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Destino final
Santiago Solano Grande
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 

 

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«Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible».

 
 

Credo de Nicea-Constantinopla
  
 
 
DEDICATORIA
 
 

     Yo, Jacobo Ruiz Mialdea, a Pedro de Torres-Rodríguez Ramos-Peñamil, verdadero protagonista de esta historia, y a todos aquellos seres humanos que son capaces de soñar en este mundo de insomnes. 
 

 
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PRIMERA PARTE
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HISTORIAS Y FICCIONES
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1
LOS PREPARATIVOS
 
 

     Pedro, arriba, que son ya las cuatro y media de la tarde — dijo «Tiojacobo» desde la puerta del dormitorio. 
     El niño había dormido del costado derecho, con las piernas encogidas sobre el vientre, mirando a la pared blanca de la que colgaba un cuadro que representaba a la Virgen María y a un Niño Jesús recién nacido. Una arruga inoportuna de la almohada había dibujado en su sien y en su pómulo diestro como un surco violáceo. Abrió los ojos a regañadientes. Se sentía muy cansado, como si el cuerpo le pesara una tonelada. Estiró las piernas y los brazos y se restregó la cara sudorosa con la palma de la mano abierta. Intentó incorporarse y no pudo. Regresó otra vez al sueño. 
     Al rato volvió «Tiojacobo»: 
     — Vamos, Pedro, levanta, que ya va haciendo menos calor. 
     — ¡Es que estoy muy cansado! —protestó Pedro. 
     —¿No quieres entonces que te desvele el secreto maravilloso de Sierra-camello? 
 

«SE-CRE-TO-MA-RA-VI-LLO-SO-DE-SIE-RRA-CA-MELLO», silabeó la voz interior como en susurros, con un tono de misterio inconfundible... «¡MUY IMPORTANTE, MUY INTERESANTE, MUY... "GUAY"!», gritó esta vez con enfado. 
 

     — Bueno, vale, cállate ya — se dijo el niño. 
     Pedro se sentó en la cama; mientras, «Tiojacobo» bajaba la escalera de mármol blanco camino de la cocina y preparaba la mochila. Se dio dos palmaditas en la cara para recobrar la lucidez y empezó a vestirse: primero, el pantalón tejano que mamá había cortado hasta dejarlo por encima de las rodillas; segundo, la camiseta blanca con rayas verticales en azul y verde; tercero, los calcetines marrones; cuarto, las zapatillas de deporte. 
     — ¿Te queda mucho? — vociferó «Tiojacobo» cansinamente desde abajo.       
     Pedro empezaba a bajar la escalera en ese mismo momento. 
     — Ya voy, ya voy. 
     Los ojos se le llenaron de luz al abrir la puerta en la que terminaba la escalera. Tuvo que cerrarlos. Los abrió muy lentamente. Más que ver, intuyó nuevamente aquel pasillo raro que lleva a la calle por un lado y a un patio chiquitito, la cocina y el cuarto de aseo, por otro: «La bóveda haciendo arcos como en las catedrales; todo pintado de un blanco hiriente; un jamón colgando de un gancho con tres brazos que parecía fuera a desprenderse en cualquier momento del techo; los peldaños del suelo muy anchos, de casi un metro, y bajitos, diez centímetros de altura; la puerta de entrada a la vivienda toda de aluminio, con un cristal traslúcido de aproximadamente medio metro cuadrado; y una reja por dentro y por fuera, sobre el cristal, disipando las malas intenciones de los ladrones». Entró en el patio minúsculo, cuadrangular, de altas paredes sin pintar, de no más de nueve metros cuadrados de amplitud. 
     — Cuidado no te caigas —dijo «Tiojacobo» extendiéndole una mano. 
     Subió los dos peldaños normales que llevan a la cocina. Hacía calor. Juan, el padre de «Tiojacobo», estaba sentado en una banqueta frente al ventilador. Llevaba sólo un pantalón azul remangado por encima de las corvas. El sudor le corría por entre los pelos del pecho y por la espalda. Cipriana, la madre de «Tiojacobo», se afanaba preparando unos bocadillos de jamón. Ya tenía uno envuelto en papel de aluminio y empezaba con el otro. 
     — ¡Vaya cara de sueño que traes! Anda, lávate un poco la cara en el fregadero. Despéjate. 
     En la radio, Encarna, hablaba de lo mal que va la política. La nevera vieja, de vez en cuando, daba un respingo. Olía a chorizo y a morcilla. 
     — Toma, sécate con esta toalla. 
     — ¡Estáis locos... Subir a la sierra con estos calores no se le ocurre a nadie! Capaz que os dé algo —dijo Juan mientras Pedro se secaba. 
     — Deja a los muchachos, Juan —intervino Cipriana. 
     — Si no hace mucho calor —dijo Pedro desde el otro lado de la toalla —. Además «Tiojacobo» sabe trucos contra las deshidrataciones. ¿«Verdá»? 
     — Si, algunos sé —contestó el aludido. 
     — Y es que hay que subir ahora que no hay nadie, que es cuando se pueden oír sobre la tierra las herraduras de los caballos de los moros y los cristianos batallando, ¿«verdá», «Tiojacobo»? 
     — Verdad... Ahora. O al amanecer, cuando el mundo está decidiendo si volver a nacer o quedarse anclado para siempre en la noche eterna de los siglos. 
     Juan sonrió levemente recordando otros tiempos de protagonismo. Cipriana no dijo más que: 
     — Bueno, los bocadillos ya están. 
     Pedro se puso la gorra amarilla de ciclista, la de Miguel Indurain, la que anunciaba a Banesto. «Tiojacobo», un gorro de explorador, como el de Cocodrilo Dundee. Salieron todos al patio. Luego al pasillo. Luego, una vez que pasaron bajo el jamón que chorreaba y cogieron las garrotas de la sala de estar, abrieron la puerta de la calle. Juan y Cipriana los despidieron desde el umbral. 
     — Id con cuidado, no os vaya a pasar algo. Subid despacio que hace mucho calor — dijo Juan levantando la mano derecha y saludando. 
     — Calla. Anda. Entra en casa, que a todo tienes que poner reparos. ¿No ves que ellos son jóvenes y pueden? — dijo Cipriana. 
     Y empujó cariñosamente a Juan hacia el interior del hogar.