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1
— Fulgencio descubrió el violeta en Esperanza
cuando sus ojos aún no distinguían más que colores
planos y el mundo era todo una masa informe de tinturas dispares —
parece decir siempre el arco iris mientras acaricia
las peñas de la cresta más baja de la sierra.
— Sí, ella fue su primer color nítido.
En tanto, el efímero abrazo de la luz y el agua. Él, ya en
aquel entonces lejano, alargó sus manos minúsculas queriendo
asir el misterio; mas ella no se movió. Fue su primer deseo incontenible;
ella siguió mirando su faz anhelante. Ella, su primer amor posesivo,
permaneciendo callada, lamentando quizás la convulsión que
el silencio hacía en su alma.
— Y él lloró y pataleó, volvió
a llorar y vino la matrona. Él continuó mirando a Esperanza,
lagrimeando y extendiendo sus brazos insignificantes hacia ella que era
sólo como un tono amatista — brama
el toro bravo.
La criada vio que se serenaba nada más tocar a la niña y
sentir su calor.
— La hoguera femenina ya en el ayer remoto, un dulzor
inenarrable, casi materno — declara el guijarro
bajo la corriente.
— El nombre de ella fue para Fulgencio la primera palabra, el primer dolor
— refería el alcalde.
— "Nanza" — dijo —; y puso unos ojos que a duras penas cabían en
sus órbitas, señalando así que para él, ella
era como una enorme tarta de cumpleaños, un dulce inexcusable
Lo pronunció por primera vez aquel día de primavera florida,
apenas cumplido el primer año y tras una mañana entera de
berrinche. El día mismo en que se escapó de la cuna; aquel
día único en que se arrastró como un cangrejo, pasó
frente a la puerta abierta de la cocina llena de sirvientes sin que nadie
lo viera, llegó a la que daba al patio, y la divisó.
— Ella tumbada en el suelo, y el perro loco comiéndosela a lametones
— cantan los gallos en la alborada.
— Fulgencio se negaba a ingerir nada hasta que ella estaba presente. No
reía más que cuando ella le hacía una gracia, no dormía
más que cuando sus manos se entrelazaban y sus alientos se fundían,
en la quietud de la noche, bajo las sábanas de la cuna — cuchichean
los sirvientes.
— Ella es como la carne de mi carne — dijo cuando supo hablar, y le preguntaron
que por qué necesitaba tanto a Esperanza.
— Como mi esposa, como mi complemento.
— Fulgencio odió siempre la escuela sólo porque Esperanza
no estaba con él. Todo él era inseguridad sin ella, tartamudeaba
y enrojecía cuando el maestro le preguntaba algo —...El Torcuato.
— Suspiraba, sí; largamente, de una forma sobrecogedora — llegó
a decir el pedagogo en la tertulia del casino.
— Todo era luego correr sobre el césped florido del mundo; las clases
atrás, como un mal sueño. Perseguirla y alcanzarla, caer
rodando y riendo, mirar el cielo azul y las nubes blancas, olvidar los
deberes, vivir en las estrellas.
— Algodones que el viento mece — afirman los contertulios.
2
— Pero él encarna ahora esa figura negra y espectral; cabalga, va
sobre ese caballo blanco que camina entre la niebla y los despojos de la
guerra. El olor de la muerte es tan poderoso que no advierte que el recuerdo
se ha ido como borrando.
Ya no lo ha de recordar nunca más con la nitidez con la que lo ha
hecho hasta ahora.
— No repara en que su alma está marchita y la senda de su existencia
se ha visto truncada por un barranco hondo.
— La sima insalvable — confiesa el recluta.
Esperanza yace desvanecida en la Plaza Mayor. El es una sombra que sólo
puede mantener en la cabeza el vacío, la sequedad del sexo violento,
el dolor. La soledad del que nada tiene le inunda el alma.
Ha perdido la esperanza de alcanzar o tan siquiera esperar acercarse al
anhelo de su vida.
— Eso sí lo sabe, sí — balan las ovejas.
— Ha extraviado el eje sobre el que gira su verdad, no le queda nada que
evocar de aquellos primeros años. El haberlo hecho tantas veces
antes de la violación ha agotado las imágenes. El fuego imposible
agoniza — proclaman las trompetas.
— La misma profanación ha sellado para siempre la puerta del pozo
oscuro que ha sido su vivir: odio — recita el poeta.
Caminan, él, y el caballo blanco que Esperanza ayudara a nacer como
una sola cosa. Parece que fueran a desfallecer en cualquier momento. Nadie
sabe si es el peso de la maldad que cuelga sobre ellos lo que hace que
se tambaleen, una mole granítica descomunal, o los muchos años
con que simulan contar sus espaldas. Caminan, sí, por las mismas
calles del pueblo por las que lo han hecho siempre, cual si fueran a la
deriva, lentos, como en un tiempo de espera; cual si flotaran varados en
la espesura del aire que parece haberse vuelto sólido.
Adela ve que pasa a su lado. Hace un esfuerzo y se levanta del suelo yerto
en el que simula la muerte. Le sujeta las riendas, le mira el rostro congestionado;
pero él sigue igual, quieto como una estatua. Adela sabe que ya
empieza a dar muestras de ancianidad; mas que aún la mente la lleva
lúcida, pese al ojo izquierdo comido por cataratas, pese a una sordera
que empieza a crear barreras de silencio e incomprensión en torno
a ella.
— Ya dije yo que mi hija iba para monja.
Nada ocurre.
— Y tú emperrado en ella.
Todo igual.
— ¿Por qué has hecho esto?
Él la mira con unos ojos enrojecidos. Baños de sangre son;
inexpresivos cual la pintura de la demencia, son. Los surcos profundos
de las lágrimas sobre las mejillas simulan cicatrices rosadas, heridas
que el tiempo ha abierto una y otra vez; dolor sobre dolor. El pelo revuelto.
Lleva el entrecejo melancólico y oscuro tras una noche de mil pesadillas.
Sus ojos ven esa figura encanecida y arrugada, su corazón siente
la presencia del final que se acerca.
— Peor es lo que has hecho que si la hubieras matado.
Nada ocurre.
— Y tú ahora vacío.
Todo igual.
— ¿Qué has conseguido con esto?
Él espolea al caballo como respuesta.
— Cae la anciana al suelo en la arrancada brusca — relatan los testigos.
— Carrera, carrera desesperada sobre la superficie de una tierra yerma
— gime el viento.
— Da la vuelta a los cien metros — proclama el abogado.
— Carrera, carrera violenta sobre un suelo irrompible cual el marfil —...el
viento, ululando.
— Se para y se queda el silencio sólo; preñez lleva de los
resoplidos del animal congestionado — susurra la noche.
— El orbe se detiene — ...el abogado, con voz cansina.
Ella se levanta de nuevo, le vuelve a mirar la cara ahora bañada
de un sudor frío... Y no ve nada.
— Sólo el desierto, sólo el fuego — comprende el jurado.
— iMi Dios, hoy, ha fallecido; aquí, entre mis manos, ha expirado.
Por entre estos brazos que estrecharon la Esperanza se ha ido desvaneciendo!
— le grita el general "Fule".
Se quedan un rato mirándose. El frío, la humedad, y la niebla,
lo llenan todo.
— Él y su caballo blanco han seguido el camino sin limites, la senda
sinuosa de la vigilia — concluye el fiscal.
3
Lo primero que sintió Sor Esperanza al despertar fue el desaliento,
la desilusión de no haber muerto, y la angustia de tener que seguir
en la espera de El Amado.
— Tú, sabes que te amo, Señor. Lo que Tú me des, bien
bueno es. Perdona este deseo ingrato de estar junto a Ti, el afán
de cruzar la frontera, de despedir esta imagen carnal de tu pertenencia.
Disculpa esta apetencia de asemejarme a Ti. Bien sé yo que la vereda
es angosta y empinada.
Vio luego que estaba tumbada sobre un montón de pajas secas, que
se encontraba al fondo de una habitación oscura y húmeda,
que la entrada era un agujero circular en medio de una de las paredes.
La luz mortecina de una tarde nublada pasaba por ella; y también,
que de un pote metálico puesto sobre una trébede oscurecida
por el humo y un fuego menguado, salía un vapor blanco, a su izquierda.
— Calor que se esparce y reconforta — comentó para sí.
El olfato precisó que lo que cocían eran verduras.
— Quizás yerbas salvajes y desconocidas.
Descubrió sobre la mesa dos cubiertos de madera completos que esperaban
sólo a los comensales para tomar protagonismo, la leña seca
apiñada a la derecha y la cecina colgando de unas cañas secas
que cubrían todo el techo y que eran sostenidas por unos ganchos
estratégicamente clavados en la pared. Olió aquel aire añejo
y recordó otra estancia similar que se perdía en los recodos
del recuerdo y del tiempo alejado de la infancia.
— Como en el doblado, la comida se orea; cual en aquel desván de
la casa de Don Agapito al que me solía llevar "Fule". Él
me trató allí como un objeto: «Conviértete en
silla, que quiero sentarme», «serás hoy el bufón
del Rey Arturo; canta pues, baila, cuéntame cuentos de antiguo»,
«hoy harás de almohada, que estoy muy cansado», me había
dicho. Luego, cuando empecé a conocer las palabras de Dios en el
silencio de la capilla, días, meses, y años después
del vuelo desde la cúpula de la nave del convento, que yo le pertenecía
en cuerpo y alma, que no quería verme más por la iglesia,
que me debía a él porque él me alimentaba y me vestía.
Finalmente, aquellos intentos de desahogo sexual, muestra incuestionable
del desvarío irrefrenable que iba poseyendo su alma. Aquellos tocamientos
impuros que siempre rechacé eran la prueba cierta del endiosamiento
de mi persona que él estaba gestando.
Intentó levantarse y no pudo, un dolor seco le tomó la zona
lumbar cual una punzada. Agudizó pues el oído; sólo
el silencio invernal, el viento flojo, el choque de las gotas de lluvia
mansa sobre las tejas de la techumbre.
— Yo te amo a Ti, Señor. Tu sabes que no puedo contestar a sus demandas
más que con silencios, que mi corazón es todo tuyo. Yo sé
que sufre por ello. La angustia que genera en él estos mis oídos
sordos sacuden su frágil voluntad; pero, que él ha puesto
en mí demasiada fe, quizás la misma que yo en Ti... Y eso
no es natural, eso es aberración pura y llana, confusión
del todo con la parte. No hay Amor en su corazón sino deseo egoísta,
capricho, pecado, comodidad, vereda ancha, vereda fácil.
Entró la anciana entonces como una mancha negra de bordes blancos
fosforescentes. La luz que había decrecido al otro lado de la circunferencia
tomó fuerza y sólo pudo ver un bulto negro con unas piernas
excesivamente delgadas bajo lo que parecía un poncho de lana. La
silueta descargó el fardo que ella había creído una
joroba de la figura y lo dejó al lado de la leña. Se acercó
al fuego, movió el contenido del pote que hervía, lo probó
tras un soplido largo, soltó un suspiro hondo, se relamió;
y se sentó mirando a la luz, ofreciéndole unas espaldas negras.
— Las estrellas en la noche alumbran nuestros pesares. Mas ese hombre que
aúlla, todo fuego, bajo el porche, porche, porche. Porche de la
iglesia, porche de la muerte, fuente obstruida, ciega carrera... ¡Quién
sabe a dónde!, ¡quién sabe a dónde! Mas ese
hombre, ¡Madre!, ese hombre, no es hombre, no; que es un trozo de
carne, sólo carne. Síííí... Síííí,
un peñasco que arde, una brasa del infierno, un conjuro, un brote
tierno de angustias, un desconsolado "te quiero". Es la tristeza perfecta,
el dolor, el llanto maternal de la tierra que gime e implora.
y 4
Ya distingue Sor Esperanza los mil pliegues cicatrizados del rostro curtido
que habla, tras diez o doce segundos en que los ojos luchan con la luz
escasa. Observa que los labios los tiene resecos y rotos por el frío,
que el pelo es largo y greñudo, de color ceniza; y que le cae hasta
los hombros. También, los ojuelos que chispean llenos de inteligencia,
las manos haciendo un frunce; tal parece que les faltara carne debajo.
El poncho no es tal, sino una manta marrón con un agujero en el
centro por el que se ha metido la cabeza, los pies van descalzos y enseñan
grandes callos negros. Huele a humo y a sudores. La anciana simula tener
miles de años.
— Sé que me escuchas y que no te puedes levantar. Estás en
mis manos, sí. Te podría mandar con tu Jesús, con
ese sueño infantil que amas. Tengo ahí, en el cajón
de la mesa, la mandrágora. Pero el hijo que viene no tiene culpa
alguna; él es la víctima inocente, o si quieres el grito
desgarrado de la naturaleza por expandirse, por encontrar una salida al
estatismo, que es la muerte, y buscar el movimiento, que es la vida. Entre
tú y él, aunque no lo parezca, hay pocas diferencias. El
amor como el odio, llevado a sus últimas consecuencias, es así
de brutal, destruye, aprisiona, esclaviza.
— ¿Quién es usted, que todo lo confunde y, sin embargo, parece
conocer toda mi existencia?
La anciana no contesta, se levanta parsimoniosamente, como si hubiera de
sostener el mundo entero y sus articulaciones desgastadas no lo fueran
a soportar. Toma uno de los platos, se acerca a la lumbre que empieza a
dar síntomas de agotamiento, remueve el guiso, suspira nuevamente
con exageración, llena el plato de madera vieja, toma una de las
cucharas; y se lo ofrece.
Sor Esperanza come sin prisa, saborea cada cucharada, siente que la vida
va de nuevo inundándole el cuerpo todo en forma de un calor tibio
que incita al sueño. Mira el hervido y a la vieja indistintamente,
retorna el hilo de la vida. |