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PUEDER SER, PUEDE SER UN MENHIR
 
 

     Resoplaba «Tiojacobo» cual una vieja cafetera cuando pasaron bajo las ramas frondosas de una morera. A su sombra, recostado sobre ella, le contó a Pedro que de niño se había entretenido en la crianza de gusanos de seda y que había venido más de una vez a llevarse las hojas de aquel árbol para alimentarlos. Recordó que los guardaba en una caja de zapatos y que llegó a tener hasta más de cien. Le explicó también que la larva, llegado cierto momento, hilaba la seda en forma de ovillo compacto. «Cada día los veías un poco más grandes», llegó a decir. 
     — Lo malo de aquel pasatiempo era que en cuanto se abría el capullo y salía la mariposa te quedabas sin nada. Sólo aquel montoncito ridículo de seda. Pero eran maravillosas las mariposas, todas blancas como copos de nieve. Lo que más me gustaba era cuando se te iban derechas a la mano. Te hacían cosquillitas un rato, como dándote las gracias por el alimento que habían recibido cuando eran otra cosa, o cual dándote un beso de despedida. Levantaban el vuelo a continuación y se perdían en la inmensidad del mundo. 
     Fueron un rato en silencio, centrándose sólo en el camino, mirando al suelo, apartando los arbustos y las zarzas que iban cerrándoles el paso. Pedro subía entusiasmado, imaginando estar en la amazonía, sintiendo que muy cerca de sus pies las boas y los cocodrilos huían. «Tiojacobo» silbaba una canción de marcha, una vieja tonadilla que hablaba de cumbres nevadas. 
     El camino se abrió una vez más a un pequeño espacio despejado y desembocó en una circunferencia casi perfecta de unos veinticinco metros de diámetro. La pared que conducía el camino de Sierracamello había desaparecido de sus ojos de pronto, a su izquierda. Vieron el suelo plagado de amapolas y margaritas; y un campo arropado de verdes chillones se destapó ante ellos. Les llegaron a doler las pupilas de tanto fulgor. Los colores se trocaron en expresiones primaverales: demasiado contraste con los mates mustios del resto del terreno que habían venido observando durante todo el trayecto. «Tiojacobo» se agachó, se camufló entre las sombras de los matorrales cual si hubiera visto algún peligro y quisiera desaparecer; finalmente, se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios, haciendo señas a Pedro para que lo imitara. 
     — ¿Qué pasa «Tiojacobo»? — dijo Pedro con una voz preocupada. 
     — ¡Chissssss! —dijo—, cúbrete, ocúltate; sal de en medio del camino, que te van a ver. 
     — ¿Pero quién? —interrogó Pedro reaccionando y acurrucándose junto a su tío, olvidando las espinas que le hacían daño desde el otro lado de la ropa. 
     — ¡Chissssss! Calla y mira. 
     Estuvieron un rato en silencio. Pedro sentía en sus sienes el latido de su corazón acelerado. Notaba el correr despavorido de la sangre bajo la piel. Le costaba incluso respirar. Sentía como una mano que le oprimiera el pecho con contundencia. «Tiojacobo» mantenía la mirada fija en un punto situado al otro lado del calvero. Mas Pedro no veía más que el terreno silencioso. 
     — «Tiojacobo» — dijo Pedro en sordina. 
     — ¿Quéeeee? 
     — ¿Qué pasa? — volvió a preguntar con un nudo en la garganta, con las lágrimas a punto de derramarse. 
     — ¿No lo has visto? 
     — ¿El qué? —respondió Pedro. 
     — Al centinela. 
     — ¡¿El qué?! 
     — Al soldado del Imperio Romano que monta guardia con su lanza en aquella esquina, bajo el almendro. Pedro escrutó los árboles. 
     — No lo veo «Tiojacobo». 
     — Ahora es que está escondido. Parece como si nos hubiera descubierto y... 
     — ¡Ya! — dijo Pedro recuperando el aplomo y descubriendo el engaño. 
     — ¿Ya qué? — interrogó con una fingida seguridad imperativa «Tiojacobo». 
     — ¡Tío!, que Los Romanos hace tiempo que se fueron de la Península Ibérica. 
     — Entonces, ¿por qué te escondes y hablas así, en susurros, cual si alguno pudiera oírte? 
     — Porque me has dado un susto que... 
     «Tiojacobo» se levantó sonriendo. Se sacudió el pantalón manchado de tierra húmeda. Miró a Pedro. 
     — ¿Te lo has creído, «verdá»? 
     — Ha sido el susto más que otra cosa. 
     —¿Has pasado miedo? 
     — Sí, ¡gracioso! — dijo Pedro seco y dolido, haciendo una mueca, cual si fuera a sacarle la lengua a su tío.  
     — Perdona, hombre. Pero al ver la canaleta romana del agua y las posibilidades de ocultación del lugar no me he podido contener. 
     — Pues bromas como esa no son buenas, que le puede dar a uno un ataque... o algo peor. 
     — Perdona, hombre, perdona. Pero, ¿a que no te habías fijado que desde hace ya bastante trecho vamos siguiendo la canalización que del agua que sale del «Venero Chico» hicieron Los Romanos? 
     — Pues no, no me había fijado. 
     — ¡Pedro, Pedro... que vas ciego por el mundo! 
     «Tiojacobo» limpió con palmaditas cariñosas la suciedad que desde el suelo Pedro había levantado con sus ropas. Le dio un beso en la frente. Le sonrió. Le revolvió el cabello amorosamente. Le prometió que no habría más sobresaltos. Le señaló el canal de piedra muy viejo y desgastado, partido por la tierra que lo enterraba y que jugaba a ocultarlo en las profundidades de sus entrañas y a sacarlo a flote en el sitio más inverosímil. 
     — Es un lugar de ensueño, ¿no te parece, Pedro? 
     — ¿El qué? 
     — Esta primavera que brota de pronto entre tanto pasto. Como si hubiera una puerta a otra dimensión. 
     — Pues tampoco me había dado cuenta. 
     — Es el agua del «Venero Chico» que se derrama y va a parar a este recodo del camino. 
     Estuvieron otro rato más mirando la eterna primavera de la meseta. 
     — Bueno, pues aquí se acaba el camino —dijo «Tiojacobo» empezando nuevamente la ascensión—, el resto es todo monte común. Sólo hay sendas que se entrecruzan una y mil veces. Hasta La Silla del Moro, nuestro destino final, todo es más complicado. 
     — ¿En dónde dices que se termina el camino? —preguntó Pedro completamente desorientado. 
     — Ahí, un poco más allá de ese bosquecillo de almendros que parece que cierra el camino, donde supuestamente estaba el soldado romano. Al otro lado hay un cancho que se levanta apenas por encima de los árboles, a la izquierda según vamos. Se ven las torres de las iglesias de Trujillo desde él; y una planicie enorme, de unos cuarenta kilómetros cuadrados; y la laguna y el convento y los tejados rojos de las casas del pueblo. La primera panorámica digna y el primer viento con aroma de sierra. 
     — ¿Y es de fácil acceso? — preguntó Pedro. 
     — Muy fácil. Ya verás. La erosión y la lluvia han hecho en la roca como a especie de peldaños minúsculos. Son pequeñas grietas en las que apenas si cabe la puntera de la zapatilla. Pero están muy juntas. «Chupao», ya verás. 
     — Es que... — fue a decir Pedro. 
     — ¿Qué? — preguntó «Tiojacobo». 
     — Es que me dan miedo las alturas. Como como tan poco, pues enseguida me canso y me fallan las fuerzas... y me dan como mareos. 
     — Nada, no te preocupes. 
     El camino se estrechaba tanto tras los almendros que había que pasar de canto, rozando las espaldas y el pecho con las paredes que lo guiaban. Era como el tubo de un embudo tras el cono multicromático de la praderilla frondosa. Hacía una pequeña curva a derechas. Y allí, apareciendo de pronto, cual si el secreto maravilloso de Sierracamello fuera la movilidad de sus elementos, la pared derruida ce -rrando finalmente la ruta: un callejón sin salida. 
     — Ves. Esa es la roca de la que hablaba. Vamos — dijo «Tiojacobo» señalando a la izquierda, por donde el cami-no se abría a un rellano minúsculo. 
     Empezaron a acercarse al peñasco.
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«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-ME-LLO», silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio inconfundible... 
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     — «Tiojacobo», ¿desde arriba del menhir se distingue ya el secreto maravilloso de Sierracamello? 
     — ¿Cómo has llamado a la roca? 
     — Menhir, ¿por qué? 
     — Porque esa palabra es muy técnica. ¿Sabes bien lo que significa? 
     — Sí, tío, ya te he dicho que yo leo mucho — dijo Pedro con voz de fastidio—: Menhir es una piedra grande y alargada que los cavernícolas clavaban verticalmente en el suelo como monumento o recuerdo de algo. 
     — ¡Jolín, con el mocoso! — dijo «Tiojacobo» asombrado.  
     — Y no me llames mocoso, que no lo soy. Y contéstame a lo que te pregunto de lo de Sierracamello. 
     — Sí. 
     — Sí, ¿qué? 
     — Que sí. Que desde arriba ya puede uno intuir el secreto maravilloso del que te he hablado. Pero, y perdona que insista porque todo esto es natural, no hay mano humana alguna, ¿por qué le has llamado menhir? 
     — ¿No lo ves? 
     — ¿El qué? 
     —  ¡Jolín, tío, que ahora parece que el ciego eres tú! Pues que la roca, como tú la llamas, está demasiado lisa, no sé, como si le hubieran pasado una lija. 
     — No sé. De ese detalle no me había percatado nunca. Puede ser, puede ser que... — dijo «Tiojacobo» con una voz inconfundible de duda y misterio.