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EL HUERTO DE JUAN RODRÍGUEZ
 
 

     De pronto el camino se fue haciendo cada vez más escarpado, con muchas pendientes muy pronunciadas y pocos rellanos, pero siempre encauzado por la pared de piedra. Se dividía en dos y en tres senderos a veces, cuando la orografía era muy intrincada: dos en lo alto, pegados al muro, y otro en lo más bajo, en el centro de la calle. Junto a la vegetación enana de margaritas y dientes de león, que sobrevivían en lo umbrío, iban apareciendo las escoberas de casi un metro, con un ramaje abundante que enmarañaba la angostura de lo que ya era un callejón y que obstaculizaban el ascenso. Había montones de encrucijadas que «Tiojacobo» sorteaba con una seguridad absoluta, como si hubiera vivido siempre en el pueblo y se conociera cada recoveco, cada dificultad.
     —Por ahí, por esa callejuela cerrada por la maraña vegetal, se va a la huerta de Tío Juan Rodríguez — afirmó «Tiojacobo» en un cruce de caminos que se abría a la amplitud de una mesetilla llena de hierbajos y de poco más de seis metros cuadrados.
     — ¿Y quién es ese Juan Rodríguez? — preguntó Pedro intrigado.
     — Un primo hermano de mi abuela. Un señor del que tengo muy buenos recuerdos. Me contaba montones de historias admirables cuando yo era un niño como tú. Un hombre de campo de los antiguos: sencillo, con unos conocimientos infrecuentes de la naturaleza. Miraba a un cielo despejado, como el de ahora, y decía: «hoy va a haber marea». Y efectivamente; por la noche el cielo se cubría con unas nubes negras y los truenos y los relámpagos se adueñaban del mundo.
     — ¡Qué fantasioso eres, «Tiojacobo»!
     — Te juro por mi honor de caballero que es cierto — afirmó solemne «Tiojacobo», levantando la mano derecha para apoyar más aún su dicción.
     — Pero no es posible, tío, que en un día como el de hoy, sin una nube, alguien sepa que se acerca una tormenta con sólo mirar para lo alto — protestó Pedro.
     — Pues él lo sabía. No sé por qué malas artes, pero así era.
     Hubo un silencio de incredulidad para Pedro y de disgusto para «Tiojacobo». Miraron los dos a las alturas de Sierracamello y percibieron su grandeza silenciosa. La aproximación había desvelado que no era pulida sino abrupta, con simas grandes y acaso desfiladeros angostos entre los peñascos.
     — Aunque por lo que verdaderamente le tengo más cariño — prosiguió «Tiojacobo» — es por la lección de sus saberes ocultos. Todo ocurrió una mañana fresca de verano. Me trajo a su huerto con el pretexto de coger unos tomates y unas brevas. «Se echarán a perder si no nos las traemos, o se las comerán los gurriatos, que están ya muy maduras», recuerdo que dijo. Me ayudó a subirme a una higuera y me propuso que colmara de brevas la calderetita de aluminio. El llenaría la suya de tomates.
     «Tiojacobo» hizo una pausa mientras encendía un cigarrillo. Se habían sentado a la sombra de una encina, sobre el moho marchito que descendía de la pared de piedra añeja. Pedro había sacado la botella de agua de la mochila y había bebido sólo un trago. Le dolían los dientes de tan fría como estaba el agua. La piedra de hielo aún no se había derretido y naufragaba dentro de la botella, chocando incesantemente contra las paredes del plástico transparente de la misma. Se oían en lontananza las esquilas de las cabras y las vacas bravas; arriba, en las alturas de Sierracamello. Aún hacía demasiado calor. Las cigarras y los grillos seguían interpretando su sinfonía campestre.
     — ¿Las higueras dan higos, «verdá», «Tiojacobo»? — rompió el silencio Pedro.
     — Sí... ¿por qué?
     — Y eso de las «breeevaaas» — dijo Pedro con recochineo—, ¿qué es?
     — Las «breeevaaas», como tú dices, niño incrédulo, son los frutos más grandes y más dulces que dan las higueras que tienen dos cosechas. Las que yo vi aquel día eran de piel negra y brillante, enormes como aguacates; y por dentro la carne era blanca y la semilla roja como el vino.
     Otra vez el silencio tenso entre los dos, como una conjura para la disputa.
     — Pero como no me crees nada de lo que te cuento... pues — prosiguió «Tiojacobo» incorporándose —, venga. Sigamos subiendo. Aunque te advierto que así, con esa actitud materialista, poco voy a poder mostrarte del maravilloso secreto de Sierracamello.
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«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-ME-LLO», silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio inconfundible...
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     — ¡Vale, tío! Te creo — reaccionó Pedro —. Sigue con esa historia de brevas y tomates.
     «Tiojacobo» volvió a sentarse. Había apoyado la espalda en la pared y cruzado las piernas como lo habían hechos los apaches y los otros indios mucho tiempo atrás. Pedro pensó que sólo faltaba que «Tiojacobo» sacara la pipa para firmar la paz. Mirando al suelo y en un tono de voz de enfado, imperativo y melancólico, dijo:
     — El árbol estaba plagado de hormigas, de esas hormigas rojas y voraces que son las peores. Mas yo no lo sabía. Enseguida empezaron a morderme. Cuando me di cuenta tenía las piernas hinchadas y unos picores horribles: peor que el de las ortigas mil veces, era. Recuerdo que empecé a llorar y a rascarme. Él se puso muy serio. Se acercó al pozo. Sacó un poco de agua fresca. Me lavó bien las picaduras... Milagrosamente, y si te lo quieres creer te lo crees y si no allá tú, me dejaron de doler. Peló dos o tres brevas de las más duras, de las incomestibles. Las trituró con la mano y lo mezcló todo con tierra y saliva. Me puso aquel limo en las diminutas heridas. Cuando llegamos de vuelta a casa y me lo quitó, las rojeces habían desaparecido.
     — ¿Era médico ese hombre, o adivino, o curandero? — interrogó Pedro en tono agresivo, más ofendido aún por lo que estimaba que era un enredo imaginativo.
     — No. No lo era... Pero la vida le había enseñado muchas cosas. Yo también estaba extrañado. Yo también le pregunté como tú si era brujo. Imposible me parecía que hubiera desaparecido tan pronto aquel dolor tan agudo y aquellas ampollas sanguinolentas. El sonrió y dijo que « la mancha de la mora con otra verde se quita ». Yo me quedé como estaba. No entendí nada. Fueron los años los que me enseñaron que la naturaleza tiene remedio para casi todos los males, que lo único que hay que hacer es saber descubrirlos, que el mundo está lleno de misterio y de fuerzas desconocidas... Hoy sé, por ejemplo, que las hormigas hacen siempre las entradas a sus hormigueros en dirección Norte que es en donde hay más humedad. Y también sé que aunque el día esté sin nubes, tal que hoy, si las hormigas se afanan en sacar el grano de sus pasadizos subterráneos, esas semillas que con tanto esfuerzo y paciencia han ido recolectando, es que va a llover. Y no lo hacen por capricho, no; sino que saben que el grano se hincha con el agua y que si esto ocurre pueden quedar atrapadas por un derrumbe. Y eso, que se le caiga la casa encima a uno, no le interesa a nadie. Y lo sé porque es una de las cosas que enseñamos los militares profesionales a los soldados: « cuando las hormigas sacan el grano; «tate», se acabó el verano », les decimos para que lo recuerden. Una de las maneras de predecir el tiempo. Una de las maneras de prevenir mojaduras innecesarias.
     Pedro escuchaba ahora complacido, con la boca abierta.
     — Recuerdo que en una noche de guardia, allá en Córdoba, dando una vuelta de reconocimiento con un Cabo, le dije que dentro de cuatro horas iba a llover. El me miró extrañado y se sonrió. La noche estaba clara, con una luna llena grande. El cielo completamente despejado. Pero en torno a la sólida claridad del satélite había como una orla de luz que lo circundaba. Era como si un pintor pintara un cielo e hiciera un difuminado muy brillante. « Ves ese círculo que rodea a la luna. Eso es que viene agua. Va a estar lloviendo tres días o más », dije. El no me creyó, claro. Era lo mismo de incrédulo y desconfiado que tú. Eso fue a las tres de la mañana. A las siete y diez, cuando apenas si había amanecido, empezó a lloviznar; luego fue haciéndolo cada vez con más fuerza. Finalmente, diluvió durante diez días, una tromba de agua que llenó los pantanos secos.
     — ¿Y qué dijo el soldado?
     — ¡Qué iba a decir! Que el Sargento era adivino. Se lo contaba a los otros con esa gracia especial que tienen los andaluces, con ese ceceo característico. « Jozú con el zagento, que zabe má que er palo la bandera ».
     Rió Pedro la gracia y las palabras argóticas de «Tiojacobo».
     — Ríete, ríete, pero todo lo que te cuento es tan verdad como que estamos aquí sentados a la vera del camino. Todo lo del Cabo y lo del huerto, tan cierto como que me llamo Jacobo. Y tan real, tan real... como que aún siento en el paladar el sabor exquisito de aquellas sopas de tomate que preparó mi Tío Juan, allá en el doblado de su casa, aquella mañana fresca.
     — Dime, «Tiojacobo», ¿cómo era Juan Rodríguez?
     — Era un hombre alto. Un metro ochenta como poco. Hombros anchos y brazos musculosos. Un poco encorvado hacia adelante por la edad, pero duro como el mármol. Tenía la cara de un césar. Quiero decir que se parecía un poco a los rostros de esas estatuas de centuriones, procuradores y cónsules romanos que hay en los museos. El pelo muy corto y plateado. Una nariz aguileña. Unos labios finos. Unas orejas grandes. Y un olor a campo y a humo y a poca ducha que a mí me molestaba un poco.
     «Tiojacobo» escupió sobre la palma de su mano diestra y apagó el cigarro con la saliva. Pedro miraba extrañado.
     — Es la única manera de estar seguros de que no vaya a haber un incendio innecesario. Lo hacen mucho los labradores en tiempo de la siega — se excusó «Tiojacobo». 
     Pedro, pese a la explicación, siguió pensando que era una guarrería.
     Se levantaron y prosiguieron la ascensión, muy lentamente, bajo un sol todavía de fuego.