado.  
          — Olvido ha dejado de oír y de respirar dice la chusma. 
          — Ahora el mundo se ha paralizado, el silencio de los campos es lo que se escucha; sólo el silencio. Madre e hija se sienten solas en las alturas de la sierra, desamparadas. Varadas en un tiempo muerto están, en un tiempo sin antecedentes concluye el poeta.