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EL SANSÓN EXTREMEÑO (2)
 
 

     — Y qué más? — preguntó Pedro intrigado. 
     — Pues poco más sé; que esta historia la leí bajo el pórtico barroco de la entrada a una de las múltiples capillas que tiene Trujillo, apresuradamente, en uno de esos trípticos en papel de estraza que reparten gratuitamente los responsables de los monumentos artísticos menores. Sí recuerdo que el papel era de un color amarillo fuerte y que hablaba de la ornamentación singular del edificio y de la superposición del románico con otras fórmulas arquitectónicas posteriores. Junto a todo ese río de arte, iba la anécdota que te he contado como una oración subordinada, cual un apunte curioso. 
     — Pues no es una gran cosa esa historia — dijo Pedro. 
     — Espera, espera, que hay más. Luego, terminada la visita turística, le pregunté a mi padre si él sabía algo de este Sansón Extremeño. Él me dijo que sí, que le habían contado que había sido un jefe del ejército trujillano y que con él, el dueño del castillo de Trujillo, un conde o un marqués o un duque, había conquistado terrenos hasta más allá de Zorita por el sur, y hasta cerca de Plasencia por el norte; que la vejez y la necesidad de sosiego de El Señor de Trujillo trajo la paz finalmente. Para entonces, recuerdo que dijo mi padre, aquel joven fuerte y honesto ya no era más que un hombre frío y sin alma, una máquina inhumana de matar, un ególatra que sólo disfrutaba con la demostración innecesaria de su superioridad física. 
     — O sea, que se creyó invencible. 
     — Estás muy avispado, Pedro. Te acercas mucho a la primera puerta del secreto maravilloso de Sierracamello. Y eso, tú solito. Sin que nadie te presione. 

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«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO», silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio inconfundible... «¡MUY IMPORTANTE, MUY INTERESANTE, MUY... "GUAY"!», gritó esta vez con enfado.

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     — ¿Tan importante es lo que he dicho «Tiojacobo»? — preguntó Pedro confundido. 
     — Bueno, sigamos. 
     — ¡No!, contesta a la pregunta, que siempre me dejas en suspenso, con la miel en la boca. 
     — Sssssssssss. Calla y escucha — dijo «Tiojacobo» llevándose una mano a los labios. 
     — ¡Ya estás otra vez con ese tono de misterio que me crispa! — protextó Pedro. 
     — Relájate. Escucha. Cierra los ojos. El «Símbolo Bisémico» de las cosas minúsculas te dará la contestación a todas tus preguntas. 
     — ¡Tío! gritó Pedro —, ¡es que no entiendo nada y me da miedo! 
     — Las espadas chocan entre sí con fuerza en la noche. La luna plateada pinta como sueños de nieve en los campos. Y bajo las encinas, las sombras negras, no más que una mancha de amnesia. ¡¿Qué rayo mortal o chispa de fuego devastador levantan los golpes de la furia!? — dijo «Tiojacobo» con una voz bronca, como de ultratumba —. ¡Ay!, Sansón Extremeño; ¡ay!, forzudo que fuiste blanco como una mañana niña... Mira que fusionada con la noche negra ya viene la muerte en su caballo de olvidos. Mira que sus espuelas pulidas traen sangre seca, cual el polvo de los caminos. 
     «Tiojaobo» miraba en dirección a la Sierra de Garciá mientras hablaba, al noroeste, más allá de la planicie y el horizonte; mantenía los ojos inmóviles en un punto indeterminado de la lejanía azul del cielo; no parpadeaba siquiera. Pedro tuvo la sensación extraña de que algo que él no entendía estaba pasando. Se sintió aterrado, como si de pronto se hubiera quedado sólo en el mundo y alguien invisible estuviera merodeando. Se sentó sobre el frío suelo de granito de la cúspide del menhir. Cerró los ojos y se puso a llorar mansamente: unas lágrimas de tristeza y angustia. 
     «Tiojacobo» siguió recitando, ausente, despreciando el miedo del sobrino, raptado por las palabras mágicas que se le venían a la boca: 
     — En la Sierra de Garciá, bajo los pinos, el viento se para y observa. Manda silencio a las bestias. Y todo se detiene. Incluso la tierra toda ya no gira. El encuentro del acero de las espadas truena sobre los cerros. Llueve el dolor y la sangre. Y allá se queda, bajo la noche de plata del poeta, la figura derrumbada de El Sansón Extremeño, inmóvil, con aquella cara inocente y barbilampiña de los dieciséis años. Todo ya es como un cuadro tenebrista no pintado. 
     Pedro sigue confuso, mas no llora. Está triste, como si alguien querido se hubiera ido para siempre. «Tiojacobo» se sienta con él. Se miran. 
     — ¿Qué? — pregunta «Tiojacobo». 
     — Nada. Que de eso que cuentas ya no queda nada. Sólo el recuerdo. 
     — El recuerdo, sí. El recuerdo engordado ahora por tus lágrimas y mis palabras. Algo sutil que no vemos y que se esconde tras la aparente realidad de las cosas. 
     — ¿Es ese el secreto maravilloso de Sierracamello? 
    — No. Es sólo la primera puerta. El primer resquicio de la riqueza que lo minúsculo del mundo nos puede ofrecer. 
     — No acabo de entender — dijo Pedro abatido. 
     — No importa, Pedro. Aún eres muy pequeño. Ya entenderás cuando seas mayor. 
     — Entonces, ¿no me desvelarás el secreto hoy? 
     — Yo no puedo hacerlo si tú no lo descubres por ti mismo. 
     Hay un nuevo silencio. Pedro reflexiona. «Tiojacobo» mira los coches pasar por la autovía. Ve el restaurante que se asomaba a la carretera general y que era todo alegría y charanga en sus tardes juveniles. Lo ve ahora apagado, acurrucado en la simpleza de una casa más de comidas para camioneros, un alto más en el camino que ya nadie del pueblo visita. Recuerda aquel paseo diario que hacía al atardecer con los amigos y las amigas, cuando tenía quince, dieciséis y diecisiete años y la sangre le hervía bajo la piel, en tiempo de vacaciones. Se dibuja en su mente la cara aniñada de su prima Cristina, aquella prima que también vivía lejos y que veía sólo en estío. Recuerda que la amó de una forma platónica, deificando más aún la soberana belleza de la muchacha, perdiéndola por ello. 
     — Entiendo que todo está lleno de historias; que hay como un eco escondido en las cosas, como un rastro invisible de las personas que han pasado por el mundo — interrumpe Pedro los pensamientos de «Tiojacobo».
     — ¿Y dices que no entiendes nada? — reacciona el tío. 
     — ¿Es eso? —pregunta con alegría Pedro. 
     — Exactamente, sí. Ésa es la primera puerta de este maravilloso misterio que quiero que descubras. 
     — Tío, pero eso ocurre en todas partes. Todos los lugares tienen esa carga de recuerdos. 
     — Cierto. Pero nada en el mundo guarda en su pasado lo que tiene esta Sierra... Camello. Lo que te propongo es único. Diferente a todo lo demás. 
     — Claro, nada es igual en todas partes. 
     — ¡Olé! — exclama «Tiojacobo» jovial. 
     — ¿Qué he dicho ahora, «Tiojacobo», para que te sientas así, tan alegre?
     — Estás filosofando, Pedro, tomando conciencia de que lo que ves es sólo una parte minúscula de la realidad de las cosas, abstrayéndote de lo material, siendo más humano, abandonando el mundo plano de lo material, ahondando en el espíritu... 
     — Pues yo no le veo el mérito, porque otras veces he pensado también cosas como éstas. 
     — Sí, pero no con conocimiento de que lo estabas haciendo como ahora.
    Pedro vuelve a reflexionar. Juega con una hormiga grande y negra que ha aparecido de improviso entre sus piernas. «Tiojacobo» vuelve a las noches claras de juventud. Recuerda las risas de las mocitas, las fanfarronadas de los mozuelos. Se escucha a sí mismo tocando la guitarra y cantando canciones de Paco Ibáñez. Ve claramente la cara de arrobo de su prima Josefa ante su voz bronca y siente que la poesía cantada encandila a su pequeño público, no más de diez contertulios. Recuerda también la historia de los novios que se sentaron en un cancho apartado, más allá de la cuneta de la carretera, entre los rastrojos. Aquella historia que le contara su padre: la picadura del escorpión en el trasero de la chica y los dolores de ésta; y el apuro de él para explicar a los padres de ella lo que estaban haciendo allí, tan lejos del grupo de amigos. 
     — «Tiojacobo», ¿qué piensas? — pregunta Pedro. 
     — Nada importante. Recuerdos que están escondidos en esa carretera que lleva a la autovía — contesta «Tiojacobo» señalando una de las tres entradas que tiene el pueblo, la que va derecha al oeste. 
     — Pues estabas muy concentrado, porque ni que respirabas parecía. 
     — Bueno, eso es otra historia. Ahora, hemos de seguir, que apenas si nos quedan dos horas de sol. Y como no espabilemos nos pilla la noche en medio del campo.