" O yo no sé lo que me digo, o el tiempo se ha vuelto loco", pensó
Pedro cuando el viento dejó de soplar de pronto, nada más
pisar la arena de El Camino de El Puerto, tras subir una pendiente muy
empinada de unos cincuenta metros: tierra de matojos, campo virgen sin
senda.
Es curioso
dijo Pedro . ¡Mira! Las hierbas se doblan fuera del camino. Oigo
el silbo del viento. Aquí nada. El calor otra vez, como si hubiera
un cristal invisible que nos preservara.
«Tiojacobo»
callaba.
Es más
siguió Pedro , si saco la mano fuera, es como si la metiera en
la nevera. ¡Mira, mira como se me encrespan los pelos!
«Tiojacobo»
sonreía.
¿Qué
es tío?
Ya te lo
he dicho, Pedro. La maldición de Olvido.
¿Tú
crees en la brujería?
No dijo
«Tiojacobo» con seguridad.
Entonces,
¿por qué dices que es la maldición de Olvido?
Te estoy
contestando con palabras de otros cuando digo eso. No con las mías.
Cuando afirmo que es una maldición, sólo estoy refiriendo
lo que los legajos tenían escrito.
Bueno, pues
dímelo con tus palabras.
Es un hecho
raro, sí dijo «Tiojacobo» luego de un rato de silencio.
Pero yo creo que lo que pasa es que El Risco Grande hace como de paraguas;
lo mismo que el abrigo en el que nos hemos resguardado en El Venero Grande,
pero a lo bestia. Quiero decir que ocupando un espacio mayor.
Pero, ¡tío!
dijo Pedro desconcertado e irritado , es imposible que el viento cese
de pronto. Aquí sí, aquí no.
Vamos a hacer
un trato, tú y yo dijo «Tiojacobo» muy serio . Ya
que de aquí en adelante vamos a ver cosas extraordinarias, cada
vez que me preguntes por algo que pertenezca a «el maravilloso secreto
de Sierracamello», yo te diré: «carbón»,
que será lo mismo que decir: «averígualo tú,
búscale tú una explicación, dame un nombre para el
lugar». ¿Vale?
Pero eso
es muy difícil.
No tanto,
Pedro. Lo que pasa es que no estás acostumbrado a estas cosas.
¿A
qué cosas? preguntó el niño.
A este juego
de pintar la realidad con lo que tu alma te insinúa.
¡«Tiojacobo»,
la realidad no se pinta de colores. Ya los tiene ella misma!
¿Estás
seguro de eso, Pedro?
Seguro.
Bien, sigamos
dijo «Tiojacobo» con una voz resignada.
Y empezó
a subir sin mirar atrás, con prisa, como huyendo.
Carbón
gritó Pedro.
«Tiojacobo»
se paró en seco. Se dio muy lentamente la vuelta. Sonrió:
¿Carbón,
de este extraño fenómeno del viento? preguntó «Tiojacobo».
Sí, carbón,
carbón, carbón; que no me gustan tus maneras de dejarme siempre
a medias, con la miel en la boca.
«Tiojacobo»
se sentó en el suelo, en medio del camino. Le hizo gestos para que
se acercara.
En mi novela,
Nanza sabes que se llama, el antagonista, «Fule», tras escapar
de casa, vaga unos días por la sierra, por esta sierra real que
tú pisas y que él en su mundo de ficción también
pisa. Come como las bestias del campo, las raíces y las yerbas del
monte. Llega un momento en que, al atardecer, agotado y harapiento, se
tumba en el «Cancholamisa» que decían los antiguos y
el «Canchosanblás» que recuerda mi padre, boca arriba,
con los brazos en cruz. Este cancho lo verás dentro de un ratito,
está un poco más arriba de este camino. Pues en ese cancho,
llora amargamente su sino: el haber perdido a su amor ella, Esperanza,
Nanza, se mete a monja, ya sabes; y Olvido, la de la novela, que yo llamo
la bruja Men, le observa desahogarse. Este viento de ahora bien puede estar
soplando en recuerdo de las lágrimas de «Fule». No entra
en el camino porque es tierra de ficción y encantamiento. Es sólo
un aviso de la amargura que se esconde entre estos peñascales. Ese
lugar que a ti tanto te ha llamado la atención, no es otra cosa
que La Puerta de lo Inmutable.
Silencio. Incluso
el viento calla.
Tengo miedo,
tío dice Pedro abrazándose a «Tiojacobo».
¿Por
qué? pregunta dulcemente el tío.
El viento,
tío, ¿lo oyes?
No. Ya ha
parado.
No lo entiendo.
Todo el misterio se desvanece.
Carbón,
Pedro.
No sé.
Silencio. Incluso
el viento calla.
No te preocupes,
sigamos subiendo, ya tendrás tiempo en toda tu vida para encontrar
una respuesta a lo que acabas de vivir.
«Tiojacobo»,
ya sé cual es el secreto maravilloso de Sierracamello.
¡Sí!,
dime.
El misterio.
Hay algo que flota en el aire, algo irreconocible, algo invisibles, algo...
no sé.
A mí
también me pasa lo mismo, Pedro dijo «Tiojacobo».
Ese «no sé» que tú acabas de decir me tiene atado
a esta tierra. Yo también he dicho muchas veces: ¡no sé!
Y siempre que vuelvo siento lo mismo, un algo que me inunda el alma y me
llena de felicidad.
.
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-C A-ME-LLO», silabeó
la voz interior con violencia, como un hu-racán demoledor, con un
tono de misterio inconfundible...
.
El Camino de El Puerto ascendía en dirección Noreste, a lomos
de El Risco Grande. Desandaba pues el terreno de más que habían
hecho en dirección Sur. La facilidad en la ascensión se consigue
siempre así, serpeando. El camino hacía como un escalón
de cíclope en medio de dos abismos. Se veía la hoya del terreno
a la izquierda y las cimas a la derecha, sobre sus cabezas. Ambas pendientes
eran muy pronunciadas. La proximidad mostraba la faz nítida de El
Risco Chico: un acantilado de unos doscientos metros sobre la praderilla
de El Venero Grande, un amasijo de grandes rocas desnudas, con apenas tierra
fértil entre ellas. Al otro lado de la cúspide que da al
Norte, incomprensiblemente, unas encinas raquíticas, como desafiando
a las alturas y la intemperie.
Ves, Pedro
dijo «Tiojacobo» al llegar a una vuelta del camino que mostraba
con más detalle la profundidad de la sima que a su izquierda se
hacía . Por ahí, por esa maleza de jaras y escoberas que
cubre el terreno, sube «Fule», la personificación del
mal en mi novela. Y Olvido, la bruja Men, la de la novela, que no es otra
cosa que la materialización de ese lugar inexplicable en donde duermen
los recuerdos olvidados, está ahí arriba, recogiendo yerbas
del campo.
¿Dónde
tío?
Allá
arriba, a la derecha, donde se ven aquellos canchos que parece que se fueran
a caer explicó «Tiojacobo» señalando un camino
de cabras que llevaba a El Risco Grande.
¡Ah,
sí! Por donde va aquel caminito.
Exacto. Y
se topan en ese llanete empedrado. Ese de ahí enfrente, que no es
otro que el «Cancholamisa» o el «Canchosanblás».
¿Por
qué dos nombres «Tiojacobo» para un lugar?
Dos no, Pedro.
Tres.
¿¡Tres!?
infirió Pedro extrañado.
Sí.
El otro es el que yo le pongo en mi novela: «Canchollanto».
Y, ¿Por
qué tantos nombres?
«Cancholamisa»,
en recuerdo de las misas de difunto que hizo el personal de mi pueblo:
celebraciones eucarísticas por el alma del santacruceño asesinado
a la sombra de la morera de El Venero Grande. «Canchosanblás»,
porque la gente de los dos pueblos buscaron la reconciliación tras
la sangre derramada y se vinieron a este otro lugar a comerse El Bollo
de San Blas, un pan dulce con un chorizo dentro, como símbolo de
unidad; y a proseguir con la competencia en la carrera de las pieles, después:
un intento de olvidar y proseguir. «Cantollanto», por lo de
mi novela, lo de «Fule» que ya te he contado, por ese llanto
desesperado que derrama.
Sigo sin
entender.
Ya te lo
he contado antes. Las palabras están llenas de significados.
Lo del Símbolo
Bisémico.
Sí.
Y los lugares más, con palabras que sólo el alma entiende.
Cada paraje de la tierra tiene infinitos matices históricos o de
ficción que se nos escapan. Es la intrahistoria. Un mundo más
grande que el que vemos, lleno de misterio; una existencia dormida que
aguarda pacientemente a que alguien la saque a la luz. Sobre el silencio
de los campos, hay miles y millones de seres ocultos que siguen viviendo
su vida olvidada.
¿Es
eso «carbón», tío? preguntó Pedro.
No. Esto
es el pasillo de entrada a la morada de el maravilloso secreto de Sierracamello.
Un pasito más en lo que te había prometido.
«Tiojacobo»,
si yo le pusiera un nuevo nombre a esa piedra que ya tiene tres, ¿qué
pasaría?
Algo impredecible,
algo terrible y a la vez maravilloso.
No entiendo.
Fácil.
Te convertirías en piedra y estarías toda la eternidad sujeto
a este lugar.
Pero sería
inmortal, ¿verdad? preguntó Pedro.
Cierto. Cierto
que vas desvelando el secreto. |