Como el chico era El Venero Grande. La ubicación, el paisaje abierto
y el vendaval perpetuo que peinaba la tierra eran los elementos diferenciadores.
No estaba éste en una vaguada hedionda, recogido de las vistas por
su proximidad al acantilado, sino en una pequeña meseta ligeramente
inclinada hacia el Oeste, sumándose al desnivel de Sierracamello.
El mundo se abría en múltiples postales de lejanía.
Y el viento. Un viento helado que soplaba con fuerza y eliminaba los calores
y los malos olores. Había también un grifo por encima del
primer pilón, y un suelo con hierbas delicadas que vestían
a la tierra con una capa verde, cual el césped de los campos de
fútbol; pero sólo hacia abajo, más allá de
donde se vertían las aguas que rebosaban. Las vacas pastaban en
los alrededores y les miraban con ojos inquietos. Pedro tuvo miedo.
«Tiojacobo»,
¿no será peligroso?
¿El
qué?
Las vacas.
No. Al principio
te miran mucho. Te huelen. Luego, cuando se cercioran de que no vas contra
ellas, cuando ven que vienes sólo a beber, se olvidan.
¡Es
que miran con unos ojos!
Sí.
Con ojos de fiera. Lo que son. No olvides que son bravas.
¿Y
si nos atacan?
No te preocupes.
Si alguna se acerca demasiado; despacio, como quien no quiere la cosa,
disimulando, te subes a ese árbol dijo «Tiojacobo»
señalando una morera que perdía las hojas de puro vieja,
a unos quince metros.
Y, ¿cómo?
dijo Pedro preocupado... Porque las primeras ramas están muy altas.
No te preocupes,
que yo te llevaré y te ayudaré.
¿Y
tú?
Bueno, yo
ya sabré salir al paso.
Renovaron el
agua de la botella nuevamente. Pedro vigilaba el ganado. Estaba nervioso.
Le castañeaban los dientes por el frío que el viento arrastraba
y el miedo. Tenía la cara lívida, los labios ligeramente
morados.
Toma, ponte
esto dijo «Tiojacobo» dándole un jersey de lana marrón
que sacó de la mochila, que puedes coger una pulmonía.
Y a renglón
seguido:
Ven, vamos
a resguardarnos bajo esas piedras.
El abrigo era
una pared natural de apenas un metro de altura: una elevación minúscula
del terreno que corría paralela a la morera y de apenas tres metros
de longitud, con unos canchos negruzcos que la apuntalaban. Se pusieron
en cuclillas primero, luego se sentaron. Pedro notó de pronto el
calor del sol metiéndosele muy dentro, reactivándole la circulación
sanguínea y deteniendo sus escalofríos; también el
viento ulular por encima de su cabeza.
¡Qué
cambios de temperatura tan bruscos! dijo.
Sí.
Y es sólo en esta zona. Aquí siempre sopla el viento. En
verano viene bien, que te refresca; pero en invierno es como un cuchillo.
Mas sólo es aquí y en la cúspide de los riscos, en
la de El Grande y en la de El Chico dijo «Tiojacobo» señalando
a cada una de las jorobas de la sierra . Es la maldición de Sierracamello,
como si alguien abriera una puerta por la que se colara el frío
de los polos.
Estuvieron
un rato así: en silencio, tomando fuerzas. Pedro temiendo que más
arriba se presentara nuevamente el frío y «Tiojacobo»
recordando las cosas que su padre le había referido de aquel lugar.
Cuenta mi
padre, Pedro, que por San Blas se juntaban en este lugar las juventudes
de los dos pueblos: las de Santa Cruz de la Sierra y las de El Puerto de
Santa Cruz. Que una vez reunida aquí toda la mocedad, se organizaba
una carrera. Había que recoger de El Risco Chico y El Risco Grande
unas pieles de cordero, ocultas previamente entre la maleza por el jurado,
y antes de que todos llegaran a la cúspide más alta, descifrar
el acertijo que en las mismas y con la misma sangre del cordero se había
escrito. El pueblo que conseguía tal propósito era declarado
huesped del otro por tres días. Setenta y dos horas de baile, comida
y bebida gratis. Gratis para el ganador, claro, que para el perdedor era
todo un quebranto económico.
¿Y
dónde está ese pueblo, «Tiojacobo»?
¿El
Puerto de Santa Cruz?
Sí.
Está
un poco más al sur, casi al otro lado de Sierra-Camello, en donde
la planicie se hace ya dueña del mundo.
¿Y
qué más tío?
Pues que
los de El Puerto eran unos tramposos e ineptos. Y que cuando perdían,
que era casi siempre, montaban unas broncas sonadas: peleas entre los hombres
borrachos que terminaban las más de las veces con una navaja y algún
herido grave, con la Guardia Civil disolviendo la fiesta a punta de pistola.
Mi madre dice que ella se llevaba siempre un alfiler largo con cabeza negra
y que cuando empezaba el baile y alguna de las de El Puerto se arrimaba
demasiado, pues que pinchaba y escondía la mano, que más
de una se llevaba las nalgas ensangrentadas.
Pero entonces,
¿los de tu pueblo tampoco se quedaban parados?
No, claro.
Era como una enfermedad, como una locura, lo que les poseía.
¡Qué
salvajes!
Pues sí;
que tenían y siguen teniendo una visión rara de la diversión.
¿Aún
se producen esas peleas, tío, y ese concurso por San Blas?
No. Ya no.
La emigración masiva que han sufrido ambos pueblos ha acabado con
la tradición. Pero aún hoy, cuando alguien de uno de ellos
va al otro, lo hace temeroso. No se fían los unos de los otros.
La verdad es que nunca se han llevado bien. Siempre ha habido rencillas
y tiranteces. Y aunque ya nadie lo recuerde, todo fue a causa de la muerte
de un santacruceño ahí, bajo la morera, ante los ojos aterrados
de todos, a manos de uno de El Puerto, antes de que este viento inoportuno
comenzara a soplar y Olvido pronunciara el conjuro.
.
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO», silabeó
la voz interior con violencia, como un huracán demoledor, con un
tono de misterio inconfundible...
.
Pedro ni parpadeaba. Los ojos se negaban a perder el mínimo gesto
del rostro de «Tiojacobo». Los oídos, a no dejar escapar
palabra alguna, aquella dicción triste y melancólica. Las
manos, debajo del jersey, empezando a sudar.
¿Quién
era Olvido, tío?
Dicen que
era una bruja. Ten en cuenta que todo esto que te cuento ocurrió
en el devenir de mil quinientos y pico. Mucho antes de esas anécdotas
que han vivido mis padres. En esa Edad Perdida en que la magia, lo sobrenatural
y lo real eran todo una misma cosa. En ese mundo que hoy se nos antoja
de ficción.
¿Que
quién era Olvido, tío? dijo Pedro con voz de fastidio .
Que te lías a meter paja y te pierdes.
¡Si
ya te lo he dicho, Pedro! replicó «Tiojacobo» con
voz histérica . Era una hechicera, una maga. Algo así. Yo
qué sé. Lo que parece que está claro es que el viento
sopla ininterrumpidamente desde que ella hizo el hechizo, que antes no
ocurría este hecho inusual, tanto frío en sólo esos
tres sitios que te he dicho.
¿Y
cómo sabes tú esto si dices que nadie recuerda el caso?
Por pura
casualidad, Pedro. Hace unos años, en unos días de descanso
como los que ahora disfrutamos, me acerqué al Ayuntamiento a ver
si me dejaban hojear los registros natalicios. Quería saber hasta
dónde se remontaba en el pasado mi apellido; los orígenes
si era posible. Me dijeron que no podían decirme nada. Todo lo más
que lo buscara yo en el viejo sótano.
«Tiojacobo»
encendió un cigarrillo.
Me bajaron
a una habitación subterranea oscura y húmeda. Una bombilla
chiquita iluminaba todo con una luz enfermiza. Había unas estanterías
de ladrillos que sobresalían de la pared y en las que montones de
cartapacios repletos de papeles amarillos dormían el sueño
de los siglos; una mesa de madera podrida en el centro de la estancia,
bajo la luz; mucho polvo y muchas telarañas. Allí descubrí
un manuscrito antiguo que contaba lo que yo te digo: el asesinato y lo
de la invocación satánica de Olvido, lo del viento y otras
cosas.
¿Qué
cosas, tío?
Pues todo
eso. Los antecedentes de la bruja, sus poderes...
¿Y
qué?
No sé
qué quieres decir.
¿¡Que
qué más «Tiojacobo»!? dijo Pedro irritado .
Que siempre me dejas a medias, con la miel en los labios.
Pues nada
más que lo que te he contado. Que Olvido hizo un conjuro y que en
consecuencia el viento apareció de pronto. Un huracán que
tumbó a todos en el suelo. Una tempestad de nieve que vistió
de blanco toda la sierra.
¡Otra
vez lo increíble tío! dijo Pedro con voz resignada.
Esta vez
estoy contigo. Nunca he visto nieve en la sierra. Me parece a mí
también que la historia del pergamino es un poco fantasiosa.
Y a mí
que te inventas tú demasiadas historias inverosímiles.
La mitología
es así. Eso lo deberías de saber dijo «Tiojacobo»
serio.
Sí,
pero lo que cuentas es «demasié».
Puede ser.
Pero el viento está. Y sigue soplando. En invierno y en verano.
Siempre. Eternamente. Y eso también es imposible e inexplicable.
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