LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Sexto
 
 .

 

1 

          El General Fulgencio de las Torres Hambrán reconoció que las prisas y el nerviosismo se habían apoderado de él; aunque sólo para si. El talante distante y calculador se había evaporado, y con él, la serenidad que durante toda la campaña de depuración nacional había demostrado. Pero ante sus coroneles se excusó diciendo que el enemigo era un gran estratega; aún a sabiendas que su padre era solamente un palurdo con aires de marqués y mucha mala leche en las venas. 
          — Sus subordinados no sabían nada de esto, nada de las vivencias del que les mandaba — indica el abogado tímidamente. 
          — Ninguno se cuestionaba si la subida meteórica que había efectuado en la milicia era justa o no — piensa el juez cuando la tarde le rinde en la hamaca del porche de su casa y el sol tiende a secar sus últimos rayos de luz. 
          — De Cabo a Capitán y de ahí, quizás por una confusión irrepetible de la historia o una presión oportuna en las altas esferas, al generalato — se puede leer en su historial personal, en una anotación marginal que el amanuense estima oportuna.
          — "El carrerón" — comentaban algunos de sus soldados.
          — Y todo ello cuando apenas si contaba los treinta años.
          Lo evidente era que los informes hablaban con claridad y certificaban lo que el General Fulgencio ya sabía; que tres semanas de cerco al pueblo habían bastado para cansar a sus hombres y bajar la moral de la División a niveles que rozaban la indisciplina. Lo palpable, que todos coincidían en que había que hacer algo espectacular.
          — Algo que dé nuevos bríos a los soldados, y que, finalmente, lleve a la caída de este minúsculo bastión del fascismo — vociferaban los comandantes, como si el griterío fuera compañero inexcusable de la verdad.
          Aquel pueblo perdido y apartado de la línea de progresión trazada por el Alto Estado Mayor del Ejército Revolucionario se resistía, lo que los otros generales consideraron como un capricho tonto y un derroche innecesario de fuerzas se tornaba en una amenaza inusitada. Nadie daba muestras de tener muy claro qué había de hacerse, nadie sabía cómo afrontar aquella resistencia improvisada y efectiva.
          — La ferocidad heroica que convertía a cada uno de los defensores en una máquina mortal perfecta les inquietaba — recita el poeta.
          — Un combatiente sin miedo y con conciencia clara de sacrificio es difícil, e invencible, si siente que al final saldrá victorioso. Un soldado así no teme a las dificultades, ni a los infortunios, ni a las bajas — se excusaban sus jefes tras un enésimo ataque baldío.
          Él se apartó un poco y dejó a las frígidas mentes de sus estrategas que revisaran la cartografía una y otra vez, se sentó en su silla mientras planteaban y replanteaban las acciones a tomar, apoyó la mano derecha en las sienes mientras ellos subían cada vez más el tono de sus ladridos. Volvió a ver a Sor Esperanza en el patio del convento con el libro piadoso entre las manos, rememoró su cara de nácar sobre el hábito negro, sus pies de nieve sobre el cuero marrón de las sandalias, las piedras que se apretaban bajo el peso de su cuerpo ambicionado, el viento que barría el polvo de la tierra y cimbreaba los rosales, la luz extraña que la envolvía como un halo transparente. Reavivó, sí, aquel deseo abrasador que lo perseguía, el veneno que lo iba destruyendo, la sensación de impotencia ante la tozudez de ella.
          — ¿Cómo combatir una idea? — se volvió a preguntar.
          Nuevamente sintió la ira y lloró en silencio. Notó que la rabia contenida le tensaba los músculos faciales y que las miradas atónitas e incrédulas de sus colaboradores se posaron sobre él en el silencio que de pronto se hizo; se habían quedado paralizados en torno al general: niños desorientados, títeres sin cabeza.
          — Algunos comprendieron que él también era humano; y demasiado joven quizás — balan las ovejas.
 

2 

          — A un dios sólo se le puede matar con otro dios. A la ilusión con la ilusión, como la mancha de la mora que con otra verde se quita. ¿Recordáis el caballo de madera de los troyanos? Nosotros también tendremos el nuestro.
          Les contó seguidamente que su padre era el cacique de aquel pueblo.
          — Un hombre anclado en el pasado que ha encerrado a mi princesa en un castillo guardado por el peor de los dragones, un ser abominable que la posee toda entera, en cuerpo y alma. Estamos aquí para liberarla. Este vehemente deseo ha sido la única justificación que me ha llevado a solicitar del Mando Superior la desviación en los planes de liberación previstos.
          Ellos no entendieron nada hasta que él bajó al nivel cuadriculado de sus mentes guerreras y les explicó que lo que les estaba proponiendo era una infiltración.
          — Me despojaré de los distintivos de mi rango, vestiré de paisano, saldré al anochecer, daré un rodeo, entraré por el sudeste, por las fértiles tierras de regadíos de la ribera del Berguillos, con un puñado de hombres selectos. Iré a apoyar al enemigo; ha de hacerse, en tanto, un ataque lo más contundente posible, un golpe que ponga al adversario entre la espada y la pared, aunque sólo sea ilusorio. Iré, digo, a darles esperanza vana, a inventarme un hijo pródigo que llega en el momento adecuado, cuando todo parece perdido, un regalo de los cielos a los refuerzos inesperados. Ya dentro, ya ganada su confianza, ya consumada la traición, daré paso a la abominable venganza, abriré un pasillo por el que pasaréis sin mayor problema, sin baja alguna siquiera, sin peligro, triunfantes hasta la misma Plaza Mayor.
          Así se hizo.
          — Y no salió mal, no.
          — Toda la gente del pueblo lo aclamó y vitoreó cuando hizo correr despavoridas a sus propias tropas. Lo llevaron a la Plaza Mayor en volandas, al héroe; lo agasajaron con una cena de carnes asadas — cuenta el Torcuato.
          La tarde había sido de descanso y de promesas de ventura eterna, el vino volvió a correr como en los mejores tiempos; fue un río desbordado. Nadie quiso escuchar las reservas del cura ni del maestro; todos parecían hechizados, multitudes ebrias. El licor que ofrecía el caballo troyano era irresistible; nadie prestó oídos a aquella prevención que se les lanzaba, nadie creyó que la conversión del heredero bien podía ser una trampa. Ni Don Agapito siquiera, que lloró de felicidad, la alegría del reencuentro y victoria cegando todo su ser.
          — "Agapi" no supo ver la maldad diabólica que se escondía tras aquella cháchara amena con que "Fule" regalaba los oídos de sus parroquianos —relatan los testigos.
          Aquellas aventuras no podían dejar de ser ciertas, los ojos claros no podían ocultar una traición tan atroz, una premeditación tal.
          Todos dormían la borrachera en la noche calma. 
          — Un mes de asedio se cumplía — gime el viento.
          A las dos de la madrugada, "Fule" degolló a su padre tras negarse éste a entregarle a Esperanza.
          — Cumplió la promesa de un paso franco para sus huestes — proclama el abogado.
 

3 

          Sor Esperanza confirmó que las observaciones interiores de sus actos y estados de ánimo habían cambiado mucho. Lo supo en los días de obligado reposo, en la penumbra permanente del escondite de la anciana "Lamen". Los rosarios, las jaculatorias, las reflexiones teológicas, seguían no obstante llenándolo todo.
          — Las diferencias entre aquel habitáculo oscuro y cálido de entonces y éste de ahora son notables — se dijo.
          Aquel apacible sosiego impermeable que la tomó el día del fallecimiento de su padre terrenal tenía poco que ver con lo que ahora disfrutaba. La comparación llevaba ineludiblemente a afirmar que no eran de la misma persona, pero reconocía también que entre ambos extremos había algo en común.
          — La sensación de reducción a apenas nada de mi yo interno en relación con mi cuerpo es lo idéntico; también la visión de los orificios de los ojos como dos puntos de luz en una habitación negra. La membrana auditiva representada por aquella mosquitera gigante, lo igual; la corriente de aire que genera la puerta circular, lo semejante.
          Ella se situaba allí, flotaba en un espacio muerto; y la nada del otro lado de la atmósfera rodeándola.
          — Comprendía que su interior lo formaban una suerte de edificaciones sin ángulos, bóvedas esféricas entrelazadas.
          Se sentía encarcelada en la materia.
          — Algo independiente, acaso inmaterial, que existe en el vacío ingrávido — afirmó.
          Y en aquel mundo interior, en aquella oscuridad rota únicamente por los puntos de luz de los ojos, la membrana auditiva de los oídos, la entrada circular de la boca y las fosas nasales; allí, en donde la negrura era obvia, la aparición de las dos puertas blancas, abiertas a otros lugares, sin cerraduras.
          — Ella llamó a la de la derecha Semejanza.
          La señaló con ese nombre antes incluso de conocer sus contenidos y solamente por sus parecidos con el mundo exterior.
          — La luz radiante, blanca flor de claridades — susurra la noche.
          — Los campos en su muda del abrigo gris del invierno — comprende el jurado.
          —La primavera del mundo en su eterna lozanía, el canto al resurgimiento de la vida y sus olores de almizcle y trementina — concluye el fiscal.
         La otra había brotado por sí sola tras la caída desde la cúpula del convento, a la izquierda; y en ella, la presencia inmaterial que la aturdía con su baile de olas rompiéndose contra el puerto de su cuerpo inmóvil.
         —Todo volátil y turbador — dijo la religiosa.
          Hubo también de rectificar su primera apreciación y afirmar que los mundos del otro lado de esas puertas no eran independientes. Los dos formaban una unidad parecida a la del alma y el cuerpo. Ese todo se expandía continuamente de una manera misteriosa, la disgregación de su contenido inmaterial parecía no tener límites y sin embargo caber en una retina humana.
          — La Imagen y La Semejanza a Dios con que toda persona ha sido creada — se repetía —, aquello que me contaba Don Alberto, el cura del pueblo, ha de ser todo esto, acaso el fundamento primigenio de la creación del hombre y la mujer. La Semejanza, la puerta de la derecha. La Imagen, la de la izquierda, ese mundo espiritual perdido por el pecado original. Ambas, la manifestación del eterno poder del creador. Ambas, bien definidas, marcadas cada una sus connotaciones específicas.
          — "Temporalidadmovimientomuerte", la una, la Semejanza; "eternoestáticovida", la otra, la Imagen, como contradiciéndose.
          — Tal es el falso sofisma del pecado, el engaño del demonio; tal es la trampa de imposibilidad comprensiva que extiende ante nuestras reducidas capacidades de interpretación espiritual aquella separación primigenia que nuestros primeros padres hicieran con su pecado. Pero está claro, o al menos así Tú lo has querido desvelar en mi; nítido, sí, que sólo en la Imagen se encuentra la felicidad, la libertad, la paz, toda aquella vida por la que la Semejanza gime con dolores de parto. Allí, en esa puerta que en mis introspecciones veo a la izquierda, se observa con diáfana claridad que sólo en la imitación de tu amor es posible sobrevivir a esta tribulación carnal; que ese amor inimaginable del que renace el nuevo Adán, mi Jesús amado y su sangre derramada para salvación de todos, y la Nueva Eva del mundo, es el norte, la luz encendida que en la bruma de la existencia nos lleva a buen puerto, el objetivo a alcanzar. Desde allí es posible comprender y perdonar todo, como yo hago contigo "Fule", porque esa presencia amorosa te llena de su esencia y nada maléfico te puede tocar.
 

y 4 

          Ella transformó todo aquel reposo que sus heridas solicitaban en oración mental. Las anécdotas que la anciana "Lamen" le había contado acerca de "Fule" iban convirtiéndose en un apoyo más para sus certezas. Experimentaba con más fuerza que nunca que la senda de la Semejanza en su acercamiento a la de la Imagen era la única que verdaderamente transformaba todo el orbe, la que ponía en su correcta posición el conjunto del mundo, la que evitaba el dolor y la muerte y llevaba a la vida verdadera.
          — Sor Esperanza no sintió miedo cuando La Bruja Men le dijo que estaba embarazada.
          Puso en duda desde el principio tal aseveración, eso sí.
          — No en vano aún manchaba un poco cuando ocurrió la tragedia — gritan las ramas de las encinas.
          No se irritó con el agresor asesino porque no creyó lo del embarazo; ni siquiera que las puertas de sus deseos íntimos seguirían abiertas.
          — Todo viene de Él para bien nuestro — canta la sangre que se derrama.
          Pero sí recordó la noche de la agresión, y sus temores.
          —  ¿Perderé todo lo andado con la destrucción del convento?
          — Noche de flaquezas y de sospechas — constató.
          — ¿Se desvanecerán en la bruma roja los forcejeos en la senda de la similitud? — se había preguntado.
          — Noche en que Dios parecía esconderse muy arriba, en un lugar inimaginable, al otro lado sin duda del sombrero negro con puntitos blancos del mundo — proclaman las trompetas.
          — No sentí más que amor por aquella hipotética criatura que iba a nacer, perdón y piedad para el padre, y no otra cosa que agradecimiento para El Amado que me ponía una prueba más; un alejamiento temporal de mi ofrecimiento como religiosa, el que hiciera en su día cuando entré en el claustro como hermana de clausura... Así lo sentí.
          — Una distancia angustiosa y amarga — comenta el ciempiés.
          — ¿Necesaria para dedicarse a la crianza del nuevo ser? — silba la hoja del cerezo que cae. 
          — Una herida gloriosa más con que presentarme a Él el día de mi definitivo retorno, el día glorioso en que Él, finalmente, desatará el compás de espera. 
          El tiempo se encargó de ratificar lo imposible. 
          — Lo inexplicable es un milagro. Es cosa de Dios pues — confirmó la religiosa.