.
.
12
LA SILLA DEL MORO
.
.
 

     — Ah, qué paz me inunda cuando siento que puedo hacer algo por Él; aunque sólo sea el dar testimonio de su existencia! — exclamó «Tiojacobo» nostálgico. 
     Otra vez el viento que cesa. Los sonidos de las esquilas de las cabras pastando les inflaman los oídos nuevamente. Se escuchan con claridad los silbidos del pastor llamando a reunión y los ladridos del perro. El aguila vuela alto. Es como si de pronto hubieran subido el volúmen del receptor de las voces del mundo, como si hubieran salido de un túnel de silencio. 
     — «Tiojacobo», viene alguien. 
     — Sí. El pastor que vuelve con su ganado. 
     — ¿No te has fijado que lo hemos oído de pronto, cual si de una aparición se tratara? 
     — Sí. Estábamos ensimismados en lo invisible de Dios y no hemos percibido lo tangible. 
     — ¿Conoces al pastor? 
     — Sí. Le llaman «El Bolindres» en el pueblo. Es un hombre muy bajito, con ojos saltones y cara curtida por la intemperie. Un analfabeto feliz. 
     — No entiendo. 
     — Sí. Analfabeto porque no sabe leer. Feliz porque es muy corto de mollera. Nada de lo que te estoy contando le importa. Sólo que el ganado esté gordo y le de para ir viviendo. Es como una piedra. No participa del secreto que intento revelarte. No ve más allá de sus necesidades próximas. Es como Nanza, un ser de palabras sobre el papel. Nada de lo invisible le es revelado. 
     — «Tiojacobo» — dijo Pedro de pronto, tras el silencio largo con que su tío había vestido el diálogo—, ya sé cual es el secreto. 
     — Sí. Pues dímelo. 
     — El hombre es un ser compuesto de alma y cuerpo. El alma participa de lo invisible que Dios ha creado. El cuerpo de lo material. Ambas cosas son el hombre. 
     — No eres tú quien dice eso — exclamó «Tiojacobo» parafraseando a Jesús—, sino nuestro Padre que está en Los Cielos. 
     — Es más. El alma tiende a lo invisible y el cuerpo a lo visible. Ambos, como tú has dicho hace un rato, participan de Dios en lo que hacen, completan su quehacer de alguna manera misteriosa. Yo quiero participar de lo invisible ahora, aportar mi grano de misterio, inventar una historia que viva en ti cada vez que lo recuerdes. 
     — Espera — cortó «Tiojacobo» —. Aquí no. Allá arriba. En La Silla del Moro. Allí te será más fácil. 
     — ¿Por qué allí? 
     — Vamos. Allá lo verás. 
     La Silla del Moro estaba en lo más alto de El Risco Chico, en el centro mismo de una circunferencia minúscula de tierra seca. Una tierra como una isla, rodeada de peñascos por todas partes. Allí, como un palo clavado en el suelo, aquel cilíndro pétreo de un metro sesenta de altura por cuarenta de diámetro. Sobre la cúspide del mismo, aquel vaciado de las entrañas que había hecho el agua, semejando un asiento. El precipicio de doscientos metros mirando al Oeste. Más roquedales al Norte. Al Este, a sus espaldas, un descenso suave hasta la meseta en la que supuestamente estaba la casa de la Bruja Men. Al Sur, las alturas de El Risco Grande. 
     «Tiojacobo» sentó a Pedro en la concavidad y dijo:  
     — Observa. 
     Pedro vió al frente el sol naranja sobre el horizonte. Unos cirros como de frambuesa en el cielo. Abajo, muy abajo, empequeñecido, El Venero Grande, apagado por la oscuridad que lo había tomado. Las tierras de labranza y la autovía que iba llenándose de lucecitas en movimiento, como luciérnagas. La infinita planicie salpicada de encinas en su sueño de olivas. Las luces de Santa Cruz de la Sierra a la derecha, próximas y disminuidas. A lo lejos las de Trujillo, como un fuego o el fulgor de una tormenta. A la izquierda las altura de El Risco Grande, en tonos amarillos pálidos, reteniendo sin duda el último suspiro de luz del día. A su espalda, el cielo iba ennegreciéndose y las estrellas dejándose ver. 
     — Es precioso — exclamó Pedro. 
     El viento venía caliente, como un masaje, cargado con perfumes extraños. Se oía con toda claridad el canto de las ranas en la laguna. 
     — ¿Qué sientes, Pedro? 
     — Admiración por la belleza. Y felicidad, una especie de cosquilleo aquí en el pecho. 
     — Eso es el rostro de Dios. Ese es el secreto. El encuentro de el creado con El Creador. Sierracamello es una puerta a la Eternidad, un acceso a la contemplación del Amor verdadero. 
     — Ya lo sabía tío. Desde que cerca de los corrales de ahí abajo dijiste que estabas feliz de testimoniarlo, lo supe.  
     — ¿Qué comprendiste en concreto? 
     — Pues eso, que Él se muestra con más nitidez en el campo. 
     — ¿Y qué más? 
     — Pues que uno se siente feliz de estar tan cerca de Él... y todas esas cosas. 
     — ¿Y que más Pedro, que ahora eres tú el que me dejas con la miel en la boca? 
     — Carbón, tío — dijo Pedro secamente. 
     La música celestial del mundo seguía sonando. Habló «Tiojacobo». 
     — Sí. Lo primero que sabes aquí con toda certeza es que Dios existe y que es bello porque sus obras lo son. Y que es bueno porque nada de lo que ves te destruye, sino que te ennoblece y te completa. Y que Él es el más grande contador de cuentos. 
     Encendió un nuevo cigarrillo «Tiojacobo». 
     — Fumas demasiado, ¿sabes? 
     — Sí. Algún día tendré que dejar este vicio tonto que me está matando. Más ha de ser dejar él que lo deje por mí, que mi voluntad en este sentido no vale nada. 
     Y luego de una pausa, continuó: 
    — Dios describe a sus personajes secundarios, que son los que en las narraciones van dando credibilidad a la historia, desde la sugerencia. ¿No es acaso El Símbolo Bisémico una insinuación, una llamada a que busquemos en lo íntimo de las palabras? Sus personajes reales secundarios están ocultos. No se ven. Se sienten. Son parte de ese ámbito de lo espiritual. Una vez que has descubierto ese mundo invisible, te das cuenta que es más grande incluso que el que los ojos del cuerpo ven. Te puedes pasar una vida entera caminando por esas sendas y nunca llegarás a conocerlo por completo. Mira sino a los frailes y las monjas, que cuanto más profundizan en él más pequeños e insignificantes se sienten. 
     — El mundo «Tiojacobo» no es solamente lo que vemos. 
     — Correcto. He ahí otro detalle de El Misterio que encierra esta Sierra... Camello. Aquí se nos muestra, o al menos a mí me pasa eso, la otra cara de la existencia humana. Lo intangible se hace próximo. Desde aquí oímos el ruido de las espadas chocar de El Sansón Extremeno y El Coloso de Mérida, que era su antagonista, el que le dió muerte. Desde aquí, si cerramos los ojos y nos esforzamos, podemos ver que la gente joven de los dos pueblos corre sierra arriba, empujándose, locos en una carrera sin sentido. Desde aquí, se escucha el Canto Gregoriano de los monjes en el convento para la realidad y los maitines de las monjas para mi ficción; y al pregonero en la plaza del pueblo leyéndo el edicto del Señor de estas Tierras, Juan Núñez, allá en mil cuatrocientos y pico, solicitando tributos so pena de muerte. Desde aquí, se puede vislumbrar la historia escrita. 
     — Y la no escrita, tío — cortó Pedro. 
     — Me sigues. Eso me alegra. Y la «intrahistoria» también. Esos millones de almas que pasaron sin dejar huella alguna; esos seres de los que no sabemos nada, quizá sólo que pueden estar junto a nosotros en la Comunión de los Santos, en ese Cuerpo Místico de Cristo, o en ese otro lugar vacío, en esas llamas del pecado. 
     — Y más «Tiojacobo». 
     — Bueno, Pedro. Me dejas anodadado. Lo has comprendido. 
     — Sí, tío. Es fácil. Y La Bruja Men, que ya es también algo a recordar. Y «Fule», y Nanza. 
     «Tiojacobo» empezó a llorar en silencio. Unas lágrimas gruesas resbalaron de sus ojos. 
     — ¿Por qué lloras, «Tiojacobo»? 
     No podía contestar. El nudo en la garganta se lo prohibía. Pedro esperó pacientemente. Dió otra ojeada al paisaje que se había oscuredido aún más y sintió como un escalofrío. Unas nubes habían llenado el horizonte y tapaban el sol del ocaso. Dibujaban a un hombre viejo sentado en un trono con una luminosidad fuerte en torno a su rostro. Tenía unos ojos de bondad infinita. Una mirada preñada de Amor. Pedro no dijo nada. Ni advirtió siquiera a «Tiojacobo». Sonrió y dijo para sí: «gracias, Señor, por este momento feliz». 
     — Lloro — dijo al fin «Tiojacobo» — porque en ti he conseguido yo que se ensanche el mundo oculto. Tú has hecho que mis personajes salgan de mi y se disuelvan en La Creación. Has completado el círculo que pretende todo escritor: el canal informativo se ha cerrado. Soy feliz. 
     — Ese si que es el secreto, tío. La felicidad. 
     — ¿Te das cuenta, Pedro, de las múltiples caras de ese secreto? 
     — Sí. 
     — Bien. Pues ya es hora de que tú participes. 
     — No entiendo —fingió Pedro. 
     — Si, es hora de que aportes algo a este otro mundo que has descubierto. 
     — ¡Ah!, eso. Pues no sé — dijo Pedro aguantando la emoción—. Aunque, ¿sabes qué puedo decir? 
     — Dime — dijo «Tiojacobo». 
     — Que ya no tengo miedo. Contémplame aquí arriba sin vértigo, mirando de cara a las cosas. Sierracamello se ha tragado mis angustias. Eso, o Dios que ha escondido en sus entrañas a ambos: miedos y angustias. Y, ¿sabes por qué ha ocurrido esto, «Tiojacobo»? 
     — No sé — afirmó el tío. 
     — Carbón, «Tiojacobo», carbón.

 
FIN....