LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Décimo
 
 

 
1 


          Es hora de migraciones. La situación ha ido a peor, campea el terror por las tierras silenciosas. Torcuato ha tenido que emplearse a fondo para desviar de la senda de la casa de "Lamen" a los grupos de soldados que cumplen con la orden de limpiar el país de guerrilleros. 
          — "Las hordas rojas", feo nombre para uniformes azules — comenta el recluta que llora. 
          — Torcuato se ha enfrentado ya con los nacionalistas que escapan del ejército regular, ha machacado a esos personajes singulares que florecen en ese tiempo muerto de orden que plantean las guerras, a esa gente perdida y harapienta que marchan en grupos de tres o cuatro y que no conocen otra ley que la de "lo que me encuentre es mío". 
          — No hay descanso en la tarea de la supervivencia — relatan los testigos. 
          — Es un trabajo en el que el espíritu se va endureciendo y deformando, una sensación de espera tensa de la que no se ve el fin, sin nada ni nadie en lo que confiar más que en las fuerzas propias. 
          — La muerte violenta de seres indefensos es el pan de cada día — recita el poeta.  
          — El único mensaje posible de lo humano en un tiempo de confusión — parece corroborar el gemido del lobo. 
          — Así lo ve Adela en sus premoniciones constantes, esas visiones de gritos y carreras que la mortifican continuamente. El fuego y la sangre que encharca los campos le recorren el cerebro una y mil veces; teme que sólo sean repeticiones de un recuerdo impreso a golpes de maza, pero ella sabe que no son evocaciones reiterativas. 
          — Todo lo que está recibiendo ocurre — proclaman las trompetas. 
          — Es real como la vida misma que las gentes indefensas son víctimas de la locura del odio; llora Adela desconsoladamente. Con rabia contenida e impotencia lo hace; llora la pérdida de aquella paz injusta que daba Don Agapito, añora aquellas desigualdades y aquella contención en aras de la vida — recita el poeta. 
          — Y también aquellas fronteras desiguales de la libertad — dice Adela. 
          — Llora por la eliminación que los hombres han hecho en el alma de la comprensión y la voluntad de entendimiento. 
          — El deseo del bien ha muerto — declara el guijarro bajo la corriente.  



2


          José Vital empieza a desentumecer los músculos, camina por entre la niebla permanente que cubre la pequeña meseta en donde se esconde, va hacia "La silla del Moro", sube y examina la tumba de "Lamen". 
          — Desde la cúspide ve que un mar blanco se extiende a sus pies por el Este y que el vacío limpio llena el resto de los cardinales — comenta el ciempiés. 
          El cielo gris llora mansamente. 
          — Reza — dicen los sacerdotes y creyentes. 
          Sopla como siempre el viento helado; mas no trae el aroma del tomillo y el romero. 
          — Llega el olor putrefacto de la tierra calcinada sobre la que el cielo orina un líquido que abrillanta las cenizas negras; lustres de plata mate tienen los huesos de los árboles y las jaras que se han quedado desnudos tras la ignición de sus ramas — susurra el viento. 
          La morera es ahora un tronco con sus brazos clamando a lo alto desde su proximidad a los abrevaderos, los canchos de mármol pobre surgen del suelo abrasado como espadas enhiestas que amenazan a un enemigo invisible; no se oye esquila alguna. Tiene a su derecha un amasijo de escombros en el que apenas se distinguen las calles. Del pueblo, sólo la "media naranja" del convento. 
          — Se sostiene, se burla de la traición de los hombres, en medio de un paisaje devastado — relatan los testigos. 
          Los caminos, los surcos y las cercas se han borrado; los pastos han sido sustituidos por la tierra roja y yerma. 
          — Esto somos, un huracán descontrolado; en esto convertimos todo lo que tocamos, esta muerte que nos rodea, este mundo vacío. 
          Llora también Vital Humanes unas lágrimas gruesas que le resbalan mejillas abajo y que se funden en su camisa con la llovizna persistente, en silencio, con rabia.


3 


          Sor Esperanza no salió de la casa de la anciana "Lamen", persistió en su encierro de oración, en la separación voluntaria de los afanes e ínfulas de los hombres. Se aferró a sus rezos por el perdido mundo, intentó ensanchar lo más posible su vínculo con El Esposo. 
          — El estar cada día más cerca de la esencia santa de Él es la meta. Perseguir esa presencia tierna que me mantiene la esperanza, llenarme lo más posible de ese cálido aliento del Amor que crea y no destruye, recibir al que se me ofrece generoso, olvidarme de mí misma y fundirme en la felicidad de los otros. 
          — Y no es esconderse lo que hace — relatan los testigos. 
          — Mi hermano José Vital piensa que es eso. 
          — No, sino que participa de lleno en la escena sangrienta de la realidad hedionda — confirma El Torcuato; ahora, mucho tiempo después. 
          — Mas su grano de arena no es de este mundo, su aportación llega desde el espíritu. Son sus peticiones de piedad las que parece ser que paran la mano del Dios Justiciero que desea borrar de la faz de la tierra al único ser vivo que lleva su aliento y lo rechaza; sus ruegos se unen a los de las otras miles de almas limpias que también lo hacen — dicen las voces. 
          — Son la sal de la tierra, los que mantienen la ilusión de una redención del género humano y retrasan una vez más el juego amargo del siete. 
          — Otra oportunidad injusta para el arrepentimiento y la conversión. 
          — La ruptura de los siete sellos no llega. 
          — Las siete trompetas no suenan. 
          — Las siete señales se tardan. 
          — Las siete copas permanecen aún vacías. 
          — La lucha entre Cristo y el Demonio se dilata. 



4


          — Finalmente el Juicio Final, la Jerusalén Celeste y la gloria de los santos en el cielo que se mantienen en lontananza. 
          — Son ellas, las monjas, los frailes, las almas consagradas; ellas sedan el dolor intenso que esas atrocidades sin nombre que se inventan los hombres producen en el cuerpo del Cristo Vivo. Son la esperanza encendida que gime y suplica por los que diariamente nos equivocamos y no queremos dejar de hacerlo — claman las voces. 
          — ¿Quién piensa que no somos libres? — preguntó Sor Esperanza. 
          — Ésta es la Sor Esperanza que reza, medita, vuelve a rezar; la que repite mentalmente las lecturas y lleva ya cinco horas de rodillas, los brazos en cruz, los ojos cerrados, la que no siente ya el dolor físico en las articulaciones inferiores, la que se sabe aún sobre las losas frías que cubren el suelo, la que siente que ha desaparecido el apremio con que los músculos de los brazos le solicitan un descanso, la que olvida ahora su cabeza, la que está en ese habitáculo oscuro, cerca de la puerta de la izquierda, junto a El Amado. 
          — Sólo el fuego de dentro, ese Amor mayúsculo con que es atravesada — recita el poeta. 



5 


          Ella no lo supo, pero flotaba en el aire a una cuarta del suelo. 
          Adela lo veía y no lo creía. Se quedó quieta, paralizada en el asombro; su hija pesando menos que una pluma y despidiendo una luz propia y un aroma de jazmines y rosas abiertas. Sus premoniciones haciéndose realidades. Lloró de nuevo mansamente. Una dulzura serena la inunda y la convence de la realidad de un Dios al que jamás ha osado pedirle nada; nota la presencia de un Jesús próximo, llora y ríe, ríe y llora: Un juego de histerismo y distensión.



6 


          Ni Torcuato ni José atienden a lo que Adela les cuenta; oyen sus palabras, pero la tarea de buscar una salida a la situación insostenible les ocupa por completo. Les intranquiliza la persistente aparición de gente en los alrededores buscando como ellos algo a lo que asirse. 
          — ¡ Déjate de pamplinas, madre, que ahora estamos ocupados! La gente no vuela, bien lo habías de saber. 
          — No me queréis escuchar pero es cierto; tu hermana ha levitado. Y del interior de su cuerpo salía una luz brillante y un aroma como nunca he olido. 
          — ¿Es verdad eso, Esperanza? 
          — No sé José, yo he estado todo el tiempo rezando con Él; nada de este lado me es conocido. 
          — Ves madre, ella sólo rezaba. No volaba. 
          Ellos siguieron con sus planes; mientras, madre e hija cuchichearon. Y la tierra se estremeció. 
          — Le he escuchado a Él, madre, hablándome con una dulzura especial, con un amor dolorido; me ha anunciado el triste peregrinaje que nos prepara, he visto las lágrimas en sus ojos, me ha preguntado si le amaba aun sabiendo que me haría de sufrir. Yo le he respondido que el cuerpo no me importaba, que sólo mi alma en su camino de semejanza era lo sustancial y que con Él no corría peligro alguno; que si habían de crucificarme que lo hicieran, que mi ejemplo de igualdad con Él sirviera de acicate a otros, que se cumplieran en mí las bienaventuranzas. Luego me ha llevado a un monte elevado y apartado, un lugar en donde se estaba muy a gusto. Yo recordé entonces que Pedro había dicho: "Maestro, aquí se está bien. Haremos tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Se formó igualmente una nube que lo cubrió todo. Entonces supe ciertamente, con los cinco sentidos, lo que mi alma ha creído siempre, que Él ya había resucitado y que la nuestra en Él está ganada. En Él, madre. En Él, sólo en Él. 



y 7 


          Fuera cae la noche lentamente, como sin fuerzas. Es una noche oscura, un manto de protección para los caminantes. 
          — Iremos hacia Plasencia, que cuentan que es ciudad neutral y la guerra no la ha tocado; allí recuperaremos la ilusión de la paz. Seguiremos el curso del río... Sí, claro que sé que es arriesgado y tortuoso, un camino cuajado de sorpresas; pero no más que cualquier otra vía. En caso de incidentes nos protegerá con sus cañaverales y sus aguas... Hacia el Este, hacia la claridad... Caminaremos en la oscuridad de la noche y hasta que se disipen las nieblas... En principio, yo iré delante, abriendo camino; tu hermana detrás de mí, y Adela cerrando la columna de marcha... José, tú, en la avanzada o en la retaguardia, a tu gusto, siendo nuestros ojos y oídos, evitando los encuentros no deseados; cuando te canses yo te relevaré. 
          Son la diez de la noche, de aquella primera noche de camino. Hace frío. El cielo está cubierto con unas nubes densas que hacen una oscuridad impenetrable. Ni el perfil de la cresta de la sierra se distingue siquiera pese a estar al alcance de la mano. 
          — Tenían todo el equipaje preparado — relata el romance. 
          La mula muestra en el anca derecha el hierro de Don Agapito; un animal viejo y delgado, dócil en la inapetencia. Las alforjas están repletas de viandas robadas. Iba también la escopeta de Torcuato y los cien cartuchos de la bandolera; y el máuser de José y sus tres cajas de munición; y los chubasqueros que los muertos llevaban en sus mochilas de combate; y dinero de uno y otro bando. Cenan pan de centeno y morcilla seca de cebollas; en silencio, en medio de la quietud tensa que produce el viento dormido, inmersos cada uno en sus pensamientos. 
          — Todos sintieron como que algo nuevo estaba por venir, que alguna puerta inesperada iba a abrirse — gime el viento. 
          — Es como si la vasija de la maldad ya se hubiera llenado y los límites del bien impidieran su devastadora progresión — intenta explicar el abogado. 
          — Algo, quizás sólo el deseo de lo estable o la ilusión de la ruptura con la monotonía es lo que flota en el aire; también el miedo aflora y pone trabas a esta intención de futuro que les lleva al movimiento — comentan las voces, pero en sordina, suavemente. 
          Adela temió tropezar en la oscuridad de la noche. José Vital, que le fallaran las escasas fuerzas con que cree que cuenta y no sepa reaccionar ante un imprevisto. Sólo Torcuato y Sor Esperanza permanecen distendidos. El uno agazapado en su simplicidad, la otra cada vez más dentro de su mundo interior. 
          — Es la hora. 
          — Adela y Sor Esperanza caminan lentamente al principio, tantean el suelo con los pies, buscan el escalón imprevisto, retienen la marcha; apenas si ven a quien llevan delante, sólo un bulto negro sobre el negro del aire — comenta el viento. 
          Se juntan, un metro escaso entre ellos. Sor Esperanza siente que la vereda es ancha y con arena, e imagina los bordes de la misma en la negrura más oscura que tiene a ambos lados. Oye las herraduras de la mula golpeando el suelo muy próximas, al lado mismo de su corazón, como si el animal estuviera sobre ella misma y pudiera pisarla. Poco a poco se acostumbra a medir las distancias por el sonido. Podría cerrar incluso los ojos y seguir caminando. Nota que su madre se queda atrás, camina más despacio. 
          — ¿Qué pasa que vais tan lentas? 
          — Que madre se retrasa, no ve nada, y como no oye, pues le resulta muy difícil; además los años no pasan en balde, se cansa. 
          — Difícil, todo va a ser más complicado, casi imposible; estamos a merced de las alimañas — piensan Torcuato y José. 
          — El camino sin retorno ha empezado; mas eso sólo lo sabe Dios y Olvido que los miran con ojos tiernos, desde ese mundo oculto en que viven los muertos y los recuerdos — rematan las otras voces que van apagándose poco a poco, lentamente, haciéndose casi un susurro, obligándome a omitir sus nombres, forzándome al puzzle que ni siquiera intento.


 

FIN