LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Séptimo
 
 

 

1


          José Vital no se adaptó jamás a las maneras del clan de las Torres. 
          — Coincidía en ello con su hermana Esperanza. 
          Nunca perdonó a Don Agapito las heridas que la autosuficiencia que emanaba de su voz imperiosa le producían. 
          — Las fluctuaciones anímicas del señorito Fulgencio le parecían una muestra inequívoca de inmadurez — susurra la noche. 
          Opinaba que todos aquellos cambios bruscos de humor en el mozalbete eran sólo teatro de niño malcriado. 
          — Vivió siempre, por ende, en estado de máxima alerta — gime el viento. 
          El recuerdo de aquel primer día en casa ajena y sus escenas de dolor lo mantenían al acecho, lo mismo que la visión de sus manos infantiles ensangrentadas; aquel fruto rojo, consecuencia inequívoca del roce con las riendas de los animales que tiraban del trillo, le alimentaba constantemente la sensación de inseguridad. Su existencia estuvo siempre marcada por el apremio de escabullirse y eludir la forzada situación de huérfano al amparo del "patróndueñoyseñordesusdestinos"; siempre anduvo excusándose, buscando espacios muertos desde los que observar el mundo.
          — Tomó fama de holgazán y desganado, sí           —  relatan los testigos.
          — Don Agapito se lo dijo más de una vez a su madre Adela — recita el poeta.
          Se lo recriminaba después de aquellas relaciones apresuradas sobre las maderas del suelo del doblado, tras la consumación de aquella violencia que él llamaba necesidad vital, cuando se encontraba sedado; y era entonces cuando le decía que no tomaba cartas en el asunto y que no se ponía más serio de lo que lo había hecho por el amor que le tenía a ella, pero que bien se merecía que lo dejara un tiempo a la intemperie y abandonado a su suerte, que era necesario que llegara a sentirse dueño y señor de nada para que aprendiera a valorar lo que sin coste alguno se le regalaba.


2


          José fue inundándose de la amargura de la servidumbre ciega, casi esclavista.
          — Reflejo de las pasiones de su padre era.
          Pero aprendió pronto que había que esperar el momento propicio.
          — La bofetada de El Señorito Fulgencio por haber dejado caer el botijo tras una discusión violenta se lo insinuó — proclama el abogado.
          — Más tarde o más temprano, el destino pondrá en mis manos la posibilidad del desquite; estos dos torrentes de furia y engreimiento, padre e hijo, no tardarán mucho en chocar, en llegar al enfrentamiento.
          Le dolía también la herida siempre abierta que Don Agapito le propinaba con aquel chantaje a su madre. Le torturaba la amenaza de dejarle a él en la calle si ella no accedía a sus proposiciones deshonestas, no soportaba la mirada turbia que tomaba a "Fule" cada vez que los ojos de él se encontraban con los de su hermana.


3


          Lo llamaron Vital para no confundirlo con los otros "José" que había como criados en la casa; creció en medio de los cerdos, las vacas y los corderos.
          El patrono le consideró un estorbo desde que él lo pilló una tarde de Agosto sobre su madre Adela que gimoteaba y pedía que no la tocase más.
          — Y mandó que lo llevasen como porquerizo a La Farola, a la finca que estaba a la salida del pueblo, a aquellas sus tierras que están allí en donde el extremo inferior de la sierra simula la cabeza del camello; en campo abierto, muy cerca ya de la planicie ondulada en las que el trigo y la cebada simulan mares verdes cada primavera, luego rojizos y, finalmente rubios — balan las ovejas.


4


          Olvido se pasaba de vez en cuando por aquella cárcel al aire libre y le relataba las cuentas que iba teniendo pendientes; le detallaba los agravios que habría de limpiar.
          — Desde La Farola, tras cumplir con mis obligaciones, al atardecer, en las charlas que sostenía con los otros empleados, a la luz de la fogata, o con Olvido, en la mañana, cuando ella venía con el cesto repleto de especias, fui conociendo que hay más basura en el mundo que la que generan los puercos.
          Allí supo que su abuelo Marcelo se entendía con Doña Fernanda, la esposa del patrón, desde hacía nadie sabe cuanto tiempo, quizás incluso desde antes que los señores se casaran; que ciertamente había un abismo de años entre los dos, pero que a ella no parecía importarle, y que era esta circunstancia ingrata que el patrón intentó solventar y no pudo, que ella amenazó con abandonarlo, la que hizo que Don Agapito buscara consuelo en otros lares.
          También, que el maestro del pueblo, aquel hombrecillo enclenque, el del bigote ralo como cagadas de mosca, el que hablara de derechos y de honra, de moral y de designios supremos poco antes del comienzo de la guerra, era invertido; y que en las clases nocturnas, a los hijos de los grandes del pueblo, los futuros bachilleres, les impartía clases de sexualidad. Todo con mucha discreción, claro; todo con la tapadera de la ciencia de por medio. Unas lecciones en las que afirmaba que tanto los hombres como las mujeres podían inclinarse en una u otra dirección de apetencias carnales, que todo dependía de unas glándulas y unas secreciones, y no de la moral, ni del derecho civil ni canónico, y mucho menos, del dictado de Dios.
          — Todo depende de la distribución natural que hace La Naturaleza — dicen que afirmaba.
          Igualmente, que todo aquello eran cosas ocultas, que en las celebraciones de las fiestas del pueblo, marido y mujer eran los primeros en las misas y procesiones, que sus caras reflejaban tal bondad, las miradas que se entrecruzaban tan tierno amor, los gestos de galantería de él y las exquisiteces de ella tan justas, que nadie podía imaginar que todo era una farsa; y en relación al maestro, tan varonil el tono de su voz, tan contundentes sus movimientos, tan comedidas y acertadas sus palabras en relación a mil temas dispares, que parecía imposible un mal deseo en él, una desviación de tal calibre.
          — Imposible en ese prototipo de hombre — gritaron las ramas de las encinas.
          — El mundo es una farsa — concluyó José.
          La Bruja Men ratificó.
          — Has dado en el clavo, justo en el centro de la diana; todos fingen ser lo que no son, juegan a representar lo mejor posible el papel que por nacimiento les ha tocado vivir. Hay tal carga de embuste en todas las relaciones humanas, tantos intereses y roles predefinidos, tanto miedo a ser sinceros y decir la verdad, que cuando alguien intenta poner todo en claro, cuando alguien tiene la valentía de decir que no puede más, que está harto de fingir, lo toman por un desquiciado y, o lo matan como revolucionario, que fue lo que le pasó a tu padre, o lo encierran en un manicomio o en una cárcel de por vida.
          — Estos son los pilares de la sociedad; el embuste y la adaptación a la inamovilidad de las cosas  — concluye el fiscal.
          Estas certezas transformaron a José Vital. En adelante, sólo vivió pensando en desmontar el tinglado social; mas hubo de aprender a discernir entre lo bueno y lo malo. El tiempo y la experiencia vinieron a prevenirlo y a enseñarle a distinguir entre la sonrisa falsa y la verdadera y entre el llanto hondo y el superfluo.



 5


          La noche en que se supo que su hermana había sido admitida como monja de clausura y que iba a encerrarse para siempre entre cuatro paredes sintió una quemazón en el pecho, olvidó la estrategia de la espera, tomó la hoz y salió de la finca en dirección a la casa del amo.
          — Iba pensando sólo en "Fule" y en lo difícil que debía haberle hecho a su hermana la existencia cuando ella había tomado tal decisión.
          La sangre le golpeaba salvajemente las sienes, el sudor empapaba su camisa blanca de lino, la mano aferraba el mango del arma como un garfio las entrañas de la ballena; todo era quietud. El terror parecía haber inundado el resto del orbe. El reloj de la torre del edificio de ayuntamiento dio las diez en punto, cuando subía por la Calle Real.
          — Iba ciego de ira, sordo a toda palabra que no fuera muerte, mudo a todo vocablo que no fuera "te mataré" — comprende el jurado.
          No supo ver que lo seguían muy de cerca. Olvido había avisado a Torcuato temiendo lo peor y el herrero se prestó a parar el primer impulso incontenible del muchacho. Aquel corpachón de casi dos metros de altura y cien kilos de peso había accedido a obligarlo a que se parara y reflexionara sobre el equivoco de sus planteamientos.
          — Es su imaginación la que pinta causas y efectos. La desinformación lo maneja  — dijo la anciana. 
          Torcuato le quitó la hoz de la mano cuando llamó a la puerta de Don Agapito.
          — Vienes a ver a tu hermana, ¿verdad?
          José no supo decir nada, miró al herrero que sonreía, vio paz en sus ojos y una llama amiga; quizás una confianza desacostumbrada.
          — ¿Por qué has hecho esto?
          — Entra, habla con ella; luego ya veremos. Estoy contigo.


6


          Aquella noche escuchó las palabras amables de su hermana, sintió aquella presencia indefinida que ella decía entrever, certificó que la búsqueda de la verdad, y no otra cosa, era lo que la empujaba a aquella vida de sacrificio, y se sintió feliz por el desplante que tal decisión suponía para "Fule".
          — Supo que el enfrentamiento de padre e hijo se aproximaba; y sólo porque éste había puesto todo de su parte para que ella accediera a su claustro.
          — Ciertamente, "Agapi" fue culpable también, una vez más — dice la chusma.
          José Vital comprendió que el tiempo de esperanza había comenzado.
          — La paciente espera ha tenido su fruto; ya no habré de aguardar mucho para encontrar el resarcimiento de todas las maldades que he soportado — se dijo.


y 7


          José no tuvo que hacer nada para que todo se subiera en las ruedas del carro de sus deseos.
          — El principio del fin comenzó primero con la escapada y los incendios que provocara el señorito.
          La desaparición de éste y la entrada en el campo de la melancolía de Don Agapito ocurrió tras la discusión y aquel apuñalamiento verbal mutuo; aquel enfrentamiento esperado corrió por el pueblo de boca en boca, divirtiendo a todos.
          — Pasto de chistes y maledicencias fue — comenta el ciempiés.
          La metamorfosis del Patrón no se hizo esperar.
          — "Agapi" está triste, desconocido, ausente, ido; no sé, muy raro — dicen sus contertulios.
          Siguió atendiendo la hacienda con mano dura; pero alargaba los paseos a caballo por el campo en demasía. Se le hacía de noche en soledad, vagabundeaba bajo el techo rosado de la tarde y negro de la noche, le fueron creciendo unas bolsas negras bajo los ojos, dos bultos brillantes como piedras de carbón; el cutis rosado del vino y el sol se le volvió pálido, del color de la madera cepillada y barnizada, como de difunto. Todo parecía seguir igual, pero no era cierto.
          — José Vital sabía que no — ... El Torcuato.
          La cuenta atrás de la caída de una sociedad fuerte había empezado, no daba ya otra imagen que la de debilidad y cansancio, y acaso inconsistencia; el renacimiento podría marcar la implantación de un nuevo orden humano más justo, el tiempo de la máscara y la falsedad podía estar empezando a diluirse.
          Mas José Vital no comprendía muy bien todo lo que esto significaba, no accedía a la premonición de toda la tragedia de muerte y horror que tras esta esperanza se escondía; no, no que los hombres no saben hablar de paz y amor; sí, sí que sólo de fuerza y destrucción.
          — No supo por ello de qué bando ponerse cuando las tropas rebeldes cercaron el pueblo — canta la sangre que se derrama.
          Aquellos enemigos del orden y la paz que mil bocas dijeran que venían arrasando la nación le parecían a él la lluvia en el desierto.
          — Sí supo desde el principio que venían a quitarles las propiedades a Don Agapito, al maestro, al alcalde; pero nadie aclaraba si las iban a distribuir entre los que no tenían nada — gime el viento.
          — Los otros eran lo desconocido, el salto al vacío — recita el poeta.
          Intuyó que todo era una nueva farsa cuando se supo que quien mandaba las tropas atacantes era "Fule".
          — Sólo hay venganza de por medio, nada de poner equidad entre los hombres.
          Se lo dijo la anciana "Lamen" una noche en las caballerizas de la casa de la Plaza Mayor, y también la operación de infiltración que preparaba el hijo; y el engaño, y el deseo de recuperar a su hermana.
          — ¡¿Qué puedo hacer, cual es el camino correcto en esta encrucijada; a quién ayudar, cual de los dos es menos malvado!?
          — Esconderse es lo mejor, huir, dejar que las fieras se destrocen entre sí; ninguna de las dos partes merece que tú te la juegues por ellos.
           Salieron de casa de Don Agapito simulando ir a La Farola a atender al ganado; mas fueron al convento a pedirle a la Madre Superiora que dejara escapar a Sor Esperanza. Todo fue en vano. Su hermana se negó a dejar el claustro.
          — Dios está conmigo y nada me puede tocar.
          José Vital intentó que entendiera que quedarse significaba una muerte cierta.
          — Nada puedo desear más que el retorno a El Amado en una circunstancia tal, como fruto de mi afirmación por Él y mi rechazo voluntario de El Mundo, El Demonio y La Carne.
          — El pueblo entero bebió de la traición del hijo pródigo al día siguiente — silba la hoja del cerezo que cae.
          José Vital vio el degollamiento de Don Agapito a manos de su hijo, tras la negativa de aquel a entregársela a éste; una bala en el vientre impidió que siguiera al señorito Fulgencio hasta el convento y evitara la tragedia.