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SEGUNDA  PARTE
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EL SÍMBOLO BISÉMICO
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5
EL SANSÓN EXTREMEÑO (1)
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     Oyeron nuevamente el canto de las cigüeñas en el momento mismo en que rodeaban el peñasco. Las hendiduras de las que había hablado «Tiojacobo» estaban en la cara que miraba a las crestas de Sierracamello. Eran ciertamente heridas superficiales. Parecían insignificantes rasguños del hacha de los vientos, la lluvia y el granizo. La ascensión se presentaba asequible incluso para el más principiante de los principiantes de la escalada libre. Pedro no tuvo miedo hasta que subió los dos primeros metros. El vértigo se apoderó de él al mirar abajo y ver la altura. Se quedó pegado a la torre granítica en una postura curiosa: una pierna y un brazo flexionados, sujetos a la roca cual una ventosa al cristal; las otras dos extremidades, danzando en el aire en busca de un apoyo que el terror hacía desaparecer. 
     —Tío, tío, tío — clamaba el niño. 
     Pedro sintió la mano férrea de «Tiojacobo» agarrarle por el brazo que bailaba en el vacío en el momento mismo en que las fuerzas empezaban a fallarle y la voluntad que lo mantenía indemne cedía. Luego; que era izado lentamente, mas con firmeza. 
     — Bueno; ya está, ya pasó — decía «Tiojacobo» amablemente mientas le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo inmaculado. 
     Transpiraba en frío. Tiritaba de pavor. Dos lágrimas cristalinas resbalaron por las mejillas de Pedro. Le castañeaban los dientes. Un hipo inoportuno vino también a subrayar aún más el carácter tragicómico de la escena. Recuperó la visión cuando las posaderas estaban bien asentadas en la cúspide. Vio que ésta era plana y circular, muy bruñida, con un diámetro de apenas un metro. Y no quiso mirar abajo. Los ojos se detuvieron en la línea bien definida del borde de la mole. 
     — ¡Qué miedo he pasado! — acertó a articular Pedro tras un paréntesis de unos segundos, ya un poco más repuesto. 
     — Si no hubieras mirado abajo, que fue lo que te dije... pues no te hubiera pasado esto. 
     — Ya. Eso se dice muy pronto, pero... 
     — Es todo el terror, Pedro. Esa prevención exagerada del organismo que nos inmoviliza y, a veces, cuando no se domina, nos deja incapacitados ante las cosas más sencillas. Todas las personas lo tienen. Todas; incluso los héroes poseen un instante de terror en medio del miedo lógico que les incita a desistir de la gesta. Incluso los más valientes antes de la batalla lo sienten. 
     — Sí, pero yo más que nadie... Fíjate que me dan miedo hasta las lagartijas. 
     — No, Pedro; tú igual que todos. Tu miedo es el mismo que el mío. Lo que pasa es que tú aún no has ejercitado su dominio. Has vivido siempre entre sábanas blancas, que digo yo, al igual que muchos otros niños de la ciudad. Siempre protegido por «papi» y «mami». Exceso de mimos. Exceso de amparo. 
     — Entonces, ¿tú crees que no soy un cobarde? 
     — ¡No puedes serlo habiendo subido hasta aquí! 
     — Pues yo no le veo el mérito. 
     — Todos los valientes dicen lo mismo. 
     Estaban los dos sentado mientras hablaban. Pedro, mirando al suelo. «Tiojacobo» frente a él, con las piernas cruzadas, cual lo estuviera en la encrucijada que llevaba al huerto de Tío Juan Rodríguez. El mundo seguía su curso en tanto. Los coches corrían veloces por la autovía. Las cabras pastaban entre las empinadas pendientes de Sierracamello. Las ovejas seguían al tono cansino del cencerro del macho guía, allá en la lejanía del llano, azuzado por el perro pastor que miraba a su amo con ojos líquidos e inteligentes. Los toros bravos luchaban por el mando de la manada en la dehesa. La cigüeña llevaba comida a sus retoños en la torre de la iglesia. Las ranas croaban en la laguna. La gente del pueblo llenaba las calles camino de sus quehaceres: la caldereta de latón para el regadío o el ordeñado la llevaban vacía y en la mano; la de la comida para los cerdos, llena y sobre la cabeza, bajo una almohadilla que no era otra cosa que un trapo viejo retorcido. 
     — ¿Puedes ya levantar la vista y mirar sin miedo? — preguntó «Tiojacobo». 
     — ¡Es que estamos muy altos! — pretextó Pedro. 
     — No más que lo que viste desde el suelo. Unos tres metros y medio. 
     — Sí, pero, aún me siento débil. 
     — Hay sólo una manera de resolver los problemas de la vida — dijo «Tiojacobo» mientras encendía otro cigarrillo y se incorporaba. 
     — No, no, siéntate. 
     — ¿Qué pasa ahora, Pedro? — interrogó «Tiojacobo» con una voz cansina. 
     — ¡Que tengo vértigo! 
     — Pero yo no. Y de pie se ven mejor las cosas. 
     — Sí, pero si te caes... 
     — Digo, Pedro, que si no te en enfrentas a la vida e intentas dominarla, jamás harás nada de lo que quieras hacer. Estarás siempre atado por el miedo. Viviendo una existencia apagada e inútil: la única manera de no vivir. Te morirás como llegaste al mundo; vacío, sin haber crecido mentalmente y sin haber aportado nada a la historia de los hombres. 
     — Me da igual — dijo Pedro crispado. 
     Se hizo el silencio entre los dos. Oyeron el viento vestir de movimiento el espacio quieto que entre el suelo y el cielo se abría. También, la sinfonía de cobre de las esquilas de las cabras en la altura de Sierracamello, y las campanas en la vieja torre de la iglesia del pueblo tocando a misa, y el ronroneo monótono de un motor que extraía agua de algún pozo para el regadío. 
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     «SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO», silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio inconfundible... «¡MUY IMPORTANTE, MUY INTERESANTE, MUY... "GUAY"!», gritó esta vez con enfado. 
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     — ¡Cállate ya, no te das cuenta que todo es un camelo! — gritó Pedro a su voz interior. 
     — Bueno, bueno... que no estoy sordo — contestó «Tiojacobo» creyendo que era a él a quien iban dirigidas las ariscas palabras del niño. 
     — Perdona, tío, no es a ti. Es a mi mismo. Hay aquí dentro de mi cabeza como dos personas que discuten. Una paralizada que es la que domina y la otra activa que me incita a seguirte. 
     — Pues lo tienes muy fácil. Deja que actúe la segunda. 
     Haz un esfuerzo. Levanta y mira el hermoso paisaje. Si lo haces te contaré la historia poco conocida de El Sansón Extremeño. 
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     «LA HIS-TO-RIA-DE-EL-SAN-SON-EX-TRE-ME-ÑO», repitió como un eco la voz interior. 
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     — Ayúdame — dijo Pedro —, dame la mano y no me sueltes. 
     Las copas de los árboles estaban justo debajo de ellos. Un poco más allá las casas del pueblo como de juguete, disminuidas por la distancia. Luego la planicie. Las siluetas de las edificaciones antiguas de la ciudad de Trujillo finalmente, allá en el horizonte, sobre una colina, difuminado todo por la lejanía de la perspectiva. Apenas si se reconocían las murallas del castillo medieval. Apenas si se distinguían las bóvedas esféricas de las iglesias, igualado todo en una especie de mancha negra sobre el amarillo agostado del terreno. A la izquierda el sol, a cuatro dedos del ocaso, lanzando bofetadas de calor. El escarpado Risco Chico nacía a la derecha. 
     — Aquella mancha negra que se dibuja en el Norte es Trujillo, la cuna de Pizarro, el porquero conquistador. 
     — No entiendo. 
     — Sí, Pizarro, antes de irse a «las indias», había sido cuidador de cerdos: porquero en una palabra. 
     — Pues eso no lo sabía yo. 
     — Los libros no dicen nada al respecto. Y los trujillanos se enfadan cuando les recuerdas este detalle de la historia. Se escandalizan y dicen que eso es leyenda negra, que Pizarro era hijo de... Bueno, un lío genealógico. 
     — Pues yo no le veo nada malo a eso. Más mérito para Pizarro el llegar tan alto desde la nada. 
     — Yo creo que las dos cosas son ciertas: que era hijo de un Grande de España y que cuidó guarros en la niñez, hasta que creció y se hizo hombre y se le nombró Capitán y todas esas verdades de valentías y batallas. 
     — ¡Cuantas cosas sabes, tío! 
     — Algunas. No muchas; pero interesantes. Y lo de El Sansón Extremeño hay poca gente que lo sepa, que la luz de Pizarro es muy fuerte y tapa todas las otras lumbreras. 
     — Cuenta, cuenta — dijo Pedro entusiasmado. 
     — Pues que había, allá en la Edad Media, un forzudo en Trujillo. Un hombre así como... Perurena, creo que se llama el levantador este de piedras de El País Vasco. Un hombre del pueblo excepcional. Dicen que yendo un día a misa con su madre a ésta le entró sed. Y que como era ya un poco mayor y le costaba trabajo agacharse, pues que cogió una pila de piedra que había a la entrada de la iglesia, que pesaba algo así como unos cuatrocientos kilos con agua y todo, y que la levantó hasta los labios de la anciana para que bebiera.