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El General Fulgencio de las Torres Hambrán
reconoció que las prisas y el nerviosismo se habían apoderado
de él; aunque sólo para si. El talante distante y calculador
se había evaporado, y con él, la serenidad que durante toda
la campaña de depuración nacional había demostrado.
Pero ante sus coroneles se excusó diciendo que el enemigo era un
gran estratega; aún a sabiendas que su padre era solamente un palurdo
con aires de marqués y mucha mala leche en las venas.
Sus subordinados no sabían nada de esto, nada de las vivencias
del que les mandaba indica el abogado tímidamente.
Ninguno se cuestionaba si la subida meteórica que había
efectuado en la milicia era justa o no piensa el juez cuando la tarde
le rinde en la hamaca del porche de su casa y el sol tiende a secar sus
últimos rayos de luz.
De Cabo a Capitán y de ahí, quizás por una confusión
irrepetible de la historia o una presión oportuna en las altas esferas,
al generalato se puede leer en su historial personal, en una anotación
marginal que el amanuense estima oportuna.
"El carrerón" comentaban algunos de sus soldados.
Y todo ello cuando apenas si contaba los treinta años.
Lo evidente era que los informes hablaban con claridad y certificaban lo
que el General Fulgencio ya sabía; que tres semanas de cerco al
pueblo habían bastado para cansar a sus hombres y bajar la moral
de la División a niveles que rozaban la indisciplina. Lo palpable,
que todos coincidían en que había que hacer algo espectacular.
Algo que dé nuevos bríos a los soldados, y que, finalmente,
lleve a la caída de este minúsculo bastión del fascismo
vociferaban los comandantes, como si el griterío fuera compañero
inexcusable de la verdad.
Aquel pueblo perdido y apartado de la línea de progresión
trazada por el Alto Estado Mayor del Ejército Revolucionario se
resistía, lo que los otros generales consideraron como un capricho
tonto y un derroche innecesario de fuerzas se tornaba en una amenaza inusitada.
Nadie daba muestras de tener muy claro qué había de hacerse,
nadie sabía cómo afrontar aquella resistencia improvisada
y efectiva.
La ferocidad heroica que convertía a cada uno de los defensores
en una máquina mortal perfecta les inquietaba recita el poeta.
Un combatiente sin miedo y con conciencia clara de sacrificio es difícil,
e invencible, si siente que al final saldrá victorioso. Un soldado
así no teme a las dificultades, ni a los infortunios, ni a las bajas
se excusaban sus jefes tras un enésimo ataque baldío.
Él se apartó un poco y dejó a las frígidas
mentes de sus estrategas que revisaran la cartografía una y otra
vez, se sentó en su silla mientras planteaban y replanteaban las
acciones a tomar, apoyó la mano derecha en las sienes mientras ellos
subían cada vez más el tono de sus ladridos. Volvió
a ver a Sor Esperanza en el patio del convento con el libro piadoso entre
las manos, rememoró su cara de nácar sobre el hábito
negro, sus pies de nieve sobre el cuero marrón de las sandalias,
las piedras que se apretaban bajo el peso de su cuerpo ambicionado, el
viento que barría el polvo de la tierra y cimbreaba los rosales,
la luz extraña que la envolvía como un halo transparente.
Reavivó, sí, aquel deseo abrasador que lo perseguía,
el veneno que lo iba destruyendo, la sensación de impotencia ante
la tozudez de ella.
¿Cómo combatir una idea? se volvió a preguntar.
Nuevamente sintió la ira y lloró en silencio. Notó
que la rabia contenida le tensaba los músculos faciales y que las
miradas atónitas e incrédulas de sus colaboradores se posaron
sobre él en el silencio que de pronto se hizo; se habían
quedado paralizados en torno al general: niños desorientados, títeres
sin cabeza.
Algunos comprendieron que él también era humano; y demasiado
joven quizás balan las ovejas.
2
A un dios sólo se le puede matar con otro dios. A la ilusión
con la ilusión, como la mancha de la mora que con otra verde se
quita. ¿Recordáis el caballo de madera de los troyanos? Nosotros
también tendremos el nuestro.
Les contó seguidamente que su padre era el cacique de aquel pueblo.
Un hombre anclado en el pasado que ha encerrado a mi princesa en un castillo
guardado por el peor de los dragones, un ser abominable que la posee toda
entera, en cuerpo y alma. Estamos aquí para liberarla. Este vehemente
deseo ha sido la única justificación que me ha llevado a
solicitar del Mando Superior la desviación en los planes de liberación
previstos.
Ellos no entendieron nada hasta que él bajó al nivel cuadriculado
de sus mentes guerreras y les explicó que lo que les estaba proponiendo
era una infiltración.
Me despojaré de los distintivos de mi rango, vestiré de
paisano, saldré al anochecer, daré un rodeo, entraré
por el sudeste, por las fértiles tierras de regadíos de la
ribera del Berguillos, con un puñado de hombres selectos. Iré
a apoyar al enemigo; ha de hacerse, en tanto, un ataque lo más contundente
posible, un golpe que ponga al adversario entre la espada y la pared, aunque
sólo sea ilusorio. Iré, digo, a darles esperanza vana, a
inventarme un hijo pródigo que llega en el momento adecuado, cuando
todo parece perdido, un regalo de los cielos a los refuerzos inesperados.
Ya dentro, ya ganada su confianza, ya consumada la traición, daré
paso a la abominable venganza, abriré un pasillo por el que pasaréis
sin mayor problema, sin baja alguna siquiera, sin peligro, triunfantes
hasta la misma Plaza Mayor.
Así se hizo.
Y no salió mal, no.
Toda la gente del pueblo lo aclamó y vitoreó cuando hizo
correr despavoridas a sus propias tropas. Lo llevaron a la Plaza Mayor
en volandas, al héroe; lo agasajaron con una cena de carnes asadas
cuenta el Torcuato.
La tarde había sido de descanso y de promesas de ventura eterna,
el vino volvió a correr como en los mejores tiempos; fue un río
desbordado. Nadie quiso escuchar las reservas del cura ni del maestro;
todos parecían hechizados, multitudes ebrias. El licor que ofrecía
el caballo troyano era irresistible; nadie prestó oídos a
aquella prevención que se les lanzaba, nadie creyó que la
conversión del heredero bien podía ser una trampa. Ni Don
Agapito siquiera, que lloró de felicidad, la alegría del
reencuentro y victoria cegando todo su ser.
"Agapi" no supo ver la maldad diabólica que se escondía
tras aquella cháchara amena con que "Fule" regalaba los oídos
de sus parroquianos relatan los testigos.
Aquellas aventuras no podían dejar de ser ciertas, los ojos claros
no podían ocultar una traición tan atroz, una premeditación
tal.
Todos dormían la borrachera en la noche calma.
Un mes de asedio se cumplía gime el viento.
A las dos de la madrugada, "Fule" degolló a su padre tras negarse
éste a entregarle a Esperanza.
Cumplió la promesa de un paso franco para sus huestes proclama
el abogado.
3
Sor Esperanza confirmó que las observaciones interiores de sus actos
y estados de ánimo habían cambiado mucho. Lo supo en los
días de obligado reposo, en la penumbra permanente del escondite
de la anciana "Lamen". Los rosarios, las jaculatorias, las reflexiones
teológicas, seguían no obstante llenándolo todo.
Las diferencias entre aquel habitáculo oscuro y cálido
de entonces y éste de ahora son notables se dijo.
Aquel apacible sosiego impermeable que la tomó el día del
fallecimiento de su padre terrenal tenía poco que ver con lo que
ahora disfrutaba. La comparación llevaba ineludiblemente a afirmar
que no eran de la misma persona, pero reconocía también que
entre ambos extremos había algo en común.
La sensación de reducción a apenas nada de mi yo interno
en relación con mi cuerpo es lo idéntico; también
la visión de los orificios de los ojos como dos puntos de luz en
una habitación negra. La membrana auditiva representada por aquella
mosquitera gigante, lo igual; la corriente de aire que genera la puerta
circular, lo semejante.
Ella se situaba allí, flotaba en un espacio muerto; y la nada del
otro lado de la atmósfera rodeándola.
Comprendía que su interior lo formaban una suerte de edificaciones
sin ángulos, bóvedas esféricas entrelazadas.
Se sentía encarcelada en la materia.
Algo independiente, acaso inmaterial, que existe en el vacío ingrávido
afirmó.
Y en aquel mundo interior, en aquella oscuridad rota únicamente
por los puntos de luz de los ojos, la membrana auditiva de los oídos,
la entrada circular de la boca y las fosas nasales; allí, en donde
la negrura era obvia, la aparición de las dos puertas blancas, abiertas
a otros lugares, sin cerraduras.
Ella llamó a la de la derecha Semejanza.
La señaló con ese nombre antes incluso de conocer sus contenidos
y solamente por sus parecidos con el mundo exterior.
La luz radiante, blanca flor de claridades susurra la noche.
Los campos en su muda del abrigo gris del invierno comprende el jurado.
La primavera del mundo en su eterna lozanía, el canto al resurgimiento
de la vida y sus olores de almizcle y trementina concluye el fiscal.
La otra había brotado por sí sola tras la caída desde
la cúpula del convento, a la izquierda; y en ella, la presencia
inmaterial que la aturdía con su baile de olas rompiéndose
contra el puerto de su cuerpo inmóvil.
Todo volátil y turbador dijo la religiosa.
Hubo también de rectificar su primera apreciación y afirmar
que los mundos del otro lado de esas puertas no eran independientes. Los
dos formaban una unidad parecida a la del alma y el cuerpo. Ese todo se
expandía continuamente de una manera misteriosa, la disgregación
de su contenido inmaterial parecía no tener límites y sin
embargo caber en una retina humana.
La Imagen y La Semejanza a Dios con que toda persona ha sido creada
se repetía , aquello que me contaba Don Alberto, el cura del pueblo,
ha de ser todo esto, acaso el fundamento primigenio de la creación
del hombre y la mujer. La Semejanza, la puerta de la derecha. La Imagen,
la de la izquierda, ese mundo espiritual perdido por el pecado original.
Ambas, la manifestación del eterno poder del creador. Ambas, bien
definidas, marcadas cada una sus connotaciones específicas.
"Temporalidadmovimientomuerte", la una, la Semejanza; "eternoestáticovida",
la otra, la Imagen, como contradiciéndose.
Tal es el falso sofisma del pecado, el engaño del demonio; tal
es la trampa de imposibilidad comprensiva que extiende ante nuestras reducidas
capacidades de interpretación espiritual aquella separación
primigenia que nuestros primeros padres hicieran con su pecado. Pero está
claro, o al menos así Tú lo has querido desvelar en mi; nítido,
sí, que sólo en la Imagen se encuentra la felicidad, la libertad,
la paz, toda aquella vida por la que la Semejanza gime con dolores de parto.
Allí, en esa puerta que en mis introspecciones veo a la izquierda,
se observa con diáfana claridad que sólo en la imitación
de tu amor es posible sobrevivir a esta tribulación carnal; que
ese amor inimaginable del que renace el nuevo Adán, mi Jesús
amado y su sangre derramada para salvación de todos, y la Nueva
Eva del mundo, es el norte, la luz encendida que en la bruma de la existencia
nos lleva a buen puerto, el objetivo a alcanzar. Desde allí es posible
comprender y perdonar todo, como yo hago contigo "Fule", porque esa presencia
amorosa te llena de su esencia y nada maléfico te puede tocar.
y 4
Ella transformó todo aquel reposo que sus heridas solicitaban en
oración mental. Las anécdotas que la anciana "Lamen" le había
contado acerca de "Fule" iban convirtiéndose en un apoyo más
para sus certezas. Experimentaba con más fuerza que nunca que la
senda de la Semejanza en su acercamiento a la de la Imagen era la única
que verdaderamente transformaba todo el orbe, la que ponía en su
correcta posición el conjunto del mundo, la que evitaba el dolor
y la muerte y llevaba a la vida verdadera.
Sor Esperanza no sintió miedo cuando La Bruja Men le dijo que
estaba embarazada.
Puso en duda desde el principio tal aseveración, eso sí.
No en vano aún manchaba un poco cuando ocurrió la tragedia
gritan las ramas de las encinas.
No se irritó con el agresor asesino porque no creyó lo del
embarazo; ni siquiera que las puertas de sus deseos íntimos seguirían
abiertas.
Todo viene de Él para bien nuestro canta la sangre que se derrama.
Pero sí recordó la noche de la agresión, y sus temores.
¿Perderé todo lo andado con la destrucción
del convento?
Noche de flaquezas y de sospechas constató.
¿Se desvanecerán en la bruma roja los forcejeos en la senda
de la similitud? se había preguntado.
Noche en que Dios parecía esconderse muy arriba, en un lugar inimaginable,
al otro lado sin duda del sombrero negro con puntitos blancos del mundo
proclaman las trompetas.
No sentí más que amor por aquella hipotética criatura
que iba a nacer, perdón y piedad para el padre, y no otra cosa que
agradecimiento para El Amado que me ponía una prueba más;
un alejamiento temporal de mi ofrecimiento como religiosa, el que hiciera
en su día cuando entré en el claustro como hermana de clausura...
Así lo sentí.
Una distancia angustiosa y amarga comenta el ciempiés.
¿Necesaria para dedicarse a la crianza del nuevo ser? silba
la hoja del cerezo que cae.
Una herida gloriosa más con que presentarme a Él el día
de mi definitivo retorno, el día glorioso en que Él, finalmente,
desatará el compás de espera.
El tiempo se encargó de ratificar lo imposible.
Lo inexplicable es un milagro. Es cosa de Dios pues confirmó
la religiosa. |