Jadeando bajó «Tiojacobo» del menhir, cargando sobre
sus espaldas a Pedro. Luego, tras un descanso breve, encararon de nuevo
la ascensión. Tenían ante ellos una senda de arena en la
que de vez en cuando advertían los accesos a los subterráneos
que las hormigas habían construido.
¿Ves
que todas las entradas a los hormigueros nos las encontramos de cara? dijo
«Tiojacobo».
Sí,
es verdad.
Pues eso
indica inequívocamente el Norte. Luego, vamos hacia el Sur. De ahí
que el sol lo tengamos a la derecha.
Sí,
todo cuadra afirmó Pedro.
Caminaban bordeando
la pendiente inaccesible del cuerpo central de El Risco Chico, la joroba
más pequeña de la silueta de camello dormido que insinuaba
la sierra. A su izquierda pues las alturas del precipicio, a su derecha
la bajada mansa de las estribaciones primeras de la montaña, y un
poco más abajo, allá en la vaguada, la autovía y las
tierras de labor. A la espalda, el pueblo disminuido por la mano de la
distancia, el erial de la planicie salpicado de ganado ovino y, como remate,
el lejano Trujillo sobre el horizonte. La vereda serpeaba en su búsqueda
de la facilidad en la ascensión, se escondía entre los altos
matorrales y salía a insignificantes rellanos en los que casi siempre
había una encina. Se bifurcaba también con frecuencia, se
ensanchaba, se empequeñecía; mas «Tiojacobo»
siempre sabía cual era la buena. No había ya paredes de piedra
separando las propiedades: campo virgen. Sólo la canalización
romana del agua recordaba la mano del hombre y sus quehaceres, pero sólo
cuando atravesaba el camino de improviso. Se acercaban más y más
a las alturas.
¿Vamos
a subir por ahí, por las rocas? preguntó Pedro señalando
el barranco.
No, por el
despeñadero es muy difícil. Habría que haberse traído
cuerdas y otras cosas para la escalada. Vamos a ir rodeando hasta llegar
a la pequeña meseta que existe entre los dos riscos. Hay allí
un camino ancho y fácil. Más amplio incluso que éste
de ahora. Y ten cuidado que en los repechos la arena puede hacerte resbalar
y que te des un buen trompazo.
Es que como
parece que vamos derechos a la montaña, pues...
Hombre, podríamos
haber ido por la otra senda, que quizás sea más cómoda;
pero quiero que veas El Venero Chico. Y de paso evitar también las
reses bravas que hay un poco más arriba.
¿Hay
toros bravos en la sierra? preguntó Pedro alarmado.
Vacas, Pedro,
vacas bravas.
Pues no sabía
yo que las vacas también se tiraran a los hombres.
Siguieron la
ascensión. Se oían ruidos extraños, como de culebras
y lagartos que huyeran despavoridos. Los pájaros abandonaban los
nidos escondidos entre la maraña de las zarzas y levantaban el vuelo
asustados, entre un batir de alas desesperado. Seguía el canto de
grillos y cigarras, pero en lontananza, como una música de fondo.
Por donde ellos pasaban se hacía el silencio del miedo, la inmovilidad
de todo ser vivo ante el depredador humano.
¿Afirmas,
Pedro, que no sabías que hay vacas bravas?
Sí,
hasta que tú lo has dicho he creído que sólo eran
los toros los que se tiraban a la gente.
Estás
demasiado desmemoriado hoy, Pedro.
¿Por
qué lo dices? interrogó el niño nuevamente intranquilo.
En las fiestas
del pueblo de papá, el año pasado dijo «Tiojacobo»
con una voz de paciencia estrangulada, ¿te lo pasaste bien cuando
dejaron que la gente saltara a la arena y soltaron la vaquilla aquella
esquelética, aquel pobre animalito que al rato no hacía otra
cosa que tumbarse, derrotado en dos carrerillas?
Sí,
que todos corrían delante de ella y se daban empujones y... continuó
Pedro jovial.
¿Y
qué era aquello sino una vaca brava de apenas un año?
Pues yo creí
que era un toro.
Y entonces,
¿por qué decíamos: «vamos a la vaquilla, a la
vaquilla»?
Pues tienes
razón, tío; que no sé de dónde he sacado yo
que a los toritos había que llamarles «vaquillas».
A los novillos,
querrás decir.
Sí,
a los toros que tienen un año o menos.
Sí,
novillos en jerga taurina; o becerros o terneros; y si
no han comido pasto todavía, recentales. No «toritos»,
en diminutivo, que puede significar otras muchas cosas. Hay que hablar
con propiedad, Pedro; que si no, luego vienen esas confusiones e interpretaciones
erróneas que no llevan más que al desconocimiento de la realidad
objetiva.
Llegaron a
El Venero Chico cuando apenas si había terminado «Tiojacobo»
de hacerle a Pedro estas precisiones de vocabulario. Había una tosca
y gruesa tubería de piedras y cemento que enclaustraba el manantial,
de unos dos metros de largo y unos treinta centímetros de diámetro.
Estaba ésta rematada por un tubo de hierro oxidado por el que un
hilo de agua se derramaba en tres pilones de piedra consecutivos, decreciendo
de nivel, con una pequeña hendidura en el lado más bajo de
cada uno de ellos: no otra cosa que la guía de vertido del fluido.
Rebosaban los tres, llenos de un agua transparente. Se veía la piedra
vestida de verde en el fondo y el mecerse suave del cuerpo de las minúsculas
plantas acuáticas. El suelo, allí en donde la última
pila vertía sus sobras, era un lodazal negro sobre el que montones
de mosquitos volaban. Vieron también alguna avispa buscando el fresco
de los bordes de las pilas. Al otro lado del abrevadero, el camino que
traían volvía a subir tras un rellano salpicado de piedras
calizas. Unas moscas grandes, negras y azules, zumbaban sobre los cagajones
y las boñigas secas. Había un olor a animal que se mezclaba
con el frescor que exudaba el abrevadero.
Bueno, pues
esto es El Venero Chico dijo «Tiojacobo» mientras se quitaba
la mochila.
¡Qué
asco! dijo Pedro.
¿El
qué? preguntó «Tiojacobo».
Todo. El
olor, los mosquitos, las moscas, las avispas...
Pues el agua
está riquísima. Ya verás. Fresca como de nevera.
Yo de ahí
no voy a beber, ni tocarla dijo Pedro con seguridad.
¿Y
por qué no?
Porque es
un agua para los animales.
Bueno, pues
tú te lo pierdes dijo «Tiojacobo» mientras se quitaba
el sombrero, lo llenaba de agua y se lo echaba por la cabeza a modo de
ducha.
Pero, ¿qué
haces, tío, te has vuelto loco?
No, ¿por
qué?
Menuda mojadura.
La camiseta y el pantalón, todo empapado de agua.
Así
voy más fresquito y el calor tardará más en doblegarme.
Mientras se seca y no se seca, llegaremos al otro venero. Yo iré
cómodo y tú pues como vas, sudando y acalorado.
.
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-ME-LLO»,
silabeó la voz interior repetitiva, como en susurros, con un tono
de misterio inconfundible...
.
«Tiojacobo» hizo varias veces la operación. Pedro miraba
desalentado, ardiendo en desos de imitarlo; pero retraído por la
afirmación que había hecho de no tocar ni beber el líquido.
«Tiojacobo» aproximó los labios resecos a la superficie
quieta del agua del primer pilón y bebió con deleite.
¡Tío!;
cuidado, una avispa advirtió histérico el niño.
¿Dónde?
preguntó serenamente el tío.
¡Frente
a ti, justo delante tuya!
No hay cuidado
dijo.
Estuvieron
un rato así, «Tiojacobo» jugando con el líquido
elemento y Pedro envidiándole por su arrojo. Luego, saltaron el
lodazal y, tras atravesar el rellano calizo cuajado de los excrementos
de las bestias, al otro lado de la vaguada, se sentaron a la sombra de
una encina que había un poco más arriba, nada más
comenzar otra vez la estrechez del camino.
Los labradores,
Pedro, se iban a segar con una camiseta de abrigo y una camisa liviana.
Parece una locura esto, que teniendo que soportar temperaturas de cuarenta
grados, allá en la planicie, entre el trigo seco, agachados y con
la hoz en la mano, se llevaran tanta ropa puesta. Pues no; es lo mejor.
Y lo es, porque así se suda mucho, se bebe mucho, la ropa se empapa
y se te pega al cuerpo. Es como una ducha continua. Algo similar he intentado
yo en el abrevadero. Enfriar la ropa para que me quite el calor.
Pedro sacó
la botella de agua de la mochila. El hielo se había derretido por
completo.
¿Cómo
está? preguntó «Tiojacobo».
Caliente.
Pues la que
he bebido yo estaba riquísima, fresca y aromatizada.
Esperemos
que no te pongas malo.
¿Y
por qué había de caer enfermo?
Porque ese
agua es para lo animales.
¿Y
quién te ha dicho a ti eso?
Pues lo que
he visto. ¿No es eso un abrevadero?
Sí,
lo es.
¿Entonces?
¿Has
visto acaso muchos animales muertos? replico «Tiojacobo»
a su vez.
Ninguno.
Luego el
agua es buena. Es más; la que tú traes en la botella es la
misma, con un poco de cloro, eso sí, pero la misma. La llevan cuesta
abajo hasta unos depósitos que hay cerca del convento, por unas
tuberías subterráneas.
Pedro no dijo
nada. Miró avergonzado al suelo, comprendiendo el ridículo
que había hecho.
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