.
.
.
8
EL VENERO CHICO (2)
 
 

     — A ti te pasa algo, Pedro, que te veo muy callado — afirmó «Tiojacobo» al rato. 
     — No, nada; pero estos miedos que me dan, me avergüenzan. 
     — No te preocupes, que la culpa no la tienes tú; sino yo, por no advertirte. Además, tú eres un niño de ciudad. Has pisado poco el campo. No tienes por qué saber que el agua que no se ha de beber es la estancada.
     «Tiojacobo» hizo una pausa en la que se oyó el viento pasearse por las ramas del árbol y el cuclillo a lo lejos cantando; allá, entre los árboles frutales de los huertos. 
     — «El agua que no has de beber, déjala correr», dice el refrán con toda la razón del mundo; que en el agua parada si se pudren muchas cosas y hay millones de microbios. Y en cuanto a los miedos a lo desconocido, tranquilo. Lo mismo le pasaría a un niño de pueblo en la ciudad con los semáforos, que no sabría cuando cruzar la calle. Lo mismo le pasaría con los ruidos de los tubos de escape libres de las motos y los coches; que le iban a atropellar pensaría. Y seguro que se echaría a temblar. 
     —  Ya, pero ahora tú vas bien y yo así, acalorado. 
     — Eso tiene fácil arreglo —dijo «Tiojacobo» cogiendo la botella de plástico. 
     Fue toda una juerga. «Tiojacobo» bajó corriendo. Llenó la botella. Volvió a subir corriendo. La levantó por encima de su cabeza y dejó caer el agua fría sobre la gorra de ciclista de Pedro que se había quedado mudo y pensativo a la sombra del árbol. 
     — ¡«Guau»! — exclamó Pedro —, ¡qué gozada! 
     «Tiojacobo» repitió tres veces la jugada. Pedro lo esperaba expectante, ansioso por sentir el frescor recorrerle el cuerpo. La cuarta, Pedro le quitó la botella y bebió. 
     — Ahora hay que cambiarse de calcetines, que los pies mojados no son buenos para andar — dijo «Tiojacobo» cuando el juego se hubo calmado y se sentaron al sol, apoyada la espalda en el tronco del árbol. 
     — Pero no hemos traído repuesto. 
     — ¡¿Quién ha dicho eso?! — exclamó «Tiojacobo» poniendo cara de pícaro y haciéndole cosquillas en la tripa a Pedro. 
     — Piensas en todo, ¿verdad? 
     — Todo estaba previsto, Pedro. Lo tenía muy pensado. Incluso el juego este con el agua. 
     Mientras «Tiojacobo» sacaba los calcetines de la mochila, Pedro se puso muy serio y dijo: 
    — Tío, te quiero mucho, ¿sabes? 
     — Y yo a ti también, Pedro — dijo «Tiojacobo» cariñoso—. Además, voy a ser un poco sincero. De aquí en adelante tú vas a ser el que decidas si hacemos o no hacemos las cosas que traigo pensadas. No habrá más presiones para que veas, descubras, aprendas. Tu parecer personal será el que irá deshilvanando el secreto maravilloso de Sierracamello. Yo creo que el primer paso ya lo hemos dado. Hemos descubierto que tras la apariencia real de las cosas, una piedra, por ejemplo, hay siempre una historia oculta, una historia maravillosa, triste o alegre, que nos está esperando: eso es el «Símbolo Bisémico» que he mencionado antes y del que tú no me has preguntado nada, como si lo hubieras entendido, o no te hubieras percatado de lo que decía. 
     — No te lo he preguntado porque creía que era el nombre de un mago que tú veías y yo no. 
     — Pues ya ves que no, que no es más que el nombre de una realidad, nada de magos y magia. Que todas las cosas, por muy pequeñas que sean tienen su historia, repito. ¿Me sigues hasta aquí? 
     — Sí, te sigo. 
     — Pues esto es sólo verdad a medias. 
     — No entiendo. 
     — Sí, que hay más. Que el «Símbolo Bisémico» que se inventó un tal Carlos Bousoño para describir esta realidad dual que describen las palabras, una física, palpable, visible, degustable... y otra cognoscitiva, es solo la primera puerta a una realidad aún más profunda. 
     — Tío, ¿qué es cognoscitiva? 
     — Cognoscitivo es la facultad que tienen los hombres para conocer y entender ciertas cosas que los sentidos no captan. 
     — El que tú describieras la muerte de El Sansón Extremeño sobre las sierras del horizonte, sin haberlo visto nunca; eso, ¿es un poder cognoscitivo? 
     — Caliente, caliente. 
     — iYa! — dijo Pedro —, ya lo entiendo. Lo que quieres decir es que hay más significados en las palabras que estos dos de los que hemos hablado. 
     — Exacto. Eso es. 
     — Y, ¿cuales son? 
     — ¡Ah!, eso es lo que quiero que descubras, ese es el secreto maravilloso del que te he venido hablando..

«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-ME-LLO», silabeó la voz interior repetitiva, como en susurros, con un tono de misterio inconfundible...

   — Pero, si tú no me lo dice, ¿cómo lo voy a descubrir? 
     — Por indicios, Pedro. Con esfuerzo, Pedro; como se consiguen todas las cosas buenas de la vida. 
     — No sé. Difícil me parece. 
     — Recuerda, Pedro, que en el convento te conté algo de la historia sobre las ruinas y... también te hablé de lo que estaba escribiendo, de mi nueva novela. 
     — ¿Y qué pista es esa? — preguntó Pedro intrigado. 
     — Piensa y levanta, que llevamos el tiempo muy justo, que no quiero que se nos haga de noche. Aún quedan muchas cosas por hacer y contar.
     Comenzaron de nuevo la ascensión. La tierra se iba volviendo más arisca, con más rocas y menos vegetación. El sol, ayudado por un viento que empezó a silbarles en los oídos, les secó las ropas enseguida. Iban a buen paso. «Tiojacobo» caminaba delante, mirando de reojo de vez en cuando, certificando que Pedro no se quedaba atrás. Se oían cada vez más cerca los cencerros de las vacas. El águila real planeaba en lo alto, cual si estuviera colgada del cielo por un hilo invisible. Abajo todo iba reduciéndose. La sierra se engrandaba. Lo que la distancia había señalado como homogéneo, la proximidad lo descubría como diverso, con grandes peñascos puntiagudos, afilados como cuchillos, separados entre sí por veinte o treinta metros. El barranco se iba haciendo cada vez más escarpado: parecían láminas de papel gruesas y gigantescas, panes de piedra pegados unos a otros en un equilibrio de malabarista. El camino se distanciaba poco a poco de este terreno roto, en dirección Sur, como buscando una salida a la imposibilidad de la ascensión. Las sombras que los canchos proyectaban en el suelo eran largas y se mezclaban unas con otras diseñando manchas informes. 
     — «Tiojacobo» — preguntó Pedro cuando apenas si faltaban doscientos metros para llegar a El Venero Grande—, ¿qué es eso de «La Silla del Moro»? 
     — Una especie de sillón real que la naturaleza ha hecho por sí sola en la roca. 
      — ¿Y por qué se le llama así, «.. del Moro»? 
     — Porque parecer ser que en este pueblo, cuando la invasión islámica, hubo un jeque sanguinario que todos los días, después de hacer sus oraciones, al amanecer, se sentaba en ese sillón. Dicen que se llevaba con él a dos o tres cristianos, que los ponía al borde del acantilado y que decía «¡Alá, Alá¡», mirando al firmamento con las palmas de las manos levantadas, cual si elevara una plegaria. A renglón seguido, luego de volver del éxtasis que parecía que lo hubiera tomado, mientras los prisioneros lloraban, rezaban o maldecían, los empujaba y gritaba entre carcajadas histéricas: «¡hala, hala!, todos para abajo». 
     — Parece un chiste malo, más que una realidad histórica. 
     — ¿Por qué lo dices? 
     — Por el juego de palabras «¡Alá ¡,¡hala!», como un trabalenguas. 
     — Puede ser, pero es lo que cuentan los ancianos del lugar. 
     Todo esto lo iban hablando mientras marchaban, entre los jadeos que la pendiente pronunciada hacía nacer en sus cuerpos. «Tiojacobo» había hecho con las manos y los ojos los supuestos movimientos del jefe árabe en la plegaria y en el momento del empujón. Las palabras del rezo las había dicho con una voz dulce y las de la exclamación de júbilo con otra de soma y brutalidad. 
     — ¿Tú crees que es cierta esa historia, tío? 
     — No sé. Puede ser que sí, puede que no. Lo cierto es que en este pueblo la invasión musulmana no tuvo mucho éxito. Siempre se les consideró como extraños, como intrusos, como ladrones y asesinos. 
     — ¿Son realmente así esa gente? 
     — No sé. Imagino que ocurrirá como en todas las naciones del mundo, que habrá gente buena y gente mala. 
     Los coches seguían empeñados en su velocidad, ajenos a la historia que vivían tío y sobrino, como si todo lo que iban dejando atrás no tuviera importancia alguna. Mas todo iba cambiando, lenta, lentísimamente, acumulándose en ese espacio aparentemente vacío de los recuerdos olvidados.