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TERCERA  PARTE
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LA MIEL EN LOS LABIOS
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9
LA EXPLANADA DE LOS VIENTOS
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     Como el chico era El Venero Grande. La ubicación, el paisaje abierto y el vendaval perpetuo que peinaba la tierra eran los elementos diferenciadores. No estaba éste en una vaguada hedionda, recogido de las vistas por su proximidad al acantilado, sino en una pequeña meseta ligeramente inclinada hacia el Oeste, sumándose al desnivel de Sierracamello. El mundo se abría en múltiples postales de lejanía. Y el viento. Un viento helado que soplaba con fuerza y eliminaba los calores y los malos olores. Había también un grifo por encima del primer pilón, y un suelo con hierbas delicadas que vestían a la tierra con una capa verde, cual el césped de los campos de fútbol; pero sólo hacia abajo, más allá de donde se vertían las aguas que rebosaban. Las vacas pastaban en los alrededores y les miraban con ojos inquietos. Pedro tuvo miedo. 
     — «Tiojacobo», ¿no será peligroso? 
     — ¿El qué? 
     — Las vacas. 
     — No. Al principio te miran mucho. Te huelen. Luego, cuando se cercioran de que no vas contra ellas, cuando ven que vienes sólo a beber, se olvidan. 
     — ¡Es que miran con unos ojos! 
     — Sí. Con ojos de fiera. Lo que son. No olvides que son bravas. 
     — ¿Y si nos atacan? 
     — No te preocupes. Si alguna se acerca demasiado; despacio, como quien no quiere la cosa, disimulando, te subes a ese árbol — dijo «Tiojacobo» señalando una morera que perdía las hojas de puro vieja, a unos quince metros. 
     — Y, ¿cómo? —dijo Pedro preocupado—... Porque las primeras ramas están muy altas. 
     — No te preocupes, que yo te llevaré y te ayudaré. 
     — ¿Y tú? 
     — Bueno, yo ya sabré salir al paso. 
     Renovaron el agua de la botella nuevamente. Pedro vigilaba el ganado. Estaba nervioso. Le castañeaban los dientes por el frío que el viento arrastraba y el miedo. Tenía la cara lívida, los labios ligeramente morados. 
     — Toma, ponte esto — dijo «Tiojacobo» dándole un jersey de lana marrón que sacó de la mochila—, que puedes coger una pulmonía. 
     Y a renglón seguido: 
     — Ven, vamos a resguardarnos bajo esas piedras. 
     El abrigo era una pared natural de apenas un metro de altura: una elevación minúscula del terreno que corría paralela a la morera y de apenas tres metros de longitud, con unos canchos negruzcos que la apuntalaban. Se pusieron en cuclillas primero, luego se sentaron. Pedro notó de pronto el calor del sol metiéndosele muy dentro, reactivándole la circulación sanguínea y deteniendo sus escalofríos; también el viento ulular por encima de su cabeza. 
     — ¡Qué cambios de temperatura tan bruscos! — dijo. 
     — Sí. Y es sólo en esta zona. Aquí siempre sopla el viento. En verano viene bien, que te refresca; pero en invierno es como un cuchillo. Mas sólo es aquí y en la cúspide de los riscos, en la de El Grande y en la de El Chico — dijo «Tiojacobo» señalando a cada una de las jorobas de la sierra —. Es la maldición de Sierracamello, como si alguien abriera una puerta por la que se colara el frío de los polos. 
     Estuvieron un rato así: en silencio, tomando fuerzas. Pedro temiendo que más arriba se presentara nuevamente el frío y «Tiojacobo» recordando las cosas que su padre le había referido de aquel lugar. 
     — Cuenta mi padre, Pedro, que por San Blas se juntaban en este lugar las juventudes de los dos pueblos: las de Santa Cruz de la Sierra y las de El Puerto de Santa Cruz. Que una vez reunida aquí toda la mocedad, se organizaba una carrera. Había que recoger de El Risco Chico y El Risco Grande unas pieles de cordero, ocultas previamente entre la maleza por el jurado, y antes de que todos llegaran a la cúspide más alta, descifrar el acertijo que en las mismas y con la misma sangre del cordero se había escrito. El pueblo que conseguía tal propósito era declarado huesped del otro por tres días. Setenta y dos horas de baile, comida y bebida gratis. Gratis para el ganador, claro, que para el perdedor era todo un quebranto económico. 
     — ¿Y dónde está ese pueblo, «Tiojacobo»? 
     — ¿El Puerto de Santa Cruz? 
     — Sí. 
     — Está un poco más al sur, casi al otro lado de Sierra-Camello, en donde la planicie se hace ya dueña del mundo. 
     — ¿Y qué más tío? 
     — Pues que los de El Puerto eran unos tramposos e ineptos. Y que cuando perdían, que era casi siempre, montaban unas broncas sonadas: peleas entre los hombres borrachos que terminaban las más de las veces con una navaja y algún herido grave, con la Guardia Civil disolviendo la fiesta a punta de pistola. Mi madre dice que ella se llevaba siempre un alfiler largo con cabeza negra y que cuando empezaba el baile y alguna de las de El Puerto se arrimaba demasiado, pues que pinchaba y escondía la mano, que más de una se llevaba las nalgas ensangrentadas. 
     — Pero entonces, ¿los de tu pueblo tampoco se quedaban parados? 
     — No, claro. Era como una enfermedad, como una locura, lo que les poseía. 
     — ¡Qué salvajes! 
     — Pues sí; que tenían y siguen teniendo una visión rara de la diversión. 
     — ¿Aún se producen esas peleas, tío, y ese concurso por San Blas? 
     — No. Ya no. La emigración masiva que han sufrido ambos pueblos ha acabado con la tradición. Pero aún hoy, cuando alguien de uno de ellos va al otro, lo hace temeroso. No se fían los unos de los otros. La verdad es que nunca se han llevado bien. Siempre ha habido rencillas y tiranteces. Y aunque ya nadie lo recuerde, todo fue a causa de la muerte de un santacruceño ahí, bajo la morera, ante los ojos aterrados de todos, a manos de uno de El Puerto, antes de que este viento inoportuno comenzara a soplar y Olvido pronunciara el conjuro. 

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     «SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO», silabeó la voz interior con violencia, como un huracán demoledor, con un tono de misterio inconfundible... 

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     Pedro ni parpadeaba. Los ojos se negaban a perder el mínimo gesto del rostro de «Tiojacobo». Los oídos, a no dejar escapar palabra alguna, aquella dicción triste y melancólica. Las manos, debajo del jersey, empezando a sudar. 
     — ¿Quién era Olvido, tío? 
     — Dicen que era una bruja. Ten en cuenta que todo esto que te cuento ocurrió en el devenir de mil quinientos y pico. Mucho antes de esas anécdotas que han vivido mis padres. En esa Edad Perdida en que la magia, lo sobrenatural y lo real eran todo una misma cosa. En ese mundo que hoy se nos antoja de ficción. 
     — ¿Que quién era Olvido, tío? — dijo Pedro con voz de fastidio —. Que te lías a meter paja y te pierdes. 
     — ¡Si ya te lo he dicho, Pedro! — replicó «Tiojacobo» con voz histérica —. Era una hechicera, una maga. Algo así. Yo qué sé. Lo que parece que está claro es que el viento sopla ininterrumpidamente desde que ella hizo el hechizo, que antes no ocurría este hecho inusual, tanto frío en sólo esos tres sitios que te he dicho. 
     — ¿Y cómo sabes tú esto si dices que nadie recuerda el caso? 
     — Por pura casualidad, Pedro. Hace unos años, en unos días de descanso como los que ahora disfrutamos, me acerqué al Ayuntamiento a ver si me dejaban hojear los registros natalicios. Quería saber hasta dónde se remontaba en el pasado mi apellido; los orígenes si era posible. Me dijeron que no podían decirme nada. Todo lo más que lo buscara yo en el viejo sótano. 
     «Tiojacobo» encendió un cigarrillo. 
     — Me bajaron a una habitación subterranea oscura y húmeda. Una bombilla chiquita iluminaba todo con una luz enfermiza. Había unas estanterías de ladrillos que sobresalían de la pared y en las que montones de cartapacios repletos de papeles amarillos dormían el sueño de los siglos; una mesa de madera podrida en el centro de la estancia, bajo la luz; mucho polvo y muchas telarañas. Allí descubrí un manuscrito antiguo que contaba lo que yo te digo: el asesinato y lo de la invocación satánica de Olvido, lo del viento y otras cosas. 
     — ¿Qué cosas, tío? 
     — Pues todo eso. Los antecedentes de la bruja, sus poderes... 
     — ¿Y qué? 
     — No sé qué quieres decir. 
     — ¿¡Que qué más «Tiojacobo»!? — dijo Pedro irritado —. Que siempre me dejas a medias, con la miel en los labios. 
     — Pues nada más que lo que te he contado. Que Olvido hizo un conjuro y que en consecuencia el viento apareció de pronto. Un huracán que tumbó a todos en el suelo. Una tempestad de nieve que vistió de blanco toda la sierra. 
     — ¡Otra vez lo increíble tío! — dijo Pedro con voz resignada. 
     — Esta vez estoy contigo. Nunca he visto nieve en la sierra. Me parece a mí también que la historia del pergamino es un poco fantasiosa. 
     — Y a mí que te inventas tú demasiadas historias inverosímiles. 
     — La mitología es así. Eso lo deberías de saber — dijo «Tiojacobo» serio. 
     — Sí, pero lo que cuentas es «demasié». 
     — Puede ser. Pero el viento está. Y sigue soplando. En invierno y en verano. Siempre. Eternamente. Y eso también es imposible e inexplicable.