LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Cuarto
 
 .

1

         — Me apodan "Lamen" — contesta la anciana tres días después.
          Tiempo de pesadillas, horas interminables de fiebres y de delirio para Sor Esperanza.
          — Pero mi nombre, el que me pusieron mis padres al bautizarme, es Olvido. Con esto ya te digo quién soy; pero como sé que tú no entiendes, te lo explicaré.
          Y luego de un tiempo para la impaciencia, dijo:
          — Me llamo Olvido y eso es lo que no puedo hacer, olvidar. Precisamente por eso, por esta tara que tengo, la gente del pueblo empezó a llamarme La Memoria, y luego, con el paso del tiempo, cansados de una palabra tan larga, "Lamen"; finalmente, La Bruja Men.
          Más tiempos muertos, y volvió a contar:
          — Soy ese lugar furtivo en donde reposan los viejos pesares de las gentes. Esos momentos terribles que el ser humano omite para poder seguir creyendo que la vida es bella, me pertenecen, son mi reino.
          — Las paredes derruidas del convento siguen estando más allá del círculo de luz mortecina de la puerta. Su estatismo arranca jirones de eternidad. El pueblo agostado y la laguna turbia se empapan de la lluvia que cae como una canción fatigada, aquella melodía limpia que lava la faz de toda la tierra. El campo se encharca, los lobos se amodorran y duermen, acaso sueñan en sus madrigueras. El hambre de posguerra tañe como una campana tocando a difunto. El anuncio de reconstrucción aún se tarda — recita el poeta.


2

          — "Fule", la noche en la que tú ingresaste en el convento, recorrió todos los bares del pueblo buscando pelea, bebiendo sin parar, insultando a los hombres rudos del campo, a aquellos que con un bofetón hubieran podido ponerlo a dormir. Pero nadie lo ayudó, nadie se le enfrentó, todos bajaron la cabeza, temerosos, paralizándolos la cobardía. Nadie osó contradecir las blasfemias que al cielo elevaba, ni los insultos que a todos profería. Nadie, repito, intentó parar aquel río de ira desbordado.
          — Ni el cura fue capaz de plantarle cara — dijeron las malas lenguas.
          — Fíjate que cuando entró en la iglesia con la maza e hizo añicos el Cristo de tamaño natural, aquella imagen a la que tú tanto amabas, con los ojos brillantes y turbios por el alcohol, el sacerdote sólo lloró; ni arrodillarse y rezar pudo, tal era la presencia demoníaca que su persona reflejaba. Luego, sobre las tres de la mañana, con una resaca de caballo, sólo pudo sentarse a la puerta del convento y llorar. Y cosas del destino, tú, insomne de Amor, en tu celda de religiosa, también lo hacías.
          Sor Esperanza niega con la cabeza.
          — Sí, ya sé que tus ojos no derramaron lágrima alguna, pero se llora de muchas maneras. A lo que voy. Aquella noche, erais dos seres unidos por una misma sustancia: El deseo, quizás la pasión. Pero en dos momentos diferentes, el de gozo en ti, el de desgarro en él. Esas son las caras de esta moneda que el vivir plantea. Unidos, sí, en el sentir; pero en los polos opuestos de la sensación, la noche y el día, el bien y el mal, el frío y el calor, todo en cada uno de nosotros, de vosotros aquella noche señalada.


3

          Hace una pausa la anciana en la que se oye el crepitar del fuego; se huele la tierra empapada de lluvia, se siente la humedad entrando en el cuerpo y aferrándose a los huesos hasta retorcerlos de dolor. La vieja "Lamen" tirita, se levanta de la banqueta de madera en la que está sentada y se acerca a la chimenea; aviva el fuego y pone las manos sobre él. Las aparta y se las frota; se vuelve a sentar y otra vez se alza y camina cual animal enjaulado. Finalmente se asoma al exterior.
          — Sigue lloviendo, lloviendo sobre la sangre derramada, sobre los cuerpos inmóviles de los muertos, sobre los cuerpos enjutos de los supervivientes, sobre la faz de toda la tierra — dice la anciana.
          Deja otra vez paso a un suspiro largo y profundo; se da la vuelta y toma asiento junto a Sor Esperanza que sigue quieta, envuelta en sudores febriles, la frente cuajada de minúsculas gotas. Sigue sobre aquel montón de paja seca del fondo de la habitación.


4

          — A las cinco de la mañana de aquella noche, cuando empezaron los maitines, mucho antes del canto de los gallos, "Fule", ya sereno, comprendió que te había perdido, que sus deseos iban a ser cada vez más difíciles de alcanzar, que las puertas para el desahogo de su pasión habían sido cerradas. De un lado, tu consentimiento, aquella vocación tuya: El principal enemigo.
          — Y se sentía maniatado.
          — ¿Cómo combatir a una idea? — se preguntaba.
          — De otro, que su padre era el precursor e instigador, el primer cómplice creador de sus pesares; pues él, Don Agapito, era el que había movido y removido todos los hilos para que tú entraras en el convento.
          — Él ha puesto estos espesos muros entre mi "Nanza" y yo; él es, en gran medida, el culpable de todo esto que me pasa. Mi propio padre, mi propia sangre levantada contra mí.
          — Así, con estos oscuros pensamientos rondándole la cabeza, bajó hasta la Plaza Mayor, la luna llena en el cielo, el viento meciendo las copas plateadas de los árboles, pisando la sombra de bordes de nieve que el satélite dibujaba delante de él. Estuvo sentado en la misma piedra en que tú te sentaras antes de ser apedreada, observando el escudo de armas que sobre la puerta de su casa daba pompa y honra.
          — Si yo hubiera sido un labriego, nada de esto hubiera ocurrido. Esas cuatro piedras muertas, esos trozos de granito labrado sobre mis espaldas, también tienen la culpa. Es él, el escudo de armas y sus arcaicas prebendas, el que siembra en la cabeza de mi padre la imposibilidad de mi deseo — renegaba.
          — Y otra vez la furia, y la ira recorriéndole el alma.
          — Se levantó despacio, caminó parsimoniosamente hasta la puerta de las caballerizas, la abrió. Sultán, el nuevo pastor alemán, no ladró, se metió en su casita, dejó el hocico fuera y husmeó aquel sudor extraño de "Fule". Ensilló a Lucero, el caballo blanco, y subiéndose en él lo espoleó sin compasión. El animal lanzó un relincho de horror y emprendió una carrera ciega, sobre el empedrado de la plaza primero, sobre el camino de tierra, el camino de La Dehesa, seguidamente; sobre el campo abierto, después, tras hacer la parada necesaria para abrir la verja que da entrada a la finca.


5

          — Nuevamente la lluvia canta al otro lado del círculo de la entrada. El fuego y el vaho que del puchero sale visten la pausa de la anciana "Lamen" como de suspiros inciertos. La cecina huele más que nunca, fermento de la carne muerta que se transforma — proclaman las trompetas.
          — Y sé que fue así, no porque tenga dotes visionarias, sino porque él me lo contó. Porque una semana después de aquella noche, cuando ya todo el pueblo andaba buscándolo y soñando con la recompensa monetaria que Don Agapito ofreciera, él y yo, al anochecer, fortuitamente, nos encontramos. Yo andaba buscando achicorias muy cerca de aquí, por el camino que muere en "La silla del Moro", aquí en el risco chico de la sierra, él venía dando traspiés, senda arriba, descalzo y llagado, el pantalón de pana negra tan roto que parecía una falda de carnaval, las manos oscuras de tierra y de las costras de las heridas, la cara oscurecida, con aquella barba castaño rojiza, aquel pelo color de fuego, aquel bigote tapándole la boca; todo entero cubierto del polvo del camino.
          — Estaba agotado.
          — Se tumbó en el cancho de San Blas, boca arriba, con los brazos en cruz; y lloró unas lágrimas gruesas que dejaron sus ojos verdes más claros.
          E hizo una pausa, la anciana.
          — Esto lo vi pocos días después, que aquella noche, en la oscuridad, sólo se oía el respirar entrecortado.
          Y, nuevamente una pausa más.
          — Sus ojos verdes más claros, digo, y un reguero blanco sobre la máscara de tierra que poblaba su rostro. Hablaba con el firmamento, con la bóveda celeste, negra y clara, de luna apenas menguante, con la Polar y el Camino de Santiago, la Cruz del Sur y las otras estrellas.
          — Se ha ido tan arriba la belleza, tan arriba, que imposible va a ser que a ras de tierra alguien pueda decir que existe. Como una manzana en la copa del árbol parece, inalcanzable. ¿Qué escalera cogiera que me acercara a ti?, ¡Oh, Luna!, dime por qué te la has llevado tan lejos — gimoteaba.
          — Todo ello acompañado del canto de las cigarras y los grillos, el tintineo de las campanillas de las cabras yéndose al corral, el perro ladrando y trotando, peñas arriba, peñas abajo, el viento frío de la sierra inundando el aire del aroma de las jaras y el tomillo — silba la hoja del cerezo que cae.
          — Así estuvimos un rato, yo oculta, él tumbado. Luego, un estornudo involuntario me traicionó. El se sentó en el suelo, agudizó el oído.
          — Y el silencio de nuevo llenándolo todo — susurra la noche.
          — ¿Quién va? — dijo. Y, nuevamente un silencio más, la anciana.
          — Y abrió una navaja que chasqueó ocho veces, larga y fría, con reflejos de plata. Me di a conocer. El cerró la navaja con otros ocho chasquidos y dijo que a mí me buscaba, que quería pedirme consejo.


6

          Sor Esperanza pensó entonces que "Pule" llevaba razón.
          — Dios se esconde a veces muy arriba, al otro lado del firmamento; se muestra inalcanzable. Todo lo de aquí abajo, esta imagen tuya que percibimos, parece haberse olvidado del anhelo de semejanza que el ser humano trae incrustado en el alma. La espera se hace difícil, sí, muy difícil.
          Comprendió la santa que "Fule" en aquel entonces aún tenía una pequeña ranura por donde poder colarse al mundo del espíritu; se sintió entristecida al recordar la noche de la toma del convento, y ciertamente responsable de los añicos del alma de "Pule".
          — Las lágrimas habrían aflorado aquella noche si no hubiera vuelto a su habitáculo interior; seguro que hubiera llorado sin la visita de El Amado, ciertamente que hubiera abandonado la vereda de la semejanza sin el prodigio que nuevamente la sostuvo. Tal era su estado de ánimo y la presión del mal — recita el poeta.
          Los oídos volvieron a reconocer las palabras de la anciana.


y 7

          — Estuvo conmigo poco más de una semana; tumbado ahí, donde tú estás ahora, delirando también. Pero eso fue al principio, que se restableció pronto. Hablamos de muchas cosas; de ti, de la vida, de su pasión. Las pequeñas dosis de mandrágora que en el caldo le ponía parecían haberle dado una visión distinta de las cosas, haberlo devuelto a este lado, al mundo de los vivos. Me contó que fue él el que sembró la simiente de tu vocación religiosa, que la envidia hizo mella en él aquel día, sobre la cúpula del convento, al ver tus ojos llenos de admiración; y que, tras discernir que te estaba perdiendo y concluir que era mejor que murieras a verte alejada de sí, te empujó, la premeditación de por medio. También habló de todos los intentos que hizo por doblegarte a su voluntad, de tu sueño, del desmayo tras la caída, de su amor animal creciéndole en el pecho; y tú en medio, como principio y fin de todas las cosas. Finalmente de sus flaquezas y aprensiones.
          — Yo le conté, para que te entendiera y te respetara, recordando el discurso del Domingo de Ramos que un sacerdote hiciera en la iglesia del pueblo como preparación para la Semana Santa, algunos años atrás, que cada vida, la vida suya y la mía, y la tuya y la de todos los seres humanos es como el vuelo de un bumerán; que salimos de la mano de un Ser Superior, damos vueltas y vueltas, repetitivamente. Hacemos nuestros reconocimientos del terreno, nos angustiamos, nos alegramos, y finalmente, un día, quizás el que menos lo esperamos, la mano que nos lanzó nos vuelve a atrapar. Le dije que algunos, en ese viaje obligado, cegados por el paisaje, olvidan el sentido de la vida, confunden las cosas, y que de ese apartado él formaba parte. Otros, y le señalé claramente que entre esos estabas tú, sólo desean sentir la fuerza de la mano que les ha puesto en movimiento, volver a estar con ella, sentir su sangre caliente bajo la piel, latiendo, acariciándoles.
          — Él me contestó que todo eso sonaba muy bien. Un bonito cuento de hadas, —dijo—; pero que la realidad que sus sentidos le mostraban era algo diametralmente opuesto, que sólo un presente al lado de la amada era lo único por lo que merecía la pena afanarse.
          — El mundo es como los otros quieren que sea. Yo no pienso quedarme de brazos caídos, me opondré a todo; y si he de destruir conventos, pueblos, escuelas, el orbe entero, lo haré. Nada me parará — dijo.
          —Y que lo del bumerán, él lo convertiría en una flecha que viaja de la nada material al éxtasis del conocimiento, en un paso más de la evolución universal, en un imponer su criterio cuando menos.
          "Lamen" continuó hablando y hablando; mas sus palabras chocaron contra las paredes del granito de la habitación, rebotaron, se alargaron, perdieron significado en la deformidad de los oídos cerrados de Sor Esperanza. Ella mira un punto indeterminado de la techumbre.
          — Sus ojos van más allá; sobrepasan el camuflaje de moho y las yerbas y las malezas sobre las tejas. Su alma sube mirando arriba; ya no recuerda las nubes y la lluvia. La vista aérea del pueblo se diluye; va dejando atrás el recuerdo que sólo acierta a mantener figuras estáticas sobre los lienzos minúsculos del espacio inmóvil del pasado. Las escenas grotescas se difuminan en la niebla del olvido; su vida entera ya no es más que reflejos — gime el viento.
         — Él la recibe con una sonrisa ancha y le muestra los orificios de los clavos en las manos — declara el guijarro bajo la corriente.