 1
La anciana "Lamen" contó también a Sor Esperanza que "Fule"
se había sentado en "La silla del Moro" un día antes de tomar
la decisión de bajar al pueblo y de replantearse la existencia,
cuando ya estaba repuesto del todo.
— La mole de granito sobre la que se vislumbra
el asiento coronaba y corona la cúspide de El Risco Chico como un
pene enhiesto.
Un cilindro de casi dos metros de alto por medio de ancho, clavado en el
suelo; y sobre él, la lluvia, el granizo, el viento, la torridez
y el tiempo todo, socavándolo, tallando en su cúspide redondeada
algo parecido a un sillón monoplaza, sin orejas ni brazos.
— Estuvo un día entero meditando. Me
dijo haber tenido el espinazo apoyado en el espaldar, aquel en el que la
pertinaz gota de agua había dibujado una media luna; y los pies
colgando en el vacío, que el trasero se le había quedado
frío, una vez empapado el pantalón por el líquido
que exudaba aquel moho que simulaba un cojinete mullido sobre la piedra
insensible. Yo sé que desde la altura, "Fule" había visto
el baile lento y pausado de los nublados y el sol. Aquellos, intentando
mitigar la visión, vestir el orbe de apagada claridad, éste,
el astro rey, lanzando ríos de luz cegadora, como bejucos de oro
en una selva mate.
— Junto al abrevadero y hacia el poniente,
empequeñecidas por la distancia y en lo hondo del acantilado de
cien metros, las vacas pastando con los sones de sus esquilas abrazándolas;
más allá, las ondulaciones de las tierras, y, al fondo, en
la lejanía, la línea clara del horizonte. A la derecha, como
de juguete, el pueblo y sus dos vías de acceso bien marcadas, el
camino que fenece en la carretera general por Las Casas del Ventero, y
el de El Puente Bonito, el que lleva a La Herguijuela. También,
el convento con su cúpula central en forma esférica, como
un pecho materno de la tierra, cual una "media naranja", que decían
en el pueblo; casi un insulto a los deseos imposibles de sus habitantes.
En la misma dirección, el azul de la laguna y los recuerdos de las
noches de caza de ranas, superponiéndose, llenándolo de pesares.
Y a la izquierda, más arriba aún, sobre el Risco Grande,
el punto más elevado de esta joroba de camello que hace la tierra,
simulando el muro almenado de un castillo rancio.
— El viento debía haber ululado en
sus oídos, corrido por el pasillo cambiante que entre el cielo y
la tierra se abría, despeinado sus cabellos, puesto su piel de gallina,
bajado a las eras y arrastrado consigo una cortina de polvo que ascendió
con él y que, al rato, agotada por el esfuerzo ingrato de la subida,
cayó con un golpe seco, sórdido quizás. Yo sé
que sintió frío y que hizo caso omiso, que el deseo de atrapar
lo inmóvil, lo perenne, era más fuerte; que era más
necesario el certificar que, como su amor por ti, mi "Nanza", que él
decía, en el mundo había también cosas que sobre el
tiempo permanecían.
— Y lo sé porque lo leí en sus
hermosos ojos verde claro, muy claros, limpios por el llanto. Supe
que él, aquella tarde, había comprendido que incluso uno
mismo nunca es el mismo, que todo cambia, y que el mundo se sostiene en
su apariencia estática por los recuerdos que nosotros mantenemos
y que continuamente cotejamos, una y otra vez, indefinidamente, con el
ahora que apenas percibido ya es pasado, ya forma parte de mi, La Memoria,
"Lamen", La Bruja Men.
2
La anciana enmudeció, tosió, estornudó; se limpió
las narices y suspiró. Sor Esperanza no dijo nada, permaneció
inmóvil con los ojos abiertos, mirando el techo manchado
de negro por el humo.
— Creía ciegamente que su amor por
ti era lo único inalterable, su Dios, en la despedida de aquella
tarde de primavera. Iba aseado, que yo le traje útiles y ropa para
ello, senda a bajo, con una vara de avellano en la mano y unos ojos
casi azul turquesa. Tú empezabas tu senda de semejanza en el
convento, distanciándote de las noches de matrimonio que él
te propusiera, dejando los hijos futuros en la dimensión de los
sueños imposibles. Él, con la idea de voltear el mundo, de
ponerlo del revés y recuperarte, anhelando que tú, algún
día, llegaras a ser lo que en su cabeza bullía.
3
Dicen que llegó a su casa como si fuera un forastero, que solicitó
audiencia a Don Agapito, y que con una frialdad inusual, como si hubieran
pasado siglos, le pidió la herencia por adelantado. Dicen que Don
Agapito se puso pálido de ira, que dio un puñetazo en la
mesa; que cuando el color vino de su rostro volvió, lo oyeron refunfuñar,
y que vociferó como un energúmeno recordándole que
el pueblo era suyo por nacimiento y que, por ende, se debía a sus
obligaciones, a su sangre. Pero él permaneció frío,
distante y terco; sonrió. Dicen también que Don Agapito intentó
abofetearle la cara, pero no es cierto.
— Tu madre, Adela, que desde que empecé
a vender las especias para los guisos por el pueblo me confía todos
sus pesares y me llama hermana del alma, me relató que ella había
visto, por la cerradura sin llave de la puerta, que levantó la mano,
sí, pero que la bajó rápidamente, que le paralizó
el chasquido de la navaja de ocho muelles al abrirse; la misma que me obligó
a mí a descubrirme días atrás, cuando él me
buscaba y me encontró. Luego, esto quizás llegara a tus oídos
al otro lado de los espesos muros del convento, "Fule" se dedicó
a prenderle fuego a las cosechas, a llamar en la madrugada a la puerta
de su padre para, en el momento mismo en que abrían, desaparecer.
— Jugar a fantasma devastador —
cantan los gallos en la alborada.
— De día, yo lo sé bien que
hay gente que le tiene pánico a La Bruja Men y siempre le dicen
la verdad, entraba en el patio del convento por un hueco que él
mismo había abierto en la pared, muy cerca de la puerta de atrás.
En ese lado el muro es menos espeso, ¿recuerdas? Cerca de aquella
puerta por la que la gente del pueblo os entregaba las viandas y los trapos;
digo..., y se escondía entre la maleza de la noria, en aquella estancia
entre zarzas que poco a poco fue haciendo. Allí, se quedaba muy
quieto, con los ojos abiertos, buscándote. Y cuando coincidíais,
él memorizaba cada gesto tuyo, cada paso tuyo, cada piedra que pisabas,
cada flor que acariciabas. Y cuando el aire le traía algún
olor corporal, bien sudor o perfume, no pensaba que fuera de otra religiosa;
era el tuyo. Todo estaba impregnado de ti, recreándote en cada célula
de su cerebro, instándole a su unión contigo. Algo así
como lo que tu sientes por tu Jesús, el hombre Dios al que amas.
4
Sor Esperanza suspiró inquieta. Era la segunda vez que la anciana
"Lamen" la igualaba a él. Su Amor por Cristo y las quimeras de "Fule"
no las sentía ella de la misma magnitud, no se podían poner
de manera alguna en la misma balanza, no estaban a la misma altura.
— Estarás pensando que los sentimientos
de ambos no son equiparables, que existe un abismo insalvable entre ellos
— dijo la anciana como si le adivinara los
pensamientos.
— Y no hay tal. Desengáñate,
son la misma cosa. El objeto sobre el que se vierte ese dolor del alma
es lo único que os separa. Está también el método,
recogimiento y oración en ti; rebeldía, intento de traspasar
los límites lógicos, incluso sociales y estructurales del
mundo, con la destrucción y el horror de por medio, en él.
Pero eso son sólo los síntomas externos, la apariencia con
que se vislumbra el centro íntimo de la existencia humana. Aquella
esclavitud, prisión, y destrucción brutal del amor y del
odio, son la cara de una misma moneda, la de aquella de la que te hablaba
días atrás, recién traída a mi casa. "Fule",
digo, aquellos días, entre las zarzas del convento, era un judío
viejo, uno más de aquel tiempo en que tu Amado encarnado recorrió
la faz de la tierra. Como ellos entonces, él tenía a su dios,
tú, hecho a medida de su conveniencia. Y se negaba a reconocer lo
que tú le querías imponer, a aceptar la distancia que os
separaba. Su necesidad de ti era tan desmesurada, tan incontenible, tan
indomesticable, tan, tan, tan... Que, en los momentos más duros,
no podía y no quería hacer otra cosa que destruirte, no algo
distinto que romper la figura de barro andante que os separaba, como aquel
día infantil en que te empujara desde la cúpula del convento.
— En aquellos días, "Fule" comprendió
— cuchichean los sirvientes.
— Al igual que habían hecho en el pasado
con tu Amado, antes de matarlo, en los momentos más conservadores,
él concluía que tenía que acabar contigo moralmente,
psicológicamente, pisotear todo lo que era el sostén de tu
existencia, tus convicciones más íntimas.
— En la desolación será mía
— pensaba.
— Ante el largo plazo en el que el acontecer
lo ponía, su amor se fue oscureciendo, transmutándose en
odio. El tuyo por Jesús, en cambio, en su salsa, iluminándose;
esa senda de semejanza que tú defiendes, ensanchándose.
5
El silencio brotó de nuevo. Las dos se habían quedado inmóviles;
cual si fueran estatuas de cera. El frío de la noche de luna nueva
cabalgaba sobre las ancas de un viento flojo, recorría los acantilados
de la sierra, se mezclaba con el agua de la laguna y las paredes derrotadas
del pueblo y el convento; entraba finalmente por el espacio circular de
la puerta y les apuñalaba todo el cuerpo, les llenaba el espacio
vacío de las palabras con su canto lúgubre, cual un lamento
largo. El quejido lastimero de la madera en su ignición fue una
canción melancólica; y su canto sobre las lenguas de fuego
del fogón alborotó los recuerdos dulces de la noche amarga.
— Luego, un día aciago, desapareció;
nada supimos de él. Sólo de los tumultos y las revueltas
de la gran ciudad, como algo lejano y ajeno; otro cuento más que
los titiriteros traían en las alforjas de la memoria, cosas antiguas
que entretienen.
— En el pueblo todo siguió igual. Los
hombres en el campo, las mujeres en casa, Don Agapito mandando, dominando
los cuerpos, las vidas, y acaso las almas de sus peones, de sus criadas,
de sus capataces, de todo lo que configuraba nuestro ridículo universo
rural — recita el poeta
— Así estuvimos un tiempo, tú
sabes bien que la gente del pueblo os llenaba las despensas del convento
de vituallas.
6
Pero todo cambió el día en que llegó aquel soldado
de las tropas rebeldes, de los comunistas, de los enemigos del reino de
la paz y la concordia.
— Llamó a la puerta del patrón.
Aquel hombre alto, de tez moruna, con aquellos ojos negros como el carbón
y aquella mirada fría como el hielo, con aquella perilla desaliñada
colgándole de la barbilla como la cola de un animal salvaje.
— Trajo una misiva clara, una orden contundente
de rendición — confiesa el recluta
que llora.
y
7
— Sí, "Nanza", sí; todo cambió,
tú lo sabes bien, que de pronto todo empezó a escasear, aún
antes que la batalla comenzara.
En la plaza del pueblo, tras las reuniones a la carrera en la sala de juntas
del ayuntamiento y las esquelas con peticiones de ayuda a los pueblos colindantes,
se empezó a oír el paso acompasado de los milicianos practicando
la instrucción, los ejercicios de puntería con armas de fuego
en las eras, el sofoco y las prisas de quien se sabe atrapado en un renuncio
vergonzoso.
— La Madre Superiora, bien lo sabes, ofreció
el convento como hospital.
El cura del pueblo dejó que la torre de la iglesia se convirtiera
en puesto de vigilancia, dio una absolución general y predicó
la guerra santa contra El Maligno. El alcalde revisó el censo y
rebajó la mayoría de edad a los catorce años. El maestro
habló del derecho a la defensa y a la libertad, del honor y de miles
de cosas incomprensibles. El médico desempolvó la despensa
de la botica en la que aparecieron las vendas, el esparadrapo, el cicatrizante,
el cloroformo; lo que jamás se había visto antes, lo que
estaba amontonado en la cuadra, aquellos bultos que atestaban el cuarto
trasero de su domicilio particular. Don Agapito reunió el ganado
en La Farola, la finca más próxima al pueblo, requisó
el grano y dio cartillas de racionamiento, fortificó los accesos
al pueblo con una trinchera triple, una tras otra, ocupando un frente de
veinte kilómetros y una profundidad de cuatro, desde casi Las Casas
del Ventero a El Puente Bonito, en dirección norte, por donde se
sabía que venía el ejército de uniformes azules; trajo
también un par de cañones de la época colonial que
en La Herguijuela tenían, los limpió de óxido y los
puso en uso. Se afilaron los cuchillos de la matanza y la hoz de la siega,
las viejas facas morunas que dormían junto con los espadones en
los escudos de armas.
Enmudeció la anciana "Lamen"; el viento flojo y el crepitar tomaron
su protagonismo efímero.
— En poco menos de un mes, el pueblo estuvo
irreconocible. Un silencio como de juicio final inundaba todo el tiempo
de luz, cual si una tormenta de fuego fuera a caer de un momento a otro.
— De noche, canciones guerreras mal entonadas,
sacadas de los manuales de la escuela. Y hubo también miles de fogatas
encendidas sembrando el campo hasta el horizonte, como toques de atención
para el enemigo que ciertamente se aproximaba. Y el griterío anunciando
que los hombres se habían vuelto locos, que el vino y el aguardiente
se paseaban por los cuerpos de las gentes arrancándoles el miedo
y dejándoles vacíos, incitándoles al holocausto —
gime todavía el viento. |