Pedro, arriba, que son ya las cuatro y media de la tarde — dijo «Tiojacobo»
desde la puerta del dormitorio.
El niño
había dormido del costado derecho, con las piernas encogidas sobre
el vientre, mirando a la pared blanca de la que colgaba un cuadro que representaba
a la Virgen María y a un Niño Jesús recién
nacido. Una arruga inoportuna de la almohada había dibujado en su
sien y en su pómulo diestro como un surco violáceo. Abrió
los ojos a regañadientes. Se sentía muy cansado, como si
el cuerpo le pesara una tonelada. Estiró las piernas y los brazos
y se restregó la cara sudorosa con la palma de la mano abierta.
Intentó incorporarse y no pudo. Regresó otra vez al sueño.
Al rato volvió
«Tiojacobo»:
— Vamos, Pedro,
levanta, que ya va haciendo menos calor.
— ¡Es
que estoy muy cansado! —protestó Pedro.
—¿No
quieres entonces que te desvele el secreto maravilloso de Sierra-camello?
«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO»,
silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio
inconfundible... «¡MUY IMPORTANTE, MUY INTERESANTE, MUY...
"GUAY"!», gritó esta vez con enfado.
— Bueno, vale, cállate ya — se dijo el niño.
Pedro se sentó
en la cama; mientras, «Tiojacobo» bajaba la escalera de mármol
blanco camino de la cocina y preparaba la mochila. Se dio dos palmaditas
en la cara para recobrar la lucidez y empezó a vestirse: primero,
el pantalón tejano que mamá había cortado hasta dejarlo
por encima de las rodillas; segundo, la camiseta blanca con rayas verticales
en azul y verde; tercero, los calcetines marrones; cuarto, las zapatillas
de deporte.
— ¿Te
queda mucho? — vociferó «Tiojacobo» cansinamente desde
abajo.
Pedro empezaba
a bajar la escalera en ese mismo momento.
— Ya voy, ya
voy.
Los ojos se
le llenaron de luz al abrir la puerta en la que terminaba la escalera.
Tuvo que cerrarlos. Los abrió muy lentamente. Más que ver,
intuyó nuevamente aquel pasillo raro que lleva a la calle por un
lado y a un patio chiquitito, la cocina y el cuarto de aseo, por otro:
«La bóveda haciendo arcos como en las catedrales; todo pintado
de un blanco hiriente; un jamón colgando de un gancho con tres brazos
que parecía fuera a desprenderse en cualquier momento del techo;
los peldaños del suelo muy anchos, de casi un metro, y bajitos,
diez centímetros de altura; la puerta de entrada a la vivienda toda
de aluminio, con un cristal traslúcido de aproximadamente medio
metro cuadrado; y una reja por dentro y por fuera, sobre el cristal, disipando
las malas intenciones de los ladrones». Entró en el patio
minúsculo, cuadrangular, de altas paredes sin pintar, de no más
de nueve metros cuadrados de amplitud.
— Cuidado no
te caigas —dijo «Tiojacobo» extendiéndole una mano.
Subió
los dos peldaños normales que llevan a la cocina. Hacía calor.
Juan, el padre de «Tiojacobo», estaba sentado en una banqueta
frente al ventilador. Llevaba sólo un pantalón azul remangado
por encima de las corvas. El sudor le corría por entre los pelos
del pecho y por la espalda. Cipriana, la madre de «Tiojacobo»,
se afanaba preparando unos bocadillos de jamón. Ya tenía
uno envuelto en papel de aluminio y empezaba con el otro.
— ¡Vaya
cara de sueño que traes! Anda, lávate un poco la cara en
el fregadero. Despéjate.
En la radio,
Encarna, hablaba de lo mal que va la política. La nevera vieja,
de vez en cuando, daba un respingo. Olía a chorizo y a morcilla.
— Toma, sécate
con esta toalla.
— ¡Estáis
locos... Subir a la sierra con estos calores no se le ocurre a nadie! Capaz
que os dé algo —dijo Juan mientras Pedro se secaba.
— Deja a los
muchachos, Juan —intervino Cipriana.
— Si no hace
mucho calor —dijo Pedro desde el otro lado de la toalla —. Además
«Tiojacobo» sabe trucos contra las deshidrataciones. ¿«Verdá»?
— Si, algunos
sé —contestó el aludido.
— Y es que
hay que subir ahora que no hay nadie, que es cuando se pueden oír
sobre la tierra las herraduras de los caballos de los moros y los cristianos
batallando, ¿«verdá», «Tiojacobo»?
— Verdad...
Ahora. O al amanecer, cuando el mundo está decidiendo si volver
a nacer o quedarse anclado para siempre en la noche eterna de los siglos.
Juan sonrió
levemente recordando otros tiempos de protagonismo. Cipriana no dijo más
que:
— Bueno, los
bocadillos ya están.
Pedro se puso
la gorra amarilla de ciclista, la de Miguel Indurain, la que anunciaba
a Banesto. «Tiojacobo», un gorro de explorador, como el de
Cocodrilo Dundee. Salieron todos al patio. Luego al pasillo. Luego, una
vez que pasaron bajo el jamón que chorreaba y cogieron las garrotas
de la sala de estar, abrieron la puerta de la calle. Juan y Cipriana los
despidieron desde el umbral.
— Id con cuidado,
no os vaya a pasar algo. Subid despacio que hace mucho calor — dijo Juan
levantando la mano derecha y saludando.
— Calla. Anda.
Entra en casa, que a todo tienes que poner reparos. ¿No ves que
ellos son jóvenes y pueden? — dijo Cipriana.
Y empujó
cariñosamente a Juan hacia el interior del hogar. |