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1
Esperanza vino al mundo con la primera entonación de maitines de
las monjas.
Lo hizo en el número siete declara el guijarro bajo la corriente.
El evento tuvo lugar en la cueva que había excavado el lego Raimundo
Gómez Mateo hace más de cinco siglos, aquel hombre despistado
en el decir de Las Crónicas. Cuentan que los profesos marchaban
muy de mañana a los pueblos adyacentes, y que todo el día
se les iba en mendigar la comida. Escribe el amanuense en el libro de papel
de estraza con tapas de piel de cabrito que Raimundo salió pero
no volvió.
Hubo con toda seguridad de entretenerse en la cura de algún animalucho
malherido del campo; luego, todos sabemos de sus ineptitudes como peregrino,
perdió norte y no supo volver leyó el Abad Arana setenta
y cinco años después.
Anduvo pues por ende hasta caer desfallecido y terminó levantando
el monasterio en las estivaciones de la sierra, las ilusiones y los recuerdos
como móvil primero de la gesta.
El pueblo creció con la obra sacra como una mala simiente.
2
Sí que nació nuestra Esperanza en la calle nominada entonces
del Abad de Arana y hoy de Cuchilleros, la que corre paralela a la vereda
a la que se asomaba y se asoma la fachada principal del convento, cuatro
metros más abajo, camino ya de la planicie proclama el abogado.
Lo hizo en un día de Navidad templado, como de primavera, sin
viento ni nublados.
Su madre recordó siempre que aquella fecha y aquellas circunstancias
fueron como una señal de predestinación celeste. Adela sintió
en la vejez que se le trastornaba el seso por la pérdida de memoria
y el crecimiento desmesurado de una fantasía trocada en paranoia
por el tiempo. La longevidad infinita que Dios quiso darle la utilizó
para reiterar hasta la locura que su hija iba a ser monja; una y otra vez,
incesantemente, que no en vano su alumbramiento había sido simultáneo
con el comienzo de los salmos de alabanza y peticiones al Dios de todos
los cielos por parte de las religiosas. Repetía a las esquinas de
las edificaciones que la alborada se presentó cálida como
una caricia con guante de terciopelo blanco, y que algo raro flotaba en
la atmósfera.
Un algo así como un ahogo o un aliento contenido dijo más
de una vez.
Le hablaba también a los agujeros de las paredes de las casas y
a las lagartijas que en ellos habitaban. Las puertas y las ventanas destartaladas
de las viviendas, que se caían de puro viejas, escucharon impertérritas
sus confidencias. Todo lo que su muy enferma imaginación señalaba
como con oídos tuvo que soportar sus peroratas.
Lo que acaeció con la arribada de Esperanza al mundo, lo sentí
yo como referencia inequívoca del destino de desarraigo que habría
de llevar la criatura. El disgusto de su padre Marcelino al saber que era
niña, primero: «Una boca más que alimentar y un brazo
menos para el campo», dijo; la hinchazón desmedida con que
germinó la desventurada, segundo, que hizo que mi "Jose" exclamara
que aquello no era una hermana sino un sapo, y que le llevó a salir
corriendo en busca de un escondite donde ocultar sus lágrimas. El
derrumbe de la torre de la iglesia, como remate; que se cayó de
puro avejentada y que le costó la vida a "El Buscaliebres", el pobre
arriero del pueblo. Noches de quebranto para la mujer, dos hijos, viuda
y huérfanos, que dejó a la intemperie y al lado de la laguna
explicaba a Don Macario, el cura.
3
Esperanza dejó de llorar definitivamente una noche de verano, apenas
cruzado el meridiano de los tres años. Nunca jamás después
derramó lágrima alguna. Refieren los que la conocieron que
no la vieron ni siquiera sollozar, que aquella misma noche plegó
los labios y se levantó del montón de pajas mustias que era
su lecho, que caminó hasta el hueco de la puerta, que apartó
la manta que lo cubría, y que se sentó en el suelo a jugar
con la tierra.
Aquel cielo negro de puntos blancos y aquella cara redonda y pálida
la miraban desde lo alto. El croar lejano y apagado de las ranas subía
como un cantar desde la laguna. La cháchara de los grillos y las
cigarras, en lo agreste de la sierra, parecía al alcance mismo de
la mano, lo mismo que el silbo monótono del viento sobre la mudez
del erial.
4
Su madre se despertó extrañada de aquel silencio y de la
ausencia de aquel quejido lastimero de cada noche. Adela abrió los
ojos y experimentó la angustia de quien descubre que de pronto le
falta el aire, saltó de la cama y encendió el candil, ojeó
la habitación. Al no verla en su lecho dijo:
Me la han secuestrado.
Salió a la calle e inmediatamente la reconoció. Relató
años después que tenía la boca manchada de tierra.
Y el pelo, y las ropas; era más un animal salvaje que una niña.
Y seguidamente el adagio.
Éramos pocos y parió la abuela.
Le dio unos azotes; ella guardó silencio. La desnudó y la
sumergió en el agua fría de la pila. Le restregó todo
el cuerpo con un estropajo de cuerdas; ella ni se inmutó. La volvió
a meter en la cama; ella se puso a jugar con sus dedos diminutos y a sonreír.
El canto del convento se posó sobre el pueblo en ese mismo instante.
Las bestias resoplaron en las caballerizas y los gallos cantaron. Los hombres
del campo abrieron los ojos y se desperezaron, se pusieron sus camisas
blancas de lino y sus pantalones de pana, las sandalias de cuero en los
pies y el sombrero de paja sobre la cabeza; cortaron seguidamente la cecina
y la hogaza de pan, llenaron las botijas, subieron las alforjas a los asnos,
salieron a la calle y vieron al astro rey que ya iba pintando el cielo
de rojo y tiñendo la bóveda celeste de azul.
Normalidad gritan las ramas de las encinas.
Doña Fernanda incluso dejó para el día siguiente el
alumbramiento de Fulgencio; iba a ser "Fule" para los amigos. Todos creyeron
que lo hizo con intención y alevosía.
Para arropar el hecho excepcional acaecido con la mediocridad de lo habitual.
Otros dijeron que todo era cosa del destino caprichoso que jugaba a disimular
los verdaderos motores de la existencia humana. Don Agapito mismo jamás
supo nada de esto. La ilusión del heredero que le iba a nacer de
Fernanda lo poseía. Siguió pues navegando en su sueño
de hidalgo, se esforzó una vez más en olvidar la profesión
de mujer oscura de la que había vivido su madre y la posterior huida
de la gran ciudad con la faltriquera repleta de dinero sucio.
5
Marcelino se lavó las manos y los pies a la vuelta del trabajo.
Era ya de noche otra vez; mas no quiso saber nada del suceso extraordinario
que en su morada había acaecido.
Aquella ausencia de lágrimas en la niña.
No prestó oídos a lo que Adela le contaba, no quiso saber
nada; olvidó toda aquella clara premonición que anunciaba
que su hija iba a ser santa. Venía con la fatiga metida en el cuerpo
y la afrenta en el corazón, con el alma carcomida por la ira que
la injusticia social siembra en los corazones.
Tanto para tan pocos y apenas nada para casi todos recuerda el viento
que dijo.
Aquella vieja herida de impotencia ante la servidumbre ciega se le había
abierto de nuevo. Nada le laxaba la tensión emocional. El trato
de favor que los otros le dispensaban por ser el hijo del capataz de Don
Agapito le alteraba los nervios más todavía; y refería
con voz cansina que se habían matado no menos de una docena de corderos.
Como preparación del festejo gastronómico que se va a efectuar
por el nacimiento del primer hijo del ilustre patrón, dos terneras
lechales y cuatro cabras. Se ha abierto un tonel de vino añejo.
"De no se sabe cuantos años", dice El Torcuato. Se han hecho los
dulces de las mil y una noches. El aguardiente de Cazalla de la Sierra
ha corrido ya cual regato desbordado. Más de uno anda que no se
tiene en pie. Han salido mensajeros con misivas a todos los pueblos cercanos.
El cura del pueblo ha hecho plegarias y jaculatorias. El maestro ha ofrecido
la escuela como salón para el banquete. El alcalde se ha puesto
a disposición de El Señor para lo que haga falta; y nosotros,
ya ves, en esta pocilga.
Adela pasó su mano amable por los hombros del esposo después
de llenar el estómago con las sopas de tomate de la cena y tras
el acomodo en aquel poyete que ellos llamaban "la burra" y que él
mismo colocó a la entrada del domicilio como huella de una paternidad
nueva en el pueblo. Le acarició la nuca con ternura, le dio un casto
beso en la mejilla; y le repitió que lo amaba con una voz nueva.
Él permaneció en silencio. Se le notaban el esfuerzo considerable
que hacía por retener las lágrimas de impotencia que le cosechaban
las desafinadas melodías de los músicos, la verbena que poblaba
la plaza del pueblo, el bullicio y la charanga que se vestían de
sordina, allá, en aquel lugar.
La lejanía como una daga más proclaman las trompetas.
Él no dijo nada, mas se le metió en el cuerpo la simiente
de la muerte a cuchillo y le creció vertiginosamente por todas y
cada una de las células de su cuerpo derrotado. El vampiro invisible
que algunos llaman ira lo apuñaló aquella noche y le substrajo
la sustancia de la vida. Arrugas prematuras de centenario crecieron en
su rostro. En las cristalinas aguas de la pila en la que se lavó
se las vio al día siguiente. Una especie de asfixia lo mantuvo en
duermevela toda la noche y le hizo levantarse dos veces a orinar. Soñó
entre despertar y despertar con revueltas sociales y sangre, con la alegría
de la liberación y el desconsuelo de las defunciones de parientes
y amigos. Se alternaron en la vigilia y el sueño el caos demoledor
y la ilusión contenida.
6
Esperanza no entendió nada hasta mucho tiempo después.
Ya que lo preguntas te lo diré. Tu padre, despechado por el infortunio
de su existencia, una vida que él estimaba insoportable, en un día
que había de ser de regocijos y se mudó en de disgustos,
el día mismo en que nació "Pule", se fue con unos amigos
a beber y a jugar a ser infelices satisfechos, y finalmente a un lugar
llamado muerte, a un lugar del que no se vuelve jamás le relató
su madre Adela.
Esperanza no comprendió pues lo que pasaba el día en que
trajeron a su padre acuchillado. Aquella mugrienta litera de campaña
no hablaba. La sangre que empapaba todas sus ropas tampoco le declararon
la tragedia. Ella se limitó a sentarse en la sillita de madera pintada
de azul que situaron a la entrada de la gruta y que el abuelo Marcelo le
había regalado algunos meses atrás. Puso cara de enfado,
eso sí. Tomó la misma actitud que creyó ver en el
rostro de su madre. Estuvo jugueteando con los encajes del vestido blanco,
se quitó la goma demasiado apretada que diseñaba la cola
de caballo de su cabellera; e hizo rabietas a una hormiga no dejándola
ir a donde su instinto la guiaba. Pero no lloró, ni gritó,
ni se mesó los cabellos como hizo Adela, ni gimoteó; sólo
acentuó más su faz de enojo y no comió nada en todo
el día. Pero sí se sintió un poco abandonada entre
el ir y venir de tanta gente.
Una especie de tristeza opresiva le chamuscó el alma.
Siempre se sintió así en los momentos de dificultad, cual
una amapola huérfana y abandonada en medio de un trigal, o un remanso
de paz en medio de una guerra. Y nunca hizo otra cosa que meterse muy dentro
de sí misma, nunca nada distinto a trocar su cuerpo en un habitáculo
oscuro y cálido.
Una sensación de apacible sosiego impermeable c anta la sangre
que se derrama.
Todo el bullicio que ocurriera al otro lado de los orificios de luz que
eran sus ojos no la alcanzaba. El mundo podía seguir su curso; permanecería
tranquila fuera cual fuera el cariz de los acontecimientos. El exterior
podía desintegrarse; ella continuaría apartada e indemne
en aquel furtivo escondite de aparente indiferencia.
y 7
Esto mismo hizo Esperanza el día en que su madre fue recibida como
cocinera en casa de Don Agapito. El abuelo Marcelo la recomendó.
Estuvo unos días a prueba como externa y tras ellos pasó
al internado. Esperanza se sentó en una de las sillas que había
en el cuarto y estuvo todo el día inmóvil.
Esperaba que mamá volviera y la llevara a casa.
Adela vino a verla a las cuatro de la tarde y le trajo un poco de pan,
le dio un beso, y le dijo:
No te preocupes, que todo irá mejor. Sal a jugar al patio.
Ella vio la cama de matrimonio en madera castellana con colchón
de lana, el armario, la mesa y las paredes desconchadas; y fuera, el pozo
con su brocal y su cigoñal, el suelo empedrado, las gallinas picoteando
los desperdicios del almuerzo, el portón enorme de entrada a las
caballerizas. Olió el tufo a estiércol y a paja. Le impresionó
sobremanera aquel animal enfurecido que nada más verla en el quicio
de la puerta empezó a bramar y a echar espuma por la boca, y aquella
gruesa cadena que lo retenía; mas no se inmutó porque supo
desde el primer momento que el pastor alemán no quería hacerle
daño alguno, que lo único que trataba de comunicarle era
que se fuera.
Tú no pintas nada en esta casona de hacendados, estorbas, no persistas
en quedarte que te puede pasar lo que a mí, que te aten a una cadena
para siempre y te siembren la desconfianza y la rabia en el alma, esta
acidez que me mata ladró el perro.
Tuvo pena de su ira contenida y se le acercó. Le acarició
las orejas, el lomo, la cola. Le sonrió. Él le lamió
las manos y la quiso como a una novia.
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