Oyeron nuevamente el canto de las cigüeñas en el momento mismo
en que rodeaban el peñasco. Las hendiduras de las que había
hablado «Tiojacobo» estaban en la cara que miraba a las crestas
de Sierracamello. Eran ciertamente heridas superficiales. Parecían
insignificantes rasguños del hacha de los vientos, la lluvia y el
granizo. La ascensión se presentaba asequible incluso para el más
principiante de los principiantes de la escalada libre. Pedro no tuvo miedo
hasta que subió los dos primeros metros. El vértigo se apoderó
de él al mirar abajo y ver la altura. Se quedó pegado a la
torre granítica en una postura curiosa: una pierna y un brazo flexionados,
sujetos a la roca cual una ventosa al cristal; las otras dos extremidades,
danzando en el aire en busca de un apoyo que el terror hacía desaparecer.
—Tío,
tío, tío — clamaba el niño.
Pedro sintió
la mano férrea de «Tiojacobo» agarrarle por el brazo
que bailaba en el vacío en el momento mismo en que las fuerzas empezaban
a fallarle y la voluntad que lo mantenía indemne cedía. Luego;
que era izado lentamente, mas con firmeza.
— Bueno; ya
está, ya pasó — decía «Tiojacobo» amablemente
mientas le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo inmaculado.
Transpiraba
en frío. Tiritaba de pavor. Dos lágrimas cristalinas resbalaron
por las mejillas de Pedro. Le castañeaban los dientes. Un hipo inoportuno
vino también a subrayar aún más el carácter
tragicómico de la escena. Recuperó la visión cuando
las posaderas estaban bien asentadas en la cúspide. Vio que ésta
era plana y circular, muy bruñida, con un diámetro de apenas
un metro. Y no quiso mirar abajo. Los ojos se detuvieron en la línea
bien definida del borde de la mole.
— ¡Qué
miedo he pasado! — acertó a articular Pedro tras un paréntesis
de unos segundos, ya un poco más repuesto.
— Si no hubieras
mirado abajo, que fue lo que te dije... pues no te hubiera pasado esto.
— Ya. Eso se
dice muy pronto, pero...
— Es todo el
terror, Pedro. Esa prevención exagerada del organismo que nos inmoviliza
y, a veces, cuando no se domina, nos deja incapacitados ante las cosas
más sencillas. Todas las personas lo tienen. Todas; incluso los
héroes poseen un instante de terror en medio del miedo lógico
que les incita a desistir de la gesta. Incluso los más valientes
antes de la batalla lo sienten.
— Sí,
pero yo más que nadie... Fíjate que me dan miedo hasta las
lagartijas.
— No, Pedro;
tú igual que todos. Tu miedo es el mismo que el mío. Lo que
pasa es que tú aún no has ejercitado su dominio. Has vivido
siempre entre sábanas blancas, que digo yo, al igual que muchos
otros niños de la ciudad. Siempre protegido por «papi»
y «mami». Exceso de mimos. Exceso de amparo.
— Entonces,
¿tú crees que no soy un cobarde?
— ¡No
puedes serlo habiendo subido hasta aquí!
— Pues yo no
le veo el mérito.
— Todos los
valientes dicen lo mismo.
Estaban los
dos sentado mientras hablaban. Pedro, mirando al suelo. «Tiojacobo»
frente a él, con las piernas cruzadas, cual lo estuviera en la encrucijada
que llevaba al huerto de Tío Juan Rodríguez. El mundo seguía
su curso en tanto. Los coches corrían veloces por la autovía.
Las cabras pastaban entre las empinadas pendientes de Sierracamello. Las
ovejas seguían al tono cansino del cencerro del macho guía,
allá en la lejanía del llano, azuzado por el perro pastor
que miraba a su amo con ojos líquidos e inteligentes. Los toros
bravos luchaban por el mando de la manada en la dehesa. La cigüeña
llevaba comida a sus retoños en la torre de la iglesia. Las ranas
croaban en la laguna. La gente del pueblo llenaba las calles camino de
sus quehaceres: la caldereta de latón para el regadío o el
ordeñado la llevaban vacía y en la mano; la de la comida
para los cerdos, llena y sobre la cabeza, bajo una almohadilla que no era
otra cosa que un trapo viejo retorcido.
— ¿Puedes
ya levantar la vista y mirar sin miedo? — preguntó «Tiojacobo».
— ¡Es
que estamos muy altos! — pretextó Pedro.
— No más
que lo que viste desde el suelo. Unos tres metros y medio.
— Sí,
pero, aún me siento débil.
— Hay sólo
una manera de resolver los problemas de la vida — dijo «Tiojacobo»
mientras encendía otro cigarrillo y se incorporaba.
— No, no, siéntate.
— ¿Qué
pasa ahora, Pedro? — interrogó «Tiojacobo» con una voz
cansina.
— ¡Que
tengo vértigo!
— Pero yo no.
Y de pie se ven mejor las cosas.
— Sí,
pero si te caes...
— Digo, Pedro,
que si no te en enfrentas a la vida e intentas dominarla, jamás
harás nada de lo que quieras hacer. Estarás siempre atado
por el miedo. Viviendo una existencia apagada e inútil: la única
manera de no vivir. Te morirás como llegaste al mundo; vacío,
sin haber crecido mentalmente y sin haber aportado nada a la historia de
los hombres.
— Me da igual
— dijo Pedro crispado.
Se hizo el
silencio entre los dos. Oyeron el viento vestir de movimiento el espacio
quieto que entre el suelo y el cielo se abría. También, la
sinfonía de cobre de las esquilas de las cabras en la altura de
Sierracamello, y las campanas en la vieja torre de la iglesia del pueblo
tocando a misa, y el ronroneo monótono de un motor que extraía
agua de algún pozo para el regadío.
.
.
.
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO»,
silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio
inconfundible... «¡MUY IMPORTANTE, MUY INTERESANTE, MUY...
"GUAY"!», gritó esta vez con enfado.
.
.
.
— ¡Cállate
ya, no te das cuenta que todo es un camelo! — gritó Pedro a su voz
interior.
— Bueno, bueno...
que no estoy sordo — contestó «Tiojacobo» creyendo que
era a él a quien iban dirigidas las ariscas palabras del niño.
— Perdona,
tío, no es a ti. Es a mi mismo. Hay aquí dentro de mi cabeza
como dos personas que discuten. Una paralizada que es la que domina y la
otra activa que me incita a seguirte.
— Pues lo tienes
muy fácil. Deja que actúe la segunda.
Haz un esfuerzo.
Levanta y mira el hermoso paisaje. Si lo haces te contaré la historia
poco conocida de El Sansón Extremeño.
.
.
.
«LA HIS-TO-RIA-DE-EL-SAN-SON-EX-TRE-ME-ÑO»,
repitió como un eco la voz interior.
.
.
.
— Ayúdame
— dijo Pedro —, dame la mano y no me sueltes.
Las copas de
los árboles estaban justo debajo de ellos. Un poco más allá
las casas del pueblo como de juguete, disminuidas por la distancia. Luego
la planicie. Las siluetas de las edificaciones antiguas de la ciudad de
Trujillo finalmente, allá en el horizonte, sobre una colina, difuminado
todo por la lejanía de la perspectiva. Apenas si se reconocían
las murallas del castillo medieval. Apenas si se distinguían las
bóvedas esféricas de las iglesias, igualado todo en una especie
de mancha negra sobre el amarillo agostado del terreno. A la izquierda
el sol, a cuatro dedos del ocaso, lanzando bofetadas de calor. El escarpado
Risco Chico nacía a la derecha.
— Aquella mancha
negra que se dibuja en el Norte es Trujillo, la cuna de Pizarro, el porquero
conquistador.
— No entiendo.
— Sí,
Pizarro, antes de irse a «las indias», había sido cuidador
de cerdos: porquero en una palabra.
— Pues eso
no lo sabía yo.
— Los libros
no dicen nada al respecto. Y los trujillanos se enfadan cuando les recuerdas
este detalle de la historia. Se escandalizan y dicen que eso es leyenda
negra, que Pizarro era hijo de... Bueno, un lío genealógico.
— Pues yo no
le veo nada malo a eso. Más mérito para Pizarro el llegar
tan alto desde la nada.
— Yo creo que
las dos cosas son ciertas: que era hijo de un Grande de España y
que cuidó guarros en la niñez, hasta que creció y
se hizo hombre y se le nombró Capitán y todas esas verdades
de valentías y batallas.
— ¡Cuantas
cosas sabes, tío!
— Algunas.
No muchas; pero interesantes. Y lo de El Sansón Extremeño
hay poca gente que lo sepa, que la luz de Pizarro es muy fuerte y tapa
todas las otras lumbreras.
— Cuenta, cuenta
— dijo Pedro entusiasmado.
— Pues que
había, allá en la Edad Media, un forzudo en Trujillo. Un
hombre así como... Perurena, creo que se llama el levantador este
de piedras de El País Vasco. Un hombre del pueblo excepcional. Dicen
que yendo un día a misa con su madre a ésta le entró
sed. Y que como era ya un poco mayor y le costaba trabajo agacharse, pues
que cogió una pila de piedra que había a la entrada de la
iglesia, que pesaba algo así como unos cuatrocientos kilos con agua
y todo, y que la levantó hasta los labios de la anciana para que
bebiera.
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