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EL VENERO CHICO ( 1)
 
 

     Jadeando bajó «Tiojacobo» del menhir, cargando sobre sus espaldas a Pedro. Luego, tras un descanso breve, encararon de nuevo la ascensión. Tenían ante ellos una senda de arena en la que de vez en cuando advertían los accesos a los subterráneos que las hormigas habían construido. 
     — ¿Ves que todas las entradas a los hormigueros nos las encontramos de cara? —dijo «Tiojacobo». 
     — Sí, es verdad. 
     — Pues eso indica inequívocamente el Norte. Luego, vamos hacia el Sur. De ahí que el sol lo tengamos a la derecha. 
     — Sí, todo cuadra —afirmó Pedro. 
     Caminaban bordeando la pendiente inaccesible del cuerpo central de El Risco Chico, la joroba más pequeña de la silueta de camello dormido que insinuaba la sierra. A su izquierda pues las alturas del precipicio, a su derecha la bajada mansa de las estribaciones primeras de la montaña, y un poco más abajo, allá en la vaguada, la autovía y las tierras de labor. A la espalda, el pueblo disminuido por la mano de la distancia, el erial de la planicie salpicado de ganado ovino y, como remate, el lejano Trujillo sobre el horizonte. La vereda serpeaba en su búsqueda de la facilidad en la ascensión, se escondía entre los altos matorrales y salía a insignificantes rellanos en los que casi siempre había una encina. Se bifurcaba también con frecuencia, se ensanchaba, se empequeñecía; mas «Tiojacobo» siempre sabía cual era la buena. No había ya paredes de piedra separando las propiedades: campo virgen. Sólo la canalización romana del agua recordaba la mano del hombre y sus quehaceres, pero sólo cuando atravesaba el camino de improviso. Se acercaban más y más a las alturas. 
     — ¿Vamos a subir por ahí, por las rocas? — preguntó Pedro señalando el barranco. 
     — No, por el despeñadero es muy difícil. Habría que haberse traído cuerdas y otras cosas para la escalada. Vamos a ir rodeando hasta llegar a la pequeña meseta que existe entre los dos riscos. Hay allí un camino ancho y fácil. Más amplio incluso que éste de ahora. Y ten cuidado que en los repechos la arena puede hacerte resbalar y que te des un buen trompazo. 
     — Es que como parece que vamos derechos a la montaña, pues... 
     — Hombre, podríamos haber ido por la otra senda, que quizás sea más cómoda; pero quiero que veas El Venero Chico. Y de paso evitar también las reses bravas que hay un poco más arriba. 
     — ¿Hay toros bravos en la sierra? — preguntó Pedro alarmado. 
     — Vacas, Pedro, vacas bravas. 
     — Pues no sabía yo que las vacas también se tiraran a los hombres. 
     Siguieron la ascensión. Se oían ruidos extraños, como de culebras y lagartos que huyeran despavoridos. Los pájaros abandonaban los nidos escondidos entre la maraña de las zarzas y levantaban el vuelo asustados, entre un batir de alas desesperado. Seguía el canto de grillos y cigarras, pero en lontananza, como una música de fondo. Por donde ellos pasaban se hacía el silencio del miedo, la inmovilidad de todo ser vivo ante el depredador humano. 
     — ¿Afirmas, Pedro, que no sabías que hay vacas bravas? 
     — Sí, hasta que tú lo has dicho he creído que sólo eran los toros los que se tiraban a la gente. 
     — Estás demasiado desmemoriado hoy, Pedro. 
     — ¿Por qué lo dices? — interrogó el niño nuevamente intranquilo. 
     — En las fiestas del pueblo de papá, el año pasado — dijo «Tiojacobo» con una voz de paciencia estrangulada—, ¿te lo pasaste bien cuando dejaron que la gente saltara a la arena y soltaron la vaquilla aquella esquelética, aquel pobre animalito que al rato no hacía otra cosa que tumbarse, derrotado en dos carrerillas? 
     — Sí, que todos corrían delante de ella y se daban empujones y... — continuó Pedro jovial. 
     — ¿Y qué era aquello sino una vaca brava de apenas un año? 
     — Pues yo creí que era un toro. 
     — Y entonces, ¿por qué decíamos: «vamos a la vaquilla, a la vaquilla»? 
     — Pues tienes razón, tío; que no sé de dónde he sacado yo que a los toritos había que llamarles «vaquillas». 
     — A los novillos, querrás decir. 
     — Sí, a los toros que tienen un año o menos. 
     — Sí, novillos en jerga taurina; o becerros o terneros; y si no han comido pasto todavía, recentales. No «toritos», en diminutivo, que puede significar otras muchas cosas. Hay que hablar con propiedad, Pedro; que si no, luego vienen esas confusiones e interpretaciones erróneas que no llevan más que al desconocimiento de la realidad objetiva. 
     Llegaron a El Venero Chico cuando apenas si había terminado «Tiojacobo» de hacerle a Pedro estas precisiones de vocabulario. Había una tosca y gruesa tubería de piedras y cemento que enclaustraba el manantial, de unos dos metros de largo y unos treinta centímetros de diámetro. Estaba ésta rematada por un tubo de hierro oxidado por el que un hilo de agua se derramaba en tres pilones de piedra consecutivos, decreciendo de nivel, con una pequeña hendidura en el lado más bajo de cada uno de ellos: no otra cosa que la guía de vertido del fluido. Rebosaban los tres, llenos de un agua transparente. Se veía la piedra vestida de verde en el fondo y el mecerse suave del cuerpo de las minúsculas plantas acuáticas. El suelo, allí en donde la última pila vertía sus sobras, era un lodazal negro sobre el que montones de mosquitos volaban. Vieron también alguna avispa buscando el fresco de los bordes de las pilas. Al otro lado del abrevadero, el camino que traían volvía a subir tras un rellano salpicado de piedras calizas. Unas moscas grandes, negras y azules, zumbaban sobre los cagajones y las boñigas secas. Había un olor a animal que se mezclaba con el frescor que exudaba el abrevadero. 
     — Bueno, pues esto es El Venero Chico — dijo «Tiojacobo» mientras se quitaba la mochila. 
     — ¡Qué asco! — dijo Pedro. 
     — ¿El qué? — preguntó «Tiojacobo». 
     — Todo. El olor, los mosquitos, las moscas, las avispas...  
     — Pues el agua está riquísima. Ya verás. Fresca como de nevera. 
     — Yo de ahí no voy a beber, ni tocarla — dijo Pedro con seguridad. 
     — ¿Y por qué no? 
     — Porque es un agua para los animales. 
     — Bueno, pues tú te lo pierdes — dijo «Tiojacobo» mientras se quitaba el sombrero, lo llenaba de agua y se lo echaba por la cabeza a modo de ducha. 
     — Pero, ¿qué haces, tío, te has vuelto loco? 
     — No, ¿por qué? 
     — Menuda mojadura. La camiseta y el pantalón, todo empapado de agua. 
     — Así voy más fresquito y el calor tardará más en doblegarme. Mientras se seca y no se seca, llegaremos al otro venero. Yo iré cómodo y tú pues como vas, sudando y acalorado. 

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«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-ME-LLO», silabeó la voz interior repetitiva, como en susurros, con un tono de misterio inconfundible... 

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     «Tiojacobo» hizo varias veces la operación. Pedro miraba desalentado, ardiendo en desos de imitarlo; pero retraído por la afirmación que había hecho de no tocar ni beber el líquido. «Tiojacobo» aproximó los labios resecos a la superficie quieta del agua del primer pilón y bebió con deleite. 
     — ¡Tío!; cuidado, una avispa — advirtió histérico el niño.  
     — ¿Dónde? — preguntó serenamente el tío. 
     — ¡Frente a ti, justo delante tuya! 
     — No hay cuidado — dijo. 
     Estuvieron un rato así, «Tiojacobo» jugando con el líquido elemento y Pedro envidiándole por su arrojo. Luego, saltaron el lodazal y, tras atravesar el rellano calizo cuajado de los excrementos de las bestias, al otro lado de la vaguada, se sentaron a la sombra de una encina que había un poco más arriba, nada más comenzar otra vez la estrechez del camino. 
     — Los labradores, Pedro, se iban a segar con una camiseta de abrigo y una camisa liviana. Parece una locura esto, que teniendo que soportar temperaturas de cuarenta grados, allá en la planicie, entre el trigo seco, agachados y con la hoz en la mano, se llevaran tanta ropa puesta. Pues no; es lo mejor. Y lo es, porque así se suda mucho, se bebe mucho, la ropa se empapa y se te pega al cuerpo. Es como una ducha continua. Algo similar he intentado yo en el abrevadero. Enfriar la ropa para que me quite el calor. 
     Pedro sacó la botella de agua de la mochila. El hielo se había derretido por completo. 
     — ¿Cómo está? — preguntó «Tiojacobo». 
     — Caliente. 
     — Pues la que he bebido yo estaba riquísima, fresca y aromatizada. 
     — Esperemos que no te pongas malo. 
     — ¿Y por qué había de caer enfermo? 
     — Porque ese agua es para lo animales. 
     — ¿Y quién te ha dicho a ti eso? 
     — Pues lo que he visto. ¿No es eso un abrevadero? 
     — Sí, lo es. 
     — ¿Entonces? 
     — ¿Has visto acaso muchos animales muertos? — replico «Tiojacobo» a su vez. 
     — Ninguno. 
     — Luego el agua es buena. Es más; la que tú traes en la botella es la misma, con un poco de cloro, eso sí, pero la misma. La llevan cuesta abajo hasta unos depósitos que hay cerca del convento, por unas tuberías subterráneas. 
     Pedro no dijo nada. Miró avergonzado al suelo, comprendiendo el ridículo que había hecho.