UNIVERSO
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LAS OLVIDADAS: POETAS EN LA POSGUERRA ESPAÑOLA

 

En España, en el siglo XX, hubo mucha producción poética, con una calidad incuestionable, de gran innovación y originalidad; no sólo la generación del 27 sino todas las posteriores, de las que aún seguimos influenciados.  Se dio tanto en los hombres como entre las mujeres, que deciden aceptar la poesía como máximo vehículo de expresión. Tras la caída de la república, la guerra y posterior victoria del dictador, las cosas cambian mucho y la censura es la práctica habitual. Los intelectuales se exilian y con ellos muchos españoles que no pueden seguir viviendo bajo el nuevo gobierno.
  En este marco, la producción literaria y en concreto la poética sigue, posiblemente más abundante ya que, como dice Gabriel Celaya: “La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento para transformar el mundo”. Quieren transformar la sociedad tan injusta en la que viven, sobre todo las mujeres, que pierden su estatus anterior y deben volver al hogar, dejar la educación y  sus trabajos.
  En el mundo de la poesía se encuentran varias tendencias, los que toman la estética como único fin de su poesía evitando así adoptar alguna opinión y huyendo de la realidad; el grupo Juventud Creadora, que hacía una poesía irreal, ajena a la sociedad y  preocupada por la estética, algunos con temática religiosa. Todos ellos, salvo alguna excepción, apoyaron el régimen franquista. En 1944 se publica un libro transgresor, “Hijos de la Ira”, de Dámaso Alonso: es el comienzo de la poesía realista, de acuerdo con el tiempo en que se vive. 
  Dentro de esta tendencia se encuentran numerosas mujeres que se reivindican a sí mismas, pero quieren hacerlo dentro del mundo literario, en este momento en que la sociedad les cierra las puertas a todo lo que sea educación y cultura. Consideran que es un peligro que la mujer tenga una gran instrucción: podría querer ser como el hombre y eso iba en contra de las enseñanzas de Dios. Ellas encuentran en la poesía su mejor medio para conseguir que se les oiga y se les tenga en cuenta. Es la época de la poesía social, de la que luego muchos renegaron. Todos ellos tuvieron en la revista Espadaña un lugar donde decir lo que querían, algunas de ellas también.
  Ser mujer y poeta en la dictadura de Franco era una heroicidad: se encontraban aisladas del mundo, estaban en casa cuidando de los padres, el marido y los hijos; se les decía cómo vestirse, cómo divertirse y cómo vivir a través de la Sección Femenina y de la iglesia católica. Todo mediante programas de radio, libros y juguetes. El modelo jerárquico patriarcal se encontraba en su máximo apogeo, apoyado por el nacional catolicismo. Incluso el código civil decía que la mujer necesitaba de su padre o su marido para trabajar fuera de casa, abrir un negocio, viajar, disponer de sus bienes o tener una cuenta bancaria.    
  Este marco, junto a una educación separada y diferente para hombres y mujeres, persistió hasta los años setenta y la transición de la dictadura a la democracia, en que la mujer pudo volver a tener libertad intelectual y personal acudiendo masivamente a la universidad y al mundo laboral. Así pues, las poetas que comenzaron a publicar en los años cuarenta y cincuenta asumieron diferentes roles y personalidades a través de sus textos. Todas ellas son diferentes pero, según Carmen Conde, con una única voz, individuales dentro de una colectividad, teniendo que recordarles a los poetas que son iguales y en algunos casos mejor que muchos de ellos.
  Encontramos voces rebeldes, religiosas, y otras más o menos domésticas. Les une la necesidad de contar que están presas en una jaula, no sólo sus cuerpos sino también sus espíritus. Van liberando en sus escritos las necesidades que tienen, los afectos, la desazón, y se van transformando como mujeres y como poetas. Recuperan el espacio perdido y la voz. Hablan del amor, del deseo, de sexo y desmienten la falacia de que la mujer casada es la más feliz. Conocen el poder de la palabra y buscan el conocimiento: la poesía se convierte en su liberación.
  En sus poemas encontramos la desmitificación del romanticismo y del amor unido al sexo; pierden ese lastre y se convierten en parte activa del deseo, no lo esconden. Así mismo, se consideran parte de la naturaleza y del universo, permeabilizándose con ellos. También se consideran arte y parte de sus días, de su cotidianeidad. Transforman y actualizan el lenguaje. Quieren cambiar la situación social de España y el mundo de la poesía, incorporando a ella su discurso como mujeres.
  Eran pacifistas, estaban en contra de la guerra y de cualquier forma de opresión, expresándolo en cuanto podían. Recordamos los versos de Gloria Fuertes: “hay que tener  arranque y ganas de gritar:/ mientras haya/ guerras comeré/pájaros fritos!”.
  Vivían dispersas en las diferentes regiones españolas, lo que hizo que algunas de ellas escribieran también en la lengua del lugar, como es el caso de Rosa Leveroni, que hizo de la recuperación de la lengua y cultura catalana su labor fundamental. También es el caso de la valenciana María Beneyto, que escribió en valenciano, y el de la gallega Luz Pozo.

  Para ir citando a estas poetas utilizaré la fecha de nacimiento como referencia, por lo cual comenzaré con Ángela Figuera (Bilbao 1902-1984). Era licenciada en Filosofía y Letras, algo inusual en esa época y fue una de las mayores representantes de la poesía social de la posguerra. Reproduciré un fragmento de su poema Esta Paz:

“Aquella paz de olivo y de paloma
lograda en verde tierno y blanco puro
sobre el carmín violento de la sangre,
no es esta paz de ahora, enmascarada
entre papel y tinta mentirosa.”

Rosa Leveroni (Barcelona 1910-1985) es un referente de todas las poetas que escribieron y escriben en catalán. Fue discípula y amiga de Carles Riba y obtuvo de la Generalitat Catalana una distinción por su labor en favor de la poesía y la lengua catalana: su poética huyó de barroquismos y cursilerías, como podemos apreciar en el siguiente poema: 

“Llevo dentro de mí para hacerme compañía
nada más que la soledad.
La soledad inmensa
de amar tanto
que quisiera ser tierra,
mar y estrella, aire y sol,
para que fueras más mío
para que yo fuera más tuya”.

  Gloria Fuertes (Madrid 1917-1998) fue una de las grandes y más conocidas poetas españolas  de esta generación, pero lo que realmente se conocía de ella eran sus cuentos y poemas para niños y sus apariciones en la incipiente televisión en programas infantiles (de una calidad nunca repetida en este país). De ascendencia muy humilde, no fue a la universidad como la mayoría de las poetas que refiero en este texto. Su formación era totalmente autodidacta. No le interesaba la poesía que no llegaba a la gente, ni los cultismos. Su madre la matriculó en unos cursos de educación  profesional para la mujer que consistían en mecanografía, taquigrafía, gramática y literatura. Allí se dio cuenta de que ésa era su función, escribir. Utilizó la radio y todos los medios de los que pudo disponer para difundir la poesía, evidentemente de tema social. Era pacifista, humanista, feminista y “glorista”, como a ella le gustaba llamarse. En 1947 fundó los grupos literarios “Versos con faldas” y “Alforjas para la poesía” junto a Acacia Uceta, Adelaida Lasantas y Mª Dolores de Puebla, con los que recorrió los bares y cafés de Madrid, así como diferentes lugares de la geografía española, leyendo poemas. La injusticia y la guerra eran algo que no entendía y no dejó de escribir sobre ellas, como se ve en el poema que cito a continuación, titulado “Nací para poeta o para muerto”: 

“Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
-supervivo de todos los naufragios-,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.
Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
-hacer reír a los clientes desahuciados-,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.
Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil,
-no ser apenas nada en el tablado-,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos”.  

  Pura Vázquez (Orense 1918) vivió en Marruecos y Venezuela y desde su vuelta reside en Orense. Luz Pozo (Ribadeo 1922) es miembro de la Academia Gallega de la Lengua  y dirigió, con Tomas Borras, la revista bilingüe “Nordés”, en la que por ser mujer no figuró como directora sino que aparecía como subdirectora de dicha publicación.

  María Beneyto (Valencia 1925) que comenzó escribiendo en castellano por los problemas que suponía escribir en otra de las lenguas del país y acabó escribiendo únicamente en valenciano. En un principio hizo poesía social. Reproduzco un fragmento del poema “Criatura múltiple”:

“Yo, múltiple, plural, amigos míos,
no soy nada. Soy todo. Soy aquélla
que se quejaba a Dios de no ser río
y ser mar, ser clamor y no palabra,
ser laberinto y no sencilla ruta,
ser colmena y no ser única abeja”.

  Julia Uceda (Sevilla 1925) vivió en EEUU e Irlanda desde 1965 hasta 1976, año en que regresa y se instala en Galicia. Es otra de las poetas que podríamos encuadrar dentro del grupo de la poesía social. Reproduzco un fragmento de su poema “Esperanza”:

“Los ídolos seguirán presidiendo
el limitado devenir, pero he luchado
contra ellos: cuando niña
matamos una Mantis Religiosa
y creo que me atrevo con los mitos.

Un hombre libre hay en algún lado
Aunque yo no lo sepa.”

  Acacia Uceta (Madrid 1925-2002) fue una de esas poetas que se tomó en serio sus reivindicaciones como poeta y como mujer. Formó parte del grupo “Versos con faldas” y “Alforjas para la poesía”. Reproduzco unos versos de un poema titulado “Madrid, primavera de 1938”:

“Y floreció entre los escombros
Era la primavera
y por el muro más acribillado
creció una enredadera fugitiva.
Briznas de hierba
besaron la ciudad martirizada.
Un sol tímido,
un sol avergonzado de su brillo,
se posó en los andrajos,
en las manos moradas,
en los muñones de los mutilados,
y entró por las ventanas sin cristales,
por puertas arrancadas a la noche.” 

  Angelina Gatell (Barcelona 1926) se dedicó también al mundo del teatro y colaboró con Carmen Conde en las antologías de poesía que ésta realizó, la temática social es muy importante en su poética. Copio a continuación un fragmento de su poema “Poesía”:

“Abrió puertas, descorrió visillos,
plantó en mi huerto
su árbol
esquivo, solidario, amoroso, rebelde…
Y me colmó las manos de dones y vacío.

Y me dejó viviendo
en soledad, con ella”.

  Cristina Lacasa (Tarrasa 1929) tiene una importante obra poética y muchos premios de poesía en su haber. Su obra es una comunión de todo lo que acontece a su alrededor: los sentimientos y la naturaleza. Reproduzco un fragmento de su poema “Mitad cal y mitad fuego”:

“Me ausculto con las manos tantas veces
porque quiero seguir estrechamente
la trayectoria del latido. ¿Cuánta
ración de corazón se me habrá dado?
Soy mujer: mitad cal y mitad fuego,
heredera del futuro doloroso
del vientre, puedo hacer de nuevo el mundo
diciendo amor el labio y sacrificio
la vena, ya crecida para el hacha”.

  Dionisia García (Albacete 1929) fue también una poeta preocupada por la situación de posguerra y que vivió las injusticias sociales. El tiempo es un factor que encontramos como preocupación constante en su obra, como vemos en el siguiente fragmento de su poema “Con el pasto del alba”:

“Vuelvo aún, con el pasto del alba;
en la niebla, mis gafas de miope
son gastadas y viejas celosías.
Rebusco entre la gente que desciende,
indago tu figura tras el tiempo,
hasta que el tren se queja sin costumbre,
aparejo de cola y despedida”.

  María Elvira Lacaci (La Coruña 1930-1997) comenzó muy joven a escribir y fue la primera mujer en conseguir el premio Adonais de poesía. En sus poemas encontramos la representación de la mala situación de la mayoría de las personas en España, pero desde un punto de vista más religioso y caritativo que desde la justicia social. Reproduzco un fragmento de su poema “Chabolas”:

“Me alejo conmovida
por el aliento recio de estas gentes,
viendo a los niños cómo se deslizan
por grandes terraplenes de basura
y, a los viejos, que, al sol,
son afiladas piedras de granito:
perduran frente al tiempo y su inclemencia.

Y siento en mis pisadas los latidos
de estos seres
que se confunden con la tierra húmeda”.

  Francisca Aguirre (Alicante 1930), hija del pintor Lorenzo Aguirre, ejecutado por el gobierno de Franco, vivió duramente la posguerra en los orfelinatos para hijos de presos políticos. Comenzó a trabajar como secretaria a los 15 años y en 1963 se casó con el poeta Félix Grande. Trabajó en el mundo de la cultura hasta su jubilación, colaboró y colabora en muchos proyectos literarios y revistas y ha obtenido muchos premios por su labor poética. Se enamoró de las palabras, según dice, y desde entonces no puede vivir sin ellas: son una manera de confesar que ha vivido, como vemos en los versos que copio a continuación de su poema “Reserva natural”:

“Con todo lo que hay dentro de mí
que araña, que se queja,
que duele y se resiste,
con todo eso voy a hacer mi invernadero,
mi parque, mi reserva natural.
Así nadie podrá acusarme
de atentar contra la continuidad de la especie”.

  María Victoria Atencia (Málaga 1931) es la última que incluyo entre las poetas que escribieron en plena posguerra. Tenía vocación de pintora y pianista, pero también obtuvo el título de piloto de aviación en 1971, siendo la poesía uno más de sus quehaceres. Para ella, la poesía no admite razonamientos, el poema se sobrepone al poeta,  así lo vemos en los versos que copio a continuación de su poema “La maleta”:
 
“ Bajo la cama tengo otra vez la maleta
pero no con la ropa en espera de un hijo.
Esta vez voy poniendo aquello que carece
de consistencia y forma, y es moneda no obstante.
¡Qué otras cosas habrían de servirme llegada,
de improviso, la hora!”.

  Muchas más poetas que nacieron a partir de estas fechas ya encontraron el camino abonado, con los cambios sociales a su favor. Esto les permitió realizar una poesía con distintas maneras de entender la vida y la literatura; dando lugar a una generación de grandes poetas como: Ana María Facundo, Rosaura Álvarez, Ana María Navales, Blanca Sarasua, Clara Janes, María Victoria Reyzabal, Juana Castro, Pureza Canelo, María Cinta Montagut, Ana María Moix y  Fanny Rubio.

 

Lola Martínez

          

 


© Lola Martínez 2007