A ti te pasa algo, Pedro, que te veo muy callado afirmó «Tiojacobo»
al rato.
No, nada;
pero estos miedos que me dan, me avergüenzan.
No te preocupes,
que la culpa no la tienes tú; sino yo, por no advertirte. Además,
tú eres un niño de ciudad. Has pisado poco el campo. No tienes
por qué saber que el agua que no se ha de beber es la estancada.
«Tiojacobo»
hizo una pausa en la que se oyó el viento pasearse por las ramas
del árbol y el cuclillo a lo lejos cantando; allá, entre
los árboles frutales de los huertos.
«El
agua que no has de beber, déjala correr», dice el refrán
con toda la razón del mundo; que en el agua parada si se pudren
muchas cosas y hay millones de microbios. Y en cuanto a los miedos a lo
desconocido, tranquilo. Lo mismo le pasaría a un niño de
pueblo en la ciudad con los semáforos, que no sabría cuando
cruzar la calle. Lo mismo le pasaría con los ruidos de los tubos
de escape libres de las motos y los coches; que le iban
a atropellar pensaría. Y seguro que se echaría a temblar.
Ya,
pero ahora tú vas bien y yo así, acalorado.
Eso tiene
fácil arreglo dijo «Tiojacobo» cogiendo la botella
de plástico.
Fue toda una
juerga. «Tiojacobo» bajó corriendo. Llenó la
botella. Volvió a subir corriendo. La levantó por encima
de su cabeza y dejó caer el agua fría sobre la gorra de ciclista
de Pedro que se había quedado mudo y pensativo a la sombra del árbol.
¡«Guau»!
exclamó Pedro , ¡qué gozada!
«Tiojacobo»
repitió tres veces la jugada. Pedro lo esperaba expectante, ansioso
por sentir el frescor recorrerle el cuerpo. La cuarta, Pedro le quitó
la botella y bebió.
Ahora hay
que cambiarse de calcetines, que los pies mojados no son buenos para andar
dijo «Tiojacobo» cuando el juego se hubo calmado y se sentaron
al sol, apoyada la espalda en el tronco del árbol.
Pero no hemos
traído repuesto.
¡¿Quién
ha dicho eso?! exclamó «Tiojacobo» poniendo cara de
pícaro y haciéndole cosquillas en la tripa a Pedro.
Piensas en
todo, ¿verdad?
Todo estaba
previsto, Pedro. Lo tenía muy pensado. Incluso el juego este con
el agua.
Mientras «Tiojacobo»
sacaba los calcetines de la mochila, Pedro se puso muy serio y dijo:
Tío, te
quiero mucho, ¿sabes?
Y yo a ti
también, Pedro dijo «Tiojacobo» cariñoso.
Además, voy a ser un poco sincero. De aquí en adelante tú
vas a ser el que decidas si hacemos o no hacemos las cosas que traigo pensadas.
No habrá más presiones para que veas, descubras, aprendas.
Tu parecer personal será el que irá deshilvanando el secreto
maravilloso de Sierracamello. Yo creo que el primer paso ya lo hemos dado.
Hemos descubierto que tras la apariencia real de las cosas, una piedra,
por ejemplo, hay siempre una historia oculta, una historia maravillosa,
triste o alegre, que nos está esperando: eso es el «Símbolo
Bisémico» que he mencionado antes y del que tú no me
has preguntado nada, como si lo hubieras entendido, o no te hubieras percatado
de lo que decía.
No te lo
he preguntado porque creía que era el nombre de un mago que tú
veías y yo no.
Pues ya ves
que no, que no es más que el nombre de una realidad, nada de magos
y magia. Que todas las cosas, por muy pequeñas que sean tienen su
historia, repito. ¿Me sigues hasta aquí?
Sí,
te sigo.
Pues esto
es sólo verdad a medias.
No entiendo.
Sí,
que hay más. Que el «Símbolo Bisémico»
que se inventó un tal Carlos Bousoño para describir esta
realidad dual que describen las palabras, una física, palpable,
visible, degustable... y otra cognoscitiva, es solo la primera puerta a
una realidad aún más profunda.
Tío,
¿qué es cognoscitiva?
Cognoscitivo
es la facultad que tienen los hombres para conocer y entender ciertas cosas
que los sentidos no captan.
El que tú
describieras la muerte de El Sansón Extremeño sobre las sierras
del horizonte, sin haberlo visto nunca; eso, ¿es un poder cognoscitivo?
Caliente,
caliente.
iYa! dijo
Pedro , ya lo entiendo. Lo que quieres decir es que hay más significados
en las palabras que estos dos de los que hemos hablado.
Exacto. Eso
es.
Y, ¿cuales
son?
¡Ah!,
eso es lo que quiero que descubras, ese es el secreto maravilloso del que
te he venido hablando..
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-ME-LLO»,
silabeó la voz interior repetitiva, como en susurros, con un tono
de misterio inconfundible...
Pero,
si tú no me lo dice, ¿cómo lo voy a descubrir?
Por indicios,
Pedro. Con esfuerzo, Pedro; como se consiguen todas las cosas buenas de
la vida.
No sé.
Difícil me parece.
Recuerda,
Pedro, que en el convento te conté algo de la historia sobre las
ruinas y... también te hablé de lo que estaba escribiendo,
de mi nueva novela.
¿Y
qué pista es esa? preguntó Pedro intrigado.
Piensa y
levanta, que llevamos el tiempo muy justo, que no quiero que se nos haga
de noche. Aún quedan muchas cosas por hacer y contar.
Comenzaron
de nuevo la ascensión. La tierra se iba volviendo más arisca,
con más rocas y menos vegetación. El sol, ayudado por un
viento que empezó a silbarles en los oídos, les secó
las ropas enseguida. Iban a buen paso. «Tiojacobo» caminaba
delante, mirando de reojo de vez en cuando, certificando que Pedro no se
quedaba atrás. Se oían cada vez más cerca los cencerros
de las vacas. El águila real planeaba en lo alto, cual si estuviera
colgada del cielo por un hilo invisible. Abajo todo iba reduciéndose.
La sierra se engrandaba. Lo que la distancia había señalado
como homogéneo, la proximidad lo descubría como diverso,
con grandes peñascos puntiagudos, afilados como cuchillos, separados
entre sí por veinte o treinta metros. El barranco se iba haciendo
cada vez más escarpado: parecían láminas de papel
gruesas y gigantescas, panes de piedra pegados unos a otros en un equilibrio
de malabarista. El camino se distanciaba poco a poco de este terreno roto,
en dirección Sur, como buscando una salida a la imposibilidad de
la ascensión. Las sombras que los canchos proyectaban en el suelo
eran largas y se mezclaban unas con otras diseñando manchas informes.
«Tiojacobo»
preguntó Pedro cuando apenas si faltaban doscientos metros para
llegar a El Venero Grande, ¿qué es eso de «La Silla
del Moro»?
Una especie
de sillón real que la naturaleza ha hecho por sí sola en
la roca.
¿Y
por qué se le llama así, «.. del Moro»?
Porque parecer
ser que en este pueblo, cuando la invasión islámica, hubo
un jeque sanguinario que todos los días, después de hacer
sus oraciones, al amanecer, se sentaba en ese sillón. Dicen que
se llevaba con él a dos o tres cristianos, que los ponía
al borde del acantilado y que decía «¡Alá, Alá¡»,
mirando al firmamento con las palmas de las manos levantadas, cual si elevara
una plegaria. A renglón seguido, luego de volver del éxtasis
que parecía que lo hubiera tomado, mientras los prisioneros lloraban,
rezaban o maldecían, los empujaba y gritaba entre carcajadas histéricas:
«¡hala, hala!, todos para abajo».
Parece un
chiste malo, más que una realidad histórica.
¿Por
qué lo dices?
Por el juego
de palabras «¡Alá ¡,¡hala!», como
un trabalenguas.
Puede ser,
pero es lo que cuentan los ancianos del lugar.
Todo esto lo
iban hablando mientras marchaban, entre los jadeos que la pendiente pronunciada
hacía nacer en sus cuerpos. «Tiojacobo» había
hecho con las manos y los ojos los supuestos movimientos del jefe árabe
en la plegaria y en el momento del empujón. Las palabras del rezo
las había dicho con una voz dulce
y las de la exclamación de júbilo con otra de soma y brutalidad.
¿Tú
crees que es cierta esa historia, tío?
No sé.
Puede ser que sí, puede que no. Lo cierto es que en este pueblo
la invasión musulmana no tuvo mucho éxito. Siempre se les
consideró como extraños, como intrusos, como ladrones y asesinos.
¿Son
realmente así esa gente?
No sé.
Imagino que ocurrirá como en todas las naciones del mundo, que habrá
gente buena y gente mala.
Los coches
seguían empeñados en su velocidad, ajenos a la historia que
vivían tío y sobrino, como si todo lo que iban dejando atrás
no tuviera importancia alguna. Mas todo iba cambiando, lenta, lentísimamente,
acumulándose en ese espacio aparentemente vacío de los recuerdos
olvidados.
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