Y qué más? preguntó Pedro intrigado.
Pues poco
más sé; que esta historia la leí bajo el pórtico
barroco de la entrada a una de las múltiples capillas que tiene
Trujillo, apresuradamente, en uno de esos trípticos en papel de
estraza que reparten gratuitamente los responsables de los monumentos artísticos
menores. Sí recuerdo que el papel era de un color amarillo fuerte
y que hablaba de la ornamentación singular del edificio y de la
superposición del románico con otras fórmulas arquitectónicas
posteriores. Junto a todo ese río de arte, iba la anécdota
que te he contado como una oración subordinada, cual un apunte curioso.
Pues no es
una gran cosa esa historia dijo Pedro.
Espera, espera,
que hay más. Luego, terminada la visita turística, le pregunté
a mi padre si él sabía algo de este Sansón Extremeño.
Él me dijo que sí, que le habían contado que había
sido un jefe del ejército trujillano y que con él, el dueño
del castillo de Trujillo, un conde o un marqués o un duque, había
conquistado terrenos hasta más allá de Zorita por el sur,
y hasta cerca de Plasencia por el norte; que la vejez y la necesidad de
sosiego de El Señor de Trujillo trajo la paz finalmente. Para entonces,
recuerdo que dijo mi padre, aquel joven fuerte y honesto ya no era más
que un hombre frío y sin alma, una máquina inhumana de matar,
un ególatra que sólo disfrutaba con la demostración
innecesaria de su superioridad física.
O sea, que
se creyó invencible.
Estás
muy avispado, Pedro. Te acercas mucho a la primera puerta del secreto maravilloso
de Sierracamello. Y eso, tú solito. Sin que nadie te presione.
.
.
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO»,
silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio
inconfundible... «¡MUY IMPORTANTE, MUY INTERESANTE, MUY...
"GUAY"!», gritó esta vez con enfado.
.
.
¿Tan importante es lo que he dicho «Tiojacobo»?
preguntó Pedro confundido.
Bueno, sigamos.
¡No!,
contesta a la pregunta, que siempre me dejas en suspenso, con la miel en
la boca.
Sssssssssss.
Calla y escucha dijo «Tiojacobo» llevándose una mano
a los labios.
¡Ya
estás otra vez con ese tono de misterio que me crispa! protextó
Pedro.
Relájate.
Escucha. Cierra los ojos. El «Símbolo Bisémico»
de las cosas minúsculas te dará la contestación a
todas tus preguntas.
¡Tío!
gritó Pedro , ¡es que no entiendo nada y me da miedo!
Las espadas
chocan entre sí con fuerza en la noche. La luna plateada pinta como
sueños de nieve en los campos. Y bajo las encinas, las sombras negras,
no más que una mancha de amnesia. ¡¿Qué rayo
mortal o chispa de fuego devastador levantan los golpes de la furia!?
dijo «Tiojacobo» con una voz bronca, como de ultratumba .
¡Ay!, Sansón Extremeño; ¡ay!, forzudo que fuiste
blanco como una mañana niña... Mira que fusionada con la
noche negra ya viene la muerte en su caballo de olvidos. Mira que sus espuelas
pulidas traen sangre seca, cual el polvo de los caminos.
«Tiojaobo»
miraba en dirección a la Sierra de Garciá mientras hablaba,
al noroeste, más allá de la planicie y el horizonte; mantenía
los ojos inmóviles en un punto indeterminado de la lejanía
azul del cielo; no parpadeaba siquiera. Pedro tuvo la sensación
extraña de que algo que él no entendía estaba pasando.
Se sintió aterrado, como si de pronto se hubiera quedado sólo
en el mundo y alguien invisible estuviera merodeando. Se sentó sobre
el frío suelo de granito de la cúspide del menhir. Cerró
los ojos y se puso a llorar mansamente: unas lágrimas de tristeza
y angustia.
«Tiojacobo»
siguió recitando, ausente, despreciando el miedo del sobrino, raptado
por las palabras mágicas que se le venían a la boca:
En la Sierra
de Garciá, bajo los pinos, el viento se para y observa. Manda silencio
a las bestias. Y todo se detiene. Incluso la tierra toda ya no gira. El
encuentro del acero de las espadas truena sobre los cerros. Llueve el dolor
y la sangre. Y allá se queda, bajo la noche de plata del poeta,
la figura derrumbada de El Sansón Extremeño, inmóvil,
con aquella cara inocente y barbilampiña de los dieciséis
años. Todo ya es como un cuadro tenebrista no pintado.
Pedro sigue
confuso, mas no llora. Está triste, como si alguien querido se hubiera
ido para siempre. «Tiojacobo» se sienta con él. Se miran.
¿Qué?
pregunta «Tiojacobo».
Nada. Que
de eso que cuentas ya no queda nada. Sólo el recuerdo.
El recuerdo,
sí. El recuerdo engordado ahora por tus lágrimas y mis palabras.
Algo sutil que no vemos y que se esconde tras la aparente realidad de las
cosas.
¿Es
ese el secreto maravilloso de Sierracamello?
No. Es sólo
la primera puerta. El primer resquicio de la riqueza que lo minúsculo
del mundo nos puede ofrecer.
No acabo
de entender dijo Pedro abatido.
No importa,
Pedro. Aún eres muy pequeño. Ya entenderás cuando
seas mayor.
Entonces,
¿no me desvelarás el secreto hoy?
Yo no puedo
hacerlo si tú no lo descubres por ti mismo.
Hay un nuevo
silencio. Pedro reflexiona. «Tiojacobo» mira los coches pasar
por la autovía. Ve el restaurante que se asomaba a la carretera
general y que era todo alegría y charanga en sus tardes juveniles.
Lo ve ahora apagado, acurrucado en la simpleza de una casa más de
comidas para camioneros, un alto más en el camino que ya nadie del
pueblo visita. Recuerda aquel paseo diario que hacía al atardecer
con los amigos y las amigas, cuando tenía quince, dieciséis
y diecisiete años y la sangre le hervía bajo la piel, en
tiempo de vacaciones. Se dibuja en su mente la cara aniñada de su
prima Cristina, aquella prima que también vivía lejos y que
veía sólo en estío. Recuerda que la amó de
una forma platónica, deificando más aún la soberana
belleza de la muchacha, perdiéndola por ello.
Entiendo
que todo está lleno de historias; que hay como un eco escondido
en las cosas, como un rastro invisible de las personas que han pasado por
el mundo interrumpe Pedro los pensamientos de «Tiojacobo».
¿Y
dices que no entiendes nada? reacciona el tío.
¿Es
eso? pregunta con alegría Pedro.
Exactamente,
sí. Ésa es la primera puerta de este maravilloso misterio
que quiero que descubras.
Tío,
pero eso ocurre en todas partes. Todos los lugares tienen esa carga de
recuerdos.
Cierto. Pero
nada en el mundo guarda en su pasado lo que tiene esta Sierra... Camello.
Lo que te propongo es único. Diferente a todo lo demás.
Claro, nada
es igual en todas partes.
¡Olé!
exclama «Tiojacobo» jovial.
¿Qué
he dicho ahora, «Tiojacobo», para que te sientas así,
tan alegre?
Estás
filosofando, Pedro, tomando conciencia de que lo que ves es sólo
una parte minúscula de la realidad de las cosas, abstrayéndote
de lo material, siendo más humano, abandonando el mundo plano de
lo material, ahondando en el espíritu...
Pues yo no
le veo el mérito, porque otras veces he pensado también cosas
como éstas.
Sí,
pero no con conocimiento de que lo estabas haciendo como ahora.
Pedro vuelve a reflexionar.
Juega con una hormiga grande y negra que ha aparecido de improviso entre
sus piernas. «Tiojacobo» vuelve a las noches claras de juventud.
Recuerda las risas de las mocitas, las fanfarronadas de los mozuelos. Se
escucha a sí mismo tocando la guitarra y cantando canciones de Paco
Ibáñez. Ve claramente la cara de arrobo de su prima Josefa
ante su voz bronca y siente que la poesía cantada encandila a su
pequeño público, no más de diez contertulios. Recuerda
también la historia de los novios que se sentaron en un cancho apartado,
más allá de la cuneta de la carretera, entre los rastrojos.
Aquella historia que le contara su padre: la picadura del
escorpión en el trasero de la chica y los dolores de ésta;
y el apuro de él para explicar a los padres de ella lo que estaban
haciendo allí, tan lejos del grupo de amigos.
«Tiojacobo»,
¿qué piensas? pregunta Pedro.
Nada importante.
Recuerdos que están escondidos en esa carretera que lleva a la autovía
contesta «Tiojacobo» señalando una de las tres entradas
que tiene el pueblo, la que va derecha al oeste.
Pues estabas
muy concentrado, porque ni que respirabas parecía.
Bueno, eso
es otra historia. Ahora, hemos de seguir, que apenas si nos quedan dos
horas de sol. Y como no espabilemos nos pilla la noche en medio del campo. |