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EL CONVENTO
 
 

     E1 vientecillo que corría evaporaba el calor, pero sólo cuando iban por la sombra que daban las casas. En cuanto salían a la luz, sentían como una cataplasma excesivamente caliente en los hombros, en las espaldas, en la cara, en las piernas que rápidamente enrojecían y empezaban a picar. 
     Las calles del pueblo estaban asfaltadas. Sólo de vez en cuando afloraba algún cancho negruzco por entre la superficie lisa del suelo, como una protesta, como si el alma salvaje de las estribaciones de la sierra se negara a ser moldeada. Eso ocurría con frecuencia. Incluso había algunas viviendas que aprovechaban estas arrugas primigenias de la tierra y las utilizaban para hacer el banco de las charlas del atardecer, o unos escalones robustos de acceso a sus interiores. 
     Empezaron a sudar de inmediato, cuando apenas si habían andado cincuenta metros por las empinadas calles y aún no podían ver la plaza del pueblo completo. «Tiojacobo» usaba la garrota como apoyo para la ascensión y Pedro como espada que golpea las paredes y los arbustos que le salían al paso, no otra cosa en su imaginación que terribles dragones de fauces humeantes. 
     Nada más salir del pueblo, veinte metros más arriba, tras doblar una esquina que hacía la pared de piedra que encauzaba el camino agreste de la sierra, se toparon con el convento derruido. 
     — Mira, el convento, Pedro. 
     Una muralla destrozada lo circundaba. Las cuatro paredes de lo que antiguamente fuera la capilla era lo único que se mantenía en pie como edificio reconocible. Había también algún que otro tabique aislado en la zona del pozo. Las ventanas con arcos al estilo árabe y los vanos mostraban ahora sólo la tristeza de no llevar a ninguna parte. Los paredones, en los que las golondrinas y las chovas habían colgado sus nidos, eran muy altos y presentaban el color negruzco del musgo seco de los siglos. El silencio era espeso, como si alguien hubiera mandado callar a los grillos y las cigarras. Las amapolas sobrevivían sobre el verde agostado del suelo. Una cúpula esférica se mantenía aún sobre la robustez de los muros de la iglesia antigua. 
     — ¿Ves la «media naranja»? 
     — ¿El qué? 
     — La cúpula — dijo «Tiojacobo» señalando con el dedo. 
     — Sí. 
     — Aquí en el pueblo le llaman la «media naranja». Pues desde allí, cae la protagonista de mi nueva novela. Les hago subir por la pared derruida. ¿Ves que se puede subir? 
     — Sí, por allí — dijo Pedro señalando la pared que se orienta al Sur. 
     — Pues lo que te digo. Que se suben por la pared, se asoman al interior de la iglesia. No por el agujero que ves, no, que ese es un añadido, el destrozo de los años y los hombres. Se asoman, digo, por la abertura circular que hay en la cúspide de la cúpula, que es por donde el sol, a las doce en punto de la mañana, toca el suelo de la capilla; y ella, la protagonista, Nanza, se queda admirada al ver a las monjas rezando, siente la llamada de Dios. Entonces, «Fule», tiene envidia y la empuja. Ella cae y se da un golpe terrible contra el mármol del suelo. Cuando despierta, ya ha tenido la visión de Jesús que la invita a ser monja. 
     Un asno rebuzna a lo lejos. Los coches pasan veloces por la autovía, ajenos a la historia y a la imaginación, sujetos a un presente que se les va de las manos apenas percibido. El cielo es azul. El sol lanza sus rayos con energía sobre una tierra resignada. 
     — ¿Quieres que subamos a la «media naranja» y miremos? 
     — Es que está difícil! —pretexta Pedro; esconde su miedo a las alturas. 
     — Bueno, no subimos. Ven. Vamos a entrar en el antiguo patio de las monjas y a ver el pozo de Alí Mecaí. 
     — ¿Quién es ese «Alí Me Caí»? 
     — Vamos. Cuando estemos en el huerto te lo contaré. 
     Cruzan la antigua muralla por una puerta de espinos. Hay un par de mulas que comen mansamente y les miran con ojos desganados. La cigüeña crotorea desde la torre de la iglesia del pueblo. 
     — Mira. ¿Ves esos terrenos baldíos de ahí? Pues ahí precisamente estaba el jardín de las monjas. En mi novela y en la realidad. Y aquello es el pozo. 
     — ¿El qué? 
     — Aquello que se advierte allá al fondo, al lado de aquella puerta de madera. 
     — No lo veo. 
     — Sí hombre, donde están aquellas zarzas que cubren lo que parece una casita para un perro. 
     — ¿Aquello es el pozo? 
     — Sí. 
     — Pues no lo parece. Es un pozo raro. Jamás he visto uno igual. 
     — Es que le han hecho como un pórtico para que no le entre suciedad. Y le han puesto aquella losa fina de pizarra como brocal, para que nadie pueda caerse. 
     Se acercan. Está todo muy viejo y salvaje. Sigue el cielo azul y el calor. También el silencio. 
     — Hace años, cuando yo era un niño —explica «Tiojacobo»— había aquí un cigoñal. ¿Sabes lo que es un cigoñal? 
     — Sí, «Tiojacobo», que no soy tonto. Es una pértiga larga con un contrapeso en un extremo que se apoya en un soporte que termina en horquilla. En el lado opuesto al contrapeso, que suele ser de menor grosor, se ata una cuerda y al final de ésta el cubo. Una vez llena la caldereta, el contrapeso la extrae del pozo sin esfuerzo alguno. Es como a especie de balanza que se utiliza cuando hay que sacar mucha agua: un ingenio para no cansarse. 
     — Anonadado me dejas. Pocos niños de tu edad y de la ciudad conocen eso. ¿De dónde sacas tú tantos saberes? 
     — Es que uno lee, ¿sabes? — dice Pedro con una voz llena de orgullo. 
«Tiojacobo» da una palmada cariñosa en la espalda de Pedro: 
     — ¡Bien! Apúntate un diez. 
     El interior del pozo es fresco. Las paredes bajan de ladrillos rojos unos dos metros aproximadamente. Luego, el negro frío de la pared rocosa. Abajo del todo, el agua, a unos cuatro metros. 
     — Si pudiéramos beberla, verías qué fría está. Como de nevera. Hace unos años, la noria sacaba agua para todo el pueblo y para un pequeño huerto con fríjoles que había plantado el dueño del convento. 
     — ¿No es de las monjas el convento? 
     — No. Es privado. Hace ya muchos años que lo es. Desde lo de la desamortización de Mendizábal. 
     — No entiendo eso de desamortización. 
     — Sí. Eso fue un lío que se montó un ministro el siglo pasado para arreglar la economía de España. Obligaron a malvender a los frailes y las monjas los claustros y las abadías. No sé muy bien por qué. La verdad es que se perdieron muchas obras de arte. Fíjate en lo que ha quedado el convento de mi pueblo. En nada más que la antigua iglesia, que se cae de puro vieja, como establo para los animales de labranza. Y dentro, en el techo, aún se pueden ver restos de unas pinturas preciosas. Tuvo que ser esto muy bonito e importante. Pero ya ves. He aquí lo que queda, apenas un eco perceptible de los ancestros. 
     — ¿Por qué hablas así? —pregunta Pedro. 
     — ¿Cómo? —replica «Tiojacobo». 
     — No sé. Como con tristeza. Con palabras extrañas. 
     — Es la nostalgia, Pedro. La nostalgia de los antepasados 
y la tristeza de sus esfuerzos baldíos lo que me acongoja. 
     — No lo entiendo. 
     — No te preocupes. Es que soy demasiado sentimental. Vamos. 
     — ¿A dónde? 
     — A la sierra, ¿a dónde va a ser? A descubrir el secreto maravilloso de Sierracamello. 
     — Y lo de Alí. 
     —¡Ah! Sí. Todo ocurrió en tiempos de nuestra guerra civil, allá por el año mil novecientos treinta y ocho. Con las tropas del General Franco, como supongo que ya sabes, vinieron también unos voluntarios africanos. Los moros, les llamaban las gentes del lugar. Pues estos moros de turbante y pantalones bombachos, se venían a refrescar al pozo en las siestas. Se desnudaban y como Dios los trajo al mundo se metían en el agua a lavarse y quitarse los calores. Esto no les gustó nada a los del pueblo; especialmente a los que bebían sus aguas, que empezaron a decir que olían y sabían a orines. El alcalde fue a quejarse rápidamente al jefe de las fuerzas africanas. Y éste, en consecuencia, prohibió los baños. Mas hubo uno, llamado Alí Bem Assam, que hizo caso omiso de lo ordenado. Finalmente lo descubrieron y lo ejecutaron en la plaza del pueblo. Y dicen los mayores que cuando le preguntaron que por qué no había obedecido la orden, el tal Alí Bem Assam, decía medio en moro medio en cristiano: «Alí, me caí; Alí, me caí». Cuya traducción correcta sería: Alí, se cayó. De ahí el nombre del pozo: Alí Mecaí. 
     — ¿Es verdad lo que cuentas, «Tiojacobo»? —preguntó Pedro extrañado. 
     — Eso relata mi padre, que dice que estuvo en la plaza. 
     — Pues parece una trola. 
     — Ten en cuenta que los nombres propios significan siempre algo. Por ejemplo, el pueblo en el que estamos: Santa Cruz de la Sierra. Hace referencia a la sierra, a la santidad que de la cruz pueden extraer los que siguen las enseñanzas de El Maestro y a las tres cruces de piedra que hay en cada una de las tres entradas al pueblo. 
     — Pero no en todos es así. Porque Cacabelos, el pueblo de mi madre... 
     — Hay algunos nombres que se forman con palabras de otros idiomas. «Belos», la segunda parte del nombre propio que me propones, bien puede tener su raíz semántica en una palabra latina: «bellum», que significa guerra o batalla. El sustantivo que me ofreces para analizar podría significar «caca-batalla». 
     Rió Pedro la ocurrencia. 
     — Lo que he hecho yo es un chiste, claro. Que no es tal sencillo como parece esto de las derivaciones de las palabras. Fíjate si será complicado que para ello hay un apartado en la Filología —la disciplina que estudia todo lo concerniente a las letras— llamada Toponimia. Esta tal Toponimia se dedica exclusivamente a la comprensión y explicación de los orígenes y evolución de los nombres de los lugares. Pero no hay duda de que así se forman los nombres propios, con referencias a cosas concretas. 
     Salieron a la calle que sube a la sierra. 

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«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO», silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio inconfundible...