Ah, qué paz me inunda cuando siento que puedo hacer algo por Él;
aunque sólo sea el dar testimonio de su existencia! exclamó
«Tiojacobo» nostálgico.
Otra vez el
viento que cesa. Los sonidos de las esquilas de las cabras pastando les
inflaman los oídos nuevamente. Se escuchan con claridad los silbidos
del pastor llamando a reunión y los ladridos del perro. El aguila
vuela alto. Es como si de pronto hubieran subido el volúmen del
receptor de las voces del mundo, como si hubieran salido de un túnel
de silencio.
«Tiojacobo»,
viene alguien.
Sí.
El pastor que vuelve con su ganado.
¿No
te has fijado que lo hemos oído de pronto, cual si de una aparición
se tratara?
Sí.
Estábamos ensimismados en lo invisible de Dios y no hemos percibido
lo tangible.
¿Conoces
al pastor?
Sí.
Le llaman «El Bolindres» en el pueblo. Es un hombre muy bajito,
con ojos saltones y cara curtida por la intemperie. Un analfabeto feliz.
No entiendo.
Sí.
Analfabeto porque no sabe leer. Feliz porque es muy corto de mollera. Nada
de lo que te estoy contando le importa. Sólo que el ganado esté
gordo y le de para ir viviendo. Es como una piedra. No participa del secreto
que intento revelarte. No ve más allá de sus necesidades
próximas. Es como Nanza, un ser de palabras sobre el papel. Nada
de lo invisible le es revelado.
«Tiojacobo»
dijo Pedro de pronto, tras el silencio largo con que su tío había
vestido el diálogo, ya sé cual es el secreto.
Sí.
Pues dímelo.
El hombre
es un ser compuesto de alma y cuerpo. El alma participa de lo invisible
que Dios ha creado. El cuerpo de lo material. Ambas cosas son el hombre.
No eres tú
quien dice eso exclamó «Tiojacobo» parafraseando a
Jesús, sino nuestro Padre que está en Los Cielos.
Es más.
El alma tiende a lo invisible y el cuerpo a lo visible. Ambos, como tú
has dicho hace un rato, participan de Dios en lo que hacen, completan su
quehacer de alguna manera misteriosa. Yo quiero participar de lo invisible
ahora, aportar mi grano de misterio, inventar una historia que viva en
ti cada vez que lo recuerdes.
Espera
cortó «Tiojacobo» . Aquí no. Allá arriba.
En La Silla del Moro. Allí te será más fácil.
¿Por
qué allí?
Vamos. Allá
lo verás.
La Silla del
Moro estaba en lo más alto de El Risco Chico, en el centro mismo
de una circunferencia minúscula de tierra seca. Una tierra como
una isla, rodeada de peñascos por todas partes. Allí, como
un palo clavado en el suelo, aquel cilíndro pétreo de un
metro sesenta de altura por cuarenta de diámetro. Sobre la cúspide
del mismo, aquel vaciado de las entrañas que había hecho
el agua, semejando un asiento. El precipicio de doscientos metros mirando
al Oeste. Más roquedales al Norte. Al Este, a sus espaldas, un descenso
suave hasta la meseta en la que supuestamente estaba la casa de la Bruja
Men. Al Sur, las alturas de El Risco Grande.
«Tiojacobo»
sentó a Pedro en la concavidad y dijo:
Observa.
Pedro vió
al frente el sol naranja sobre el horizonte. Unos cirros como de frambuesa
en el cielo. Abajo, muy abajo, empequeñecido, El Venero Grande,
apagado por la oscuridad que lo había tomado. Las tierras de labranza
y la autovía que iba llenándose de lucecitas en movimiento,
como luciérnagas. La infinita planicie salpicada de encinas en su
sueño de olivas. Las luces de Santa Cruz de la Sierra a la derecha,
próximas y disminuidas. A lo lejos las de Trujillo, como un fuego
o el fulgor de una tormenta. A la izquierda las altura de El Risco Grande,
en tonos amarillos pálidos, reteniendo sin duda el último
suspiro de luz del día. A su espalda, el cielo iba ennegreciéndose
y las estrellas dejándose ver.
Es precioso
exclamó Pedro.
El viento venía
caliente, como un masaje, cargado con perfumes extraños. Se oía
con toda claridad el canto de las ranas en la laguna.
¿Qué
sientes, Pedro?
Admiración
por la belleza. Y felicidad, una especie de cosquilleo aquí en el
pecho.
Eso es el
rostro de Dios. Ese es el secreto. El encuentro de el creado con El Creador.
Sierracamello es una puerta a la Eternidad, un acceso a la contemplación
del Amor verdadero.
Ya lo sabía
tío. Desde que cerca de los corrales de ahí abajo dijiste
que estabas feliz de testimoniarlo, lo supe.
¿Qué
comprendiste en concreto?
Pues eso,
que Él se muestra con más nitidez en el campo.
¿Y
qué más?
Pues que
uno se siente feliz de estar tan cerca de Él... y todas esas cosas.
¿Y
que más Pedro, que ahora eres tú el que me dejas con la miel
en la boca?
Carbón,
tío dijo Pedro secamente.
La música
celestial del mundo seguía sonando. Habló «Tiojacobo».
Sí.
Lo primero que sabes aquí con toda certeza es que Dios existe y
que es bello porque sus obras lo son. Y que es bueno porque nada de lo
que ves te destruye, sino que te ennoblece y te completa. Y que Él
es el más grande contador de cuentos.
Encendió
un nuevo cigarrillo «Tiojacobo».
Fumas demasiado,
¿sabes?
Sí.
Algún día tendré que dejar este vicio tonto que me
está matando. Más ha de ser dejar él que lo deje por
mí, que mi voluntad en este sentido no vale nada.
Y luego de
una pausa, continuó:
Dios describe a sus personajes secundarios,
que son los que en las narraciones van dando credibilidad a la his-toria,
desde la sugerencia. ¿No es acaso El Símbolo Bisé-mico
una insinuación, una llamada a que busquemos en lo íntimo
de las palabras? Sus personajes reales secunda-rios están ocultos.
No se ven. Se sienten. Son parte de ese ámbito de lo espiritual.
Una vez que has descubierto ese mundo invisible, te das cuenta que es más
grande incluso que el que los ojos del cuerpo ven. Te puedes pasar una
vida entera caminando por esas sendas y nunca llegarás a conocerlo
por completo. Mira sino a los frailes y las mon-jas, que cuanto más
profundizan en él más pequeños e insignificantes se
sienten.
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El mundo «Tiojacobo» no
es solamente lo que ve-mos.
Correcto. He ahí otro detalle
de El Misterio que en-cierra esta Sierra... Camello. Aquí se nos
muestra, o al menos a mí me pasa eso, la otra cara de la existencia
hu-mana. Lo intangible se hace próximo. Desde aquí oímos
el ruido de las espadas chocar de El Sansón Extremeno y El Coloso
de Mérida, que era su antagonista, el que le dió muerte.
Desde aquí, si cerramos los ojos y nos esforza-mos, podemos ver
que la gente joven de los dos pueblos corre sierra arriba, empujándose,
locos en una carrera sin sentido. Desde aquí, se escucha el Canto
Gregoriano de los monjes en el convento para la realidad y los maitines
de las monjas para mi ficción; y al pregonero en la plaza del pueblo
leyéndo el edicto del Señor de estas Tierras, Juan Núñez,
allá en mil cuatrocientos y pico, solicitando tributos so pena de
muerte. Desde aquí, se puede vislum-brar la historia escrita.
Y la no escrita, tío cortó
Pedro.
Me sigues. Eso me alegra. Y la «intrahistoria»
tam-bién. Esos millones de almas que pasaron sin dejar huella alguna;
esos seres de los que no sabemos nada, quizá sólo que pueden
estar junto a nosotros en la Comunión de los Santos, en ese Cuerpo
Místico de Cristo, o en ese otro lugar vacío, en esas llamas
del pecado.
Y más «Tiojacobo».
Bueno, Pedro. Me dejas anodadado.
Lo has com-prendido.
Sí, tío. Es fácil.
Y La Bruja Men, que ya es también algo a recordar. Y «Pule»,
y Nanza.
«Tiojacobo» empezó
a llorar en silencio. Unas lágrimas gruesas resbalaron de sus ojos.
¿Por qué lloras, «Tiojacobo»?
No podía contestar. El nudo en
la garganta se lo
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prohibía. Pedro esperó
pacientemente. Dió otra ojeada al paisaje que se había oscuredido
aún más y sintió como un escalofrío. Unas nubes
habían llenado el horizonte y ta-paban el sol del ocaso. Dibujaban
a un hombre viejo sentado en un trono con una luminosidad fuerte en torno
a su rostro. Tenía unos ojos de bondad infinita. Una mi-rada preñada
de Amor. Pedro no dijo nada. Ni advirtió siquiera a «Tiojacobo».
Sonrió y dijo para sí: «gradas, Se-ñor, por
este momento feliz».
Lloro dijo al fin «Tiojacobo»
porque en ti he conseguido yo que se ensanche el mundo oculto. Tú
has hecho que mis personajes salgan de mi y se disuelvan en La Creación.
Has completado el círculo que pretende todo escritor: el canal informativo
se ha cerrado. Soy feliz.
Ese si que es el secreto, tío.
La felicidad.
¿Te das cuenta, Pedro, de las
múltiples caras de ese secreto?
Sí.
Bien. Pues ya es hora de que tú
participes.
No entiendo fingió Pedro.
Si, es hora de que aportes algo a este
otro mundo que has descubierto.
¡Ah!, eso. Pues no sé
dijo Pedro aguantando la emoción. Aunque, ¿sabes qué
puedo decir?
Dime dijo «Tiojacobo».
Que ya no tengo miedo. Contémplame
aquí arriba sin vértigo, mirando de cara a las cosas. Sierracamello
se ha tragado mis angustias. Eso, o Dios que ha escondido en sus entrañas
a ambos: miedos y angustias. Y, ¿sabes por qué ha ocurrido
esto, «Tiojacobo»?
No sé afirmó el tío.
Carbón, «Tiojacobo»,
carbón.
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