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Composición, casi siempre breve, minimalista, sin una astilla, sólo la escultura, como por ejemplo:
Es decir, el ojo ve el color y recuerda el entorno judeo cristiano en el que se ha formado. Hay en estos dos versos una declaración de la base cultural que los engendra. Pero no sólo eso. Violeta y país dicen más, mucho más. Hablan de lejanías, de sufrimiento, como la semana santa, y también de festividad, como la semana santa. Bien podemos imaginar al poeta en un restaurante de Londres, sentado a una mesa con mantel blanco, un cubierto, esperando a alguien con quien va a comer. En la mesa unas violetas, o una servilleta de este color. Y de repente, la nostalgia de este país, que es el suyo, y que está lejos, y perdido entre los otros muchos países que en el mundo son, con sus costumbres que ahora, en la lejanía suenan también un poco extrañas, como moradas cerradas en el siglo de oro para siempre. Lean este libro despacio, mantengan alertas sus neuronas, porque detrás de cada poema hay un mundo entero. Santiago Solano
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© EL LITERONAUTA 2009 |